Un suspiro; quizá dos.

Un suspiro; quizá dos.

momentos

Todo parecía pasar frente a mí a cámara rápida; parada, con la mirada fija en… todo. De repente sentí como si fuera capaz de observar cada detalle desde fuera, y esta vez, muy muy despacio. Las sonrisas, los gestos, las expresiones, las miradas perdidas, las fijas en un objetivo. De nuevo… todo, un todo al que sentía no pertenecer.

Entre mis dedos no paraba de bailar uno de los bolígrafos que encontré antes de salir de casa. Una biblioteca abarrotada; un silencio sepulcral; un vacío repleto de él, de su olor, de su sonrisa, del brillo de sus ojos cuando la miraba a ella. Tres años y aún nada. Alguna sonrisa perdida en la educación tras un cruce de miradas sin diálogo ni un porqué más allá de compartir espacio común junto al resto de los alumnos. Una biblioteca universitaria y en mi cabeza pensamientos más propios de colegio… hasta que mis muslos se contraían con su presencia al principio, con su recuerdo después fue suficiente. Alto, moreno, ojos grises en los que poder zambullirse hasta que él decidiera lo contrario. Por la noche Morfeo me llevaba hasta sus brazos, hasta su mirada que no dejaba de alimentarse de mí, de mis gestos, de mi sonrisa eterna cuando era él quien la provocaba. Me despertaba nerviosa, ansiosa de que aquellos sueños desaparecieran o al menos, pudiera controlar su intensidad.

Un día, con la mirada centrada en encontrar el libro que tanto tiempo llevaba buscando, sentí unos ojos puestos en mí. Cogí lo primero que encontré e intenté localizar con disimulo de dónde procedían. En ese mismo momento supe que mis ojos no podrían ser de nadie más que de él. Esa mirada solo fue el preámbulo a una sonrisa de la que no pude creer ser el origen. Respondí con la mía entre labios temblorosos y un rubor que comenzó a teñir mi cara de un color difícil de disimular. « ¿Llegó el día? ¿Dejé de ser una persona más que compartía un espacio común?». El libro que descansaba en mis manos estuvo a punto de caer sobre la sigilosa tarima cuando alguien cruzó el pasillo rápido, golpeándome. Di gracias a dios por estar en un lugar donde montar un numerito sería llamar demasiado la atención, más aún si era yo quien provocaba la escena; escena que se convirtió en tragedia griega cuando esos ojos que me habían robado el corazón y mi  intimidad… se iluminaron por ella. No pude parar de observar cómo sus manos recorrían su espalda para después acariciar sus mejillas y terminar estrechándola contra él. De nuevo el tiempo se paró, hasta un punto en el que quise bajarme de donde quiera que estuviera; no era Morfeo, estaba segura de que era la realidad más cruda en la que me había envuelto, sus ojos, ahora sí, puestos en mí. Quizá en esta ocasión fue la intensidad de los míos, o el casi ya color púrpura de mi rostro, el que provocó que él alejara sus pensamientos de lo que hacia su cuerpo para dejarme entrar a mí en su momento. ¿En cuál? Ojalá en uno del que me fuera imposible escapar en un un futuro no muy lejano. Ella se separó de él y este volvió a compartirlo con ella; esta vez ya en exclusiva.

Los días pasaron y mis horas en la biblioteca eran cada vez más monótonas sin aliciente alguno. No lo veía. Ella me lo había arrebatado para siempre; quizá solo había sido un sueño cuya intensidad no me permitía discernir qué era real y qué no. Pasados los exámenes y mi enajenación transitoria por un imposible, decidí hacer caso a mis amigas y buscar distracción fuera de tantos libros (pobrecillas ellas que desconocían la razón de mi abstracción absoluta).

Me maquillé, saqué esa ropa destinada para ser vista solo en ocasiones especa¡iales y cerré la puerta tras de mí sin echar la vista atrás. Un sueño; una fantasía; un deseo —tal vez solo carnal— de algo imposible que no estaba destinado para mí, me empujaban a disfrutar de aquella noche. Llegamos entre risas al local, mis amigas habían conseguido que sino en el olvido, mis recuerdos de él estuvieran escondidos en el lugar más oculto que mi memoria había encontrado; quizá lo había construido solo para él. Debíamos haber alargado mucho la cena porque allí ya llevaban todos copas de más. Pedí la mía mientras mis amigas se relacionaban con cualquiera que se cruzara en su camino y al darme la vuelta allí estaba, parado frente a mí; a escasos centímetros de mi cuerpo.

—Tú eres la chica de la biblioteca.

Esta vez no fue un libro lo que se tambaleó entre mis manos. La copa de vino no besó el suelo gracias a que sus manos estuvieron más rápidas que mis neuronas, inquietas con el momento. Momentos, de eso se trata ¿no? No pude negarme a su propuesta de tomarnos nuestras bebidas fuera, donde la brisa del buen tiempo nos llamaba a gritos para alejarnos del ruido del local abarrotado de universitarios. Tan inquietas estaban mis neuronas que se rindieron a la primera palabra y decidieron no luchar contra lo que fuera que hubiera que hacerlo. Cortejo de guión, de esas películas ñoñas que vemos abrazadas al helado de chocolate más grande que hemos encontrado y… ¡¡me estaba pasando a mí!! Olvidé a mis amigas, olvidé a la chica de la biblioteca y hasta me olvidé de mí misma. Todas mis neuronas fueron reemplazadas por testosterona acumulada durante demasiado tiempo. ¿Quién quiere razonar cuando puede enredarse en la realidad más carnal? Solo una mano en mi cintura y una mirada penetrante fueron suficientes para dejarme llevar y dar la vuelta a la esquina dejando atrás la fiesta. Un leve suspiro junto a mi oído hizo que mis labios se humedecieran; todos, incluso los que desconocía que pudieran ser frágiles. Abrazó mi cintura con su brazo atlético y fuerte antes de que sus labios se acercaran a los míos. Cuando saboreé su saliva, supe que estaba perdida y no había vuelta atrás. Nuestras lenguas se enredaron con un anhelo que parecía tan nuestro que no pude creer que en algún momento fuera solo mío. Mi cuello se erizó al sentir su humedad en él, mis pezones hicieron lo propio endureciéndose a la espera de sus labios o incluso de los suaves mordiscos como con los que me había deleitado Morfeo. Y vaya si la realidad supera a la ficción. No supe en qué momento sus manos se perdieron bajo mi ropa interior y sus mechones de pelo en mi pecho. Apartó de manera sutil lo que se interponía entre nosotros y su sexo pudo abrirse camino hasta encontrarse envuelto entre mis paredes húmedas y ansiosas de él. Mi cerebro oía sus gemidos, mis jadeos; mis nalgas se sentían abrigadas por sus manos; mi corazón palpitaba al ritmo de sus embestidas hasta que un abrazo intenso consumó nuestro encuentro. Antes de poder colocar todo en su sitio me besó en la frente, me miró y dijo:

—Un placer, chica de la biblioteca.

Se dio la vuelta y tras doblar la esquina desapareció.

Todo parecía pasar frente a mí a cámara rápida; parada, con la mirada fija en… todo. De repente sentí como si fuera capaz de observar cada detalle desde fuera, y en esta ocasión, muy muy despacio. Todas las sonrisas, todos los gestos, todas las expresiones, todas las miradas perdidas, también las fijas en un objetivo. De nuevo… todo, un todo al que sentía no pertenecer porque… ¿el todo había ganado a los momentos? Un suspiro; quizá dos… ¿Pero acaso no eran los momentos  de lo que se trataba…?

 

El cuerpo reacciona; la mente decide…

El cuerpo reacciona; la mente decide…

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Era un día lluvioso,el gris del cielo —con las tímidas nubes blancas que se atrevían a sumergirse en el gris plomizo del horizonte— me hacía pensar sin opción a réplica en él: mi sueño, mi anhelado deseo… mi imposible.

Durante meses, creo más bien quizá que fueron años, se fue adentrando poco a poco en mí. Sin prisa, sin preguntas, sin guión. Mi cuerpo reaccionó en cuanto mis ojos se cruzaron con los suyos; no solo fue una conexión física, había algo más…, mucho más. En esos momentos ambos teníamos pareja, no podíamos sumergirnos en lo que nuestro cuerpo nos pedía a gritos. Y entonces, pasó. Nunca antes había experimentado una sensación tan profunda, tan inmensa… tan abismal. ¿Qué estaba ocurriendo? No era la primera vez que me masturbaba, ni la segunda, solo una más. O eso pensé aquella mañana. Un mensaje suyo me arrebató de entre los brazos de Morfeo; solo un « buenos días» con una foto adjunta fueron suficientes para incorporarme sobre la cama cuando las primeras gotas de lluvia comenzaron a golpear, aún sin violencia, los cristales del ventanal junto a mi cama.

No era una foto nuestra, tras aquel primer y breve encuentro, la distancia suponía la mayor agonía imaginable. En blanco y negro podía observarse a una pareja, con la lengua de él recorriendo los pechos de ella sin dejar de mirarla. ¿Todo eso en una foto? La imaginación comenzó a construir la escena sin tan si quiera ponerla yo en marcha. A continuación otro mensaje: « Te pienso… no puedo dejar de hacerlo», sencillo, escueto, más que suficiente. Lo imaginé allí, junto a mí, bajo mis sábanas mientras oíamos la lluvia caer cada vez con más violencia; ¿solo físico?, ¿solo deseo? Era mucho más, no cabía duda. Me tumbé e introduje mi mano bajo la suave seda de mi ropa interior. Estaba húmeda, humedad que llevaba su nombre; nuestro nombre. Decidí activar la grabadora del teléfono para que me escuchara, me excitaba muchísimo saber que estaba a cientos de kilómetros y nos unirían mis gemidos. Mis dedos no encontraron dificultad en deslizarse sobre mi sexo, entre mis labios, buscando introducirse en mi interior sin pensar en nada más. En ese momento, la grabación se vio interrumpida por una llamada: era él. Descolgué. Sin planearlo, sin decirnos nada, simplemente comenzamos a escuchar los gemidos de cada uno al otro lado del hilo telefónico.

Mi labio inferior parecía pedir clemencia ante los repetidos mordiscos derivados de tanta intensidad, imágenes sin construir y sin explicación se sucedían junto a la banda sonora de nuestros gemidos; de nosotros. Un gemido ahogado al otro lado hizo que no pudiera alargar más el letargo; me dejé llevar uniéndome a su orgasmo. Un pitido inesperado zanjó nuestra conversación y dio paso de nuevo a los mensajes: « Te adoro, te siento aquí, en mi piel»… « No salgas de mí, quédate dentro, en mis venas, en mi interior»… « Estaremos juntos y cuando ocurra, se abrirán las puertas del paraíso ante nosotros ».

Solté el teléfono desfallecida, jadeante. Todas aquellas imágenes habían sido sustituidas por preguntas, interrogantes, dudas… ¿acaso soñar será suficiente? Aquella mañana no pude controlar mi cuerpo, pero mi mente decidió que solo disfrutar del momento era la respuesta.

La fusión incontrolada de dos personas que se aman.

La fusión incontrolada de dos personas que se aman.

Captura

Nace la noche, surge la pasión.

Te encuentro, te vivo, te siento.

Porque el sentir que yo siento al sentir qué cerca te tengo, es como la sensación de caminar entre nubes o de volar entre estrellas.

Tú y yo…esa unión apasionada.

Y hace unas fechas pensaba que te alejabas…, mi deseo persistía…; lo que pudo ser y no fue… aumentando el anhelo de volver a estar contigo otra vez.

El reencuentro me dio la vida.

Aromáticas caricias de pasión incontrolable.

Mientras nos miramos fijamente con deseo de fusión.

Ser uno, en sintonía, al ritmo de la mejor melodía….

Tu mirada me decía todo, tu boca me hablaba sin decir una palabra.

Nos comunicábamos perfectamente, con caricias, con besos… dejando las dudas atrás.

Tú y yo…, nada más… y nada menos: Todo lo que podía soñar