Futuro entre (tus) letras…

Futuro entre (tus) letras…

tacto

Caminaba despacio. Nada en su cabeza le llevaba en una dirección determinada, en un objetivo al que dirigirse. Solo necesitaba pensar; intentar entender qué había ocurrido en el último año. Echó la vista atrás, recordó cómo llegó a esas calles, a esa situación que había desembocado en un final, que aunque obvio, no pensó pudiera materializarse. Intentó borrar imágenes que se sucedían sin orden —o quizá sí— y sin saber por qué; esa respuesta que buscaba estaba ahí; necesitaba enfrentarse a ella, mirarla a los ojos, llegar a un punto en común con el que poder seguir adelante y perdonar lo que fuera que le atormentaba.

Su contorno casi etéreo le estremecía; aún conseguía hacerlo. Esa perfección que le provocaba el estímulo necesario para su día a día, para olvidar lo que dejó atrás al decidir desligarse de todo lo conocido hasta aquel momento. Nunca lo verbalizó, ni siquiera lo pensó, pero descubrir su sexualidad; esa unión casi mística que buscó desde su adolescencia era su principal objetivo, si no allí…¿dónde ? Decidió no abstraerse de todo lo que su cabeza le proporcionaba; estímulos visuales que podía convertir en más reales al cruzar sus ojos con los de la gente que compartía con él —sin saberlo— un momento tan importante. Algo vibró junto a su entrepierna y le alejó de su ensimismamiento. Allí estaba; el origen de todo. Lo que dio pie a su introspección.

« No pude olvidarte, tus caricias, nuestra conexión… ese deseo físico que no pudimos materializar. ¿Aún dudando? Soy solo tuya, como quieras y cuando quieras».

Sin poder evitarlo su sexo respondió por él; “ojalá pudiera hablar por mí”, pensó mientras miraba el abultamiento entre sus piernas. Solo unas letras, solo eso conseguían provocar lo que antes muchas otras habían intentado sin éxito; esa conexión mística que solo se había materializado en su cabeza, entre sus manos… nunca entre unos turgentes muslos femeninos. Si no sabía qué contestar, menos aún sabría cómo comportarse frente a ella; cuando sus miradas se cruzaran podría acabar todo antes de empezar. ¿Eso estaba intentando hacer? ¿Eso era lo que en realidad necesitaba? Miles de preguntas sin respuesta, solo con más interrogantes, se agolpaban sin saber dónde ubicarse.

Le costaba caminar, su sexo se negaba a reaccionar frente a las reticencias de su cerebro. Quizá era más listo y sabía ponderar las prioridades más básicas, instintivas y animales que todo hombre sentía de un modo u otro; ¿o acaso para él no suponían una necesidad? No en su conjunto; pero sin duda, sí con ella. El sexo tal y como creía conocerlo: fotos, vídeos, películas…, no era para él. Su minimalismo, su cercanía con la gente era radicalmente diferente a lo considerado como normal; él no lo era, él era especial. Nadie le convencería de lo contrario. Pero ella había conseguido dejar a un lado todas esas barreras que le situaban en la sombra; donde se encontraba en sintonía con él mismo. La primera vez que intercambiaron mensajes a través de un amigo en común, sintió una corriente que le atravesó. No se conocían, no habían hablado…, aunque él admiraba todo en ella. Cada mañana, sentada en la cafetería junto a la entrada de su trabajo, crecía en él un sentimiento que le empujaba a cambiar las cosas; fue la primera vez que se planteó de verdad el salir de la oscuridad que le envolvía para poder compartir la luz con ella, pero sus miedos ganaban terreno con cada gesto: apartarse un mechón de pelo de su delicado rostro; cruzarse de piernas con esa sutileza tan implícita en ella… No, no podía seguir por ahí; solo le haría más daño. Otra vibración interrumpió sus pensamientos.

« Solo necesito verte, compartir al menos unas palabras… nuestras letras se alejan de lo que necesita mi cuerpo y hasta mi alma. No importa cuánto o cómo decidas dármelo; solo necesito que seamos uno…».

Cualquier atisbo de relajación era imposible. Se giró y volvió sobre sus pasos. Sin ni siquiera pensarlo de manera consciente se encontró frente a su portal, en el que tantas noches se habían despedido sin subir tan siquiera una vez; solo pensar en el deseo que eso le provoca le suponía un terror casi onírico, fulminante al no creerse capaz de dar todo lo que ella seguro necesitaría. Tal y como llegó —sin pensar—, pulsó el botón del telefonillo. La puerta se abrió sin oír nada al otro lado. Subió los peldaños despacio hasta el ascensor, éste parecía no llegar nunca y se preguntaba si sería capaz de esperar o saldría corriendo. Cuando al fin lo hizo, abrió la puerta despacio y se introdujo tembloroso; “ahora o nunca”, se repitió una y otra vez hasta llegar a su destino. La puerta estaba entreabierta, cerró tras él y su instinto (ese que creía no tener ante esas situaciones) le llevó hacia una de las habitaciones junto al salón. Allí estaba, una fina camiseta a través de la que podría vislumbrarse su anhelado contorno le hizo querer salir corriendo; no sabía el porqué pero no movió ni un ápice de su cuerpo. Irene se dio la vuelta y ese cruce de miradas tan temido para él hizo lo demás: antes de darse cuenta sus labios estaban a escasos milímetros.

No dijeron nada, no compartieron tantas letras escritas desde hacía meses. Irene desabrochó despacio su pantalón sin dejar de mirarle. Comenzó a besar su cuello, abrazar su torso bajo la ropa y descendió sin que él intentara parar lo inevitable. De rodillas, con su mirada fija en él, saboreó; saboreó todo aquello que había deseado mientras leía sus letras entre sus manos; recorrió cada fracción de deseo tanto tiempo ansioso e insatisfecho; disfrutó, ambos lo hicieron, sin restricciones, hasta que él vio en ella todo su interior deshecho en su preciosa y maravillosa piel. Se arrodilló frente a ella y la abrazo. En un sutil susurro junto a su oído escuchó…

« Nada más, no necesitamos más para ser uno, todo lo demás no es necesario para encontrarnos uno dentro del otro…».

 

 

Sombras en la cama…

Sombras en la cama…

sombras

La tímida luz del sol amenazaba con obligarme a recibir el día con una sonrisa. El cálido ambiente que se podía respirar en la habitación me recordó a él, a su mirada, a su sonrisa, a sus palabras. Un escalofrío suave, propio de las primeras mañanas de primavera, me recorrió y no pude evitar que mis pezones se endurecieran y mis caderas ronronearan con suavidad mientras un leve gemido escapó de entre mis labios. Junto a mí, solo un espacio vacío que me recordó las sombras de las que intentaba olvidarme; unas sombras que parecían haberse diluido entre mis pensamientos. Solo estaba yo, pero su huella aún parecía marcada en las paredes, en cada rincón, en mi interior… Si me estremecía sabía que era por él, si sonreía no dudaba de que era por un recuerdo de cada una de nuestros encuentros. Había sido breve, apenas unas semanas, pero cada uno de los minutos de aquellos días llevaban su nombre grabado en mi piel con una tinta que sería imposible borrar.

Aquella cafetería pequeña, coqueta, escondida entre las calles lejos del bullicio, fue testigo del torbellino silencioso que me embriagaba enseñándome el significado de lo que era sentirse viva. ¿Físico? Ese primer día desconocía si sería posible —no así necesario, porque sí lo era aún sin saber por qué—. Sus manos transmitían seguridad, paz, tranquilidad; sus movimientos, atracción incontrolable. Una atracción que me invadió desde ese primera mirada encontrada que consiguió emanar toda la humedad escondida en mí y que desconocía poseer. Él no tendría por qué saber nada de mis movimientos sutiles por el deseo de sentir la yema de sus dedos sobre mi piel, esa que se erizaba solo con imaginarlo; imaginación que desde aquel día no dejó de volar alejándose de la jaula donde se encontraba encerrada. Me estremecía en silencio, la erección constante en mis pezones era disimulada por mi ropa interior y mi labio inferior atacado con violencia incontrolable por mi propia boca, era acompañado por mi silencioso deseo que decidió no esconderse tras el tercer encuentro.

Llegué a casa nerviosa, las piernas flaqueaban sin control cuando oí pasos tras la puerta y alguien la golpeó con los nudillos. Abrí sin preguntar, sin saber quién era, sin preguntarme nada; mi cuerpo y mi cabeza estaban lejos de allí hasta que vi sus ojos frente a mí y todo se difuminó. Me abalancé sobre él, sin esperar respuesta, sin hacer preguntas, dejé a mi cuerpo actuar y yo solo me dejé llevar. Abracé su cuello entrelazando mis dedos con sus mechones de pelo, le introduje en el recibidor y le empujé sobre el perchero que amortiguó nuestro golpe con la pared. Me miraba sin pronunciar palabra, sus labios parecían querer hablar pero su mirada lo hacía por ellos y sus manos estrecharon mi cintura con vehemencia. ¿Acaso sus sentimientos correspondían los míos? Deslizó mi camisa hasta arrojarla sobre el suelo y hundir su rostro entre mis pechos; firmes y expectantes, deseosos de conocer la suavidad de sus labios. Saboreó cada milímetro de ellos con su lengua ávida de mí mientras yo me estremecía y ronroneaba junto a su oído, impregnando su cuello de mi agitada respiración. Se separó, aferró mi cara entre sus manos y me besó. Dulce, lento, recorriendo mis labios, mi lengua. Se agachó y sin mediar palabra, reptó por mis rodillas, acarició mis piernas y su lengua ascendió por mis muslos hasta llegar al centro de mi deseo. Deseo físico rivalizado con el íntimo que residía en mi pecho, en mi corazón. Se introdujo en mí y a punto estuve de caer. Sus manos inmovilizaron mis caderas y apoyé las manos en la pared frente a mí, colocando mi frente sobre ella, encerrándole entre mis piernas.

Me dejé llevar, solo sentí, solo me fundí con él… con nosotros, mientras su lengua no dejaba de degustar la humedad que llevaba su nombre, el interior de mis paredes contraídas por él, para él, con él, en mi interior. Me colocó sobre el suelo e introdujo su sexo en mí sin dejar de mirarme, sin pedir permiso ni esperar nada más que a mí misma, nada más que a nosotros. Apenas unos minutos fueron suficientes para detonarse en ambos una bomba que ni siquiera habíamos accionado, que no siquiera sabíamos que existía. Nos miramos y todo cobró sentido.

Observando su sombra sobre la cama, que ni la luz más deslumbrante del sol podía borrar, decidí recordar solo aquella intensidad, aquella pasión inesperada que me descubrió quién era yo en realidad.