¡ Bienvenidos !

¡ Bienvenidos !

No es el primer día, ni siquiera el primer post para mi blog, pero creo que es un buen momento para daros la bienvenida a todos, a los que ya me seguís y a los que solo pasáis por aquí.

Despertando emociones nace con el único objetivo que el del significado de su propio nombre. Un maravilloso viaje por nuestras emociones, esas que ya conocemos y las que aún, ni siquiera sabemos que guardamos en nuestro interior.

Os invito a que comencéis una nueva aventura fabulosa, extraordinaria y arrebatadora, que espero os enganche en cada una de sus temáticas, disfrutando de cada palabra, cada coma y cada sensación que os recorra durante vuestra lectura.

Bienvenidos a todos, espero que disfrutéis con el comienzo del largo camino que se presenta ante mí y deseo compartir con todos vosotros.

Cada segundo

Cada segundo

El agua de la ducha caía sobre ella casi con violencia, y eso era justo lo que necesitaba. Se había marchado, estaría ya lejos y su momento había llegado a su fin demasiado pronto. Si hubiera aprovechado cada segundo…

Quizá no volvería.

El agua dejó de correr y entre el vaho de la minúscula ducha pudo leer en la mampara “Siempre te querré”.

Quizá, sí volvería.

Voces en la sombra

Voces en la sombra

Salió corriendo sin mirar atrás, de nuevo otra discusión, de nuevo se repetía el mismo guión en su vida. ¿Cómo no lo había visto antes? ¿Cómo podía haberse engañado tanto tiempo? Desconocía prácticamente su pasado cuando se casaron, apenas concía a sus amigos y todo había estado siempre envuelto en un halo de misterio, pero siempre había pensado que eso era justo lo que la había enamorado. De repente se paró y se dio cuenta que no sabía dónde estaba, mientras corría solo pensaba y no pensaba hacía dónde se dirigía. Frente a ella una preciosa senda terminaba en una pequeña ermita. Los rayos de sol entre los árboles la iluminaban, era preciosa, no pudo evitar entrar.

Frente a la puerta de manera antigua sorprendentemente bien conservada dudó por un momento entrar, pero se dio cuenta al echar la vista atrás que nada bueno la esperaba Read more

Una mano al final de la escalera

Una mano al final de la escalera

Se había convertido en una costumbre. Cada mañana acudía a la clínica y durante una hora, su fisioterapeuta podía alejarla de los dolores, de su realidad… esa realidad que tantas veces se había negado a afrontar. ¿Por qué esa tenía que ser su costumbre? ¿Por qué los demás podían disfrutar de su juventud a la espera de las enfermedades que pudieran llegar en el futuro? Lara no terminaba de entender qué tenía de positivo en su vida, qué hacía que mereciera la pena levantarse cada mañana.

Se despertaba cada día Read more

Recuerdos.

Recuerdos.

Sol deslumbrante. Un torbelllino de recuerdos y sensaciones que con dificultad me deja deslizarme por la calle en dirección a mi trabajo. ¿Cuál? Eso no importa ahora, solo expresar mis sentimientos, o al menos, ordenarlos. Siempre es de agradecer sentir cómo más personas se sienten como tú; perdidas sin econtrar el rumbo o el camino, y no poder contárselo a alguien sin desnudar su interior. «¿Y si se ríen de mí?» «¿Y si me toman por loco, desesperado o inseguro?». A todos nos ha invadido en alguna ocasión esa sensación. La mía… esta misma mañana. Y no sé me ocurre manera mejor de expresarlo que poneros en antecedentes y contaros mi noche de ayer.

Jueves noche con lo que todo ello conllevaba. Colorete,ojos ahumados y pintalabios bermellón que no dejaba a nadie indiferente. Para qué engañaros si era la verdad. Sentía las miradas posadas en ellos, luego cómo estas bajaban a mis pechos para continuar con el cortorno de mis curvas ocultas por un vestido ceñido que con bastante seguridad todos -y alguna chica-, querrían desgarrar. Igual de manera violenta como en alguna escena de película subida de tono o quizá, solo alguna escena que necesitara el guión para poner en situación a los espectadores. Apoyada en la barra con mis amigas ya sentadas en una mesa que igual conseguimos a base de sonrisas, como se puede entender era noche solo de chicas, un fuerte acaloramiento comienza a forjarse en mi nuca haciéndome girar la cabeza y voilà: allí estaban esos ojos verdes que me atravesaban sobre unos labios tan carnosos que podían —y de hecho yo lo deseaba con todas mis fuerzas— desgustarme de manera lenta y pausada. De arriba a abajo. De abajo a arriba. Mientras toda mi piel se erizaba y estremecía a partes iguales deseando más. Siempre más. Aquí, entre nosotros, soy bastante insaciable cuando encuentro algo que pone en marcha cada partícula de mi cuerpo. Y ÉL lo hizo, ¡vaya sí lo hizo! Sin darme cuenta se fue acercando mientras sorteba a cualquiera que se interpusiera entre nosotros, y lo hacían bastantes personas ya que aquello estaba a rebosar, pero antes de que el camarero se percatara de mi presencia ansiosa por pedir algo que llevar a mis amigas y a mí al cuerpo, nuestros antebrazos se tocaron provocando un comienzo de fuegos artificiales en todos los colores y formas posibles. En ese momento giré  todo lo posible mi mirada y ¡ay, esos ojos! ¡Esos labios tan poderosos! Pero el momento se rompió cuando el camarero me preguntó qué quería, estos siempre inoportunos, después de media hora deseando mi bebida y las de mis amigas, se percata de mi presencia cuando menos falta hace.

—¡Nena! Has tardado la vida. No me digas que encontraste algo más que las bebidas… —comentó mordaz una de ellas.

—Algo así. Pero la llegada de las bebidas hizo que todo se esfumara. Por cierto, gracias por ayudarme con las copas. Y la reprimenda va para las dos, ¿eh?

La noche siguió su curso y ninguna mirada de ojos verdes sobre labios carnosos apareció sobre nosotros, así que asi estoy ahora. Con cientos de recuerdos vívidos de camino al trabajo que hacen que todo lo que veo sea distorsionado y mis ojos solo quieran cerciorarse de que lo de anoche fue real. Bajo distraída las escaleras del metro, subo al vagón repleto de expresiones dormidas y llenas de letargo hasta que siento como un reflejo parece brillar en la oscuridad del túnel. De nuevo todo a mi alrededor desaparece como anoche en el pub y los recuerdos comienzan a ser más vívidos, tanto, que cuando llegamos a la estación y él baja del vagón, mi expresión se contagía del sopor que me rodea y todo se convierte en recuerdos. Simples recuerdos que desearía haber vivido, aunque lo haré.

Simpre se me ha dado bien convertir recuerdos en sueños, ¿a vosotros no os pasa?

 

Sudor perlado

Sudor perlado

Me doy la vuelta en la cama con la única luz del resplandor de las farolas de mi calle. Siento cómo la mojada almohada baña mi mejilla e intento incorporarme para pulsar el interruptor que pueda iluminar mi solitaria habitación. Observo la escueta ropa que me cubre pegada a mi piel con las gotas de sudor que bajan desde mi cuello con dirección a mi pecho. Al igual que en mi entrepierna, siento cómo todo parece estar salpicado de perlas de sudor nocturno.

«¿Serán mis sueños? ¿Será el calor….? ¿O será tu recuerdo?».

Me cubro la cara con mis manos sudorosas de ti. De mis recuerdos contigo y que no soy capaz de olvidar. Recuerdos que parecen tan vívidos, que siento junto a mí en la cama. Mirándome. Sonriéndome. NIego con la cabeza y me pongo en pie frente al ventanal del último piso. Una fresca brisa parece saludarme mientras la humedad en mí, esa que lleva tu nombre, no tiene otra manera mejor de expresarse que con sudores. Uno perlado y cálido.

Sudores que se reproducen en mi cabeza con cientos de neuronas gritando tu nombre lo más alto que pueden. Me estremezco, una corriente me doblega en su recorrido de pies a cabeza. «¿Eres tú?», no dejo de preguntame una y otra vez. Mi pensamiento racional sabe que ni estás, ni quieres estarlo. Que esto, es una batalla que debo superar para ganar mi guerra conmigo misma. Esa guerra que por un momento me hiciste creer que podía ganar…, pero lo único que gané son recuerdos dolorosos y despertares angustiados. Sí, los sudores llevan tu nombre. Mi cuerpo se estremece con tu recuerdo, pero viendo la multitud de gente que debe vivir en los edificios colindantes, sé que muchas de las personas que allí están han luchado esta guerra antes, o incluso en estos momentos. Pero mi cuerpo genera ese sudor perlado que solo puede pertenecerte a ti, quieras o no. Quizá sea mi guerra, pero las consecuencias son tu legado. Un legado entre sudores y humedades de las que no te puedes aprovechar, porque… a lo hecho pecho. No podrás sentirlos, ni conocer su sabor. Solo imaginar cómo sería estar aquí compartiéndolo conmigo. Lástima.

Los sudores me despetarán porque tus recuerdos no parecen querer salir de mis neuronas, pero tú…Tú al menos pareces feliz. Aunque nunca dudaré de que también te estremeces cuando algún recuerdo, alguna canción, algún anuncio en la televisión, vuelva a recordarme… ¿Lo sientes?

Ojalá no haya sido solo un sueño perlado.

Recuerdos vibrantes…

Recuerdos vibrantes…

Eso fue. Un instante. Uno que se aferró a mí, a mis entrañas, para despertar a cada momento sin cesar. Los pasos de los días, las noches, la vida ajena que todos parecían vivir y tú entre ellos.

Tú. Tú en tu máxima exposición. Tus ojos. Tu mirada que me atravesaba, aún ahora en la lejenía, me atormenta más que en aquel momento. Aquel cara a cara que no supe cómo manejar, solo dejar a mi cuerpo vía libre para que lo hiciera. Aún así, se nos quedaron pendientes besos, palabras, comentarios, caricias…, e intimidad. Mucha más intimidad. De hecho, toda ella. De principio a fin, el recuerdo de tus manos sobre mi piel, nuestras miradas al encontrarse y la sonrisa que dejaban dibujadas en nuestros rostros.

¿Lo recuerdas? ¿Lo viviste igual?

Igual solo fui yo, solo mi cuerpo, mi torrente sanguíneo y que la flojera de mis piernas me hiciera pensar que fue real. Que no eras algo más, ni una situación que podría olvidar con facilidad. Aún ahora, registro cada recuerdo como si fueran carpetas de un ordenador que al abrirlas demuestran que aún hay algo en mí.

¿Algo que desaparecerá? ¿Algo que solo fue mío y no de dos?

No podré saberlo, no de la manera que necesito al menos, ya que tu manera de abrirte siempre estuvo supeditada a momentos importantes para la sociedad, cumpleaños, finales de año… pero, ¿y solo para mí? ¿Fue alguno? Quizá deba pedir disculpas porque pasados los años, aún siento nuestras lenguas enredadas en un diminuto espacio que solo invitaba a no separarnos en un baile para el que ninguno habíamos contratado música. Quizá esa música se desarrollaba en nuestro interior y salía al exterior en una forma física sin necesidad de ser aprendida con anterioridad. Esos besos húmedos en los que la sequedad permanecía prohibida y nuestras manos se encargaban de abrazar cada uno de los poros de nuestra piel.

Ojalá se pudiera volver, y olvidar por un momento, nuestra realidad para que igual así… ese pasado se desdibuje hasta no poder descifrar su significado en nuestra piel.

Pensarte

Pensarte

Cada noche con sus días, sus tardes y tarjeta en mano, entraba en mi turno nocturno. ¡Cómo no iba a odiarlo! Mi cuerpo estaba del revés, y no lo hubiera podido mantener de no ser por ÉL. Mi compañero. Mis fuerza cuando creía haberla perdido. Mi respiración cuando esta me faltaba. Aquella noche en particular me encontraba especialmente inquieta aunque no pensaba darle mayor importancia de la que tenía. La semana anterior había sido complicada y esa sería la razón por la que mi cuerpo iba más rápido que mi cabeza. Más rebelde que de costumbre. Pero ¡ay cuando le vi! Su cuerpo, sus manos que tecleaban con dulzura el ordenador hasta que se percató de mi entrada en la oficina. Tan nerviosa que solo pude balbucear buenas noches de manera infantil al mismo tiempo que mi mirada evitaba encontrarse con la suya. Fui hacia mi mesa y me escondí tras la pantalla del ordenador que decidi utilizar como chaleco salvavidas, antibalas y… repelente de esos ojos de las que proyectaban una intensidad que mi entrepierna seguro interpretaba de manera errónea. Sí, sus ojos. Sí, su invasión en mí con una perspicacia que calaba como nunca antes lo había conseguido nadie. Sí, ese magnetisno que me atraía como los imanes que decoraban el frigorífico en casa, donde me sentía libre de imaginarme entre sus brazos. Que entre nosotros, ¡vaya brazos! Cómo fantaseaba con ellos mientras me estrechaban, mientras se introducían en mí, mientras… solo me pertenecían a mí. Pestañeé de una manera fuerte y prolongada al mismo tiempo que mi cabeza negaba por mí haciendo que mis neuronas calenturientas no olvidaran que no era lugar para recrear mis más íntimas fantasias.

—¿Te puedo ayudar en algo? Pareces nerviosa… ¿de nuevo los ruidos de tu vecino hacen que no duermas por las mañanas?

—No, tranquilo, no es él —respondí de manera distraída mientras la bilis de mi hígado se desbordaba y me callaba ante quien de verdad no me dejaba descansar ni la mente ni el cuerpo. ÉL, solo Él. Todo ÉL. Sempre ÉL.

Seguimos cada uno con nuestras tareas que durante un tiempo consiguieron alejarme de su hechizo y mi fascinación por él hasta que me levanté y fui en dirección a la fotcopiadora, que se encontraba en un pequeño cuarto junto al ascensor. No dejaba de fotocopiar hasta que un ruido me sobresaltó.

—Llevas aquí la vida, ¿si te falta mucho me dejas fotocopiar un documento? Solo uno, te lo prometo. —Y de nuevo esa mirada.

Sin contestar me hice a un lado y le dejé espacio. Pero no el suficiente. Quizá mi inconsciente deseaba no alejarse cuando sentí cómo un leve roce en mi mano, apoyada en la bandeja de papel, me desperataba de manera abrupta de mi ensoñación.

—Perdona. Espera que te deje más espacoo, es tan diminuto este sitio que apenas cojemos los dos.

Me armé de valor y giré mi rostro para encontrarme con el suyo. Tan cerca que su respiración ondeó un mechón de mi pelo alborotado.

—Perdona de nuevo. —Y apareció mi risa nerviosa, esa que solo se mostraba ante la gente que de verdad la hacía despertar—. Será mejor que vuelva luego.

Y así, con mis nervios a flor de piel, mi piernas comenzaron a flaquear y el sonido del ascensor me asutó de una manera que no pude más que tambalearme y caer sobre su pecho. Sobre uno fuerte junto a un latido rápido que retumbaba bajo unos ojos que me miraban de manera profunda y sexy. La puerta del ascensor abriéndose a escasos pasos rompió el momento, pero no la humedad que emanaba de mi interior ni los nervios que corrían despavoridos por cada rincón de mi cuerpo. Al llegar a mi silla, me di cuenta que para mi desgracia no vivía ni en una película romántica ni entre las cincuenta sombras de Grey. Una verdadera pena…

Entre tus sábanas.

Entre tus sábanas.

Un día. Su tarde. Su noche. ¡Ay su noche! «¿Qué demonios hago yo malgastando mis noches sin dormir, solo con él en mi cabeza?». Me es imposible pensar en mi piel si no están sus manos en ella. En caricias si no llevan su nombre y en lenguas entrelazadas que no sean la suya y la mía. ¿Acaso no sabes que me refiero a ti? ¿A ese suyo tan tuyo? ¿Acaso no sientes lo mismo? Esos recuerdos tan nuestros. Esa tarde. Sí. Escondidos entre paredes que guardaban nuestro secreto que quedó entre nosotros y la ciudad. Una que sabe de nosotros casi tanto como yo de ti. De tus manos abrazadas a mi cuello y tu lengua enredada húmeda con la mía. Nuestros cuerpos sin aire que corriera entre ellos, con nuestros sexos palpitando uno por el otro. Por un encuentro que se antojaba imposible menos en nuestras mentes. Donde sí era todo realidad de una manera sublime y tan necesaria que hasta el erizar de la piel dolía. Un dolor que al llevar tu nombre se tornaba en placentero. Porque eras tú. Sí, tú. ¿Quién iba a ser si bajo el mismo cielo solo importábamos tú y yo? Sé que aún lo recuerdas. Esa sensación que hacía a mis letras convertirse en escalofrío en tu cuerpo, En cada rincon escondido que pude despertar en ti. ¿Lo notas? Soy yo. Lleva mi nombre. Tu constante que no desaparecerá mientras me piensas en silencio. Esa que las variables no consiguieron hacer desaparecer.

No lo quieres. Sigo siendo el recuerdo que hace real aquel momento sin convertirlo en ficción ni enterrarlo en un sueño profundo. Porque sí, a pesar de todo somos un sueño. Uno que en un momento, aunque efímero, nos demostró que juntos nos hacíamos realidad. Una realidad palpable que respiraba al compás de nuestros latidos reocrriéndonos de arriba a abajo sin porqués ni tabúes. Sn nada que nos hiciera pensar que deberíamos parar, ¿por qué nos habíamos encontrado si no?

Sigue con tu vida y yo haré lo mismo con la mía. Sabiendo que no sería la misma de no haberte encontrado, ¿lo sería la tuya sin conocerme? Piénsalo, o no, si así se te hace más fácil. Solo te diré… que soy real. Tu realidad, aunque no completa, sí en parte… por mucho que me escondas encontraré la salida.

Respirarnos.

Respirarnos.

¿Tú lo hiciste? ¿Lo recuerdas…? ¿O está enterrado en otra vida? Ay, esas otras vidas que todos tenemos y es difícil que se reconozcan. Venga, que te ayudo. Cierra los ojos y vuela conmigo.

Hacía frío. El cuerpo nos pedía sorbernos la nariz o sonarnos los mocos, por poco sexy que eso resultara. Pero no había otro día. Otro momento ni otra ocasión. Tanto uno como otro estaban unidos en ese instante, lugar y tiempo. Esa unión que se nos presentaba sin más, o quizá sí. Sin opciones pero sí deseos. ¿Los recuerdas? Las ganas. El palpitar dentro de nuestro pecho. La respiración acelerada. El actuar de manera automática. De esa en la que no hay tiempo para pensar, ni se quiere. De esa cuya único sinónimo era esconderse. De todo. Lo que se esperaba de nosotros y nuestra vida, mientras nosotros solo moríamos por vivir el uno en el otro. De la manera que fuera. De la que se pudiera. Pero siendo solo uno. Con nuestros nervios. Nuestra conciencia oculta en aquel espacio reducido que solo nuestros sentimientos podían agrandar y emborracharlo todo de pasión alejada de cualquier componente etílico. ¿Que nos hubiera aportado este? Nada. Más bien hubiera sido al contrario. Sabíamos la vida que esperaba fuera si es que se le podía llamar vida. Y no estabamos preparados para que nuestro momento acabara. ¿Qué tenía de malo el respirarnos? ¿El no querer nada más aunque fuera por tiempo limitado?

Apuramos los últimos momentos de aire que podíamos compartir. Esos alientos que queríamos solidificar para guardarlos donde poder encontrarlos cuando los necesitáramos. Pero la realidad, como pasa más de lo que se reconoce, se alió con nuestra ficción y volvimos. Decidimos comprobar que el aire fuera de nuestra etérea unión, aún podía ser respirado, aunque no fuera ni de lejos lo compartido hacía unos segundos. Solo un abrazo a mi cuello que me pilló desprevenida, me susurraba en el torrente sanguíneo que había sido real. Que era real, pero y ahora, ¿aún lo es?

En aquel momento lo parecía entre manos que se buscaban bajo la mesa. Miradas que decían todo lo que nuestros labios callaban. Vibraciones que llevaban años en el banquillo y habían salido a jugar solo unos minutos. Hasta que todo eso se fue y solo quedó la algarabía. Una, en la que lo hiciste. Me pediste un beso. Uno con sabor a despedida. Uno, que conocedor de lo que significaba no quiso expresar todo lo que llevaba dentro. Pero al final, lo que quedó, fue el poder respirarnos…

 

Instantes…

Instantes…

Lo dijeste. Creí cromprender, y aún ahora creo que lo hice. Lo sentí, y en ete momento, con miles de circunstancias que nos separan, o igual una sola… entendo su significado en nosotros. Dos instantes que al coincidir crearon algo monumental, grandioso: una conexión llena de esencia.

Tuya y mía. Nuestra.

Esa primera vibración al rozarse la humedad de nuestros labios y ser compartida tras tantos años. Ese primer abrazo a mi cuello mientras mis ojos no podían permanecer por más tiempo cerrados y al abrirlos…. esa puñalada al corazón. Esa que fue recibida con gusto y un anhelo que tanto tiempo se  había abrigado. Oculto. Pero al fin libre. Al fin se liberaba en nosotros. En aquel pequeño baño que nos escondía del mundo real que hasta este momento vivíamos. Por fin, parecía nuestra vida unida donde y cuando menos esperábamos.

Tuya y mía. Nuestra.

Tus manos querían acariciar mi contorno y subir a mi pecho, pero era la primera vez, escondidos de mundo, que también escondía sus ganas. Nuestras ganas. Mi cuello recibió tus manos que me estrechaban con cuidado pero con intensidad. Con deseo contenido pero arrebatado como seguro lo sentías en tu interior, como yo en el mío. La conciencia de la realidad me hizo huir. Salí y subí las escaleras intentando no tropezar. No mirar atrás. No pensar. Pero tus manos atraparon mi cintura desde atrás dándome la vuelta. El diálogo era inútil. Ambos queríamos, nuestros cuerpos cerraron el nulo debate que intentaban nuestras bocas, hasta que dejamos de pensar y volvimos a donde nuestras conexiones se hacían realidad.

Tuya y mía. Nuestra.

Todo se desdibujó más aún que la primera vez. Todo menos nosotros. Menos tú y yo. Si habíamos aguantado tanto, ¿por qué no dar rienda suelta a los sentimientos? Y de nuevo, el alrededor fue sólido, consistente, casi palpable. Con tus dedos aún enredados en mi pelo junto al cuello, vi fuego en tus ojos y fuerza en tu cuerpo. Te vi. Conmigo. Real. Un recuerdo constante que en sueños cada vez es más efímeros, pero al final siempre será…

Tuyo y mío. Nuestro.