¡ Bienvenidos !

¡ Bienvenidos !

No es el primer día, ni siquiera el primer post para mi blog, pero creo que es un buen momento para daros la bienvenida a todos, a los que ya me seguís y a los que solo pasáis por aquí.

Despertando emociones nace con el único objetivo que el del significado de su propio nombre. Un maravilloso viaje por nuestras emociones, esas que ya conocemos y las que aún, ni siquiera sabemos que guardamos en nuestro interior.

Os invito a que comencéis una nueva aventura fabulosa, extraordinaria y arrebatadora, que espero os enganche en cada una de sus temáticas, disfrutando de cada palabra, cada coma y cada sensación que os recorra durante vuestra lectura.

Bienvenidos a todos, espero que disfrutéis con el comienzo del largo camino que se presenta ante mí y deseo compartir con todos vosotros.

Cada segundo

Cada segundo

El agua de la ducha caía sobre ella casi con violencia, y eso era justo lo que necesitaba. Se había marchado, estaría ya lejos y su momento había llegado a su fin demasiado pronto. Si hubiera aprovechado cada segundo…

Quizá no volvería.

El agua dejó de correr y entre el vaho de la minúscula ducha pudo leer en la mampara “Siempre te querré”.

Quizá, sí volvería.

Voces en la sombra

Voces en la sombra

Salió corriendo sin mirar atrás, de nuevo otra discusión, de nuevo se repetía el mismo guión en su vida. ¿Cómo no lo había visto antes? ¿Cómo podía haberse engañado tanto tiempo? Desconocía prácticamente su pasado cuando se casaron, apenas concía a sus amigos y todo había estado siempre envuelto en un halo de misterio, pero siempre había pensado que eso era justo lo que la había enamorado. De repente se paró y se dio cuenta que no sabía dónde estaba, mientras corría solo pensaba y no pensaba hacía dónde se dirigía. Frente a ella una preciosa senda terminaba en una pequeña ermita. Los rayos de sol entre los árboles la iluminaban, era preciosa, no pudo evitar entrar.

Frente a la puerta de manera antigua sorprendentemente bien conservada dudó por un momento entrar, pero se dio cuenta al echar la vista atrás que nada bueno la esperaba Read more

Una mano al final de la escalera

Una mano al final de la escalera

Se había convertido en una costumbre. Cada mañana acudía a la clínica y durante una hora, su fisioterapeuta podía alejarla de los dolores, de su realidad… esa realidad que tantas veces se había negado a afrontar. ¿Por qué esa tenía que ser su costumbre? ¿Por qué los demás podían disfrutar de su juventud a la espera de las enfermedades que pudieran llegar en el futuro? Lara no terminaba de entender qué tenía de positivo en su vida, qué hacía que mereciera la pena levantarse cada mañana.

Se despertaba cada día Read more

Recuerdos

Recuerdos

Los rayos de sol se filtraban entre las rejas de la ventana. Nada parecía impedírselo. Eran fuertes, tenaces y no parecían querer dejarme a un lado en su trabajo de cada día. Resoplé, como si despertarse fuera un gran esfuerzo al que enfrentarme…, pero en ese momento apareció su rostro, sus manos y su miradas. Esa que me atravesaba hasta lo más profundo sin poder hacer nada. Esa que me conocía más que yo misma y me transmitía más de lo que nunca hubiéramos compartido los dos, porque en el fondo solo fuimos recuerdos, incluso antes de conocernos solo éramos eso; recuerdos.

Sus manos con dedos infinitos parecían poder acariciarme allá donde estuvieran, estrechar mi cintura y buscarme cada día a pesar del paso de los años, desde que los recuerdos comenzaran a originarse. La neblina de aquel primer encuentro me atenazaba cada noche al cerrar los ojos. Quizá era la deuda que aún ahora no dejaba de pagar, porque recuperar el resuello era cada vez más complicado y hacía de mis días momentos mustios sin su cercanía, su palpitar sonando al unísimo con el mío cuando nuestras lenguas no necesitaron presentación para conocerse y saborearse, dejando un sabor que aún siento cuando lo rememoro entre mis sábanas y mis piernas. ¡Ay, mis piernas! Si pudieran hablar dirían más de lo que yo podría confesar. Tanto las paredes de mi habitación como las sábanas de mi cama se humedecían con mis recuerdos. Mi pelvis se arqueaba sin previo aviso y mi cuerpo ronroneaba llamándole. Llamadas sin respuesta que gritaban un silencio que dolía en cada poro de mi piel y mi corazón.

Decidí que era el día de olvidar, dejar atrás lo que solo sentía yo y solo retumbar en un eco cada vez más sonoro. Demasiado tiempo pensé en lo que no pudo ser, en lo que más que un recuerdo parecía un sueño. Algo que en realidad no se materializó, ¿o quizá sí? Nunca lo sabré, así que decido vivir sin pensar en cómo sus manos me rodearon, como se electrizó mi cuerpo al sentirlo y me humedecía más que nuestro encuentro de lenguas vivaces y ávidas de nosotros sin pensar en nada más. Sin un mundo que pudiera ponerse del revés si supiera lo que compartimos y así, cada encuentro físico que esperaba tener podría ser con él, su cuerpo sobre mí, su sexo palpitante por mí.

Y así, vivo cada día, cada momento en el que todo se visualiza en mi mente porque… ¿no son esos los mejores recuerdos?

Idílico

Idílico

La calidez de la habitación, nos abrigaba como si nada más existiera fuera de esa chimenea que tantos secretos guardaba a lo largo de los años. Años en los que todo se había precipitado entre nosotros, en nuestras vidas y sin lugar a dudas en nuestro futuro a corto plazo, quizá por eso este fin de semana era diferente. No quería pensar en el frío que entraba en mis huesos nada más bajar del coche. En esa fría y ya oscura callejuela, donde el silencio era atronador. Ni siquiera el palpitar de mi corazón, cada vez más acelerado, podía competir con la ausencia de parroquianos allá donde miraba.

En silencio, nada más dejar las escasas maletas en la gran entrada de la casa vieja del pueblo, sus brazos estrecharon mi cintura y antes de poder decir palabra, nuestras lenguas volvían a encontrarse tras unos meses que parecía un punto de inflexión en nuestra relación después de tantos años. Me apoyó en la pared, una de sus manos abrazó mi nuca, nuestras salibas parecían cada vez más vehementes cuando del enorme salón, despacio y sin ojos de miedo, nos encontró el gato más famoso del pueblo. Solitario y con ojos tristes, comenzó a ronronear en nuestros pies, hasta que Óscar tras chasquear la lengua se agachó a cogerle sin disimular su cara de fastidio.

Mientras yo me quedé haciendo arrumacos al gato frente a la televisión, Óscar subió todas las cosas al piso de arriba. Todo parecía estar en su sitio; mis pensamientos, lo que estos me hacían sentir y la paz, que al fin volvía a sentir en ese lugar que siempre había sido idílico para mí. Cuando Óscar volvió desconocía cuánto tiempo había pasado y no me importaba, la verdad. Aquel beso nada más llegar aún reverberaba por todo mi cuerpo, pero por la mirada que vi en él parecía que necesitaba más y no le había hecho gracia que de nuevo el gato, conocido por todos, se hubiera inmiscuído tras pronto en nuestro fin de semana. Conseguí separarme de él e ir a la cocina a preparar algo para cenar con Óscar. En seguida, un aroma a intimidad nos invadió; la cebolla pochada, unas gambas y un filete llenaron la parte física de nuestro cuerpo que aún no habíamos podido saciar. El gato miraba expectante si algo caía de la mesa mientras la mirada de Óscar parecía cada ve más impaciente. Tras terminar, no hubo discusión acerca de quién recogía, él lo hizo en un tiempo récord antes de animarme a subir a la habitación.

Conocía esa mirada, esos hombros echados hacia atrás y esa firmeza cada vez más intensa en sus ojos. Nos costó dejar fuera de la habitación al gato, pero al fin, cuando estuvimos solos en la habitación, de nuevo nos envolvió el jugo de nuestros labios, el tacto de nuestras manos que se peleaban por ser las primeras en tocar según que zona. Entre giros, mirada, respiraciones aceleradas y gruñidos, me senté sobre él, y despacio, solo hablando con la mirada, me desprendí despacio de mi suéter. El frío de la habitación alejado del calor de la chimena, enseguida mis pezones respondieron a ese frío que aún Óscar no había podido calmar y sus manos se dirigieron sin preguntas a ambos pechos. Los masajeó, sopló los pezones, repartió besos en la suavidad de ambas areolas. Cada vez sentía más su dureza bajo mi cadera.

—Me encanta que no lleves sujetador… —dijo más con sus ojos que con palabras.

—Sé cuánto te gusta y esperaba que esto pasara antes o después en esta escapada.

Me tumbó en la cama mientras escuchábamos de fondo el maullar desolado de nuestro invitado inesperado. Óscar no dejaba de acariciarme, mirarme de manera pura y casi transparente mientras me susurraba al oído mientras no dejaba de entrar y salir de mí cuánto me quería a pesar de haberse alejado en los últimos meses. Cuando todo acabó, colocado sobre mí, su intensidad me estremeció más que el orgasmo que habíamos compartido.

A la mañana siguiente, antes de despertarme, dejó entrar al gato que había permanecido junto a la puerta toda la noche siendo testigo de todos nuestros asaltos. Subió a la cama, se acurrucó y Óscar se tumbó junto a mí y pareció por primera vez en meses que todo había caído donde debía.

Divino tesoro

Divino tesoro

—¿Vera Velázquez?

En cuanto oigo mi nombre, cojo mi cuaderno y me pongo en pie no sin vergüenza de que el resto de mis compañeros me estén mirando con atención.

—Venga, linda, espabila, que nos dan las uvas —suelta a bocajarro la profesora.

Es una mujer mayor, ancha y vestida de negro, como todos los días, pero en esta ocasión su gesto es más avinagrado que de costumbre. Sé que no soy una niña, ya pasé los cuarenta y me siento fuera de lugar en una clase llena de adolescentes que parecen desear que quiebre mi silencio con el relato que he de leer.

Comienzo a hacerlo entre tartamudeos y cuando estos se alteran con una velocidad rápida y desmesurada, percibo cómo me miran entre risas, algunas disimuladas y otras no tanto, lo que hace que mis ojos empiecen a desdibujar lo que tienen delante. Cojo la mochila colgada de mi asiento y salgo lo más rápido que puedo del aula.

«¡¿Cómo es posible que con mi edad, sigan las mismas inseguridades de cuando leía los deberes en alto frente a mi clase del colegio?!», me fustigo mientras me pierdo por los pasillos, escaleras y pabellones donde se imparte Iniciación a la escritura. Sin darme cuenta me siento como en aquellos años en los que cada palabra dibujada sobre el papel era un acto de poesía.

Recuerdo la primera vez que uno de mis escritos fue premiado en un pequeño concurso de una revista dominical. Aún parece que puedo ver los ojos de mi familia y mis amigos de indiferencia mientras ellos estaban centrados en deportes o revistas de videojuegos. Pasaron días sin salir de mi habitación tras llegar del colegio y sentir que mi futuro estaba predestinado para algo muy alejado de la escritura. Sin embargo, no cejé en mi empeño y continué y continué aunque en el colegio me fuera convirtiendo cada vez más en la empollona de la clase. Pero cada noche, seguía convencida de que algún día conseguiría algo grande como publicar un libro. Soñaba con ver un libro con mi nombre en las tiendas y centros comerciales. Tomar un café con personas que supieran darle valor a mis palabras sin esas miradas de hastío.

Un día mientras tomaba el bocadillo sentada en el recreo, sola como de costumbre, algunos chicos y chicas de clase se acercaron con expresiones que no supe descifrar hasta que pude ver cómo uno de ellos portaba mi cuaderno de Lengua, en el que estaban todos mis borradores de futuras historias en las que me perdía a menudo. Me puse de pie como un resorte y sin poder decir nada y solo oír risas, observé cómo rompían todos los papeles que con tanto ahínco había almacenado durante aquel curso.

Siempre fui una niña tranquila, pero aquello pasaba de castaño oscuro, así que me encaré contra el grupo mientras algunos me sujetaban e impedían que pudiera evitar aquel asesinato a mis letras y mis sueños. Aquella tarde sentí un punto de inflexión al llegar a casa, ¿qué problema tenían con mi afición? Yo no discutía sus gustos ni cómo disfrutaban de su tiempo entre clases… Pero al parecer mi sueño sí suponía un problema. Sin saber cómo, aquella noche en casa, mi padre me pidió poder leer alguna de mis historias. Tras contarle lo ocurrido, me apoyó de una manera que aunque sabía era por ser su hija y no mis anhelos, me animó a comenzar de nuevo.

Desde entonces no dejo de llevar libretas en el bolso, tener cuadernos en cada estancia de mi casa y escribir cada idea que se presenta en mi cabeza porque… La inspiración debe pillarme trabajando, ¿no?

Mi sueño se ha cumplido a medias, pero como decía mi abuela «juventud divino tesoro», así que prefiero adaptarlo a mis letras, porque ellas son mi verdadero tesoro. El que encontré yendo contra corriente y en busca de lo que de verdad sabía que podía conseguir.

LUCHA EN PIE

LUCHA EN PIE

—¡¡Qué no!! Si eso piensas, pues no estudio y ya está. Qué clarito lo ves todo desde la barrera —bramo a mi padre que no dejaba de mirarme con desconcierto.

—Solo intento que no te equivoques en lo que decidas. Una carrera más seria te llevará más lejos, mira a tu hermana. Es licenciada y podrá vivir de su carrera, tú con lo que dices te vas a morir de hambre.

No hizo falta más. Me levanté de la mesa sin terminar la comida ni mirar atrás y fui hacia mi habitación.

«¡¿Pero qué mierdas pasa aquí?! Aún no hice la selectividad, que para él sigue llamándose reválida, y ya pretende saber qué es lo mejor para mí. ¡Ja! Qué no, quiero ser fisioterapeuta deportiva y especializarme en fútbol. Ya dejé atrás la idea de ser entrenadora porque hoy por hoy es imposible, pero sí lucharé por ser fisio en algún equipo de fútbol», me digo sin dejar de bufar por el pasillo.

Pasé toda la tarde con la mente puesta en esa dichosa conversación que parecía ser un punto de inflexión en lo que me pasara de ahí en adelante.

Años universitarios duros; pocas fiestas, mus en la cafetería y muchos libros y prácticas con pacientes. Cuando al fin me vi con el diploma en la mano no me lo podía creer. Era fisioterapeuta, y aunque mi profesor de fisio deportiva había sido uno de los peores que había tenido, mi sueño seguía en pie y cada vez un poquito más cerca. Ya os podéis imaginar cómo empecé. Turnos de catorce horas en los que iba de clínica a clínica comiendo en el metro. Trabajo de auxiliar… Pero todo me parecía poco si con eso podía dejar un huella mental en alguien que pudiera ofrecerme una oportunidad. Mi padre ya os imaginaréis que estaba encantado al ver cómo lo que me dijo en aquella dichosa comida no dejaba de cumplirse día tras día, pero yo no me daba por rendida. ¿Abandonar? Nunca, si no trabajaba en ese momento como una mula, ¿cuándo lo haría?

El tiempo pasaba, continuaba formándome con un curso detrás de otro hasta que un primo mío llamó para preguntarme si me interesaría hablar con un amigo suyo que buscaba un masajista para su clínica y un equipo de fútbol para el que trabajaba. Mis ojos se iluminaron como faros ante la idea.

Sentada en el escritorio de mi habitación, marqué despacio el teléfono que me había dado para contactar directamente con él y esperé a que descolgara. Un tono, dos, tres… «Venga venga», me animaba a mí misma.

—¿Dígame?

Acordamos una entrevista en su clínica y a partir de ahí todo parecía ir rodado… Hasta que llegó el momento de presentarme al equipo de fútbol; ¡Dios mío, una chica en el vestuario de un equipo de jugadores! ¿Cómo podía ser eso? Además las instalaciones ya os podéis hacer una idea, no era un equipo de primera división, así que todos estábamos con todos. Al entrenador que estaba en aquel momento no le parecía bien que fuera una chica y hacerme de menos parecía ser parte de sus funciones, pero tras lo vivido en casa, no iba a venir un retrógado a decirme qué podía hacer y qué no. Además, no respondía ante él. Más rápido de lo que pensé encajé como anillo al dedo, y bien por la novedad o por cómo hacía mi trabajo, madrugaba los días de partido, me enfundaba mis calcetines rosas —que quedara claro que seguía siendo una chica—, mis zapatillas de tacos y a disfrutar. Aquello más que una obligación, era por fin un sueño hecho realidad. Mi sueño. La recompensa a todo lo hecho con ahínco y dedicación.

Después de un año, mi trabajo real, como yo lo llamaba, me destinó a cuatrocientos kilómetros y una enfermedad me alejó definitivamente de los terrenos de juego. Como si fuera un jugador profesional… Pero el recuerdo de aquel año en los campos de fútbol modesto y algunos no tanto, el conocimiento de cómo funcionaba un staff técnico de deportes y el trato que obtuve, por ser chica o solo profesional, me aportaron más que cualquier otra experiencia que podía haber vivido.

Así, con una lucha en pie, conseguí mi sueño aunque solo fuera por tiempo limitado.

Puertas que se deslizan

Puertas que se deslizan

Pues esta es mi pequeña contribución a una vida, que por suerte… No viví, ni vivo sola.

¿Cómo explicar lo que sucede a lo largo de once años de tu vida? ¿El preludio? ¿Lo que pasará después sin poder imaginarlo?

Si debo elegir un principio, serían las redes sociales, esas primeras antes de que todo evolucionara y fueramos aún inocentes. No me entretendré más en esa época, que si bien fueron tres años,no fue lo que provocaron sino a donde me llevaron; cambios de amistades, cambio de vida, adolescencia universitaria, independencia personal respecto a la vida conocida hasta el momento… Y Él. Él que nunca esperé pudiera fijarse en mí, Él al que en mis pensamientos intentaba emparejar con las amigas que consideraba merecérselo más que yo. Pero…, un momento. ¿No tenía ya pareja para tener esos pensamientos? ¿Qué me quería decir eso? Ya fuera por mi edad, mi inseguridad o mi forma de ser aún no desarrollada en esos temas, el mundo parecía querer despertarme a algo que aunque desconocía, sin duda me merecía. De nuevo volvimos a esas redes sociales que provocó una quedada a solas. Sin mi novio, sin nuestros amigos…

Estaba ilusionada por cambiar de ambiente, sentirme libre y no encerrada en una relación que aún no me había dado cuenta de cuánto me limitaba. Pero… ¡¡Vaya tarde!! Me encontraba tranquila, fuimos a tomar unas cocacolas a su casa, vimos un rato la tele y antes de despedirme… Nos besamos. Pero no creáis que fue de esos húmedos de tornillo, no. No fue uno inesperado que comenzó en la comisura y buscó algo más. Ese algo que nos hizo separarnos con las piernas flaqueando. Esa noche en la cena con mi pareja, ya podeis imaginar todo lo que bullía por mi cabeza. Pensamientos encontrados. Dudas. Encontronazos conmigo misma…, hasta que llegué a casa. Tumbada en la cama no dejaba de pensar en Él. Nuestro beso. Cómo me había sentido y sentía en ese momeno hasta que una notificación llegó a mi teléfono móvil sonó y me senté con un impulso que hablaba por si solo. A partir de ahí, toda un noche de mensajes hasta que el saldo del teléfono desapareció y cortó de la manera más infantil posible. A la mañana siguiente, en cuanto abrieron los estancos, bajé al más cercano y recargué con todo el dinero que pude. De vuelta a casa, le escribí mientras él dormía plácidamente.

Creo sin dudar en el destino. En ocasiones lento, en ocasiones presentándose cuando menos falta creemos necesitar… Pero siempre con una enseñanza que antes o después nos servirá. Y ese destino, llevó a mi pareja a otro país durante un mes y yo…, me dejé llevar. Por mí. Por lo que sentía. Pero la realidad que en algún momento deseé y al fin, aunque de una manera diferente, había llegado. No lo pensamos y solo vivimos. Las cuatro semanas más intensas, felices y que no podían estar enseñándome más. Puede parecer cruel y hasta mezquino, pero algo me decía que vivía una biburcación que podá cambiar mi vida… Y así lo hizo.

Nuestro grupo de amigos se disgregó, a mi me destinaron en el trabajo a 400 km y mi pareja en ese momento acudía las veces que podía a verme mientras dejaba las cosas más o menos organizadas con los amigos que se habían quedo a su lado. Vamos, los de verdad y en mi caso, cuando todo se normalizó, mi salud entró en juego. Tanta angustia por las relaciones, el cambio de domicilio, la falta de cercanía, la soledad… ¿Pero quién estuvo allí? Él, siempre Él. Ayudando a mis padres en viajar lo más rápido posible a un hospital tan lejano, a pedir días en su trabajo para poder ir a verme… No me enrollaré ni con mi enfermedad que aún da coletazos, ni con las relaciones que se alejaron (no serían verdaderas), solo diré que once años después, la vida te depara lo que mereces a pesar de los pesares. Una dura enfermedad, sí, pero la mejor persona con la que poder vivir…

Solo puedo dar las gracias, porque si muchos vienen y van, hay alguien que siempre está. Con paciencia infinita y trato aún mejor… GRACIAS GRACIAS GRACIAS. Muchas puertas se deslizan y hay que observar lo que nos trae cada una de ellas… Algunas para aprender, otras para descartar. Solo nosotros podemos decidirlo.

Tizas #MiMejorMaestro

Tizas #MiMejorMaestro

—Te he dejado la ropa en el baño para cuando salgas de la ducha.

Mis ojos, aún dormidos, no querían dar la bienvenida a un nuevo día. Me despegué de las sábanas y me deslicé despacio para que el agua cayera sobre mi cuerpo y poder despertarme sin esfuerzo. Mientras la ducha me revitalizaba, nada parecía insuflarme la energía que necesitaba para un día más con los compañeros rebeldes de clase. En la ruta de camino al colegio en las afueras, ya empezaban las bromas, que para mi no tenían gracia, y me hacían llegar a clase molesta. Una vez iban desfilando cada uno de los profesores, crecían mis ganas de que llegara el turno del maestro que impartía Lengua y Literatura.

Ahí estaba, justo antes del recreo, con sus gafas y cuadernos. Ese día el aula estaba más revoltosa de lo habitual, pero conseguí centrarme en cada una de las cosas que explicaba Vicente, al mismo tiempo que conseguía abstraerme del ruido constante y de fondo, de mis compañeros.

No sabría decir cuáles eran las razones, pero eran mi asignatura y profesor favoritos. Me hacían creer que era posible convertirme en una de las escritoras que ponían sus publicaciones en mis manos cada noche antes de apagar la luz.

Al terminar la clase, el recreo estaba vigilado por él; con sus gafas de las que parecían escapar sus ojos para mantener el control sobre nuestras actividades.

De vuelta al aula, la ausencia del profesor de Matemáticas, hizo que de nuevo Vicente estuviera frente a la pizarra escribiendo qué debíamos hacer. Apenas unos pocos alumnos estábamos centrados en la lección cuando las tizas comenzaron a volar sobre nosotros. No sé en qué momento mi cabeza revoloteó hasta el reciente sueño de ser escritora; de que mis relatos o historias, estuvieran plasmados en papel y entre manos de personas que sonreían al leerlos.

—¡Booom!

Una tiza aterrizó en mi cabeza trayéndome de vuelta a clase, con la consiguiente tarea de ir a la pizarra a distinguir los diferentes componentes de la oración escrita en ella. Complementos directos, indirectos, sujeto, predicado… Sabía hacerlo, pero estar frente a toda la clase me abrumaba hasta convertirme en una niña más pequeña aún de lo que ya era.

Al terminar, la sonrisa de Vicente, me hizo sentir orgullosa de ser una de las empollonas de la clase, como me llamaban. Así que volví a mi asiento y, durante el resto de la clase, estuve concentrada en todo momento.

Cuando legué a casa ese mismo día, revisé todos mis escritos, corregí fallos de los que no me había percatado en su momento, y cuando terminé, me puse con la redacción para el día siguiente.

El día después, cuando entregamos las redacciones a Vicente, el decidió corregirlas en ese momento mientras nos mandaba ejercicios. Poco antes de terminar la clase, me comentó que mi composición era pobre, que esperaba más de mí y debía repetirla. Así lo hice aquella noche; poniendo en práctica lo aprendido ese día, ojeando el libro de la asignatura, y en especial, volcando mi corazón en él.

Sí, esta le gustó, y a partir de entonces, decidí escribirlo todo de la misma manera.

¿Por qué no?

Al final de ese curso, en el viaje de octavo, Vicente se disfrazó de margarita y mientras todos reían, yo no dejaba de pensar que podía escribir mucho mejor de lo que lo hacía. Solo debía esforzarme, y aún así, tendría tiempo para divertirme, como parecía estar haciéndolo mi mejor maestro.

Inspecciones #unaNavidaddiferente

Inspecciones #unaNavidaddiferente

Bajó corriendo por las escaleras hacia la chimenea. Le encantaba estar en el pueblo, más aún parado frente a los rescoldos y con sus juguetes frente a ella. Dicho de otra manera, en la ciudad su piso tenía radiadores para calentar la casa y no disponía de la imagen idílica que tenía frente a él en ese momento. Los restos del fuego ya estaban fríos, así que se asomó dentro y con la mirada puesta en el cielo encapotado de nubes, que parecían amenazar lluvia, no pudo evitar pensar con una gran sonrisa, que ojalá nevara. Desde que llegaron hacía unos días, estos se presentaban tormentosos, pero no llegaban a descargar, así que pensó que no habría nada de malo en salir fuera e inspeccionar, como le gustaba llamarlo, los prados frente a la casa.

«¡Cómo mola salir a la calle y que apenas haya nadie!», pensó contagiado del silencio y la única persona que se podía ver labrando al fondo. Se puso en marcha con la mirada puesta en el suelo en busca de bichejos que sabía era difícil ver en la ciudad. Sin darse cuenta, se dio de bruces con un tronco resquebrajado lleno de hormigas que salían y entraban tan ordenadas como en los libros del colegio y su habitación. Echó la vista a un lado, y a pesar de no estar seguro de lo que veía, aquello parecía un hueso humano. De ese color blanco hueso que en ocasiones había escuchado decir a su madre, así que creyó que esa expresión provenía del mismo blanco que tenía ante sus ojos.

—¡Carlitos! ¿Dónde estás? —Oyó a lo lejos.

Giró en redondo y se dirigió hacia donde escuchó la voz de su madre.

—¡Ah! Ahí estás, venga, sube, que hay que hacer muchas cosas, y lo primero es la ducha en este baño que tanto te gusta.

Cuando se vio en esa bañara antigua, rodeada de azulejos con dibujos en relieve que le encantaba acariciar, no podía creer lo contento que estaba aun lejos de sus amigos. Por primera vez quiso salir pronto del baño en el pueblo para continuar con sus inspecciones. Salió despacio para no caerse al salir del abrigo del agua caliente y poner un pie en el escalón previo al suelo, ¡Ay ese escalón! Cuánta emoción al verlo la primera vez y sentir que era muy diferente a todo lo que había visto antes. Hizo de tripas corazón, y más pronto que tarde, estaba de nuevo fuera de la casa y abrigado con todo lo que iba encontrando en su habitación antes de salir. Fijó la vista en una rama ancha y de buena altura que le serviría para apartar lo que podría esconder aquello que fuera único y típico del pueblo. Sin apenas darse cuenta, se encontró perdido entre entre olivos, cada uno más grande que el anterior, pero no tuvo miedo. ¡Era Navidad! ¿Qué podría pasar? El cielo comenzó a encapotarse más y más hasta parecer infranqueable, como si fuera una cúpula que los cubría a todos sin posibilidad de que hubiera nada más ahí fuera. En ese momento, un destello en el camino le sobresaltó, y al acercarse, pudo observar como si una moneda recién salida del banco le animaba a pararse en ese punto del camino. Se agachó despacio, y tras quitar con su rama todo lo que tenía alrededor y parecía quitarle su resplandor, este fue tapado de repente por unos zapatos austeros, oscuros y muy sucios. Poco a poco fue subiendo la vista y ahí estaba. El hombre que labraba cuando salió de casa. Tenía una mirada profunda y siniestra, pero no sentía miedo al mirarle, solo paz sin saber el porqué.

—¿Te has perdido, chico?

—No, bueno, solo creo que me he alejado. Mis padres y yo estamos en la casa junto a la plaza —respondió sin titubear.

—Anda, venga, te acompaño de vuelta.

Como era de esperar, su madre estaba en la puerta con expresión preocupada y al verle se acercó corriendo.

—Tranquila, solo se había extraviado mientras jugaba ensimismado en sus cosas.

—Muchas gracias.

Cuando entraron en casa, su madre le zarandeó con esos gestos que tanto hacía cuando estaba asustada.

—Sube a cambiarte, te llamaré para comer y no saldrás más hasta que bajemos a ver la cabalgata al pueblo de al lado esta noche.

Carlos hizo lo que le había dicho su madre, más tranquilo de lo que hubiera sido normal en él. La tranquilidad del señor que labraba parecía haberse transmitido sin apenas cruzar palabra. Cuando su madre le llamó, bajó a comer en silencio y se echó en el sofá tras terminar de comer cuando un sueño profundo le atrapó; las imágenes parecían ser una combinación rápida del señor que labraba, los olivos, su rama y el hueso. Ese hueso que parecía ser más blanco según se adentraba en el mundo de Morfeo, hasta que su madre le despertó de manera abrupta para irse. Apenas remoloneó y en un abrir y cerrar de ojos se vio en el asiento trasero del coche con la mirada de sus padres fija en las curvas de la carretera.

Al llegar, la entrada ya comenzó a deslumbrarle. Cientos de bombillas por las calles, farolas adornadas, rotondas, cientos de personas paseando, como si todas las casas estuvieran vacías. Sabía que el pueblo era pequeño, pero le pareció tan lleno de gente que solo deseó que aparcaran cuanto antes y poder bajar para unirse a la atmósfera que parecía poder respirar. Al bajar se quedó parado en seco, sí, eso que oía eran villancicos. Unos que parecían abrigar a todas las personas que allí se encontraban y parecían ajenas a la suerte que disfrutaban por estar allí, aun sin ser conscientes.

Tenía tanto que inspeccionar que no sabía si lo mejor sería solo observar y respirar a vida… El señor que labraba, las sonrisas de ese momento, las luces, los villancicos… La Navidad sin más.