En mi cabeza.

En mi cabeza.

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Así. Cada noche. Sin que falte ninguna. A falta de de luz natural que me ponga en pie, tu recuerdo parece ser una obligación para que Morfeo nos abrace sin permitirnos despertar. Sí. A los dos. Sin aire que corra entre nosotros; ni aunque yo pudiera tener voz o voto, tampoco lo querría.

Un instante, no fue más. Uno en el que el mundo parecía desaparecer a nuestro alrededor y solo nos veíamos a nosotros mismos; juntos. Sin necesidad de más pero con carencia de todo. En un estrecho y angosto espacio pero que nos parecia infinito. ¿Acaso importaba el espacio? ¿Lo horizontal o vertical? No, nada nos importó ni dudo de que ahora lo hiciera.

¿Acaso importa?

Sé tu respuesta, o creo saberla. Lo que ocurriría en otra situación o incluso en otra vida. Solos, sin porqués, sin explicaciones ni deberes. Sin teorías  y sin futuro más allá del momento… ¿acaso no somos instantes? Cada noche me despierta el mismo sabor, la misma saliva que sé no es la mía, pero si sé a quién pertenece. ¿Lo sabes tú? Recurrente tu tacto, en ocasiones pesadilla, en otras sueño. Un diálogo conmigo misma mientras tú… tú sigues con tu vida y mi recuerdo se hace cada vez más volátil. Más efímero. Más relativo. De nuevo pensamientos repetidos que no obtienen réplica alguna.

¿Acaso importa?

Y una nueva mañana, una nueva semana o un nuevo mes, solo indican el cambio estacional. Porque tu cambio solo está en ti sin ser compartido. Lo haces tuyo bajo la única llave de tus pensamientos.

Mientras tanto la llave para estar en mi cabeza, la sigues teniendo tú. Tu cuerpo, tu piel erizada al recordarme, tu desahogo expresado con mi nimbre. En silencio, siempre en silencio. Mientras que en mi cabeza el silencio perdió la partida a tu nombre.

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Desde el norte.

Desde el norte.

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Irún. Ojos en blanco. Neuronas en pie de guerra por mi cabeza.

—Irún…, ¿no hay más opciones?

En estos momentos no.

Colgó el teléfono e intentó pensar en, y con calma. “Tan lejos. Sin conocer a nadie”, pensaba con todo el sosiego que encontraba, aún escondido este en lo más profundo de su interior. “ No puede ser tan horrible, no puede serlo. Solo eres tú y tu fatiguismo”, se decía mientras de verdad quería concienciarse de que era la mejor y única opción.

Catorce meses después, una enfermedad degenerativa y amigos que nunca había pensado poder encontrar a tantos kilómetros de distancia, estaba de nuevo en lo que había conocido como hogar, aunque ahora tuviera sus dudas…

Desde el norte, su perspectiva se había hecho infinita; desde el norte, su definición de hogar había cambiado por completo; desde el norte, tanto ella como su manera de pensar habían crecido.

No encontró mejor manera de crecer… que desde el norte.

#historiasvascas

 

Él. Siempre él.

Él. Siempre él.

abrazo

Caminaba sin rumbo. Solo veía como sus pies avanzaban de manera lenta. Ellos sí parecían saber hacia dónde se dirigía; dónde estaba el destino mientras ella solo pensaba en aquel día. Aquel almuerzo. Aquel postre que no llegó a culminarse. « ¿Así se sentían los niños cuando les quitaban las chucherías? ¿Acaso él era eso, solo una chuchería?». Un sonido brusco la liberó de todas las preguntas que se hacía para encontrarse frente a la realidad: tráfico, ruido…caos. Quizá ese debía ser solo el caos en el que tendría que moverse, pero de nuevo… sus manos alrededor de su cuello, abrazándolo con suavidad en la que ella se encontraba protegida a la vez que deseada. Sus sus sus, todo de él. Él, él, él.

Negó con la cabeza al mismo tiempo que cerró los ojos con fuerza. « Sal de mi cabeza, ¿por qué me haces esto?». Cuando sintió como de nuevo cómo la humedad anegaba su cuerpo se paró en seco. Pudo ver cómo a unos pasos había un banco de madera, frío, como lo que ella necesitaba. Se sentó y no quiso pensar en cómo su cuerpo, su olor, su sonrisa era todo lo que se cernía a su alrededor. Él. Su aroma. Sus labios… su sabor. Sabor del que aún, diez años después, no había podido escapar. Había sustituido esa sensación por otras caras, otras caricias, otros contactos. Pero en el fondo sabía que no era él. No eran ellos. No era ese momento. Su momento. El de los dos. Ese en torno al cual se había generado el punto de inflexión. A partir del que había un antes y un después. Había un quizá…

Quizá era suficiente. Quizá no. Pero ese quizá permitía seguir adelante, como fuera, pero siempre con el recuerdo. Nunca con el hubiera. Nunca con el ¿y si…? Sabía que el ¿y si? provocaba dolor, desánimo. No, no lo necesitaba. Quería esas noches con su recuerdo, con la piel de gallina que le provocaba porque quizás, y solo quizás, a él le pasaba lo mismo. O no. Quizás él se sentía igual de contrariado, con ella en esos sueños que serían tan prohibidos si alguien los descubriera…. si alguien se diera cuenta de lo que de verdad les unía. Cada noche, dormía con una sonrisa, con él en su imaginación, entre los brazos de Morfeo, entre los que por un momento fueron los de él.

Él. Siempre él.

¿Cuándo ella? Cuando él se lo permitiera, cuando diera el paso, cuando abriera de nuevo sus brazos para estrecharla. Quizá no en un ahora, pero quizá sí en un para siempre.

Imaginar…

Imaginar…

Antes de ver imaginó. Sintió. Pero desconocía el orden. Una sensación recurrente. A veces nada más abrir los ojos, otras, incluso sin hacerlo. Pero esa sensación… Sí. Esa sensación. Por todo el cuerpo, por cada recoveco. Cada vez menos escondida y con mayor sonrisa. Una que ya no era tan vergonzosa. Que poco a poco se convertía en más pícara. Incluso placentera. ¿Lo sería para los demás? Al menos sí para ella, que era lo que importaba. Esas sensaciones de las que todo el mundo hablaba y ella dudaba que fueran tan reales. Pero no, era más que eso. Era imperial. Era magnífica. Sola o acompañada. Por experiencia sabía que quien mucho hablaba poco sabía en realidad de lo que decía. Entre exageraciones e inventos esos vivían mejor. Esos. Con los que sabía, cada día más, no querer compartir esas sensaciones tan personales. Íntimas. Suyas. Esas caricias que pocos sabrían proporcionarle. Esas que ella sabía que pocos merecerían. Esas. Esos. ¿Importaba? Sentir esa brisa recorrer su interior. De arriba abajo. De principio a fin. Sí. A ella no le importaba el orden, ni la dirección, ni el sentido. Incluso a veces, ni el lugar ni el momento mientras se encontrara con sus pensamientos, con sus sueños… de una manera que pudiera sentir real. Hasta tocar y convertirlas en solidas. Tanto que caerían por su propio peso.

La primera mañana que descubrió el grafismo en su cuerpo de esas caricias,  no gritó. Ningún sonido ahogado pudo escapar de entre sus labios. ¿Vergüenza? Quizá. ¿Asombro? También. A partir de aquella primera vez que llegó sin esperarlo, siguieron cientos, miles de aquellas sensaciones. Pero ninguna igual. Y desde luego, ninguna tan silenciosa. Más altas, más susurradas, pero todas sonoras. Descubrió cómo todas aquellas sensaciones que se entrelazaban en su estómago, en sus venas, en su torrente sanguíneo se liberaban sin preguntar. Pero sí miraban. ¡Vaya si miraban! Una mirada que le atravesaba, se convertía en espejo, y sin palabras, le explicaba todo lo que nadie había pronunciado antes.

Esa mañana tras su paseo matutino y haber sonreído a las solitarias calles de julio, llegó a casa y se dirigió a su cama aún deshecha, con sábanas finas y delgadas que esperaban arrugadas. Y sí. Fue ella. La que siempre quiso ser. Sin tabúes. Porque… ¿qué imaginación los tiene?

Suspiros a través de la distancia.

Suspiros a través de la distancia.

espuma

Un baño. Solo otra manera de intentar olvidar. Alejar su nombre; su recuerdo; el sabor de sus labios; los latidos de ambos corazones acompasados en uno solo. ¿De verdad había terminado todo? ¿De verdad algo tan alejado en el tiempo podía sentirlo tan presente, tan reciente? Cerró los ojos y otro suspiro más escapó de entre sus labios. Cubrió su rostro con las manos pero no dejó que ninguna lágrima escapara de sus ojos. Que ninguna le diera a él el poder sobre su encuentro años atrás. Le diera a la distancia la fuerza que ella no quería concederla. No, se negaba en rotundo. Ni una lágrima. Continuaría aliviando su dolor con suspiros que quizá pudieran acariciarle. Que quizá, él pudiera sentir. Que quizá hicieran su recuerdo imborrable. Sí, debía creer que él estaba a cientos de kilómetros también con ella en el pensamiento. No siempre, pero sí lo suficiente. No con las mismas ansias, pero sí con el deseo imperturbable.

¿Daba demasiadas vueltas a algo que debía ser más sencillo? Nada que mereciera la pena podía estar envuelto en sencillez. Nada que permaneciera durante los años tendría la definición de sencillo. Tal vez sí de natural, sincero, pero no sencillo. Porque no lo era. Pasional, ardiente, vehemente…, pero nunca sencillo. Su complejidad era lo que la arrastraba a través del tiempo, a veces volando, a veces a rastras. Pero seguía tirando de ella. Con fuerza, con sonrisas que no se perdían y sí deslumbraban. Con aquellas manos fuertes que se tornaban en delicadas, sinceras y dulces cuando acariciaron su contorno. Con esa actitud que no desaparecía ni se ensombrecía.

Con ellos. Solo ellos convertidos en uno solo.

Basada en hechos reales.

Basada en hechos reales.

basada en hechos reales

Los escritores siempre han tenido un halo etéreo  envuelto en controversia, escepticismo e incluso dudas.

Si bien esta película deja lugar a preguntas por no llegar a entender ciertos aspectos de los personajes, crea un debate en el que poder sentirse partícipe en primera persona por cómo desarrollar la escritura, en quién confiar y de dónde poder obtener ideas que consigan, al unirlas en una sola, concluir en la escritura, sea con guiones, con organización o con la mente abierta al entorno. A las circunstancias. Porque… ¿qué es sino eso escribir?

Un desarrollo lento, que consigue que vivas cada minuto de la vida de la protagonista, intentando al mismo tiempo descubrir qué es lo que ocurre a su alrededor para tomar las decisiones que toma. ¿Por qué confía en unos y no en otros? ¿Qué le lleva a esconderse entre letras? ¿De verdad es la opción más acertada? Inevitable que no llegue a mi cabeza el tan manido pero no por eso sin falta de razón… « Consejos vendo que para mí no tengo”. Pocos, y me parecen muchos, son los consejos que se deben tener en cuenta. Nadie se calza tus zapatos, nadie vive tus circunstancias, y aunque se tengan buenas intenciones, de todos es conocido que …. «el infierno está lleno de buenas intenciones». Pero, ¿todo es eso? ¿Buenas intenciones?. Las particularidades de la protagonista son para  nota, sí, pero… ¿no lo son todas las nuestras? No es que me llame escritora aunque haga mis pinitos…, pero desde pequeña también empecé a perderme entre letras, papeles y libros casi sin darme cuenta, de manera inconsciente. Sin plantearme un porqué.

¿Qué ocurre cuando alguien aparece en tu vida y manifiesta tener todas las soluciones a tus problemas? Quizá una segunda intención que no ves ronda tu cabeza, quizá esa persona intenta colocar en tus manos las respuestas que él o ella no es capaz de llevar a cabo. Así, entre problemas de páginas en blanco, firmas de un libro ya escrito y con otro en la cabeza…. La protagonista parece encontrarse con una seguidora dispuesta a ayudarla sin razón aparente. Organización, entorno, circunstancias… todo se mezcla hasta explotar en una relación de amor-odio con un sinfín de preguntas a las que pocas respuestas se llegan, o quizá cada uno sí llega a las suyas.

Lenta, repito, sí, pero que provoca seguir pensando en ella. Debatir qué ha podido ocurrir y en especial cómo se ha llegado al punto que parece el ancla de la película… ¿Imprescindibñe? Quizá no. ¿Necesaria? Creo con sinceridad que sí. Pero ya sabéis: los consejos…

¿Vibramos…?

¿Vibramos…?

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No dejaba de pensarlo. No importaba la hora, el momento del día, siempre le parecía una buena idea la sensación que le provocaba vibrar. Vibrar en todo el significado de la palabra, del sentimiento, del poder. Sí. Poder, ése que una vez se adueñaba de su cuerpo no se podía imaginar sin él. ¿Acaso la vida no estaba concebida para vibrar? Con cada caricia, cada sonrisa, cada momento, cada despertar, cada ocasión a solas o en compañía. Momentos que eran más plenos si se vibraba con ellos. Con esa vibración que permanecía en el tiempo, en el reloj… en el corazón. Cada mañana al despertar era la fuerza que necesitaba para ponerse en pie, y cada noche al reencontrarse con el suave tacto de las sábanas el impulso que la  reencontraba con Morfeo. Sus musculosos y calientes brazos entre los que se sentía plena, en paz, en calma. Ese hormigueo que comunicaba todas sus neuronas y cada apéndice de su cuerpo se conectaba con su esencia. Una que cada vez entendía en mayor medida sin tener que preguntar a nadie por su existencia. Ella era consciente de la misma, la sentía. Una noche entre risas, amigas y confidencias su mirada conectó con otra. Como tantas veces había ocurrido en esas noches y tan pocas veces había sentido de la misma manera como en ese momento. Explosión rodeada por una vehemencia que le impedía mirar hacia otro lado. Se encontró estrechando sus muslos mientras su mirada no se separaba de la de él. De esas chispas que parecían invisibles para el resto y no para ella. ¿Las sentiría él también? Y en ese momento todo pareció desaparecer, difuminarse a su alrededor mientras ellos parecían el centro de todo. Se puso en pie y salió por la puerta de atrás con la excusa de tomar al aire.

Mientras respiraba, intentaba deshacerse de esos ojos y fundirse con el ambiente, una respiración acarició su cuello. Sutil, explosiva para ella y su vórtice, bañado éste en humedad. Anegado en deseos de compartir su celeridad en sangre y palpitaciones con carne y piel. Se dio la vuelta y miles de chispas les envolvieron antes de que el baile de lenguas y manos se convirtieran en una fusión de la que solo ellos parecían conocer el significado…