Nueva casa, nuevas experiencias.

Nueva casa, nuevas experiencias.

experiencias

No se lo podía creer. Por fin. Sus piernas flaqueaban desde hacía una semana, cuando le dieron la noticia. Introdujo despacio la llave en la cerradura, cogió aire y esperó unos segundos antes de abrir la puerta. Cuando al final lo hizo, una luz deslumbrante hizo que entrecerrara los ojos. Cerró la puerta tras ella y se deslizó sobre su blanca madera hasta sentarse en el suelo.

Un recibidor más grande de lo que recordaba, una fina lámpara blanca sobre él y un pequeño espejo lo decoraban. Volvió a coger aire mientras una lágrima humedecía su mejilla. Dos años habían pasado y aún no podía creerlo. Se puso en pie y dejó las llaves sobre la precioso bandeja que compró hace unos días nada más; hasta las dos llaves quedaban bonitas colocadas en su sitio. Caminó despacio hacia la primera puerta, era el salón. Un sofá en L, una mesa de comedor y una preciosa alfombra lo decoraban. Se mordió los labios por la emoción que había conseguido esconder estos años. Siguiente parada, la habitación principal; blanca, amplia, acogedora y con mucha luz como el resto de la casa. No lo pudo evitar y se tumbo sobre la fina colcha a rayas que la vestía. Se tapó la cara con ambas manos e imagino todo lo que le esperaba a esas sábanas y a ella misma. Besos. Caricias. Labios ansiosos de encontrarla. Se sentó colocando los pies sobre las coquetas alfombras que abrazaban la cama a ambos lados. Al ponerse en pie no pudo evitar mirar el cabecero de forja que parecía proteger toda la estancia.

Salió a la terraza y un banco de madera junto con dos sillas formaban el conjunto que tanto le había costado elegir.  No pudo evitar sentarse y cerrar los ojos mientras el sol la bañaba y arrullaba con dulzura. «Aquí seré feliz, aquí viviré las experiencias que me convertirme en adulta…». El móvil vibró junto a su pierna y de repente recordó; había invitado a Diego a ver el apartamento nuevo y había olvidado por completo.

« ¿Inauguraste la casa sin mi…?»

« Nunca se me ocurriría. Ven, te espero en el portal», parecía un mensaje sincero.

Llevaban flirteando cerca de seis meses. Se conocieron en una tarde de cañas con la gente del trabajo. Alguien le había llevado, ya ni siquiera recordaba quién. Castaño, cerca de los cuarenta, tonificado, pero no en exceso, y una sonrisa que le hacía olvidar lo que ocurría alrededor. Entre unas cosas y otras no habían encontrado el momento, o eso pensaba Paula. Fue hacia la entrada, cogió las llaves y se fue. Veinte minutos tardó en llegar, que ella utilizó para respirar, coger y soltar aire despacio y que la ligera brisa del día la recargara las pilas. Le pareció oír su nombre y se dio la vuelta. Allí estaba. Sonriéndola, pícaeo y sexy como solo él sabía. Cuando subieron los tres escalones y entraron en el ascensor la imaginación de Paula voló sin apartarse de él; sus labios carnosos, esos ojos almendra que la abrazaban y esa manera de hablar que tanto le gustaba.

—Esta es la entrada … —dijo juno a una sonrisa que le sonó más adolescente que otra cosa.

—No perdamos el tiempo —la interrumpió antes de poder seguir—. enséñame esa preciosa terraza de la que tanto hablas.

Paula no pudo evitar chasquear la lengua contra el paladar y le indicó el camino con la mano. « Me mata, hoy me mata». Abrió la reja y salieron despacio, en silencio mientras Diego no dejaba de mirar hacía todas las direcciones antes de decir:

—Falta una de esas camas de Ikea para el jardín, o mejor aún, una hamaca muy grande donde puedan coger dos…

—¿Dos…? ¿Para qué tan grande? —preguntó con una mirada intensa— ¿Acaso quieres utilizarla conmigo?

—Con lo patosa que eres tendría que venir unos cuantos días a enseñarte a subir sin caerte.

Paula no podía creerlo. Parecía una invitación a unos planes muy muy jugosos y subidos de tono… ¿lo estaría imaginando?

—Una pena no poder empezar hoy, pero te prometo que esa será mi siguiente compra.

—¿Tardarás mucho en ir? Lo pregunto por hacer algo mientras tanto.

«Dioooooooos. Que pare o no se cómo acabará esto».

—¿Me acompañas a la cocina a por unas cocacolas?

—Si eso es todo lo que tienes para mí, te sigo… —dijo mientras la indicaba que ella primero.

Abrió la nevera y dejo las latas en la encimera. Antes de poder abrir la suya sintió unas manos en su cintura. Un suspiró en su cuello la estremeció pero pudo darse la vuelta y separar sus  cuerpos con una de las cocacolas.

—¿En serio? Llevo esperando este momento muchos meses, Paula. —Y arqueó las cejas sin soltar su cintura ni hacer amago de coger la cocacola —. No me hagas eso, no imaginas cuánto te deseo…

Paula, la volvió a dejar en la encimera y le miró. En silencio. Se mordió el labio y pudo ver cómo Diego se acercaba despacio, como en sus sueños, estrechándola más fuerte hasta que sus labios se conocieron de cerca, sin aire que le separara y todo se volvió borroso. Colores tropezando unos con otros, gruñidos convirtiéndose en melodía y en su pubis un empuje que la puso a mil. Se separaron unos segundos en los que él abrazó su cuello fuerte y le preguntó dónde estaba el dormitorio.

—Se me ocurre un sitio mejor.

Diego se limpió la saliva de sus labios y no pudo evitar los bien que sabía y lo mejor aún que besaba. Paula le llevó al salón, volvió a besarle y se tumbaron sobre la alfombra. Intentó desabrochar su sujetador y ella se sentó para quitarse la camiseta y facilitarle las cosas. La expresión que se dibujó en su cara fue todo lo que necesitó. Sin pensarlo comenzó a desabrochar los botones de su pantalón. Intentó poner cara de póker y no salir corriendo cuando pudo intuir lo que escondía su ropa interior. «Y esto es legal? ¿No hay leyes de alejamiento para esta clase de armas de destrucción masiva?». Un beso fuerte, vehemente y penetrante hizo que Paula volviera a la alfombra, a ser consciente de las manos que le recorrían y a quien tenía delante. Acercó sus pezones endurecidos a sus labios y gimió, gruñó, se dejó llevar y pudo sentir como Diego se deshacía en ella tras haberla recorrido entera y besado cada recoveco y ángulos de su anatomía. Se sentía plena y solo pensaba en repetir esas sensaciones que habían recorrido su cuerpo.

Boca arriba con un techo blanco que parecía aplaudir la función, se volvió hacia Diego y no había nada más que pensar ni decir; había sido una fiesta de inauguración perfecta…

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Futuro entre (tus) letras…

Futuro entre (tus) letras…

tacto

Caminaba despacio. Nada en su cabeza le llevaba en una dirección determinada, en un objetivo al que dirigirse. Solo necesitaba pensar; intentar entender qué había ocurrido en el último año. Echó la vista atrás, recordó cómo llegó a esas calles, a esa situación que había desembocado en un final, que aunque obvio, no pensó pudiera materializarse. Intentó borrar imágenes que se sucedían sin orden —o quizá sí— y sin saber por qué; esa respuesta que buscaba estaba ahí; necesitaba enfrentarse a ella, mirarla a los ojos, llegar a un punto en común con el que poder seguir adelante y perdonar lo que fuera que le atormentaba.

Su contorno casi etéreo le estremecía; aún conseguía hacerlo. Esa perfección que le provocaba el estímulo necesario para su día a día, para olvidar lo que dejó atrás al decidir desligarse de todo lo conocido hasta aquel momento. Nunca lo verbalizó, ni siquiera lo pensó, pero descubrir su sexualidad; esa unión casi mística que buscó desde su adolescencia era su principal objetivo, si no allí…¿dónde ? Decidió no abstraerse de todo lo que su cabeza le proporcionaba; estímulos visuales que podía convertir en más reales al cruzar sus ojos con los de la gente que compartía con él —sin saberlo— un momento tan importante. Algo vibró junto a su entrepierna y le alejó de su ensimismamiento. Allí estaba; el origen de todo. Lo que dio pie a su introspección.

« No pude olvidarte, tus caricias, nuestra conexión… ese deseo físico que no pudimos materializar. ¿Aún dudando? Soy solo tuya, como quieras y cuando quieras».

Sin poder evitarlo su sexo respondió por él; “ojalá pudiera hablar por mí”, pensó mientras miraba el abultamiento entre sus piernas. Solo unas letras, solo eso conseguían provocar lo que antes muchas otras habían intentado sin éxito; esa conexión mística que solo se había materializado en su cabeza, entre sus manos… nunca entre unos turgentes muslos femeninos. Si no sabía qué contestar, menos aún sabría cómo comportarse frente a ella; cuando sus miradas se cruzaran podría acabar todo antes de empezar. ¿Eso estaba intentando hacer? ¿Eso era lo que en realidad necesitaba? Miles de preguntas sin respuesta, solo con más interrogantes, se agolpaban sin saber dónde ubicarse.

Le costaba caminar, su sexo se negaba a reaccionar frente a las reticencias de su cerebro. Quizá era más listo y sabía ponderar las prioridades más básicas, instintivas y animales que todo hombre sentía de un modo u otro; ¿o acaso para él no suponían una necesidad? No en su conjunto; pero sin duda, sí con ella. El sexo tal y como creía conocerlo: fotos, vídeos, películas…, no era para él. Su minimalismo, su cercanía con la gente era radicalmente diferente a lo considerado como normal; él no lo era, él era especial. Nadie le convencería de lo contrario. Pero ella había conseguido dejar a un lado todas esas barreras que le situaban en la sombra; donde se encontraba en sintonía con él mismo. La primera vez que intercambiaron mensajes a través de un amigo en común, sintió una corriente que le atravesó. No se conocían, no habían hablado…, aunque él admiraba todo en ella. Cada mañana, sentada en la cafetería junto a la entrada de su trabajo, crecía en él un sentimiento que le empujaba a cambiar las cosas; fue la primera vez que se planteó de verdad el salir de la oscuridad que le envolvía para poder compartir la luz con ella, pero sus miedos ganaban terreno con cada gesto: apartarse un mechón de pelo de su delicado rostro; cruzarse de piernas con esa sutileza tan implícita en ella… No, no podía seguir por ahí; solo le haría más daño. Otra vibración interrumpió sus pensamientos.

« Solo necesito verte, compartir al menos unas palabras… nuestras letras se alejan de lo que necesita mi cuerpo y hasta mi alma. No importa cuánto o cómo decidas dármelo; solo necesito que seamos uno…».

Cualquier atisbo de relajación era imposible. Se giró y volvió sobre sus pasos. Sin ni siquiera pensarlo de manera consciente se encontró frente a su portal, en el que tantas noches se habían despedido sin subir tan siquiera una vez; solo pensar en el deseo que eso le provoca le suponía un terror casi onírico, fulminante al no creerse capaz de dar todo lo que ella seguro necesitaría. Tal y como llegó —sin pensar—, pulsó el botón del telefonillo. La puerta se abrió sin oír nada al otro lado. Subió los peldaños despacio hasta el ascensor, éste parecía no llegar nunca y se preguntaba si sería capaz de esperar o saldría corriendo. Cuando al fin lo hizo, abrió la puerta despacio y se introdujo tembloroso; “ahora o nunca”, se repitió una y otra vez hasta llegar a su destino. La puerta estaba entreabierta, cerró tras él y su instinto (ese que creía no tener ante esas situaciones) le llevó hacia una de las habitaciones junto al salón. Allí estaba, una fina camiseta a través de la que podría vislumbrarse su anhelado contorno le hizo querer salir corriendo; no sabía el porqué pero no movió ni un ápice de su cuerpo. Irene se dio la vuelta y ese cruce de miradas tan temido para él hizo lo demás: antes de darse cuenta sus labios estaban a escasos milímetros.

No dijeron nada, no compartieron tantas letras escritas desde hacía meses. Irene desabrochó despacio su pantalón sin dejar de mirarle. Comenzó a besar su cuello, abrazar su torso bajo la ropa y descendió sin que él intentara parar lo inevitable. De rodillas, con su mirada fija en él, saboreó; saboreó todo aquello que había deseado mientras leía sus letras entre sus manos; recorrió cada fracción de deseo tanto tiempo ansioso e insatisfecho; disfrutó, ambos lo hicieron, sin restricciones, hasta que él vio en ella todo su interior deshecho en su preciosa y maravillosa piel. Se arrodilló frente a ella y la abrazo. En un sutil susurro junto a su oído escuchó…

« Nada más, no necesitamos más para ser uno, todo lo demás no es necesario para encontrarnos uno dentro del otro…».

 

 

¿Cruzar o no cruzar…?

¿Cruzar o no cruzar…?

sin ellas

Eran sus ojos; no, era su mirada, quizá cómo se dilataban sus pupilas frente a mí cuando me hablaba; tal vez esa coraza que poco a poco había construido día a día para evitar poner nombre a lo que sentía. ¿Acaso importaba? A mí desde luego no; yo solo sentía, solo atrapaba cada sensación, cada suspiro en el aire que me reviviera y me hiciera sentir viva. Y todo eso… me lo proporcionaba él, a cuenta gotas, quizá por miedo a que la intensidad de nuestros encuentros terminara con algo que ni siquiera había empezado. Solo había pasado un día desde que me subí a ese autobús y parecían años…a su lado. Durante años había oído cómo la trataba como a una reina y cómo en la cama e
Nunca pude imaginarme que el color verde de aquel semáforo no solo me daba permiso a cruzar la calle, sino a cruzar mucho más. Andé despacio, él se dio la vuelta y fue tal y como esperaba; mirada sincera, gesto… atrayente, mucho. Era el ex novio de una de mis mejores amigas, pero era consciente de que ella aún le quería, no deseaba pasar página, seguía albergando la esperanza de que él volviera l mundo parecía detenerse ante sus caricias, sus miradas, su manera de hacerla sentir como nadie antes lo había hecho. Yo me encontraba destinada lejos de casa durante los cinco años que estuvieron juntos y solo coincidimos una vez, breve, sin apenas cruzar palabra pero con una sensación de esas que te atraviesan y no eres capaz de olvidar por mucho que lo intentes.

A medida que Álvaro se acercaba a mí tras cruzar, no dejaba de rememorar aquel encuentro, aquellos dos besos que me traspasaron y se habían quedado dentro de mí hasta ese mismo momento en el que su recuerdo me estremeció. Dos besos suaves pero distantes; afectivos pero sin intensidad, y me di cuenta que solo yo había sentido esa conexión un año atrás. Me puse a su lado y entramos en la cafetería más cercana. Nos sentamos, comenzamos a hablar acerca de cómo podía ayudarme con mi problema laboral y no voy a negar que le oía, pero no le prestaba la atención necesaria; mi cabeza estaba muy lejos de allí. Solo diez minutos fueron suficientes para desmoronarme y dejarle entrar al lugar más profundo y lejano de mi interior. Cuando volví a casa mis piernas aún flaqueaban, mis manos temblaban y mi corazón palpitaba a una velocidad que no había sentido nunca antes. No vi nada por su parte que me demostrara que a él le hubiera pasado algo similar, pero igual hablaba mi falta de autoestima; quedaban más reuniones de trabajo y nunca se sabe.

Hubo una segunda vez, una tercera y una cuarta. Parecíamos adolescentes, sentados en el césped riendo y sin dejar de sonreír; nos rozábamos de manera inocente o eso parecía transmitirme hasta que me habló de lo que nos unió en aquella fiesta.

La quiero, es tu amiga y no te voy a engañar; pero esa relación no puede llegar a ningún sitio, y menos ahora.

No entendía esa coletilla… ¿menos ahora? Mi expresión confusa debió anirmarle a continuar:

Yo no soy así, no me abro a la gente tan pronto y menos cómo lo he hecho contigo; pero esto no puede ser.

Un rayo pareció atravesarme. Todas las escenas que había imaginado con él, comenzaron a sucederse una tras otra; su lengua recorriéndome entera, su rostro escondido entre mis piernas mientras mis manos se entrelazaban entre sus mechones de pelo, las suyas en mis nalgas con las yemas de sus dedos estrechando mi piel, su sexo introduciéndose y penetrándome mientras su mirada llegaba a mi alma y se la llevaba con él, lejos, a un mundo desconocido del que yo no quería volver.

—¿Mónica? Pareces lejos de aquí, ¿estás bien? Siento lo que te acabo de decir, igual ni siquiera te lo habías planteado, pero creo que está conexión, esta intensidad… es tan evidente.

Le oí, sí, le escuché, pero en mi cabeza él seguía sobre mí, deslizándose en mi interior y humedeciéndome sin pensar que sus palabras que me decía, hacían imposibles esos momentos.

—Ehhh, sí, perdona, tienes razón. Esto no puede ser —dije sin poder disimular la tristeza en mis palabras.

Me puse en pie dispuesta a irme cuando él hizo lo mismo y sujetó mi muñeca sin dejar que me moviera.

—Espera, esto no puede acabar aquí; necesito tenerte en mi vida, necesito que hagamos que esto funcione… aunque no crucemos esa línea roja que nos separa.

No podía, mis muslos se contraían, creí poder caer ahí mismo si no me dejaba marcharme. Sentía el sabor de sus labios, su lengua enredada con la mía, saboreando todo lo que llevaba guardando para él más tiempo del que ni yo misma me habría imaginado. Le miré a los ojos, busqué una señal de que aquello real, de que de verdad era el final o por el contrario podríamos hacer que funcionara. Sin decir nada más allá que lo que expresaba el diálogo mudo de nuestros ojos, me abrazó el cuello y me besó; un beso lento, en la comisura de los labios. Y me abrazó. Mi mejilla estaba apoyada en su pecho y su corazón quería salir al alcance del mío.

Hay sentimientos que por mucho que queramos, no pueden ni esconderse ni ser encerrados; los corazones no saben encarcelar nada que les permita seguir palpitando con fuerza.

Nos encaminamos a la parada del autobús sin pronunciar palabra, pero nuestros ojos no dejaron de mirarse. El autobús llegó, volvió a abrazar mi cuello, nuestras comisuras volvieron a encontrarse y sentada junto a la ventana me alejé mientras él se quedo de pie, mirando como quizá, habíamos perdido la oportunidad de ser felices.

No habíamos cruzado, no habíamos roto las ataduras del pasado… no nos habíamos arriesgado a ser felices.

Sombras en la cama…

Sombras en la cama…

sombras

La tímida luz del sol amenazaba con obligarme a recibir el día con una sonrisa. El cálido ambiente que se podía respirar en la habitación me recordó a él, a su mirada, a su sonrisa, a sus palabras. Un escalofrío suave, propio de las primeras mañanas de primavera, me recorrió y no pude evitar que mis pezones se endurecieran y mis caderas ronronearan con suavidad mientras un leve gemido escapó de entre mis labios. Junto a mí, solo un espacio vacío que me recordó las sombras de las que intentaba olvidarme; unas sombras que parecían haberse diluido entre mis pensamientos. Solo estaba yo, pero su huella aún parecía marcada en las paredes, en cada rincón, en mi interior… Si me estremecía sabía que era por él, si sonreía no dudaba de que era por un recuerdo de cada una de nuestros encuentros. Había sido breve, apenas unas semanas, pero cada uno de los minutos de aquellos días llevaban su nombre grabado en mi piel con una tinta que sería imposible borrar.

Aquella cafetería pequeña, coqueta, escondida entre las calles lejos del bullicio, fue testigo del torbellino silencioso que me embriagaba enseñándome el significado de lo que era sentirse viva. ¿Físico? Ese primer día desconocía si sería posible —no así necesario, porque sí lo era aún sin saber por qué—. Sus manos transmitían seguridad, paz, tranquilidad; sus movimientos, atracción incontrolable. Una atracción que me invadió desde ese primera mirada encontrada que consiguió emanar toda la humedad escondida en mí y que desconocía poseer. Él no tendría por qué saber nada de mis movimientos sutiles por el deseo de sentir la yema de sus dedos sobre mi piel, esa que se erizaba solo con imaginarlo; imaginación que desde aquel día no dejó de volar alejándose de la jaula donde se encontraba encerrada. Me estremecía en silencio, la erección constante en mis pezones era disimulada por mi ropa interior y mi labio inferior atacado con violencia incontrolable por mi propia boca, era acompañado por mi silencioso deseo que decidió no esconderse tras el tercer encuentro.

Llegué a casa nerviosa, las piernas flaqueaban sin control cuando oí pasos tras la puerta y alguien la golpeó con los nudillos. Abrí sin preguntar, sin saber quién era, sin preguntarme nada; mi cuerpo y mi cabeza estaban lejos de allí hasta que vi sus ojos frente a mí y todo se difuminó. Me abalancé sobre él, sin esperar respuesta, sin hacer preguntas, dejé a mi cuerpo actuar y yo solo me dejé llevar. Abracé su cuello entrelazando mis dedos con sus mechones de pelo, le introduje en el recibidor y le empujé sobre el perchero que amortiguó nuestro golpe con la pared. Me miraba sin pronunciar palabra, sus labios parecían querer hablar pero su mirada lo hacía por ellos y sus manos estrecharon mi cintura con vehemencia. ¿Acaso sus sentimientos correspondían los míos? Deslizó mi camisa hasta arrojarla sobre el suelo y hundir su rostro entre mis pechos; firmes y expectantes, deseosos de conocer la suavidad de sus labios. Saboreó cada milímetro de ellos con su lengua ávida de mí mientras yo me estremecía y ronroneaba junto a su oído, impregnando su cuello de mi agitada respiración. Se separó, aferró mi cara entre sus manos y me besó. Dulce, lento, recorriendo mis labios, mi lengua. Se agachó y sin mediar palabra, reptó por mis rodillas, acarició mis piernas y su lengua ascendió por mis muslos hasta llegar al centro de mi deseo. Deseo físico rivalizado con el íntimo que residía en mi pecho, en mi corazón. Se introdujo en mí y a punto estuve de caer. Sus manos inmovilizaron mis caderas y apoyé las manos en la pared frente a mí, colocando mi frente sobre ella, encerrándole entre mis piernas.

Me dejé llevar, solo sentí, solo me fundí con él… con nosotros, mientras su lengua no dejaba de degustar la humedad que llevaba su nombre, el interior de mis paredes contraídas por él, para él, con él, en mi interior. Me colocó sobre el suelo e introdujo su sexo en mí sin dejar de mirarme, sin pedir permiso ni esperar nada más que a mí misma, nada más que a nosotros. Apenas unos minutos fueron suficientes para detonarse en ambos una bomba que ni siquiera habíamos accionado, que no siquiera sabíamos que existía. Nos miramos y todo cobró sentido.

Observando su sombra sobre la cama, que ni la luz más deslumbrante del sol podía borrar, decidí recordar solo aquella intensidad, aquella pasión inesperada que me descubrió quién era yo en realidad.

En tu ausencia.

En tu ausencia.

sinti

Llovía fuera, entre las sábanas,  oía el repicar de las gotas en la ventana mientras en mi cabeza solo estabas tú; tu mirada, tu tacto, tus palabras, el anhelo de tus labios buscando los míos. ¿Cómo un instante tan breve podía perdurar años después…, sin haber tenido ocasión de volver a encontrarnos? Mi mente intentaba averiguar una explicación y entre mis piernas, el anhelo de nuestro encuentro provocaba una humedad que llevaba su nombre.

La mente no pudo con el instinto, y movimientos suaves, lentos y precisos, arqueaban mi cuerpo mostrándolo bajo las sábanas. Sí, no podía dejar de buscar una explicación, pero mi cuerpo necesitaba liberarse, contraerse con el recuerdo de su cuerpo, de sus manos en el contorno de mi cintura con esa ansiedad de poseerme; allí mismo, en ese preciso momento donde el mundo había desaparecido a nuestro alrededor. Solo escuchábamos nuestras respiraciones, solo sentíamos la excitación de nuestros cuerpos al habernos encontrado al fin, solo… queríamos calmar la conexión que años atrás nos había unido a pesar de los kilómetros que nos separaban; ¿cómo podría evitar no reaccionar ante ese recuerdo? Sin planteármelo más, llevé mi mano hacía mis bagritas, húmedas por él. Poco a poco acaricié mi sexo suavemente, llevando mis dedos bajo la fina tela que lo cubría. Un leve gemido pareció llamarle. Le imaginé junto a mí, con sus manos fuertes entrelazadas en mi cuello, mientras su mirada navegaba en la mía y su erección clamaba más atención. Se colocó sobre mí y llamé a las puertas del cielo. Me contuve; necesitaba más, quería que aquella imagen en mi cabeza no desapareciera. Rozaba su sexo sobre el mío, con movimientos perfectos. Su lengua recorría mi cuello hasta llegar a mis pezones ávidos de sentir su lengua sobre ellos, humedeciéndolos, mordisqueándolos… queriéndolos. Sin guión que seguir, continuó descendiendo hasta llegar entre mis piernas donde la humedad lo asediaba todo.

No pude retener más la corriente que levantó mis caderas de la cama, arqueándome con un gemido agudo, prolongado e intenso, que por un segundo… pudo compensar su ausencia.

Edad carnal… ¿o mental?

Edad carnal… ¿o mental?

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—Voy a verle, Andrea… ¡voy a verle! ¿Sabes lo que eso significa? —exclamó Paula agitada.

—¿Que la humedad te llegará a los pies?

—Ja.Ja.Ja, a veces eres tan graciosa que si me diera una parálisis, mi cara quedaría como la del Jocker.

Paula colgó y olvidó de inmediato el comentario sarcástico de Andrea. Apenas habían compartido unos mensajes, pero cuando estos sonaban en el móvil, su cuerpo se estremecía como hacía mucho no recordaba; era un escalofrío que le ponía la piel de gallina y contraía su entrepierna de manera instintiva. Era una locura, lo sabía, pero una locura de las que daban sentido a esas mañanas en las que las sábanas parecen no querer que tu cuerpo se despegue de ellas.

Él era diferente, a punto de cumplir la cuarentena, había algo que le atraía sin poder oponerse. Era como un imán al que no podía resistirse —y siendo sinceros, ¿por que oponerse?—, ya tenía edad para no salir corriendo como el resto de hombres que se habían cruzado con ella en los últimos años. Pequeñas confidencias, comentarios (para otros insignificantes), le hacían creer a Paula que valía más por el corazón que escondía en el pecho que por lo que escondía entre sus piernas. Tras un par de días que parecieron eternos, al fin se levantó por la mañana y se harían realidad todas las hipótesis que su imaginación no dejaba de formular.

 

De pie frente a la entrada del centro comercial, Paula agradeció estar en el centro y que la gente abarrotara la calle; podía ocultar su cara de pánico, sin que fuera tan evidente para Sergio. Le pareció escuchar un «hola» entre la algarabía, pero pensó que podía ser a cualquier otra. Otra vez. Esta vez más fuerte y cercano; tras ella. Cogió todo el aire que pudo y se dio la vuelta. «Wow, ¡qué flaco favor le hacen las fotos! ¿Puede estar más bueno? No podré mantenerme de pie mucho tiempo, necesito una silla, un escalón… ¡lo que sea! ¡¿Por qué demonios hay tanta gente aquí?! Respira, Paula, respira». Era más alto de lo que esperaba, y cuando se dieron dos besos pudo oler su ropa; lo que no hizo sino aumentar el temblor de sus piernas. «Es el suavizante que tanto me gusta, y en él, huele aún mejor». Consiguieron mesa en una cuca cafetería escondida tras la atestada plaza, y no pararon de hablar durante las tres horas que pasaron como si hubieran sido tres minutos. Llegó la hora de la despedida. Paula, no podía obviar el hecho de que Andrea tenía razón;  sus pies parecían colmados de humedad. Intentó controlar sus contracciones internas, su mirada de deseo, incluso el morderse el labio inferior mientras lo recorría con su lengua, pero sabía que no lo había conseguido cuando se despidieron. Durante veinte minutos estuvieron parados en la boca de metro, como dos adolescentes; ninguno daba el primer paso (ni para marcharse ni para todo lo que pasaba por la mente de Paula…) hasta que los labios de Sergio comenzaron a moverse.

—¿Nos vemos la semana que viene? Estoy libre…

—Sí, creo que podré encontrar un hueco. —«Bien, Paula, bien. Tranquila, natural, mirándole a los ojos… Bien por mí».— Ya me dirás cuándo.

Paula se dio la vuelta y comenzó a bajar las escaleras mirando de soslayo a Sergio, mordiendo su labio inferior, contrayendo su sexo y realizando todos los verbos que conocía terminando en gerundio. « ¡Por Dios! ¿Pueden experimentarse más sensaciones a la vez sin que el cuerpo explote?».

Los días pasaron, y tras unos escuetos mensajes; vacíos de la intención que Paula esperaba, Sergio no parecía dar el siguiente paso; así que decidió darlo ella. « ¿Por qué no? Ya somos mayorcitos, no tenemos edad para quedarnos con las ganas…, ya me masturbé lo suficiente y lo que necesito es su compañía mientras lo hago (entre otras cosas, claro)». Creyó haber enviado el mensaje perfecto, pero la respuesta —que aunque casi inmediata, no dejó de sorprenderle— fue demoledora: Tranquila, intentaré que así sea.

« ¿Qué? ¿Ya está?»

—De verdad te digo, Andrea, que parezco una quinceañera detrás de mi primer beso.

—¿Sabes? Creo que eres tonta, sí, pero por creer que no puedes conseguir a alguien mejor. Has puesto en él todo lo que tu mente quería que fuera. Dejaste a un lado la realidad. Nena… creo que no malinterpretaste las señales… solo que él se ha asustado.

—Roza la cuarentena, bonita. ¿Cuándo se supone que la edad mental impera a la edad carnal? —Paula no podía creer que hablar con sinceridad fuera, de nuevo, el problema.

 

kilómetros.

kilómetros.

beso1

Abrió los ojos, no necesitaba solo sentirla, anhelaba poder mirarla mientras estaba dentro de ella. Profundizar en esos ojos que le hablaban en un idioma que solo ambos  conocían. Esos ojos verdes con los que su cuerpo era capaz de vibrar como nunca antes. Esa sonrisa dibujada en su rostro que hacía que su corazón palpitara deseando poder salir de su pecho e introducirse en el de ella. Algo llamó su atención, ¿qué era ese ruido? ¿qué ocurría? < No, no quiero, no puede ser, quiero permanecer dormido y no separarme de esta sensación que me embriaga>.

Se sentó sobre la cama sintiendo el frió suelo bajo sus pies. Hundió su cara entre sus manos intentando ahogar sin lágrimas la pena que recorría su cuerpo sin haber dejado aún de sentirla allí, tan real, tan suya.  Fue al lavabo y el agua corrió sobre sus mejillas, se miró en el espejo y se dio cuenta que no podía entender cómo se había enamorado a través de una voz. Ruth cantaba en un pequeño grupo que colaboraba con la editorial, donde el escribía, en cada una de las presentaciones de nuevos libros. Él, organizaba cada evento con el deseo de poder verla. Les separaban cientos de kilómetros y apenas podía compartir con ella unas horas al mes. < ¿Por qué? ¿Por qué tiene que ser tan difícil?>. En ese momento no pudo evitar que una lágrima recorriera su mejilla descubriendo la libertad que tantas deseaban dentro de él.

Salió del despacho feliz, sentía que levitaba sin poder evitarlo: en dos días volvería a verla. No habría kilómetros que les separaran, y esta vez, le confesaría cómo el deseo por ella era desgarrador y su corazón realmente estaba en peligro sin ella. Quería gritar, llorar, saltar, expulsar toda esa adrenalina que solo ella podía provocar.

Llegó tarde y el grupo ya estaba tocando. < Es preciosa, nunca creí en Dios pero… solo algo muy poderoso ha podido crear una maravilla así>. Cuando terminaran la actuación iría hacia ella y la invitaría a cenar. No podía perder la oportunidad de hacer sus sueños realidad. Nunca habían hablado, solo alguna mirada perdida, alguna sonrisa, pero ningún intercambio de palabras.

-Hola, soy Mario, quien organiza todo esto. -Le fue imposible disimular su mirada de admiración.

-¡Hola! Te había visto por aquí, pero no nos habían presentado. Me alegro de que por fin ya sea oficial.-Su sonrisa parecía realmente sincera y Mario sintió como sus piernas flaqueaban.

-¿Te apetece cenar esta noche y nos pondemos al día de la agenda?

-¡Claro! Estará bien conocernos mejor.

Sus manos temblaban, su corazón palpitaba de tal forma que creía que cualquiera podía oírlo aunque estuviera a kilómetros de distancia. Allí estaba, la vio acercarse sonriendo con un precioso vestido que llegaba a mitad de muslo, con un escote precioso. < En mis sueños siempre vi lo que hay debajo y no parece haberme equivocado>. Se dieron dos besos y se sentaron en la preciosa terraza del restaurante donde se habían citado. Hablaron, se rieron  y congeniaron como si se conocieran de toda la vida. Mario sentía que así era y parecía que Ruth también.

-La verddad que ha sido una gran cena, eres fantástico. ¡Por fin alguien joven en la editoarial! -Ambos rieron y Mario supo que había llegado lo realmente difícil.

-Me olvidé la agenda en el hotel. Si quieres vamos a por ella y así puedes organizar el mes que viene. -Intentó no darse a descubrir con su mirada de deseo.

-¡Me parece perfecto!

Parecían estar hechos el uno para el otro. Mario no habría soñado un guión más impecable… solo faltaba la guinda que tanto ansiaba. Cerró la puerta de la habitación tras de sí, dejó al descubierto su mirada de deseo  y comenzó a hablar a escasos centímetros de ella.

-No sé por dónde empezar, pero… estoy enamorado, eclipsado o como quieras llamarlo. No dejo de pensar en ti desde que te vi en la primera actuación, desde que tu voz se introdujo en mi cuerpo y me estremeció como nunca creí que una voz podría hacerlo.

-Shhh, no digas nada más. -Ruth le tapo los labios con su índice y se acercó a milímetros del rostro de Mario provocando que este se quedara sin respiración.

Ruth retiró el dedo entre ellos y sin nada que les separara le besó. Abrazó su cuello de una manera dulce y al mismo tiempo tan sensual, que Mario no pudo evitar apoyarla sobre la pared mientras la estrechaba la cintura saboreando su lengua y recorriendo sus curvas. Ruth pudo sentir como su sexo llamaba al suyo y sintió que el deseo aumentaba sin poder controlarlo. Mario la llevó hacia la cama sin dejar de besarla y la colocó suavemente mientras se desabrochaba la camisa y admiraba la belleza que por fin era real. Ruth se incorporó sentándose sobre la  cama y deslizando sus tirantes dejando su perfecto pecho con sus pezones erectos frente a él. Mario quiso derretirse frente a esa visión y acercó sus labios a esas areolas suaves que parecían pronunciar su nombre… “eres perfecta, más aún de lo que había soñado. Esta realidad supera a la ficción”. Ruth introdujo su mano dentro del pantalón y acarició su sexo perfecto que clamaba libertad y parecía llamarla. Lo liberó a través de la cremallera y empujándole sobre la cama se sentó sobre él. Despacio, rozando su cadera con la suya, oyendo los gemidos que Mario no pudo evitar reprimir, Ruth sintió como se deslizaba dentro de ella, cómo sus paredes se contraían disfrutando de cada roce, moviéndose en pequeños círculos sobre él mientras jadeaba y se mordía su labio inferior. Mario colocó sus manos en su cadera bajo el vestido y comenzó a moverse más rápido sintiendo cómo su sexo se endurecía más hasta que se deshizo en ella y la besó. Fue un beso fuerte, apasionado, casi agresivo, al que Ruth respondió separándose sutilmente y sonriendo… Esa sonrisa selló solo el principio de muchos encuentros que llegarían a pesar de los kilómetros.