Entre mis sábanas.

Entre mis sábanas.

Dormí sola durante tanto tiempo que todo me resultaba normal. Un ruido. Un reflejo en la pared. Risas alejadas, perdidas en la calle y yo… entre mis sábanas. Siempre entre mis sábanas. ¿Podría haber un sitio mejor? No lo creí hasta que alguien me acompañó en mis noches y mis amaneceres. Hasta que despertarme con una sonrisa se convirtió en… normal. Habitual. ¿Rutinario? No me lo planteé, solo era feliz y eso era suficiente. ¿Qué problema habría si esa rutina podía ser mi felicidad, mi camino a un mundo desconocido y que ni siquiera había soñado? Mes sorprendió, no diré lo contrario, pero fue  una grata sorpresa. Ser dos, compartir sonrisas, miradas, juegos y sí, sexo. Sexo en toda su plenitud y mucho más. Siempre me vendieron que el sexo era sucio, lejos de toda motivación que no supusiera procrear, tener hijos, procrear y mantener la especie… hasta que descubrí lo que eso escondía. La falsedad. El engaño. La falsa moral. El escondite hacia unos placeres que los que lo practicaban no querían airear y los que no tenían opción, preferían venderlo con menosprecio, burlas… ¿acaso solo a mí me miraban de reojo y criticaban mis comentarios subidos de tono? ¿Acaso hay alguna otra forma de mantener viva la especie? No me importaba, descubrí una nueva puerta que se abría ante mí sonde antes solo había una pequeña ventana a través de la que ni la luz entraba. Sumida en la oscuridad, cuando al fin un rayo de sol penetró en mi día a día, supe que había descubierto lo que de verdad me llenaba. Me colmaba. Me hacía sentir… mujer.

Ya sin pelos en la lengua descubrí aquello que con tanto empeño me habían escondido: el sexo, el disfrutar sin dar explicaciones, el comportamiento de mi cuerpo frente a él. Junto a él. Con él. ¿De verdad mi vida  había sido tan oscura, tan falta de vida, vibraciones? Había amores idílicos con los que solo imaginaba besos, caricias pero… ¿algo más? Lo desconocía. Y llegó él. Sin avisar. Como todo lo bueno de la vida. Sin pedir permiso ni llamar. Solo llegó. Cada mirada, cada roce ocasional se convertía en una corriente que parecía hacerme explotar en fuegos artificiales. ¿Qué era aquello? ¿La vida? Puede ser, pero ahora sé que es el amor completo. Total. Sin límites. Sin escondites ni vergüenza. Sin vergüenza. Y con la cabeza bien alta. La primera vez que sobrepasó la barrera de lo permitido hasta entonces cientos de preguntas se agolparon a la vez, de golpe, asombradas y admiradas a la respuesta de mi cuerpo frente a él. ¿Dónde había dejado mi vergüenza, mi pudor? Y… ¿para qué habían servido todos estos años? Sonreía por primera vez de una manera tan natural que hasta un pequeño atisbo de miedo quiso apoderarse de mí… pero no lo dejé. Disfruté,  reviví aquello y quise conocer más. Investigar. Averiguar. Inspeccionar y hasta rastrear qué era aquello, hasta dónde me podría llevar. Qué más habría ahí fuera que desconociera.

La sucesivas veces fueron aún mejor. Descubrirnos. Sabiendo dónde tocar. Dónde acariciar y cuándo. Conocerse era la mejor experiencia. Pasaban los días y queríamos más hasta que mis voces internas decidieron hablar sin preguntar arriesgándose a actuar sin ser enseñadas y… menuda sorpresa. El instinto sabía el guión que yo desconocía y me encantaba. Me estremecía solo con mis pensamientos y la posibilidad de poder llegar mucho más allá; a un mundo desconocido que estaba deseosa por adentrarme. ¿Recordáis esa sensación? ¿Los pelos de punta? ¿La piel de gallina? Yo espero no olvidarla… y más aún cuando descubrí que un muchas personas, sensaciones, recuerdos, imágenes y emociones me provocaban un suspiro eterno y placentero. Llegó el momento de sentirle dentro, su sexo, sus dedos, sus labios. Todo él era bienvenido e incluso aplaudido. Mis palabras acompañaban a unos pezones erectos que gritaban su nombre, su roce, sus labios. Me sexo le esperaba ardiente, húmedo, ansioso por recibirle y no querer que se marchara. ¿Qué habías de malo en todas esas sensaciones? Eran necesidades aumentadas más si cabe por la prohibición y el engaño en el que mi cuerpo y mente habían estado ocultos, guardados esperando a que alguien o algo les despertara. Y vaya si se despertó y sucumbió al placer, la felicidad con otro significado. La FELICIDAD en mayúsculas.

Anuncios
El regalo de la novedad…

El regalo de la novedad…

ovejas negras

¿Quién dice que las enfermedades son malas? A ver a ver, decidme nombres y etiquetas profesionales: médicos, neurólogos, Pepe —el verdulero—, Antonia —la de los cosméticos del súper—… Ahora que tenéis vuestra lista en mente, contestadme a algo más: ¿a cuántos de ellos les daríais crédito si os dijeran que la «salvación» está tras una caída por la ventana del vecino del ático? Hummm, la cosa se pone más difícil ¿eh?

¿Y si le damos la vuelta a la tortilla? Sí, ya sé, esa frase está muy manida, pero no por eso hay que hacer un revuelto siempre que haya huevos en la sartén. Recuerdo esos momentos de mi vida —en casa de mis padres, porque ahora esos momentos (ya independizada) no existen, permitidme que me ría—, en los que el aburrimiento en las tardes frías y grises de domingo era el único plan.

Cuando me trasladaron a Irún —aún sana físicamente, porque de cabeza no creo haberlo estado nunca—, lo primero que pensé fue: « Perfecto, podré decidir qué quiero hacer y cómo, sin nadie que me diga cuestione». Error. Error. Y otra vez error. ¿Cómo demonios iba a hacer lo que quería si no sabía ni siquiera lo que era? Ahí comenzó el primer mensaje subliminal al Universo: «Me aburro, haz algo para cambiar mi día a día». Imagino vuestras caras y cómo os desternilláis mientras inténtáis que el móvil no se os caiga de las manos, o caigáis al suelo desde la silla del ordenador. ¡Venga! ¡Va! Suficiente… aunque para reír nunca sea suficiente. A ver por dónde iba… ¡ah sí! Continúo. Tras seis meses maravillosos, en los que descubría lo que quería hacer —la mayoria de las cosas menos interesantes de lo que creía—, llegó lo más —sin duda alguna—, interesante. Aquello era LA NOVEDAD. En mayúsculas y bien grande. ¿Quién no ha soñado con que LA NOVEDAD esté presente cada día y aniquile a la rutina? Parece que escucho algún «pues yo», ¡perfecto! La excepción confirma la regla.

Las novedades, buenas o malas, no llaman a la puerta antes de pasar; así que un 13 de noviembre (el día en el que cumple años una de mis mejores amigas) me vi frente a un desconocido a cientos de km de casa, mientras me daba la noticia: LA NOVEDAD (aunque esta información ya la conocéis muchos; así que nos os aburriré  con las mismas historias de «abuelo cebolleta», una y otra vez).

Cada día es diferente, cada mañana tenemos un día por delante que no podemos organizar en nuestra agenda —para algun@s «diario», porque los románticos aún existen—. Las enfermedades nos proporcionan el regalo de LA NOVEDAD; el poder dejar la rutina a un lado, para que en aquellos momentos que aparezca, seamos capaces de disfrutarla.

¡Disfrutemos! Disfrutemos de nuestros días diferentes, de cómo los demás se aburren mientras nosotros no podemos prever que nos espera tras oír el despertador. En la analítica de esta mañana, el gesto de la enfermera —ninguna novedad por cierto, aquí sí está instaurada la rutina; aunque sin entender el porqué al ser una nueva— era el mismo desde que llegó: prepotencia, por encima del hombro y cero sonrisas. ¿Y? Mi día —y además un viernes— no va a estar influido por alguien que solo ve de lejos la enfermedad ajena y no tiene un mínimo de sensibilidad para un gesto amable, para una sonrisa… Más pierde ella que yo. Yo tengo LA NOVEDAD. Yo tengo la diferencia. Yo soy más fuerte que eso.

¿Qué me decís? ¿Os apuntáis a verlo todo desde otra perspectiva?

Ecuaciones en la playa

Ecuaciones en la playa

mordiendo cadera xx

– Quiero ir a la playa, quiero, quiero, quiero. -Álvaro no dejaba de repetirle las ganas que tenía de ir a la playa con ella mientras ronroneaba en su cuello.

– Hummmmm…, no sé. ¿Qué le voy a decir a mis padres? Cada vez que les pregunto algo que suponga llegar más tarde de lo considerado para ellos normal -o sea las dos de la mañana-, es como si se tuviera que reunirse el Sanedrín… No soy capaz de mentir de una manera convincente.

– ¿Y no te puedo convencer de ninguna manera? -Antes de que Julia pudiera contestar sintió los suaves y maravillosos dedos de Álvaro buscando las dulces aguas formándose en su entrepierna-. ¿Ni siquiera así?

Julia sabía que así… podía pedirle lo que quisiera. < Soy débil, muy débil… ¡¡qué bien lo hace joder!! >. Se giró y se puso a horcajadas sobre él sintiendo su erección entre sus piernas. Le besó con vehemencia, casi con violencia, esa que nunca había pensado fuera para ella antes de conocerle. Entrelazó su lengua con la suya saboreándole, mientras bajaba sus manos por su abdomen, humedeciéndose aún más sintiendo cómo era capaz de provocarle, a él, alguien inalcanzable para ella desde que les presentaron por primera vez. Quizá por eso nunca le incluyó dentro del grupo de chicos con los que poder acostarse si estuviera soltera…, creía ubicarle mejor en los fuera de mis posibilidades”. Siguió besándole el cuello, intentando olvidar el número de pensamientos inútiles que pasaban por su cabeza en ese momento e introdujo su mano bajo sus boxers. < ¡Madre mía cómo me gusta! Qué grande, qué firme…, hummmmm…, la quiero dentro>.

– Te quieeero…. deeen.. tro… -Esperó que entre tantos jadeos hubiera sonado más sexi de lo que le pareció escuchar-. No te imaginas cómo me pones…

– Creo que tu humedad hace que me haga a la idea. -Apenas unos centímetros les separaban, tenía su cara entre sus fuertes manos y quería poder mantener ese momento eternamente.

Se puso despacio un preservativo y casi sin darle tiempo a colocarlo del todo, Julia terminó la tarea y volvió a cabalgarle. Llevaban una semana viéndose todas las noches, manteniendo sexo o haciendo el amor, ya había dejado de preguntarse qué es lo que hacían realmente, así como tener vergüenza estando con él. En cuanto la sintió dentro no pudo evitar gemir, alto, deshinibiéndose, agarrando fuerte su cuello presionando su pecho contra él. < No quiero perder esto, no quiero dejar de follarle>. Su humedad no dejaba de emanar escuchando cómo Álvaro gemía por ella, cómo le hacía disfrutar y como se deshacía dentro de ella estrechando fuerte sus caderas. Se apartó sentándose junto a él y no lo dudó…

– Está bien…., iremos a la playa.

Dos semanas más tarde subió al metro y se dirigió a casa de Álvaro con una pequeña maleta. Habían sido unas negociaciones duras, pero un fin de semana subiendo al norte para ver a unas amigas parecía haber sonado convincente.

En poco más de tres horas llegaron al hotel. Había sido un viaje perfecto, como los de las películas en los que se cantan, más bien se gritan, todas las canciones que suenan en la radio como si no hubiera un mañana. Solo pararon en una ocasión que utilizaron únicamente para no dejar de besarse. Abrieron la puerta de la habitación, y antes de mirar si era tan buena como describía la oferta, Álvaro la cogió por detrás, agarrando su cintura y besándole el cuello, cayeron en la cama. Sobre Julia, besó, saboreó, acarició, bañó sus dedos en ella y cuando oyó cómo los gemidos se aceleraban, bajó despacio por su abdomen. Pasado el ombligo, Julia le abrazó el cuello y le paró.

– ¿Qué pasa cariño? -Álvaro la miro confuso.

– Solo…, solo una persona lo ha hecho y…, no sé, fue hace muchos años…, no creo que…, no me gustó.

– Tranquila. -Álvaro intentó contener una sonrisa maliciosa viendo su expresión, excitándose aún más sabiendo cómo disfrutaría y cómo no pararía de rogárselo a partir de ahora-. Lo haré despacio y si quieres que pare solo tienes que decirlo.

Ronroneó sus ingles con su lengua, muy suave, muy despacio, sintiendo como sus piernas se contraían en sus mejillas. Sus manos estrechaban su cadera mientras en alguna ocasión su mano subía a sus pechos y rozaba sus pezones erectos. Poco a poco, más despacio de lo que estaba acostumbrado, su lengua subió a su monte, lo bajó y volvió a subir ante el gemido ahogado junto a la proximidad de su sexo… < me gusta…, me gusta mucho>, sin decir nada, Álvaro bajó despacio introduciendo su lengua entre sus labios saboreando esa humedad que llevaba su nombre. Movía su lengua despacio, dejando lejos su monte y su ombligo, sintiendo solo su interruptor brillante y erecto por él, rodeándolo, presionándolo sutilmente mientras Julia no dejaba de arquearse arrugando las sábanas gimiendo cada vez más alto. Comenzaba el baile de piernas y Álvaro, estrechando su cintura por detrás, fijó sus caderas controlando su pelvis y su sexo. Aumentó el ritmo, la velocidad, acompasándolos con sus movimientos contenidos por sus manos y desahogados por sus jadeos que pedían a gritos más. Tras unos minutos donde el resto del cuerpo moría de envidia, se deshizo en su boca, sin control, sin pudor…, disfrutando de una nueva sensación que nunca nadie antes le había hecho sentir. Tanta atención y cuidado en hacerle disfrutar, le supusieron un orgasmo que nunca creyó que existiera.

Cuando al fin su ritmo respiratorio parecía permitirle hablar, Álvaro no dudó en preguntarle y mantener su excitación escuchando cómo se había sentido.

– ¿Mal…? ¿No te gustó? -Su mirada malvada no hizo si no arrancar un sonrisa preciosa, sexi y pícara en el rostro de Julia-. Tranquila…, no volveré a hacerlo.

– Si no vuelves a hacerlo, te obligaré. -Justo las palabras que Álvaro quería escuchar.

– Soy nueva en todo esto, y si me equivoco corrígeme por favor, estoy aquí para aprender… -De nuevo ese gesto en la cara de Julia que tanto le excitaba-. Pero… ahora me apetece conocer tu sabor, aunque…, si prefieres deshacemos el equipaje y descansamos. ¿Te parece?

– Hummmmm…, no seas mala…, hazlo…, mira cómo está por ti…, regálame tu lengua. -Julia no replicó y se colocó encima suyo, besando su cuello y descendiendo peligrosamente….

< Nunca vine a la playa con estos libros…, a ver qué nota me ponen>.