Nunca. Nadie.

Nunca. Nadie.

Se despertó agitada, las sábanas estaban revueltas entre sus piernas. Sintió una leve brisa que se introdujo en la habitación y se estremeció, su sexo se contrajo y sus pezones se endurecieron. Hacía mucho que no se sentía así, que esas sensaciones parecían olvidadas o perdidas en quién sabe dónde. Se sentó sobre la cama dejando más al descubierto su pecho y su espalda ya con la piel de gallina… una sensación que le transmitía unas sensaciones que la llevaban muy lejos de allí. Puso los pies sobre el suelo y pudo ver a través de la ventana cómo el aire mecía las hojas de los árboles. de manera sutil y hasta dulce. Parecía acariciarlas. Cerró los ojos y deseó que él volviera, que sonara la puerta y su aroma lo inundará todo sin dejar que nada más ocupara espacio entre las cuatro paredes de su casa. Pero no, hacía mucho que se había obligado a olvidar esa mirada intensa y penetrante que tanto cambiaba sus días, incluso los minutos de estos. Se levantó, pero él no se alejó de ella, de su pensamiento ni de sus recuerdos. Caminaba despacio hacia la cocina, el suelo frió despertó la planta de sus pies y fue ascendiendo de manera casi automática por su cuerpo. Llegó a la cocina, echó el café en la cafetera, agua y la encendió. A los pocos minutos comenzó a desprender ese olor que tanto le gustaba, inhalaba con placer y le hacía pensar que un nuevo comienzo era posible. Un mensaje en el móvil la apartó de todas aquellas sensaciones que la recorrían. Exhaló  rápido el aire y con gesto de desagrado volvió a la habitación a por el móvil que descansaba sobre la mesita de noche. Lo abrió, era un número desconocido. Según leía, sus ojos se iban abriendo aún más…, hacía tanto tiempo ya. Una oleada de sentimientos la atravesó sin pedir permiso, como siempre hacía y ya casi había olvidado. Sí, era él. De nuevo, tan parco en palabras como siempre a la vez que intenso. « ¿Por qué ahora, por qué tras tanto tiempo?», no dejaba de preguntarse. Ella siempre había conseguido encontrarle un hueco en su vida, pero él no parecía hacer lo mismo. Aparecía y desaparecía sin razón aparente, pero ella seguía ahí. Siempre. Estremeciéndose con cada palabra escrita. Con cada noticia suya. Pero hacía tanto ya… su vida había cambiado, habían sido unos meses complicados y no sabía si estaría dispuesta a pasar de nuevo por sus idas y venidas aunque su cuerpo expresara lo contrario. Su pareja tomó otro camino y pensaba que él había hecho lo mismo. Soltó el móvil sobre la cama y decidió volver junto a la máquina de café, ese rincón tan suyo que nadie podría arrebatarla. En silencio, con el calor de la taza en las palmas de las manos y ese olor inconfundible. De nuevo, otro mensaje. Esta vez fue despacio, taza en mano. Se sentó y miró con el rabillo del ojo el móvil… « sería otra vez él?», tanto tiempo esperando y ahora… No, no volvería a caer, ella, su vida, todo lo que había pasado era más importante, más que él. Nunca volvería a pensar que él sería más importante que ella. Lo desbloqueó, pulsó leer y comenzó a poner sus ojos sobre las letras seguramente tan pensadas…

No me olvidé de ti, siempre en mis pensamientos, en mis noches y mis despertares. Siempre tú. Nuestras sensaciones. Nuestra historia.

Cerró los ojos y cogió todo el aire que puso, cerró sus manos con fuerza y se dejó caer sobre la cama tras colocar la taza sobre la mesita. Boca arriba, vio el techo blanco, impoluto y lo supo. Nunca volvería a dejarse, nunca volvería a dejar que alguien traspasara su piel aunque su cuerpo dijera lo contrario. Nunca. Nadie. Su cuerpo era solo suyo y nadie mejor que ella sabía como acallarle…

 

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Tú también… ¿te lo preguntas?

Tú también… ¿te lo preguntas?

instantes

Y si de verdad somos instantes… ¿por qué este  dura tan poco? O por el contrario parece no tener fin y durar demasiado…

Estaba mirando por la ventana con un café en la mano sintiendo el calor que este desprendía. No quería pensar pero aún así lo hacía. En cada instante. Cada mirada. Cada comienzo del que creía haber sido protagonista y ahora ya se habían convertido en finales. No quería pensar que era la culpable de ellos, pero aún así lo hacía… al menos de algunos. Recordaba cada cara de decepción al igual que las de alivio frente a ella. Dio un sorbo al café y sonrió al pensar que no solo sus actuaciones habían supuesto amargura en algunos; el café lo hacía cada mañana y sin razón aparente.

No quería sentirse culpable. Sabía que cara ruptura tenía su explicación, pero la última aún habiéndolo decidido ella, no le era fácil de comprender. ¿Y si había perdido la oportunidad? Sí, esa que sube al tren en el último momento y ya no vuelva porque… ¿por qué debía hacerlo? No lo pensó más y se dirigió a la sala café en mano, de este nunca querría separarse. Sé sentó en su pequeño sofá junto al sofá y recordó los últimos momentos junto a él. Las sonrisas. Las caricias. Los abrazos… Dio otro sorbo y se lo volvió a pensar. También pensó en aquello de solo se debe volver atrás para coger carrerilla, pero ¿era eso lo que realmente quería hacer? Veinte minutos pensando, el café ya frío, igual eso era más una señal que una acción del tiempo que llevaba entre sus dedos. Se levantó y se dirigió a la cocina mientras sus pensamientos seguían chocando unos con otros. Dejó la taza en la pila aún con los restos de café y suspiró. Tan fuerte que creyó dejar de respirar. ¿Y si se quedaba sola?¿Y si esa era la única razón por la que se rodeaba de gente no apropiada? Y si… Y si… Y si… Siempre las dos palabras con las que comenzaba cada mañana, cada despertar.

Descubrirme…

Descubrirme…

mujer desnuda

No pude ser consciente ni de los rayos de sol que se adentraban por la ventana abierta. Pero su calidez había conseguido adentrarse en la habitación, las sábanas, en mi cuerpo… o eso creía hasta que sentí su mano. En mi pecho. Fuerte. Consistente. Firme. Sólida. Intensa. No pude más que darme la vuelta y sentir su erección, tan sólida como la recordaba. Parecía pronunciar mi nombre mientras palpitaba por mi cuerpo desnudo bajo las sábanas. Mis pezones erectos le señalaban a él, ¿a quién más si no? Mi lengua no pudo parar quieta y seguir escondida en mi boca, oculta, necesitaba darse a conocer y sentir la suya, tan cerca pero tan lejos al mismo tiempo. Nuestras miradas parecían perderse en una barrera difícil de sortear hasta que lo conseguimos.

Era suave, delicada, al principio su ansia me buscó, se enredó y saboreó hasta que sus movimientos se volvieron…

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Descubrirme…

Descubrirme…

mujer desnuda

No pude ser consciente ni de los rayos de sol que se adentraban por la ventana abierta. Pero su calidez había conseguido adentrarse en la habitación, las sábanas, en mi cuerpo… o eso creía hasta que sentí su mano. En mi pecho. Fuerte. Consistente. Firme. Sólida. Intensa. No pude más que darme la vuelta y sentir su erección, tan sólida como la recordaba. Parecía pronunciar mi nombre mientras palpitaba por mi cuerpo desnudo bajo las sábanas. Mis pezones erectos le señalaban a él, ¿a quién más si no? Mi lengua no pudo parar quieta y seguir escondida en mi boca, oculta, necesitaba darse a conocer y sentir la suya, tan cerca pero tan lejos al mismo tiempo. Nuestras miradas parecían perderse en una barrera difícil de sortear hasta que lo conseguimos.

Era suave, delicada, al principio su ansia me buscó, se enredó y saboreó hasta que sus movimientos se volvieron lentos, pausados, tranquilos mientras sus manos estrechaban con vigor mis pechos antes de descender serpenteando hasta mi pubis, donde se convirtió en una caricia suave, lenta, circular mientras su mirada se hacía más intensa, más penetrante y no pudo evitar introducir un dedo en mi humedad. Luego dos mientras separó sus labios para mirarme con perspectiva. En ese momento lo supe… nuestra unión iba más allá , hasta llegar a una profundidad en la que el sexo cobraba otro significado.

 

Entre sus brazos

Entre sus brazos

 

Era su calor. Su aroma. Su sensación de hacerme despertar cuando estaba dormida, Su fortaleza. Y a fin de cuentas, nosotros. Un nosotros que se podría convertir en perfecto si conociera su rostro. Sus gestos. Su mirada clavada en la mía. La fuerza de sus abrazos y el tacto de sus manos. La rugosa suavidad de sus manos. Me despertaba intranquila esperando conocerle algún día. Encontrarme con todas esas sensaciones en una persona real. En un cien por cien que se asemejara a mi sueño, a la perfección en cuanto a una pareja con la que compartir toda mi vida. Hasta que un día en esa vida apareció la intimidad. Con vergüenza. Sigilo. Discreción, una alejada de mi realidad, de mis pensamientos estando despierta. Y sí. Era  tan perfecto como alguien que pudiera ver en la realidad e imaginar. Un sexo sin fisuras, con un color perfecto y unas dimensiones a la altura de la que yo pensaba y esperaba para el nuestro. Mi profundidad, aún, plena. Aquella noche todo era igual al mismo tiempo que distinto. Me llenaba por completo pero había algo más. Algo que desconocía o simplemente no creía haber vivido. Un cosquilleo. Un escalofrío que me recorría cada vez que se unían el suyo y el mío. Mi humedad y su solidez. Un deslizamiento que significaba sexo real en un sueño. Emociones diferentes en una misma franja horaria. Su sexo, mi cavidad, sus brazos, mis pechos, sus glúteos, mi cintura. ¿Era eso encontrar una pareja perfecta, el compaginarse al cien por cien? Desde luego no lo sabía ni había creído vivir antes. Pero lo quería. En su totalidad. Sexo profundo que me erizaba y ponía la piel de gallina.

Nos encontrábamos sin planes ni organización. El mundo estaba ahí, pero no lo veíamos ni sentíamos. Solo éramos nosotros y eso nos llevaba a una cama sin dimensiones. En la que podíamos levitar al ser uno. Tocarnos. Rozarnos. Gemirnos al oído hasta gritar sin importar que alguien pudiera escucharnos, disfrutar sin peros, sin explicaciones. Mis pezones erectos, duros, esperándolo. ¿No era eso la perfección? Podía sentir cómo sus dedos se introducían en mi interior sin necesidad de prepararlo. Con naturalidad. Como si fueran el uno para el otro. Sin más. Solo uno, estremecido y eterno hasta que Morfeo consiguiera separarnos de lo que de verdad quería. A lo que de verdad necesitaba llegar y sentir despierta. ¿Era posible? ¿Un tacto real que me erizara, aumentara mis latidos y respiración? No lo sabía, pero lo buscaría al despertar.

Esa mañana mientras tomaba el primer café, junto a la cafetera, apoyada en la mesa sin sentarme, decidí mirar por la ventana. Una por la que nunca lo hacía por estar muy cerca de la casa de enfrente. ¿Y si alguien me veía y podía cruzar su mirada con la mía aún turbada por mis sueños? Pero lo hice. Esa mañana sí. Nerviosa comencé a girarme y pude oler otro café. Ver un contorno. Un cuerpo diferente al de mis sueños pero igual de apetecible. Se giró y a pesar de su aparente sorpresa, sonrió a la vez que movió su mano para saludar. Hice lo mismo y abandoné la cocina. Me escondí en el pasillo. Estaba roja. Temblaba. ¿Y si era él? Cada mañana se repetía el mismo protocolo hasta aquella en la que cambió su rutina y me habló antes de que yo pudiera desaparecer. Quería saber mi nombre, poder tomar un café y sentir si era real lo que sentía cada mañana con su café. Si su pelo se erizaría de la misma manera.

Y me lancé. Sin pensar, asentí y dije que sí a su proposición. Un café a dos. En una cafetería. Con ruido de gente que nos pudiera hacer o no, darnos cuentas de si había algo más con un mundo alrededor que nos distrajera. Y al día siguiente allí estábamos. Sin paredes de por medio. Con muchas distracciones pero dos miradas que las eliminaban. Una humedad que reaparecía en mí y una consistencia bajo sus pantalones que esperaba estuviera ahí esperándome….

La magia de Elísabet Benavent

La magia de Elísabet Benavent

Todos los que conocéis mi blog u os habéis pasado por aquí, sabréis de quién hablo, sí, @betacoqueta. Para los que sea la primera vez os daré una breve descripción. Nació en Valencia, solo dos años después que yo, o sea en 1984 y es licenciada en comunicación audiovisual en la misma Valencia y tiene un máster en comunicación y arte en la Complutense de Madrid. En esta ocasión nos sorprende con una bilogía acerca de la magia. Tras la saga de Valeria, la trilogía de Mi elección  y Mi isla entre otros, llega a nuestras manos una manera diferente, pero siempre con su particular sello, el efecto de la magia, no solo en las relaciones, sino en cada uno de nosotros.

No sé si por mi situación personal en el hospital, con mi entorno —o el que creía mi entorno—, decidí saborearlo. Leer despacio cada capítulo, frase o comentario que pudiera ayudarme a salir del hoyo. Si bien el primer tomo, La magia de ser Sofía, me costó hacerlo así por las ansias de conocer más a la protagonista, y para variar sentirme en muchos aspectos identificada con  ella, al poco de llegar a mi casa del nefasto 2017 el segundo tomo, La magia de ser nosotros, no era ya una identificación, sino situaciones vividas, sentidas en silencio y poder verlas reflejadas en letras.

¿Alguien ha sentido la magia? Pero la de verdad, esa que dura más que un cruce de miradas, que una sonrisa pasajera, MAGIA en mayúsculas. Esa que querrías agarrar tan fuerte que no pudiera escapar. Esa que aunque tenga sus altibajos sabes que está, que no la perdiste. E.Benavent nos permite ver esa magia desde ambas perspectivas para no dejar ninguna pregunta en el aire acerca de los protagonistas. Ni sus por qués ni cómos, todo se entiende y sabes la razón.  Aún así, las sorpresas están aseguras cuando te sumerge en la magia de sus letras. Letras convertidas en sentimientos que hasta parece que puedes tocar con la yema de los dedos. Si no es vuestro caso, E.Benavent te aproxima un poco más a esas sensaciones que la magia te acerca y todo lo que te hace sentir soltarla.

Aquel verano

Aquel verano

Estaba sentada en una roca del puerto, le gustaba oír cómo las olas rompían y llegaban a término allí, como besos rotos y abrazos con significado a despedida. Ella lo había vivido, también había sido una de esas historias que murieron y nacieron allí. Aunque eso ya pertenecía al pasado no podía dejar de pensar en cómo le había afectado en quien era ahora. Allí vivió sus grandes amores de verano; su amor de verano más puro y verdadero, ese que no se olvida, el que recordaba en las noches de tormenta. Un beso que le pareció eterno, una mirada en la que creyó perderse, una sonrisa en la que poder navegar. Aquel verano marcó su futuro de alguna u otra manera…