Otra vez…

Otra vez…

Otra vez no. No otra vez. Despertarme entre sudores, recuerdos, anhelos. Él. Siempre él. Me senté entre las finas sábanas y uno de mis tirantes se deslizó por mi hombro. Lento. Lo miré recelosa, intentando calmar mi respiración. No lo paré, o quizá no quise. ¿Dónde estaba él? ¿Se encontraría tan feliz como parecía? Igual era solo mi mente la que creaba, imaginaba y convertía todo en realidad. Mi realidad. Esa que no solo me fustigaba cada mañana, también se adueñaba de mi cuerpo. Mi areola fue testigo de cómo se endureció mi pezón. Cómo sin estar presente, ni cerca, su presencia permanecía siempre. Despertaba mis deseos y mis sueños le daban el papel principal. ¿Me pensaría? Sí, seguro. Mientras seguía divagando entre lo que podría ser, mis muslos se estremecieron. Sus labios gruesos recorríean mi mirada mientras sus ojos me tomaban como parte del almuerzo. En el fondo no quería, pero la intensidad de su observación, tan profunfa, no podían engañar. Su diálogo era claro. Puro. Volví a tumbarme dejando al descubierto mi pecho, mi abdomen… mi sexo. Ese que clamaba a gritos un contacto. Una caricia. Un sentimiento. Mis dedos serpenteaban entre mis labios. Buscaban su punto más álgido y lo encontraron. Grueso. Sus gritos silenciosos eran tan nítidos para mí que me parecía imposible lo que podía generar un recuerdo. Su vocabulario y el mío se entendían sin necesidad de preguntas.

Paré. La próximidad de una explosión inminente se fusionó con mi pensamiento más oscuro. La verdad. Sombría. Hiriente. Y me di cuenta. Entre fluídos y hormigueo a las puertas, decidí que era mejor creer en algo puro de verdad. Latente y presente. Yo. Mi fuego. Mi deseo en busca de lo que de verdad necesitaba. Un tú que me entendiera de verdad y supiera qué necesitaba, ahora que yo me había enfrentado cara a cara con esa necesidad.

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Por fin… el destino.

Por fin… el destino.

pies5

Bajaba las escaleras más bien como podía; hacerlo de maanera sexy y elegante era mucho pedir. Sé que estaba ahí, le miraba de reojo al mismo tiempo que intentaba que esa noche pudiera besarle a él y no al suelo. Llega el momento de agarrarse, para eso estaban las barras del metro, ¿no? ¿Quién demonios había diseñado esa parada? Seguro que no llevaba tacones ni un mini vestido que enseñaba más de lo que cubría… los cuarenta grados tampoco ayudaban. Antes de que los dichosos escalones acabaran Juan se acercó y me tendió la mano, «mierda, se ha dado cuenta de lo pato que he bajado las escaleras, pero el vestido cuenta , ¿no?».

—Buenas tardes, guapa.

—¡Ay! qué trabajito… ¿por qué hemos quedado aquí? Ya me podrás compensar luego…

La sonrisa bobalicona y divertida de Juan cambió radicalmente a lo que creo que fue angustia y miedo. «¿Se había asustado? Vale que era un comentario abierto a la interpretación, pero… ¿acaso mi vestido no daba a entender lo que ser políticamente correcto no dejaba decir?».

—¿Ese vestido es para mí? Pensaba que habrías quedado con alguien después —Puso los ojos en blanco y supe que había comenzado el juego.

—Pues mira sí, ¿te molesta? Tengo que asegurarme de que este trapillo acabe en el suelo, donde a mi madre le encantaría verlo a falta de un cubo de basura.

—Mira, ahí tienes un container.

—No te estás trabajando nada bien que la tarde acabe como quieres; igual que he bajado las escaleras puedo subirlas. —Chasqueé los labios y me di cuenta que sí, de verdad se me estaban quitan las ganas, no sé muy bien de qué, pero veía cómo se despedían con la mano y una expresión de , maja—. Venga va, ¿dónde vamos a cenar?

—Nos esperan en ese restaurante de la esquina.

—¡Qué raro que hayas elegido esa ubicación!

—Tiempo muerto, llevamos muchos meses planeando esta cena, que el orgullo no lo fastidie… —Y me miró de una manera tan profunda que me dejó sin palabras.

Entramos y el ambiente nos envolvió sin poder evitarlo. Camareros bien vestidos, una decoración perfecta, italiana y romantica con la que era imposible no flaquear.

—¡¡Me encanta!! —dije con cara de tonta y los ojos bien abiertos sin dejar de mirar a mi alrededor.

Le agarré del brazo y pude percatarme de que mis impresines tenían razón; musculado pero no en exceso. Mis muslos se contrayeron y no pude evitar moderme el labio. Nos llevaron a una pequeña mesa escondida bajo las escaleras. Ojeaba la carta pero no podía ni prestar atención ni leer.

—¿Qué vas a pedir? —preguntó sin buscar nada más que saber qué me apetecía.

—Ahora mismo creo que no puedo pensar en comida como tal. —Y mi mirada se perdió en los escalones que había sobre mí.

—¿Estás volviendo a hablar con doble sentido…? —Su entrecejo se arrugó contrariado.

—No, perdona, un Mare Monte y si quieres podemos compartir un entrante.

—Me parece bien, ahora eres tú la que ha conseguido que me vaya lejos…

Otra vez esa mirada cuando se comenzaron a oír mis tripas. ¡Qué sexy todo!

—Pues decidido, un Mare Monte y tartar de salmón —sentencié con una sonrisa.

Pedimos, cenamos y me comence a poner nerviosa cuando esperábamos la cuenta. No era solo el tiempo escondida en casa sin acudir a citas, era Él. Su olor. Nuestros mometos años atrás… ¿había llegado el momento? Cuando se cerró la puerta tras nosotros, lo  que nos envolvió fue Madrid, su noche cubrió nuestros nervios —«sí, el también lo estaba, no era capaz de esconderlos»— y vistió nuestros cuerpos con una brisa a la que solo le faltaba el mar. Nos acercamos al parking en silencio, él con las manos en los bolsillos, yo son la mirada perdida.

—Estas escaleras han sido fáciles.

—Me alegro, se nota que la zona no permite traspiés. —dijo mientras sacaba las llaves—. El coche está justo aquí.

Me señaló dónde y fue a pagar el ticket, no hice ni amago de pagar, mis modales estaban a otra cosa y agradecí poder ir sola hasta el coche. Condujo despacio, disfrutando del pasaje que se desdibujaba por las ventanas y entramos en su garaje. Ni siquiera me preguntó si quería ir a su casa. Me moví en mi asiento y antes de poder moverme sentí como unos labios impedían que saliera el aire como antes, mi corazón comenzó a palpitar más rápido, tanto, que parecía que su sonido retumbaba entre las columnas donde había aparcado. Se separó quedándose a pocos milímetros y cuando comezó a hablar el olor de su aliento me dijo todo lo que necesitaba saber.

—Perdona…, hummm…, necesitaba quitármelo de la cabeza, la presión de nuestro primer beso comenzaba a axfisiarme.

Dudaba de no poder tartamudear al hablar, así que hice lo que me pedía el cuerpo: le besé, decidida, intensa, saboreando esos labios con los que tanto había soñado. Igual arrojarme sobre él había sido demasiado, pero mi cuerpo no podía aguantar más. No recuerdo ni cómo habíamos llegado a su casa, pero allí estábamos de pie en el salón.

—Tranquilo, yo no sé ni cómo me mantengo de pie. Nos pasa ambos, llevamos demasiado tiempo dándole vueltas…

En ese momento fue él quien me agarró fuerte, me colocó en el sofá y comenzó a desabrocharse la camisa. No podía apartar los ojos de él, sus gestos, sus dedos alargados y perfectos. «¡Qué debilidad más tonta tengo con las manos!», sus manos comenzaron a deslizarse por mis hombros y me devolvieron a la realidad; su roce era mejor de lo que había imaginado durante tantas noches en mi cama. Se sentó a mi lado y se acercó despacio, unos microgundos que me parecieron horas hasta que nos dejamos llevar. Nos desnudamos con delicadeza, su mirada me hacía perder toda la vergüeza. Me deslicé sobre su cuerpo despacio, inhalando cada momento, cada roce, cada mirada hasta que le sentí dentro. Un gemido ahogado se escapó de entre mis labios y él respondió con otra acometida y una sonrisa que me derritió.

¿Sexo oral? ¿Masturbación?… todo sonaba sucio al lado de los que esa noche compartimos. A la mañana siguiente se marchó tras dejarme en casa; pasarían meses o incluso años hasta su vuelta, pero tendría con que recordarle.