Nueva casa, nuevas experiencias.

Nueva casa, nuevas experiencias.

experiencias

No se lo podía creer. Por fin. Sus piernas flaqueaban desde hacía una semana, cuando le dieron la noticia. Introdujo despacio la llave en la cerradura, cogió aire y esperó unos segundos antes de abrir la puerta. Cuando al final lo hizo, una luz deslumbrante hizo que entrecerrara los ojos. Cerró la puerta tras ella y se deslizó sobre su blanca madera hasta sentarse en el suelo.

Un recibidor más grande de lo que recordaba, una fina lámpara blanca sobre él y un pequeño espejo lo decoraban. Volvió a coger aire mientras una lágrima humedecía su mejilla. Dos años habían pasado y aún no podía creerlo. Se puso en pie y dejó las llaves sobre la precioso bandeja que compró hace unos días nada más; hasta las dos llaves quedaban bonitas colocadas en su sitio. Caminó despacio hacia la primera puerta, era el salón. Un sofá en L, una mesa de comedor y una preciosa alfombra lo decoraban. Se mordió los labios por la emoción que había conseguido esconder estos años. Siguiente parada, la habitación principal; blanca, amplia, acogedora y con mucha luz como el resto de la casa. No lo pudo evitar y se tumbo sobre la fina colcha a rayas que la vestía. Se tapó la cara con ambas manos e imagino todo lo que le esperaba a esas sábanas y a ella misma. Besos. Caricias. Labios ansiosos de encontrarla. Se sentó colocando los pies sobre las coquetas alfombras que abrazaban la cama a ambos lados. Al ponerse en pie no pudo evitar mirar el cabecero de forja que parecía proteger toda la estancia.

Salió a la terraza y un banco de madera junto con dos sillas formaban el conjunto que tanto le había costado elegir.  No pudo evitar sentarse y cerrar los ojos mientras el sol la bañaba y arrullaba con dulzura. «Aquí seré feliz, aquí viviré las experiencias que me convertirme en adulta…». El móvil vibró junto a su pierna y de repente recordó; había invitado a Diego a ver el apartamento nuevo y había olvidado por completo.

« ¿Inauguraste la casa sin mi…?»

« Nunca se me ocurriría. Ven, te espero en el portal», parecía un mensaje sincero.

Llevaban flirteando cerca de seis meses. Se conocieron en una tarde de cañas con la gente del trabajo. Alguien le había llevado, ya ni siquiera recordaba quién. Castaño, cerca de los cuarenta, tonificado, pero no en exceso, y una sonrisa que le hacía olvidar lo que ocurría alrededor. Entre unas cosas y otras no habían encontrado el momento, o eso pensaba Paula. Fue hacia la entrada, cogió las llaves y se fue. Veinte minutos tardó en llegar, que ella utilizó para respirar, coger y soltar aire despacio y que la ligera brisa del día la recargara las pilas. Le pareció oír su nombre y se dio la vuelta. Allí estaba. Sonriéndola, pícaeo y sexy como solo él sabía. Cuando subieron los tres escalones y entraron en el ascensor la imaginación de Paula voló sin apartarse de él; sus labios carnosos, esos ojos almendra que la abrazaban y esa manera de hablar que tanto le gustaba.

—Esta es la entrada … —dijo juno a una sonrisa que le sonó más adolescente que otra cosa.

—No perdamos el tiempo —la interrumpió antes de poder seguir—. enséñame esa preciosa terraza de la que tanto hablas.

Paula no pudo evitar chasquear la lengua contra el paladar y le indicó el camino con la mano. « Me mata, hoy me mata». Abrió la reja y salieron despacio, en silencio mientras Diego no dejaba de mirar hacía todas las direcciones antes de decir:

—Falta una de esas camas de Ikea para el jardín, o mejor aún, una hamaca muy grande donde puedan coger dos…

—¿Dos…? ¿Para qué tan grande? —preguntó con una mirada intensa— ¿Acaso quieres utilizarla conmigo?

—Con lo patosa que eres tendría que venir unos cuantos días a enseñarte a subir sin caerte.

Paula no podía creerlo. Parecía una invitación a unos planes muy muy jugosos y subidos de tono… ¿lo estaría imaginando?

—Una pena no poder empezar hoy, pero te prometo que esa será mi siguiente compra.

—¿Tardarás mucho en ir? Lo pregunto por hacer algo mientras tanto.

«Dioooooooos. Que pare o no se cómo acabará esto».

—¿Me acompañas a la cocina a por unas cocacolas?

—Si eso es todo lo que tienes para mí, te sigo… —dijo mientras la indicaba que ella primero.

Abrió la nevera y dejo las latas en la encimera. Antes de poder abrir la suya sintió unas manos en su cintura. Un suspiró en su cuello la estremeció pero pudo darse la vuelta y separar sus  cuerpos con una de las cocacolas.

—¿En serio? Llevo esperando este momento muchos meses, Paula. —Y arqueó las cejas sin soltar su cintura ni hacer amago de coger la cocacola —. No me hagas eso, no imaginas cuánto te deseo…

Paula, la volvió a dejar en la encimera y le miró. En silencio. Se mordió el labio y pudo ver cómo Diego se acercaba despacio, como en sus sueños, estrechándola más fuerte hasta que sus labios se conocieron de cerca, sin aire que le separara y todo se volvió borroso. Colores tropezando unos con otros, gruñidos convirtiéndose en melodía y en su pubis un empuje que la puso a mil. Se separaron unos segundos en los que él abrazó su cuello fuerte y le preguntó dónde estaba el dormitorio.

—Se me ocurre un sitio mejor.

Diego se limpió la saliva de sus labios y no pudo evitar los bien que sabía y lo mejor aún que besaba. Paula le llevó al salón, volvió a besarle y se tumbaron sobre la alfombra. Intentó desabrochar su sujetador y ella se sentó para quitarse la camiseta y facilitarle las cosas. La expresión que se dibujó en su cara fue todo lo que necesitó. Sin pensarlo comenzó a desabrochar los botones de su pantalón. Intentó poner cara de póker y no salir corriendo cuando pudo intuir lo que escondía su ropa interior. «Y esto es legal? ¿No hay leyes de alejamiento para esta clase de armas de destrucción masiva?». Un beso fuerte, vehemente y penetrante hizo que Paula volviera a la alfombra, a ser consciente de las manos que le recorrían y a quien tenía delante. Acercó sus pezones endurecidos a sus labios y gimió, gruñó, se dejó llevar y pudo sentir como Diego se deshacía en ella tras haberla recorrido entera y besado cada recoveco y ángulos de su anatomía. Se sentía plena y solo pensaba en repetir esas sensaciones que habían recorrido su cuerpo.

Boca arriba con un techo blanco que parecía aplaudir la función, se volvió hacia Diego y no había nada más que pensar ni decir; había sido una fiesta de inauguración perfecta…

Futuro entre (tus) letras…

Futuro entre (tus) letras…

tacto

Caminaba despacio. Nada en su cabeza le llevaba en una dirección determinada, en un objetivo al que dirigirse. Solo necesitaba pensar; intentar entender qué había ocurrido en el último año. Echó la vista atrás, recordó cómo llegó a esas calles, a esa situación que había desembocado en un final, que aunque obvio, no pensó pudiera materializarse. Intentó borrar imágenes que se sucedían sin orden —o quizá sí— y sin saber por qué; esa respuesta que buscaba estaba ahí; necesitaba enfrentarse a ella, mirarla a los ojos, llegar a un punto en común con el que poder seguir adelante y perdonar lo que fuera que le atormentaba.

Su contorno casi etéreo le estremecía; aún conseguía hacerlo. Esa perfección que le provocaba el estímulo necesario para su día a día, para olvidar lo que dejó atrás al decidir desligarse de todo lo conocido hasta aquel momento. Nunca lo verbalizó, ni siquiera lo pensó, pero descubrir su sexualidad; esa unión casi mística que buscó desde su adolescencia era su principal objetivo, si no allí…¿dónde ? Decidió no abstraerse de todo lo que su cabeza le proporcionaba; estímulos visuales que podía convertir en más reales al cruzar sus ojos con los de la gente que compartía con él —sin saberlo— un momento tan importante. Algo vibró junto a su entrepierna y le alejó de su ensimismamiento. Allí estaba; el origen de todo. Lo que dio pie a su introspección.

« No pude olvidarte, tus caricias, nuestra conexión… ese deseo físico que no pudimos materializar. ¿Aún dudando? Soy solo tuya, como quieras y cuando quieras».

Sin poder evitarlo su sexo respondió por él; “ojalá pudiera hablar por mí”, pensó mientras miraba el abultamiento entre sus piernas. Solo unas letras, solo eso conseguían provocar lo que antes muchas otras habían intentado sin éxito; esa conexión mística que solo se había materializado en su cabeza, entre sus manos… nunca entre unos turgentes muslos femeninos. Si no sabía qué contestar, menos aún sabría cómo comportarse frente a ella; cuando sus miradas se cruzaran podría acabar todo antes de empezar. ¿Eso estaba intentando hacer? ¿Eso era lo que en realidad necesitaba? Miles de preguntas sin respuesta, solo con más interrogantes, se agolpaban sin saber dónde ubicarse.

Le costaba caminar, su sexo se negaba a reaccionar frente a las reticencias de su cerebro. Quizá era más listo y sabía ponderar las prioridades más básicas, instintivas y animales que todo hombre sentía de un modo u otro; ¿o acaso para él no suponían una necesidad? No en su conjunto; pero sin duda, sí con ella. El sexo tal y como creía conocerlo: fotos, vídeos, películas…, no era para él. Su minimalismo, su cercanía con la gente era radicalmente diferente a lo considerado como normal; él no lo era, él era especial. Nadie le convencería de lo contrario. Pero ella había conseguido dejar a un lado todas esas barreras que le situaban en la sombra; donde se encontraba en sintonía con él mismo. La primera vez que intercambiaron mensajes a través de un amigo en común, sintió una corriente que le atravesó. No se conocían, no habían hablado…, aunque él admiraba todo en ella. Cada mañana, sentada en la cafetería junto a la entrada de su trabajo, crecía en él un sentimiento que le empujaba a cambiar las cosas; fue la primera vez que se planteó de verdad el salir de la oscuridad que le envolvía para poder compartir la luz con ella, pero sus miedos ganaban terreno con cada gesto: apartarse un mechón de pelo de su delicado rostro; cruzarse de piernas con esa sutileza tan implícita en ella… No, no podía seguir por ahí; solo le haría más daño. Otra vibración interrumpió sus pensamientos.

« Solo necesito verte, compartir al menos unas palabras… nuestras letras se alejan de lo que necesita mi cuerpo y hasta mi alma. No importa cuánto o cómo decidas dármelo; solo necesito que seamos uno…».

Cualquier atisbo de relajación era imposible. Se giró y volvió sobre sus pasos. Sin ni siquiera pensarlo de manera consciente se encontró frente a su portal, en el que tantas noches se habían despedido sin subir tan siquiera una vez; solo pensar en el deseo que eso le provoca le suponía un terror casi onírico, fulminante al no creerse capaz de dar todo lo que ella seguro necesitaría. Tal y como llegó —sin pensar—, pulsó el botón del telefonillo. La puerta se abrió sin oír nada al otro lado. Subió los peldaños despacio hasta el ascensor, éste parecía no llegar nunca y se preguntaba si sería capaz de esperar o saldría corriendo. Cuando al fin lo hizo, abrió la puerta despacio y se introdujo tembloroso; “ahora o nunca”, se repitió una y otra vez hasta llegar a su destino. La puerta estaba entreabierta, cerró tras él y su instinto (ese que creía no tener ante esas situaciones) le llevó hacia una de las habitaciones junto al salón. Allí estaba, una fina camiseta a través de la que podría vislumbrarse su anhelado contorno le hizo querer salir corriendo; no sabía el porqué pero no movió ni un ápice de su cuerpo. Irene se dio la vuelta y ese cruce de miradas tan temido para él hizo lo demás: antes de darse cuenta sus labios estaban a escasos milímetros.

No dijeron nada, no compartieron tantas letras escritas desde hacía meses. Irene desabrochó despacio su pantalón sin dejar de mirarle. Comenzó a besar su cuello, abrazar su torso bajo la ropa y descendió sin que él intentara parar lo inevitable. De rodillas, con su mirada fija en él, saboreó; saboreó todo aquello que había deseado mientras leía sus letras entre sus manos; recorrió cada fracción de deseo tanto tiempo ansioso e insatisfecho; disfrutó, ambos lo hicieron, sin restricciones, hasta que él vio en ella todo su interior deshecho en su preciosa y maravillosa piel. Se arrodilló frente a ella y la abrazo. En un sutil susurro junto a su oído escuchó…

« Nada más, no necesitamos más para ser uno, todo lo demás no es necesario para encontrarnos uno dentro del otro…».

 

 

Sombras en la cama…

Sombras en la cama…

sombras

La tímida luz del sol amenazaba con obligarme a recibir el día con una sonrisa. El cálido ambiente que se podía respirar en la habitación me recordó a él, a su mirada, a su sonrisa, a sus palabras. Un escalofrío suave, propio de las primeras mañanas de primavera, me recorrió y no pude evitar que mis pezones se endurecieran y mis caderas ronronearan con suavidad mientras un leve gemido escapó de entre mis labios. Junto a mí, solo un espacio vacío que me recordó las sombras de las que intentaba olvidarme; unas sombras que parecían haberse diluido entre mis pensamientos. Solo estaba yo, pero su huella aún parecía marcada en las paredes, en cada rincón, en mi interior… Si me estremecía sabía que era por él, si sonreía no dudaba de que era por un recuerdo de cada una de nuestros encuentros. Había sido breve, apenas unas semanas, pero cada uno de los minutos de aquellos días llevaban su nombre grabado en mi piel con una tinta que sería imposible borrar.

Aquella cafetería pequeña, coqueta, escondida entre las calles lejos del bullicio, fue testigo del torbellino silencioso que me embriagaba enseñándome el significado de lo que era sentirse viva. ¿Físico? Ese primer día desconocía si sería posible —no así necesario, porque sí lo era aún sin saber por qué—. Sus manos transmitían seguridad, paz, tranquilidad; sus movimientos, atracción incontrolable. Una atracción que me invadió desde ese primera mirada encontrada que consiguió emanar toda la humedad escondida en mí y que desconocía poseer. Él no tendría por qué saber nada de mis movimientos sutiles por el deseo de sentir la yema de sus dedos sobre mi piel, esa que se erizaba solo con imaginarlo; imaginación que desde aquel día no dejó de volar alejándose de la jaula donde se encontraba encerrada. Me estremecía en silencio, la erección constante en mis pezones era disimulada por mi ropa interior y mi labio inferior atacado con violencia incontrolable por mi propia boca, era acompañado por mi silencioso deseo que decidió no esconderse tras el tercer encuentro.

Llegué a casa nerviosa, las piernas flaqueaban sin control cuando oí pasos tras la puerta y alguien la golpeó con los nudillos. Abrí sin preguntar, sin saber quién era, sin preguntarme nada; mi cuerpo y mi cabeza estaban lejos de allí hasta que vi sus ojos frente a mí y todo se difuminó. Me abalancé sobre él, sin esperar respuesta, sin hacer preguntas, dejé a mi cuerpo actuar y yo solo me dejé llevar. Abracé su cuello entrelazando mis dedos con sus mechones de pelo, le introduje en el recibidor y le empujé sobre el perchero que amortiguó nuestro golpe con la pared. Me miraba sin pronunciar palabra, sus labios parecían querer hablar pero su mirada lo hacía por ellos y sus manos estrecharon mi cintura con vehemencia. ¿Acaso sus sentimientos correspondían los míos? Deslizó mi camisa hasta arrojarla sobre el suelo y hundir su rostro entre mis pechos; firmes y expectantes, deseosos de conocer la suavidad de sus labios. Saboreó cada milímetro de ellos con su lengua ávida de mí mientras yo me estremecía y ronroneaba junto a su oído, impregnando su cuello de mi agitada respiración. Se separó, aferró mi cara entre sus manos y me besó. Dulce, lento, recorriendo mis labios, mi lengua. Se agachó y sin mediar palabra, reptó por mis rodillas, acarició mis piernas y su lengua ascendió por mis muslos hasta llegar al centro de mi deseo. Deseo físico rivalizado con el íntimo que residía en mi pecho, en mi corazón. Se introdujo en mí y a punto estuve de caer. Sus manos inmovilizaron mis caderas y apoyé las manos en la pared frente a mí, colocando mi frente sobre ella, encerrándole entre mis piernas.

Me dejé llevar, solo sentí, solo me fundí con él… con nosotros, mientras su lengua no dejaba de degustar la humedad que llevaba su nombre, el interior de mis paredes contraídas por él, para él, con él, en mi interior. Me colocó sobre el suelo e introdujo su sexo en mí sin dejar de mirarme, sin pedir permiso ni esperar nada más que a mí misma, nada más que a nosotros. Apenas unos minutos fueron suficientes para detonarse en ambos una bomba que ni siquiera habíamos accionado, que no siquiera sabíamos que existía. Nos miramos y todo cobró sentido.

Observando su sombra sobre la cama, que ni la luz más deslumbrante del sol podía borrar, decidí recordar solo aquella intensidad, aquella pasión inesperada que me descubrió quién era yo en realidad.