¡ Bienvenidos !

¡ Bienvenidos !

No es el primer día, ni siquiera el primer post para mi blog, pero creo que es un buen momento para daros la bienvenida a todos, a los que ya me seguís y a los que solo pasáis por aquí.

Despertando emociones nace con el único objetivo que el del significado de su propio nombre. Un maravilloso viaje por nuestras emociones, esas que ya conocemos y las que aún, ni siquiera sabemos que guardamos en nuestro interior.

Os invito a que comencéis una nueva aventura fabulosa, extraordinaria y arrebatadora, que espero os enganche en cada una de sus temáticas, disfrutando de cada palabra, cada coma y cada sensación que os recorra durante vuestra lectura.

Bienvenidos a todos, espero que disfrutéis con el comienzo del largo camino que se presenta ante mí y deseo compartir con todos vosotros.

Cada segundo

Cada segundo

El agua de la ducha caía sobre ella casi con violencia, y eso era justo lo que necesitaba. Se había marchado, estaría ya lejos y su momento había llegado a su fin demasiado pronto. Si hubiera aprovechado cada segundo…

Quizá no volvería.

El agua dejó de correr y entre el vaho de la minúscula ducha pudo leer en la mampara “Siempre te querré”.

Quizá, sí volvería.

Voces en la sombra

Voces en la sombra

Salió corriendo sin mirar atrás, de nuevo otra discusión, de nuevo se repetía el mismo guión en su vida. ¿Cómo no lo había visto antes? ¿Cómo podía haberse engañado tanto tiempo? Desconocía prácticamente su pasado cuando se casaron, apenas concía a sus amigos y todo había estado siempre envuelto en un halo de misterio, pero siempre había pensado que eso era justo lo que la había enamorado. De repente se paró y se dio cuenta que no sabía dónde estaba, mientras corría solo pensaba y no pensaba hacía dónde se dirigía. Frente a ella una preciosa senda terminaba en una pequeña ermita. Los rayos de sol entre los árboles la iluminaban, era preciosa, no pudo evitar entrar.

Frente a la puerta de manera antigua sorprendentemente bien conservada dudó por un momento entrar, pero se dio cuenta al echar la vista atrás que nada bueno la esperaba Read more

Una mano al final de la escalera

Una mano al final de la escalera

Se había convertido en una costumbre. Cada mañana acudía a la clínica y durante una hora, su fisioterapeuta podía alejarla de los dolores, de su realidad… esa realidad que tantas veces se había negado a afrontar. ¿Por qué esa tenía que ser su costumbre? ¿Por qué los demás podían disfrutar de su juventud a la espera de las enfermedades que pudieran llegar en el futuro? Lara no terminaba de entender qué tenía de positivo en su vida, qué hacía que mereciera la pena levantarse cada mañana.

Se despertaba cada día Read more

Nueva casa, nuevas experiencias.

Nueva casa, nuevas experiencias.

experiencias

No se lo podía creer. Por fin. Sus piernas flaqueaban desde hacía una semana, cuando le dieron la noticia. Introdujo despacio la llave en la cerradura, cogió aire y esperó unos segundos antes de abrir la puerta. Cuando al final lo hizo, una luz deslumbrante hizo que entrecerrara los ojos. Cerró la puerta tras ella y se deslizó sobre su blanca madera hasta sentarse en el suelo.

Un recibidor más grande de lo que recordaba, una fina lámpara blanca sobre él y un pequeño espejo lo decoraban. Volvió a coger aire mientras una lágrima humedecía su mejilla. Dos años habían pasado y aún no podía creerlo. Se puso en pie y dejó las llaves sobre la precioso bandeja que compró hace unos días nada más; hasta las dos llaves quedaban bonitas colocadas en su sitio. Caminó despacio hacia la primera puerta, era el salón. Un sofá en L, una mesa de comedor y una preciosa alfombra lo decoraban. Se mordió los labios por la emoción que había conseguido esconder estos años. Siguiente parada, la habitación principal; blanca, amplia, acogedora y con mucha luz como el resto de la casa. No lo pudo evitar y se tumbo sobre la fina colcha a rayas que la vestía. Se tapó la cara con ambas manos e imagino todo lo que le esperaba a esas sábanas y a ella misma. Besos. Caricias. Labios ansiosos de encontrarla. Se sentó colocando los pies sobre las coquetas alfombras que abrazaban la cama a ambos lados. Al ponerse en pie no pudo evitar mirar el cabecero de forja que parecía proteger toda la estancia.

Salió a la terraza y un banco de madera junto con dos sillas formaban el conjunto que tanto le había costado elegir.  No pudo evitar sentarse y cerrar los ojos mientras el sol la bañaba y arrullaba con dulzura. «Aquí seré feliz, aquí viviré las experiencias que me convertirme en adulta…». El móvil vibró junto a su pierna y de repente recordó; había invitado a Diego a ver el apartamento nuevo y había olvidado por completo.

« ¿Inauguraste la casa sin mi…?»

« Nunca se me ocurriría. Ven, te espero en el portal», parecía un mensaje sincero.

Llevaban flirteando cerca de seis meses. Se conocieron en una tarde de cañas con la gente del trabajo. Alguien le había llevado, ya ni siquiera recordaba quién. Castaño, cerca de los cuarenta, tonificado, pero no en exceso, y una sonrisa que le hacía olvidar lo que ocurría alrededor. Entre unas cosas y otras no habían encontrado el momento, o eso pensaba Paula. Fue hacia la entrada, cogió las llaves y se fue. Veinte minutos tardó en llegar, que ella utilizó para respirar, coger y soltar aire despacio y que la ligera brisa del día la recargara las pilas. Le pareció oír su nombre y se dio la vuelta. Allí estaba. Sonriéndola, pícaeo y sexy como solo él sabía. Cuando subieron los tres escalones y entraron en el ascensor la imaginación de Paula voló sin apartarse de él; sus labios carnosos, esos ojos almendra que la abrazaban y esa manera de hablar que tanto le gustaba.

—Esta es la entrada … —dijo juno a una sonrisa que le sonó más adolescente que otra cosa.

—No perdamos el tiempo —la interrumpió antes de poder seguir—. enséñame esa preciosa terraza de la que tanto hablas.

Paula no pudo evitar chasquear la lengua contra el paladar y le indicó el camino con la mano. « Me mata, hoy me mata». Abrió la reja y salieron despacio, en silencio mientras Diego no dejaba de mirar hacía todas las direcciones antes de decir:

—Falta una de esas camas de Ikea para el jardín, o mejor aún, una hamaca muy grande donde puedan coger dos…

—¿Dos…? ¿Para qué tan grande? —preguntó con una mirada intensa— ¿Acaso quieres utilizarla conmigo?

—Con lo patosa que eres tendría que venir unos cuantos días a enseñarte a subir sin caerte.

Paula no podía creerlo. Parecía una invitación a unos planes muy muy jugosos y subidos de tono… ¿lo estaría imaginando?

—Una pena no poder empezar hoy, pero te prometo que esa será mi siguiente compra.

—¿Tardarás mucho en ir? Lo pregunto por hacer algo mientras tanto.

«Dioooooooos. Que pare o no se cómo acabará esto».

—¿Me acompañas a la cocina a por unas cocacolas?

—Si eso es todo lo que tienes para mí, te sigo… —dijo mientras la indicaba que ella primero.

Abrió la nevera y dejo las latas en la encimera. Antes de poder abrir la suya sintió unas manos en su cintura. Un suspiró en su cuello la estremeció pero pudo darse la vuelta y separar sus  cuerpos con una de las cocacolas.

—¿En serio? Llevo esperando este momento muchos meses, Paula. —Y arqueó las cejas sin soltar su cintura ni hacer amago de coger la cocacola —. No me hagas eso, no imaginas cuánto te deseo…

Paula, la volvió a dejar en la encimera y le miró. En silencio. Se mordió el labio y pudo ver cómo Diego se acercaba despacio, como en sus sueños, estrechándola más fuerte hasta que sus labios se conocieron de cerca, sin aire que le separara y todo se volvió borroso. Colores tropezando unos con otros, gruñidos convirtiéndose en melodía y en su pubis un empuje que la puso a mil. Se separaron unos segundos en los que él abrazó su cuello fuerte y le preguntó dónde estaba el dormitorio.

—Se me ocurre un sitio mejor.

Diego se limpió la saliva de sus labios y no pudo evitar los bien que sabía y lo mejor aún que besaba. Paula le llevó al salón, volvió a besarle y se tumbaron sobre la alfombra. Intentó desabrochar su sujetador y ella se sentó para quitarse la camiseta y facilitarle las cosas. La expresión que se dibujó en su cara fue todo lo que necesitó. Sin pensarlo comenzó a desabrochar los botones de su pantalón. Intentó poner cara de póker y no salir corriendo cuando pudo intuir lo que escondía su ropa interior. «Y esto es legal? ¿No hay leyes de alejamiento para esta clase de armas de destrucción masiva?». Un beso fuerte, vehemente y penetrante hizo que Paula volviera a la alfombra, a ser consciente de las manos que le recorrían y a quien tenía delante. Acercó sus pezones endurecidos a sus labios y gimió, gruñó, se dejó llevar y pudo sentir como Diego se deshacía en ella tras haberla recorrido entera y besado cada recoveco y ángulos de su anatomía. Se sentía plena y solo pensaba en repetir esas sensaciones que habían recorrido su cuerpo.

Boca arriba con un techo blanco que parecía aplaudir la función, se volvió hacia Diego y no había nada más que pensar ni decir; había sido una fiesta de inauguración perfecta…

Tierra, trágame y escúpeme en el Caribe. Ivanka Taylor.

Tierra, trágame y escúpeme en el Caribe. Ivanka Taylor.

ivanka

Una nueva luz al final del túnel, una esperanza que crece y te hace creer que es posible. Y lo es, tras pasar mi adolescencia con Marian Keyes y Emily Giffin, apareció Elisabet Benavent para hacerme creer que mis relatos, mis post it y las frases perdidas que se me ocurrían —y no olvidaba escribir— podían tener un futuro mejor que la papelera.

Becquer, Julia Navarro y otros libros serios no me hacían vibrar, querer leer a cada minuto y abrir blogs para compartirlo. No es fácil acceder a información de Ivanka Taylor; apenas una desconocida que ha trabajado (y leyendo sus libros sigue haciéndolo) en comunicación y ha publicado dos libros siendo este el primero.

Diferente, atrayente con una historia que muchos pueden pensar manida pero… ¿no está todo ya inventado? Las chicas sabemos cómo funciona nuestro día a día e incluso a veces —y solo a veces— nuestro propio funcionamiento. Esos momentos con amigas, que aún sin decirlo en alto, sabes que son importantes, que recordarás en un futuro que te parece muy lejano aún y que no quieres que se pierdan en la rutina y las obligaciones que la sociedad ve como necesarias. ¿Quién no ha estado en un andén de metro sin saber cómo la noche había terminado ahí?, ¿cómo te han engatusado para un plan que pensándolo fríamente no tenía ninguna cabeza?, ¿cómo… la vida te había llevado a donde ni siquiera sabía que querías estar pero nunca antes habías vibrado tanto?

Entre letras todo parece más fácil, más sencillo y posible pero… ¿quién nos hizo pensar lo contrario? Las posibilidades siempre son innumerables, solo debemos quererlo de verdad y querernos de verdad. La personalidad se conforma con los años y las experiencias —que también experiencia— en las que siempre se denota  quiénes somos en realidad aunque ni siquiera nosotras mismas lo sabemos todavía. ¿Os atrevéis a un viaje hacia vuestro interior y saber por qué hacemos lo que hacemos?

Nuestras amigas sabrán aceptar nuestras decisiones, acciones e ilusiones entre todos aquellos que intentan atraerte hacia su corriente. Hagas lo que hagas siempre aprenderás; mejor hacerlo riéndote, ¿no?

Ivanka Taylor te ayudará a reírte, incluso en ocasiones desternillante. ¿Le damos la oportunidad de hacerlo?

Vamos a ello…

Por fin… el destino.

Por fin… el destino.

pies5

Bajaba las escaleras más bien como podía; hacerlo de maanera sexy y elegante era mucho pedir. Sé que estaba ahí, le miraba de reojo al mismo tiempo que intentaba que esa noche pudiera besarle a él y no al suelo. Llega el momento de agarrarse, para eso estaban las barras del metro, ¿no? ¿Quién demonios había diseñado esa parada? Seguro que no llevaba tacones ni un mini vestido que enseñaba más de lo que cubría… los cuarenta grados tampoco ayudaban. Antes de que los dichosos escalones acabaran Juan se acercó y me tendió la mano, «mierda, se ha dado cuenta de lo pato que he bajado las escaleras, pero el vestido cuenta , ¿no?».

—Buenas tardes, guapa.

—¡Ay! qué trabajito… ¿por qué hemos quedado aquí? Ya me podrás compensar luego…

La sonrisa bobalicona y divertida de Juan cambió radicalmente a lo que creo que fue angustia y miedo. «¿Se había asustado? Vale que era un comentario abierto a la interpretación, pero… ¿acaso mi vestido no daba a entender lo que ser políticamente correcto no dejaba decir?».

—¿Ese vestido es para mí? Pensaba que habrías quedado con alguien después —Puso los ojos en blanco y supe que había comenzado el juego.

—Pues mira sí, ¿te molesta? Tengo que asegurarme de que este trapillo acabe en el suelo, donde a mi madre le encantaría verlo a falta de un cubo de basura.

—Mira, ahí tienes un container.

—No te estás trabajando nada bien que la tarde acabe como quieres; igual que he bajado las escaleras puedo subirlas. —Chasqueé los labios y me di cuenta que sí, de verdad se me estaban quitan las ganas, no sé muy bien de qué, pero veía cómo se despedían con la mano y una expresión de , maja—. Venga va, ¿dónde vamos a cenar?

—Nos esperan en ese restaurante de la esquina.

—¡Qué raro que hayas elegido esa ubicación!

—Tiempo muerto, llevamos muchos meses planeando esta cena, que el orgullo no lo fastidie… —Y me miró de una manera tan profunda que me dejó sin palabras.

Entramos y el ambiente nos envolvió sin poder evitarlo. Camareros bien vestidos, una decoración perfecta, italiana y romantica con la que era imposible no flaquear.

—¡¡Me encanta!! —dije con cara de tonta y los ojos bien abiertos sin dejar de mirar a mi alrededor.

Le agarré del brazo y pude percatarme de que mis impresines tenían razón; musculado pero no en exceso. Mis muslos se contrayeron y no pude evitar moderme el labio. Nos llevaron a una pequeña mesa escondida bajo las escaleras. Ojeaba la carta pero no podía ni prestar atención ni leer.

—¿Qué vas a pedir? —preguntó sin buscar nada más que saber qué me apetecía.

—Ahora mismo creo que no puedo pensar en comida como tal. —Y mi mirada se perdió en los escalones que había sobre mí.

—¿Estás volviendo a hablar con doble sentido…? —Su entrecejo se arrugó contrariado.

—No, perdona, un Mare Monte y si quieres podemos compartir un entrante.

—Me parece bien, ahora eres tú la que ha conseguido que me vaya lejos…

Otra vez esa mirada cuando se comenzaron a oír mis tripas. ¡Qué sexy todo!

—Pues decidido, un Mare Monte y tartar de salmón —sentencié con una sonrisa.

Pedimos, cenamos y me comence a poner nerviosa cuando esperábamos la cuenta. No era solo el tiempo escondida en casa sin acudir a citas, era Él. Su olor. Nuestros mometos años atrás… ¿había llegado el momento? Cuando se cerró la puerta tras nosotros, lo  que nos envolvió fue Madrid, su noche cubrió nuestros nervios —«sí, el también lo estaba, no era capaz de esconderlos»— y vistió nuestros cuerpos con una brisa a la que solo le faltaba el mar. Nos acercamos al parking en silencio, él con las manos en los bolsillos, yo son la mirada perdida.

—Estas escaleras han sido fáciles.

—Me alegro, se nota que la zona no permite traspiés. —dijo mientras sacaba las llaves—. El coche está justo aquí.

Me señaló dónde y fue a pagar el ticket, no hice ni amago de pagar, mis modales estaban a otra cosa y agradecí poder ir sola hasta el coche. Condujo despacio, disfrutando del pasaje que se desdibujaba por las ventanas y entramos en su garaje. Ni siquiera me preguntó si quería ir a su casa. Me moví en mi asiento y antes de poder moverme sentí como unos labios impedían que saliera el aire como antes, mi corazón comenzó a palpitar más rápido, tanto, que parecía que su sonido retumbaba entre las columnas donde había aparcado. Se separó quedándose a pocos milímetros y cuando comezó a hablar el olor de su aliento me dijo todo lo que necesitaba saber.

—Perdona…, hummm…, necesitaba quitármelo de la cabeza, la presión de nuestro primer beso comenzaba a axfisiarme.

Dudaba de no poder tartamudear al hablar, así que hice lo que me pedía el cuerpo: le besé, decidida, intensa, saboreando esos labios con los que tanto había soñado. Igual arrojarme sobre él había sido demasiado, pero mi cuerpo no podía aguantar más. No recuerdo ni cómo habíamos llegado a su casa, pero allí estábamos de pie en el salón.

—Tranquilo, yo no sé ni cómo me mantengo de pie. Nos pasa ambos, llevamos demasiado tiempo dándole vueltas…

En ese momento fue él quien me agarró fuerte, me colocó en el sofá y comenzó a desabrocharse la camisa. No podía apartar los ojos de él, sus gestos, sus dedos alargados y perfectos. «¡Qué debilidad más tonta tengo con las manos!», sus manos comenzaron a deslizarse por mis hombros y me devolvieron a la realidad; su roce era mejor de lo que había imaginado durante tantas noches en mi cama. Se sentó a mi lado y se acercó despacio, unos microgundos que me parecieron horas hasta que nos dejamos llevar. Nos desnudamos con delicadeza, su mirada me hacía perder toda la vergüeza. Me deslicé sobre su cuerpo despacio, inhalando cada momento, cada roce, cada mirada hasta que le sentí dentro. Un gemido ahogado se escapó de entre mis labios y él respondió con otra acometida y una sonrisa que me derritió.

¿Sexo oral? ¿Masturbación?… todo sonaba sucio al lado de los que esa noche compartimos. A la mañana siguiente se marchó tras dejarme en casa; pasarían meses o incluso años hasta su vuelta, pero tendría con que recordarle.

Un suspiro; quizá dos.

Un suspiro; quizá dos.

momentos

Todo parecía pasar frente a mí a cámara rápida; parada, con la mirada fija en… todo. De repente sentí como si fuera capaz de observar cada detalle desde fuera, y esta vez, muy muy despacio. Las sonrisas, los gestos, las expresiones, las miradas perdidas, las fijas en un objetivo. De nuevo… todo, un todo al que sentía no pertenecer.

Entre mis dedos no paraba de bailar uno de los bolígrafos que encontré antes de salir de casa. Una biblioteca abarrotada; un silencio sepulcral; un vacío repleto de él, de su olor, de su sonrisa, del brillo de sus ojos cuando la miraba a ella. Tres años y aún nada. Alguna sonrisa perdida en la educación tras un cruce de miradas sin diálogo ni un porqué más allá de compartir espacio común junto al resto de los alumnos. Una biblioteca universitaria y en mi cabeza pensamientos más propios de colegio… hasta que mis muslos se contraían con su presencia al principio, con su recuerdo después fue suficiente. Alto, moreno, ojos grises en los que poder zambullirse hasta que él decidiera lo contrario. Por la noche Morfeo me llevaba hasta sus brazos, hasta su mirada que no dejaba de alimentarse de mí, de mis gestos, de mi sonrisa eterna cuando era él quien la provocaba. Me despertaba nerviosa, ansiosa de que aquellos sueños desaparecieran o al menos, pudiera controlar su intensidad.

Un día, con la mirada centrada en encontrar el libro que tanto tiempo llevaba buscando, sentí unos ojos puestos en mí. Cogí lo primero que encontré e intenté localizar con disimulo de dónde procedían. En ese mismo momento supe que mis ojos no podrían ser de nadie más que de él. Esa mirada solo fue el preámbulo a una sonrisa de la que no pude creer ser el origen. Respondí con la mía entre labios temblorosos y un rubor que comenzó a teñir mi cara de un color difícil de disimular. « ¿Llegó el día? ¿Dejé de ser una persona más que compartía un espacio común?». El libro que descansaba en mis manos estuvo a punto de caer sobre la sigilosa tarima cuando alguien cruzó el pasillo rápido, golpeándome. Di gracias a dios por estar en un lugar donde montar un numerito sería llamar demasiado la atención, más aún si era yo quien provocaba la escena; escena que se convirtió en tragedia griega cuando esos ojos que me habían robado el corazón y mi  intimidad… se iluminaron por ella. No pude parar de observar cómo sus manos recorrían su espalda para después acariciar sus mejillas y terminar estrechándola contra él. De nuevo el tiempo se paró, hasta un punto en el que quise bajarme de donde quiera que estuviera; no era Morfeo, estaba segura de que era la realidad más cruda en la que me había envuelto, sus ojos, ahora sí, puestos en mí. Quizá en esta ocasión fue la intensidad de los míos, o el casi ya color púrpura de mi rostro, el que provocó que él alejara sus pensamientos de lo que hacia su cuerpo para dejarme entrar a mí en su momento. ¿En cuál? Ojalá en uno del que me fuera imposible escapar en un un futuro no muy lejano. Ella se separó de él y este volvió a compartirlo con ella; esta vez ya en exclusiva.

Los días pasaron y mis horas en la biblioteca eran cada vez más monótonas sin aliciente alguno. No lo veía. Ella me lo había arrebatado para siempre; quizá solo había sido un sueño cuya intensidad no me permitía discernir qué era real y qué no. Pasados los exámenes y mi enajenación transitoria por un imposible, decidí hacer caso a mis amigas y buscar distracción fuera de tantos libros (pobrecillas ellas que desconocían la razón de mi abstracción absoluta).

Me maquillé, saqué esa ropa destinada para ser vista solo en ocasiones especa¡iales y cerré la puerta tras de mí sin echar la vista atrás. Un sueño; una fantasía; un deseo —tal vez solo carnal— de algo imposible que no estaba destinado para mí, me empujaban a disfrutar de aquella noche. Llegamos entre risas al local, mis amigas habían conseguido que sino en el olvido, mis recuerdos de él estuvieran escondidos en el lugar más oculto que mi memoria había encontrado; quizá lo había construido solo para él. Debíamos haber alargado mucho la cena porque allí ya llevaban todos copas de más. Pedí la mía mientras mis amigas se relacionaban con cualquiera que se cruzara en su camino y al darme la vuelta allí estaba, parado frente a mí; a escasos centímetros de mi cuerpo.

—Tú eres la chica de la biblioteca.

Esta vez no fue un libro lo que se tambaleó entre mis manos. La copa de vino no besó el suelo gracias a que sus manos estuvieron más rápidas que mis neuronas, inquietas con el momento. Momentos, de eso se trata ¿no? No pude negarme a su propuesta de tomarnos nuestras bebidas fuera, donde la brisa del buen tiempo nos llamaba a gritos para alejarnos del ruido del local abarrotado de universitarios. Tan inquietas estaban mis neuronas que se rindieron a la primera palabra y decidieron no luchar contra lo que fuera que hubiera que hacerlo. Cortejo de guión, de esas películas ñoñas que vemos abrazadas al helado de chocolate más grande que hemos encontrado y… ¡¡me estaba pasando a mí!! Olvidé a mis amigas, olvidé a la chica de la biblioteca y hasta me olvidé de mí misma. Todas mis neuronas fueron reemplazadas por testosterona acumulada durante demasiado tiempo. ¿Quién quiere razonar cuando puede enredarse en la realidad más carnal? Solo una mano en mi cintura y una mirada penetrante fueron suficientes para dejarme llevar y dar la vuelta a la esquina dejando atrás la fiesta. Un leve suspiro junto a mi oído hizo que mis labios se humedecieran; todos, incluso los que desconocía que pudieran ser frágiles. Abrazó mi cintura con su brazo atlético y fuerte antes de que sus labios se acercaran a los míos. Cuando saboreé su saliva, supe que estaba perdida y no había vuelta atrás. Nuestras lenguas se enredaron con un anhelo que parecía tan nuestro que no pude creer que en algún momento fuera solo mío. Mi cuello se erizó al sentir su humedad en él, mis pezones hicieron lo propio endureciéndose a la espera de sus labios o incluso de los suaves mordiscos como con los que me había deleitado Morfeo. Y vaya si la realidad supera a la ficción. No supe en qué momento sus manos se perdieron bajo mi ropa interior y sus mechones de pelo en mi pecho. Apartó de manera sutil lo que se interponía entre nosotros y su sexo pudo abrirse camino hasta encontrarse envuelto entre mis paredes húmedas y ansiosas de él. Mi cerebro oía sus gemidos, mis jadeos; mis nalgas se sentían abrigadas por sus manos; mi corazón palpitaba al ritmo de sus embestidas hasta que un abrazo intenso consumó nuestro encuentro. Antes de poder colocar todo en su sitio me besó en la frente, me miró y dijo:

—Un placer, chica de la biblioteca.

Se dio la vuelta y tras doblar la esquina desapareció.

Todo parecía pasar frente a mí a cámara rápida; parada, con la mirada fija en… todo. De repente sentí como si fuera capaz de observar cada detalle desde fuera, y en esta ocasión, muy muy despacio. Todas las sonrisas, todos los gestos, todas las expresiones, todas las miradas perdidas, también las fijas en un objetivo. De nuevo… todo, un todo al que sentía no pertenecer porque… ¿el todo había ganado a los momentos? Un suspiro; quizá dos… ¿Pero acaso no eran los momentos  de lo que se trataba…?

 

Sin porqués…

Sin porqués…

tacto

No quería abrir los ojos. Sentía una fuerza muy intensa que me anclaba a los pilares más arraigados de mi interior, en lo más abismal de mi ser, en mi yo más profundo e invisible a los ojos de los demás; incluida yo. Me hallaba en una situación que aunque no era nueva, sí anhelada desde hacía años; nadie me había tocado como él; nadie había conseguido verme de verdad; nadie había conseguido… que su tacto se fundiera con el mío convirtiéndonos en un único ser.

Una mañana como cualquier otra abrí el buzón de mi casa y encontré una carta que no presagiaba nada bueno; era una «citación» oficial para acudir a un juzgado del que desconocía su cometido. Cinco días más tarde y asesorada por un amigo abogado, me presenté con mi ropa más elegante y mi mejor maquillaje. Me flaqueaban las piernas y no solo por los nervios del motivo que me situaba allí, sino que me encontraba entre demasiados uniformados que tiraban abajo todas mis defensas. Mi punto débil; mi talón de Aquiles. Mientras divagaba entre fantasías, que no tenían cabida en un edificio público como aquel, oí tras de mí mi nombre y apellidos procedentes de una voz intensa y penetrante. Me di la vuelta despacio y nuestros ojos se cruzaron en un momento que no duró mas de unos segundos pero provocó que mis piernas se contrajeran y mi respiración se acelerara. Él siguió pronunciando nombres mientras las personas citadas entraban en la sala en cuyo umbral se apoyaba él.

« Si paso junto a él… ufff; estos tacones no podrán aguantar el peso, no de mi cuerpo, sino de toda mi esencia rendida a ese sonido que sigo escuchando emanar de entre sus labios»

De nuevo mi nombre y apellidos; no, no podía moverme. El suelo me agarraba sin poder dar un solo paso.

—¿Señorita? ¿Es usted…?

—Sí, sí, perdone agente.—Mierda, alcé mi vista y ya no era su voz, esos labios de entre los que nacía comenzaron a saborear mi cuello, mis hombros…

—El juez necesita que estén todos para poder empezar; si es tan amable. —Con un gesto que me indicaba el camino no pude sino avanzar despacio e inhalar todo el aroma que pude al cruzarme con su cuerpo.

No solo su voz era penetrante, su mirada lo era más aún. Durante la sesión de comprobación de datos personales para formar jurado, o eso creí entender (mi cabeza estaba muy lejos de allí); de nuevo en sus labios, en el suave roce sobre mi piel, en el suspiro de sus susurros en mi oído, el tacto de sus manos, sus caricias sobre mis caderas cada vez más cerca de las suyas. De repente me encontré sola en la sala y de nuevo esa voz penetrante —que oía cada vez más cerca— hablaba conmigo y me alejaba de unos pensamientos que mantenían mis muslos contraídos pegados uno al otro.

—Señorita, puede marcharse; recibirá por correo la decisión del juez.

De nuevo esos ojos sobre mí, dentro de mí, en cada poro de mi piel. Me puse en pie y no fui capaz de mantener el equilibrio. Al mismo tiempo que veía el suelo cada vez más cerca, el rubor de la vergüenza por la situación y todas las imágenes de mi mente, afloraron frente a él como si de una quinceañera se tratara. Sentí sus manos fuertes alrededor de mi cintura, sus brazos albergando mi cuerpo como si fuera una niña pequeña. Me recompuse como pude intentando evitar un nuevo cruce de miradas.

Me desplomé sobre el sofá nada más llegar a casa tras haberme despedino con un «gracias» apenas audible. Demasiada intensidad, « ¿tan desesperada estaba? ¿Tal ansia por sentir unos brazos que colmaran mis anhelos después de tantos años envuelta por la soledad?». Días después otra carta; en esta ocasión de la policía. No tan arreglada como en los juzgados pero sí lo suficiente para que mi seguridad y mi autoestima no me abandonaran en ningún momento, me dirigí hacia la comisaría. Como era de esperar él no se encontraba allí, no sé en qué demonios pensaba. Ya de vuelta a casa doble la esquina y me encontré frente a frente con esos ojos y esa mirada que en ningún momento había podido olvidar; la razón de mis desvelos y para qué engañarnos… el protagonista de mis anhelos materializados entre mis piernas. Ni siquiera el rubor tuvo tiempo de salir a la luz.

—¡Vaya, qué casualidad! ¿Le apetece ir a tomar algo?

—Ehnnn…, ¿perdón? —respondí sin saber si lo que había oído era lo que él había dicho o eran de nuevo imaginaciones mías.

—Sé que me recuerdas; al menos yo no olvidé su nombre y apellidos.

—No me llames de usted; ya que recuerdas mi nombre…

—Me encanta esa cafetería —comentó mientras señalaba un cuco establecimiento en la cera de en frente—, es un buen sitio para saber algo más que tu nombre y apellidos.

Creo que su sonrisa me derrumbó allí mismo. No había uniforme, solo esa mirada penetrante que me hacía creer que ya había podido descubrir todo mi cuerpo por fuera y por dentro. Entramos y me dirigí hacia una pequeña mesa escondida tras una columna, lejos del resto de las meses mientras él se iba a la barra. Me senté e intenté controlar el ritmo de mi respiración antes de que llegara. Unos minutos después, se colocó detrás mío con mi café en la mano colocándolo frente a mí, sintiéndome abrazada con su brazo a escasos centímetros de mi hombro. Un escueto y entre cortado «gracias» consiguió escapar de entre mis labios a pesar de no haber dejado de mordérmelos desde que doblé la esquina. Se sentó junto a mí, muy cerca; más de lo que era necesario. Comenzamos a hablar de trivialidades —o eso creí en un primer momento que eran— y una hora después al despedirnos, no pareció dudar en su proposición. Me dio su tarjeta, me pidió mi número y prometió que a nuestro café debería seguirle un almuerzo; pero en esa ocasión sería su terraza el sitio más adecuado.

No quería abrir los ojos. Sentía una fuerza muy intensa que me anclaba a los pilares más arraigados de mi interior, en lo más profundo de mi ser, en mi yo más profundo e invisible a los ojos de los demás; incluida yo. Me hallaba en una situación que aunque no era nueva, sí anhelada desde hacía años; nadie me había tocado como él; nadie había conseguido verme de verdad; nadie había conseguido… que su tacto se fundiera con el mío convirtiéndonos en un único ser.

« ¿Sería él (sin uniforme), solo con un no sé qué, quién consiguiera fundirse conmigo?».

De nuevo, oí mi nombre y apellidos. Frente a mí una preciosa vista de la ciudad que vi al entrar y que ahora mis ojos cerrados recordaban intentando mantener el control. Sentí un suspiro en mi cuello antes de que el roce sutil y estremecedor de su húmeda lengua se fundiera con la piel de mi cuello mientras sus manos estrechaban mi cintura. Sí, podía ser él, podía haber encontrado a quien mereciera fundirse conmigo en toda mi plenitud; era hora de dejar los recuerdos atrás. Me di la vuelta y al fin nuestros labios y nuestras lenguas se vaciaron sin límites ni obstáculos que los frenaran. Me alzó y entrelacé mis piernas alrededor de su cadera, firme, consistente… como lo que mi abdomen parecía intuir sobre él. Quizá no era necesario; quizá esa necesidad de sentirme abrigada por alguien como él no era la solución aunque quizá, y solo quizá…  pretendía vivir sin tantos porqués.

 

Descubriéndome…

Descubriéndome…

vino

No tenía los ojos abiertos, ni siquiera  se adentraba la luz suficiente para querer hacerlo, pero veía con nitidez lo que mi corazón intentaba revelarme; al fin sentía la fuerza suficiente no  solo para escucharle, sino también para comprenderle.

Siempre oí aquello de la fortuna que supone vivir experiencias inesperadas pero… ¿siempre es bueno lo inesperado?; ratificaré que SÍ. Me recorrían esos escalofríos que  estremecen, sabía que mi corazón sonreía entre las sensaciones placenteras que invadían mi cuerpo sin necesidad de hacer uso de lo que pudieran ver mis ojos. Lo verdaderamente real, profundo e intenso es invisible  a los ojos. No sabía en qué momento, tampoco importaba, pero había pasado. Se había vuelto a convertir en realidad; una realidad alejada de lo utópico, en verdad, era todo lo contrario. Lo sentía como esos pequeños detalles que para la mayoría pasan desapercibidos pero en mi caso suponían un gravamen para mi alma.

Mientras ronroneaba entre las sábanas con la dulce y suave brisa del otoño recién llegado, mis pensamientos, mis reflexiones, juicios e ideas —lejos de amontonarse como hacían en lo que ya parecía una vida anterior— fluían en calma, quietud e incluso paz. Algunos atisbos de interrogantes parecían querer salir a la luz y resquebrajar la sensación que había llegado a mí solo con pensarlo, o más bien, desearlo en silencio. Me levanté despacio, sin alejar esos posibles interrogantes de los que siempre se aprende y te ayudan a crecer. ¿Por qué se encontraban en mi interior? ¿Acaso no había conseguido llegar a donde pensé sería imposible? Caminé hacia el lavabo, mis areolas insinuaban lo que mi cuerpo deseaba físicamente mientras mi mente no lo creía necesario. El agua se deslizaba por mis mejillas, transmitiendo la energía necesaria para empezar el día con una sonrisa. Ya en el salón encendí la televisión, y mientras organizaba la mesa empleada para el desayuno, su voz invadió la estancia, el piso y hasta mi interior. Frené en seco todo lo que tenía entre manos, me giré con lentitud, parsimonia y pausa para ver —esta vez sí con la necesidad de que mis ojos hicieran su trabajo— que era él. Él. Quién me mostró entre palabras cómo mi corazón podía ver sin necesidad del sentido de la vista. Me senté para no perder detalle de lo que transmitían sus palabras; nada trascendental, pero siempre relevante.

Era consciente de su persona alejada de las cámaras; consciente de lo que provocaba el que esa conexión hubiera nacido; consciente de que era diferente. Quizá tanto como yo con una sola diferencia: él se había encontrado, había hecho un trabajo de introspección que había supuesto un antes y un después. Mi cuerpo pedía sexo, mis pezones endurecidos echaban de menos unas manos que los acariciaban, succionaran o incluso admiraran, pero mi mente comenzaba a racionalizar la importancia real de esa sensación. ¿Había sido él, su historia, su mentalidad, lo que transmitía…? No lo sabía y tampoco importaba.

Tras años realizándome con las opiniones sexuales del sexo opuesto,  comenzaba a sentirme incómoda por la insuficiencia que provocaba un sentimiento incapaz de emanar por mí misma. Pensaba, y no tenía ninguna duda, que yo era culpable de esa carencia ya instaurada en mi interior; carencia que convivía día a día conmigo. Él como regalo inesperado y mi pareja, como presente eterno que no flaquea en sus cuidados y paciencia infinita… supusieron un antes y un después en mi vida, un punto de inflexión que me demostró qué es la vida en realidad.

Futuro entre (tus) letras…

Futuro entre (tus) letras…

tacto

Caminaba despacio. Nada en su cabeza le llevaba en una dirección determinada, en un objetivo al que dirigirse. Solo necesitaba pensar; intentar entender qué había ocurrido en el último año. Echó la vista atrás, recordó cómo llegó a esas calles, a esa situación que había desembocado en un final, que aunque obvio, no pensó pudiera materializarse. Intentó borrar imágenes que se sucedían sin orden —o quizá sí— y sin saber por qué; esa respuesta que buscaba estaba ahí; necesitaba enfrentarse a ella, mirarla a los ojos, llegar a un punto en común con el que poder seguir adelante y perdonar lo que fuera que le atormentaba.

Su contorno casi etéreo le estremecía; aún conseguía hacerlo. Esa perfección que le provocaba el estímulo necesario para su día a día, para olvidar lo que dejó atrás al decidir desligarse de todo lo conocido hasta aquel momento. Nunca lo verbalizó, ni siquiera lo pensó, pero descubrir su sexualidad; esa unión casi mística que buscó desde su adolescencia era su principal objetivo, si no allí…¿dónde ? Decidió no abstraerse de todo lo que su cabeza le proporcionaba; estímulos visuales que podía convertir en más reales al cruzar sus ojos con los de la gente que compartía con él —sin saberlo— un momento tan importante. Algo vibró junto a su entrepierna y le alejó de su ensimismamiento. Allí estaba; el origen de todo. Lo que dio pie a su introspección.

« No pude olvidarte, tus caricias, nuestra conexión… ese deseo físico que no pudimos materializar. ¿Aún dudando? Soy solo tuya, como quieras y cuando quieras».

Sin poder evitarlo su sexo respondió por él; “ojalá pudiera hablar por mí”, pensó mientras miraba el abultamiento entre sus piernas. Solo unas letras, solo eso conseguían provocar lo que antes muchas otras habían intentado sin éxito; esa conexión mística que solo se había materializado en su cabeza, entre sus manos… nunca entre unos turgentes muslos femeninos. Si no sabía qué contestar, menos aún sabría cómo comportarse frente a ella; cuando sus miradas se cruzaran podría acabar todo antes de empezar. ¿Eso estaba intentando hacer? ¿Eso era lo que en realidad necesitaba? Miles de preguntas sin respuesta, solo con más interrogantes, se agolpaban sin saber dónde ubicarse.

Le costaba caminar, su sexo se negaba a reaccionar frente a las reticencias de su cerebro. Quizá era más listo y sabía ponderar las prioridades más básicas, instintivas y animales que todo hombre sentía de un modo u otro; ¿o acaso para él no suponían una necesidad? No en su conjunto; pero sin duda, sí con ella. El sexo tal y como creía conocerlo: fotos, vídeos, películas…, no era para él. Su minimalismo, su cercanía con la gente era radicalmente diferente a lo considerado como normal; él no lo era, él era especial. Nadie le convencería de lo contrario. Pero ella había conseguido dejar a un lado todas esas barreras que le situaban en la sombra; donde se encontraba en sintonía con él mismo. La primera vez que intercambiaron mensajes a través de un amigo en común, sintió una corriente que le atravesó. No se conocían, no habían hablado…, aunque él admiraba todo en ella. Cada mañana, sentada en la cafetería junto a la entrada de su trabajo, crecía en él un sentimiento que le empujaba a cambiar las cosas; fue la primera vez que se planteó de verdad el salir de la oscuridad que le envolvía para poder compartir la luz con ella, pero sus miedos ganaban terreno con cada gesto: apartarse un mechón de pelo de su delicado rostro; cruzarse de piernas con esa sutileza tan implícita en ella… No, no podía seguir por ahí; solo le haría más daño. Otra vibración interrumpió sus pensamientos.

« Solo necesito verte, compartir al menos unas palabras… nuestras letras se alejan de lo que necesita mi cuerpo y hasta mi alma. No importa cuánto o cómo decidas dármelo; solo necesito que seamos uno…».

Cualquier atisbo de relajación era imposible. Se giró y volvió sobre sus pasos. Sin ni siquiera pensarlo de manera consciente se encontró frente a su portal, en el que tantas noches se habían despedido sin subir tan siquiera una vez; solo pensar en el deseo que eso le provoca le suponía un terror casi onírico, fulminante al no creerse capaz de dar todo lo que ella seguro necesitaría. Tal y como llegó —sin pensar—, pulsó el botón del telefonillo. La puerta se abrió sin oír nada al otro lado. Subió los peldaños despacio hasta el ascensor, éste parecía no llegar nunca y se preguntaba si sería capaz de esperar o saldría corriendo. Cuando al fin lo hizo, abrió la puerta despacio y se introdujo tembloroso; “ahora o nunca”, se repitió una y otra vez hasta llegar a su destino. La puerta estaba entreabierta, cerró tras él y su instinto (ese que creía no tener ante esas situaciones) le llevó hacia una de las habitaciones junto al salón. Allí estaba, una fina camiseta a través de la que podría vislumbrarse su anhelado contorno le hizo querer salir corriendo; no sabía el porqué pero no movió ni un ápice de su cuerpo. Irene se dio la vuelta y ese cruce de miradas tan temido para él hizo lo demás: antes de darse cuenta sus labios estaban a escasos milímetros.

No dijeron nada, no compartieron tantas letras escritas desde hacía meses. Irene desabrochó despacio su pantalón sin dejar de mirarle. Comenzó a besar su cuello, abrazar su torso bajo la ropa y descendió sin que él intentara parar lo inevitable. De rodillas, con su mirada fija en él, saboreó; saboreó todo aquello que había deseado mientras leía sus letras entre sus manos; recorrió cada fracción de deseo tanto tiempo ansioso e insatisfecho; disfrutó, ambos lo hicieron, sin restricciones, hasta que él vio en ella todo su interior deshecho en su preciosa y maravillosa piel. Se arrodilló frente a ella y la abrazo. En un sutil susurro junto a su oído escuchó…

« Nada más, no necesitamos más para ser uno, todo lo demás no es necesario para encontrarnos uno dentro del otro…».