Recuerdos…

Recuerdos…

 

espalda xx desnuda

Sonreía, no sabía la razón, pero lo hacía. Los primeros rayos de sol entraban por la ventana y permitían hacerle creer que no había razones de peso para no hacerlo. Imaginó. La sonnrisa parecía afianzarse en su expresión, en su mente. Ella. Solo ella. Quizá ambos. Tantos años esperando ese momento, debía mantenerse vivo en sus venas. Sus pensamientos. Su todo. No quería levantarse, dejar de estar enroscado en esas sábanas que parecían tener el tacto suave de ella. De sus manos, sus labios, su mirada. ¿De verdad una mirada había conseguido esa sensación? ¿Esa sonrisa… infinita? No lo sabía, pero le llenaba. Lo desconocía, pero le gustaba.

Decidió ponerse en pie, pensarla en un una situación más real. La de su día a día. Conseguir que su recuerdo se implantara en sus gestos, sus movimientos, su todo. Disfrutó del olor a café. El calor de la taza le estremeció. No sabía si por el café o por ella. Siempre ella y su recuerdo juntos. Hacía tanto ya…, no quería que se convirtiera en una lejana imagen. Su cuerpo le empujaba a no hacerlo, a seguir manteniendo aquel día, aquellas horas, aquel momento en su cabeza… libre de todo menos de ella. Lo reconocía, no quería ser como aquellos que sentían miedo a sentir, a explicarse a ellos mismos que había encontrado lo que llevaba tanto buscando en otras. Él no. Sabía que era ella. No importaba la distancia, los problemas, la dificultad… ¿no era eso la vida? Sí, para él sí. Sentir sin necesidad de porqués,  ni de buscar algo a cambio. Primero debería encontrarse a él mismo. El recuerdo de ambos sin duda le ayudaba a hacerlo. No habría preguntas del futuro, no por ahora, no como hasta ahora. ¿Le valdría? Ahora, por lo menos sí…

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Otra vez…

Otra vez…

Otra vez no. No otra vez. Despertarme entre sudores, recuerdos, anhelos. Él. Siempre él. Me senté entre las finas sábanas y uno de mis tirantes se deslizó por mi hombro. Lento. Lo miré recelosa, intentando calmar mi respiración. No lo paré, o quizá no quise. ¿Dónde estaba él? ¿Se encontraría tan feliz como parecía? Igual era solo mi mente la que creaba, imaginaba y convertía todo en realidad. Mi realidad. Esa que no solo me fustigaba cada mañana, también se adueñaba de mi cuerpo. Mi areola fue testigo de cómo se endureció mi pezón. Cómo sin estar presente, ni cerca, su presencia permanecía siempre. Despertaba mis deseos y mis sueños le daban el papel principal. ¿Me pensaría? Sí, seguro. Mientras seguía divagando entre lo que podría ser, mis muslos se estremecieron. Sus labios gruesos recorríean mi mirada mientras sus ojos me tomaban como parte del almuerzo. En el fondo no quería, pero la intensidad de su observación, tan profunfa, no podían engañar. Su diálogo era claro. Puro. Volví a tumbarme dejando al descubierto mi pecho, mi abdomen… mi sexo. Ese que clamaba a gritos un contacto. Una caricia. Un sentimiento. Mis dedos serpenteaban entre mis labios. Buscaban su punto más álgido y lo encontraron. Grueso. Sus gritos silenciosos eran tan nítidos para mí que me parecía imposible lo que podía generar un recuerdo. Su vocabulario y el mío se entendían sin necesidad de preguntas.

Paré. La próximidad de una explosión inminente se fusionó con mi pensamiento más oscuro. La verdad. Sombría. Hiriente. Y me di cuenta. Entre fluídos y hormigueo a las puertas, decidí que era mejor creer en algo puro de verdad. Latente y presente. Yo. Mi fuego. Mi deseo en busca de lo que de verdad necesitaba. Un tú que me entendiera de verdad y supiera qué necesitaba, ahora que yo me había enfrentado cara a cara con esa necesidad.

La parada de nuestro encuentro.

La parada de nuestro encuentro.

Bajé corriendo las escaleras de  casa, llegaba tarde, pero los recuerdos de hacía unos minutos me impulsaban a recorrer el camino con una sonrisa en la cara. Bajé los peldaños del metro no sin cuidado, pero sí dejando a un lado las sensaciones, las imágenes del estremecimiento vivido entre las cuatro paredes de mi salón. Y al suelo. Vi cómo me aproximaba a él, a cámara lenta observé cómo la fría entrada me sonreía con ironía cuando una mano impidió mi caída. Me incorporé rápido y encontré esos ojos profundos, dulces, intensos y provocadores que me salvaban de haberme partido el labio. Ese que sentía el sutil mordisco de mis dientes poniendo cara a lo que me había estremecido hacía unos minutos en el sofá bajo la cálida manta que lo vestía. Se paró el tiempo, no oía, no sentía a la gente que subía y bajaba mientras nos mirábamos. Observaba cómo sus carnosos labios se movían, pero no escuchaba lo que decía. Estaba absorta en su imagen, sus fuertes manos aún sosteniendo mi postura curvada. De repente me di cuenta y me enderecé. Mi bufanda se aflojó de mi cuello dejando entrever mi escote al que su mirada no pudo evitar dirigirse. Le di las gracias, soreí e intenté seguir mi camino cuando la mano que frenó mi caída me estrechó con fuerza.

— Espera…, no te vayas, ¿me dices tu nombre? —preguntó con sutil énfasis.

No sé si fue el simulacro de caída que evitó, el conocimiento de llegar tarde o la vuelta a estremecerme, esta vez sin nada cálido en lo que esconderme. Pero solo me volví mientras le regalé una fugaz sonrisa. No pude pensar en otra cosa durante el trayecto en metro. Su mirada. Su tacto. Su voz. Debía estar aún reviviendo el momento en soledad que tanto me gustaba ofrecerme, sin una segunda persona que me hiciera el trabajo más sencillo. Casi me pasé de parada, bajé rápido del vagón dejando las puertas cerradas tras de mí y me enrosqué todo lo que pude la bufanda para así esconder la piel de gallina de mis pechos. No estaba, allí no había nadie esperándome. Me senté en uno de los bancos del andén y esperé. Tres trenes después sentí que el mío había escapado e igual era mejor volver a casa. Me puse en pie, volví a desenroscarmé la bufanda cuando una mano estrechó la mía y de nuevo la misma corriente eléctrica. Me di la vuelta. Esa mirada. Esos ojos en los que perderme.

— Ahora más que tu nombre, te pido un café con esa sonrisa tan llena de luz.

No pude sino agachar la mirada y asentir mientras sonreía. Nos encaminamos hacia la salida y entramos en la primera cafetería que encontramos. Cálida, confortable, su decoración hizo que me sentara sin dudar ,en un pequeño sofá junto al ventanal desde donde podía observerse la calle entre caras de frío, miradas de ilusión y expresiones pensativas. Llegó con dos cafés y se sentó frente a mí. Durante los primeros minutos no hablamos, solo lo hicieron nuestra miradas hasta que él volvió a romper el hielo.

— Puedes hablar si con eso te sientes menos incómoda. Yo ya hice demasiadas preguntas sin respuestas.

Otro escalofrío. Estremecerme con el olor a café y esa mirada en la que me ahogaba con gusto. Sonreí, aparté la bufanda y me apoyé sobre la mesa. Sus ojos volvieron a desviarse hacia mi pecho, lo que parecía ser pero sin serlo. Lo que parecía expresar sin palabras, esas que su mirada sí creía entender. Tomamos el café en silencio y volvimos a marchar hacia la boca de metro. Al entrar sentí cómo su mano se colocaba en mi espalda a la llegada del tren. Subimos y nos bajamos en mi estación. Nuestra estación. La parada de nuestro encuentro. Caminamos el silencio hacia mi portal, nada más abrir la puerta me arrinconó contra la pared y dijo:

— No sé tú, pero me encanta que tus prisas nos hayan encontrado.

Sin decir nada más subimos al ascensor donde me estrechó  sin apenas dejar pasar el aire entre nuestros labios ansiosos. Abrí la puerta de casa y antes de que la puerta se cerrara abrazó mi cuello y la intensidad de su mirada se intensificó. Puede apreciar cómo sus labios se entreabrían buscando mi humedad. Lo sentí, puro, mío, sin preguntas cuando me apoyó sobre la pared y se dejó llevar. Intenso, con mirada penetrante sus manos buscaban mi cuerpo y se amoldaban. A mi cintura mientras su sexo encajó con el mío. Perfecto, sin necesidad de palabras que explicaran qué pasaba. La parada de nuestro encuentro se convirtió en el puzle de nuestros cuerpos que encajaban como si no fuera la primera vez que se encontraban.

Sentir (os)…

Sentir (os)…

Solo unas escaleras se mostraban ante mí. Blancas, impolutas, hasta sonrientes. Pisé cada peldaño como si fuera la última oportunidad, sin imaginar nada más que unos escalones  sorprendentemente limpios. Subí despacio, temerosa, no podía imaginar lo que me esperaba al otro lado de la puerta al final de las mismas. Despacio, mis manos la deslizaron hacia dentro y la imagen que vieron mis ojos pareció levitar no solo en la habitación, sino también frente a ellos. Sorprendidos. Abiertos. Sin pestañear. Ni siquiera parpadear. Dos cuerpos desnudos, gruñendo, en un diálogo de miradas y caricias que no me parecieron tan alejados de mi realidad; aunque no sabía si era mi imaginación la que tantas veces lo había soñado que confundía realidad con ficción. Me quede quieta, queriendo unirme en silencio, sin que se notara mi presencia, mi respiración, el latir acelerado… Intentaba no respirar más rápido, solo disfrutar de lo que se veía ante mí. Se podía intuir que ambos estaban desnudos bajo las sábanas, la curva de sus cuerpos, el relieve de sus manos, los pezones erectos de ella, cómo las manos de él recorrían despacio sus areolas, acariciándolas mientras ella gemía sin apenas oírse en los oídos de él mientras se arqueaba en lentas sacudidas que parecían responder a cada intrusión permitida de él.

Sin saber cómo ni cuando, mis manos de deslizaron bajo mi pantalón hasta llegar al botón responsable del placer. De cada cosquilleo interno e inesperado. Él se dio la vuelta y sonrió, lo que entendí como una expresión traviesa para que me uniera a ellos. Ella tampoco parecía poner objeciones. Salió despacio de su cuerpo y me hizo un hueco en la enorme cama sobre la que estaban. Mis dedos húmedos salieron de su escondite y se acercaron junto al movimiento sensual de mis caderas. Ver cómo él se mordía el labio no hizo sino estimular más aún mi sexo, mis ganas, mis deseos. Al pie de la cama ella se acercó a desabrocharme el pantalón mientras él me desabrochaba la camisa. Me estremecí al instante. Sentí como un dedo de ella abría el camino a un par más antes  de que su lengua me saboreaba mientras elevaba su pelvis y él lamía mis pechos, estrechándolos fuerte, sin delicadezas, solo con puro deseo y ganas de lo que se había presentado ante ellos sin planearlo. Cuando mis piernas comenzaron a flaquear, ambos me colocaron sobre la cama entre ellos, sumisa, ansiosa ante lo que la novedad me ofrecía…

Nunca. Nadie.

Nunca. Nadie.

Se despertó agitada, las sábanas estaban revueltas entre sus piernas. Sintió una leve brisa que se introdujo en la habitación y se estremeció, su sexo se contrajo y sus pezones se endurecieron. Hacía mucho que no se sentía así, que esas sensaciones parecían olvidadas o perdidas en quién sabe dónde. Se sentó sobre la cama dejando más al descubierto su pecho y su espalda ya con la piel de gallina… una sensación que le transmitía unas sensaciones que la llevaban muy lejos de allí. Puso los pies sobre el suelo y pudo ver a través de la ventana cómo el aire mecía las hojas de los árboles. de manera sutil y hasta dulce. Parecía acariciarlas. Cerró los ojos y deseó que él volviera, que sonara la puerta y su aroma lo inundará todo sin dejar que nada más ocupara espacio entre las cuatro paredes de su casa. Pero no, hacía mucho que se había obligado a olvidar esa mirada intensa y penetrante que tanto cambiaba sus días, incluso los minutos de estos. Se levantó, pero él no se alejó de ella, de su pensamiento ni de sus recuerdos. Caminaba despacio hacia la cocina, el suelo frió despertó la planta de sus pies y fue ascendiendo de manera casi automática por su cuerpo. Llegó a la cocina, echó el café en la cafetera, agua y la encendió. A los pocos minutos comenzó a desprender ese olor que tanto le gustaba, inhalaba con placer y le hacía pensar que un nuevo comienzo era posible. Un mensaje en el móvil la apartó de todas aquellas sensaciones que la recorrían. Exhaló  rápido el aire y con gesto de desagrado volvió a la habitación a por el móvil que descansaba sobre la mesita de noche. Lo abrió, era un número desconocido. Según leía, sus ojos se iban abriendo aún más…, hacía tanto tiempo ya. Una oleada de sentimientos la atravesó sin pedir permiso, como siempre hacía y ya casi había olvidado. Sí, era él. De nuevo, tan parco en palabras como siempre a la vez que intenso. « ¿Por qué ahora, por qué tras tanto tiempo?», no dejaba de preguntarse. Ella siempre había conseguido encontrarle un hueco en su vida, pero él no parecía hacer lo mismo. Aparecía y desaparecía sin razón aparente, pero ella seguía ahí. Siempre. Estremeciéndose con cada palabra escrita. Con cada noticia suya. Pero hacía tanto ya… su vida había cambiado, habían sido unos meses complicados y no sabía si estaría dispuesta a pasar de nuevo por sus idas y venidas aunque su cuerpo expresara lo contrario. Su pareja tomó otro camino y pensaba que él había hecho lo mismo. Soltó el móvil sobre la cama y decidió volver junto a la máquina de café, ese rincón tan suyo que nadie podría arrebatarla. En silencio, con el calor de la taza en las palmas de las manos y ese olor inconfundible. De nuevo, otro mensaje. Esta vez fue despacio, taza en mano. Se sentó y miró con el rabillo del ojo el móvil… « sería otra vez él?», tanto tiempo esperando y ahora… No, no volvería a caer, ella, su vida, todo lo que había pasado era más importante, más que él. Nunca volvería a pensar que él sería más importante que ella. Lo desbloqueó, pulsó leer y comenzó a poner sus ojos sobre las letras seguramente tan pensadas…

No me olvidé de ti, siempre en mis pensamientos, en mis noches y mis despertares. Siempre tú. Nuestras sensaciones. Nuestra historia.

Cerró los ojos y cogió todo el aire que puso, cerró sus manos con fuerza y se dejó caer sobre la cama tras colocar la taza sobre la mesita. Boca arriba, vio el techo blanco, impoluto y lo supo. Nunca volvería a dejarse, nunca volvería a dejar que alguien traspasara su piel aunque su cuerpo dijera lo contrario. Nunca. Nadie. Su cuerpo era solo suyo y nadie mejor que ella sabía como acallarle…

 

Tú también… ¿te lo preguntas?

Tú también… ¿te lo preguntas?

instantes

Y si de verdad somos instantes… ¿por qué este  dura tan poco? O por el contrario parece no tener fin y durar demasiado…

Estaba mirando por la ventana con un café en la mano sintiendo el calor que este desprendía. No quería pensar pero aún así lo hacía. En cada instante. Cada mirada. Cada comienzo del que creía haber sido protagonista y ahora ya se habían convertido en finales. No quería pensar que era la culpable de ellos, pero aún así lo hacía… al menos de algunos. Recordaba cada cara de decepción al igual que las de alivio frente a ella. Dio un sorbo al café y sonrió al pensar que no solo sus actuaciones habían supuesto amargura en algunos; el café lo hacía cada mañana y sin razón aparente.

No quería sentirse culpable. Sabía que cara ruptura tenía su explicación, pero la última aún habiéndolo decidido ella, no le era fácil de comprender. ¿Y si había perdido la oportunidad? Sí, esa que sube al tren en el último momento y ya no vuelva porque… ¿por qué debía hacerlo? No lo pensó más y se dirigió a la sala café en mano, de este nunca querría separarse. Sé sentó en su pequeño sofá junto al sofá y recordó los últimos momentos junto a él. Las sonrisas. Las caricias. Los abrazos… Dio otro sorbo y se lo volvió a pensar. También pensó en aquello de solo se debe volver atrás para coger carrerilla, pero ¿era eso lo que realmente quería hacer? Veinte minutos pensando, el café ya frío, igual eso era más una señal que una acción del tiempo que llevaba entre sus dedos. Se levantó y se dirigió a la cocina mientras sus pensamientos seguían chocando unos con otros. Dejó la taza en la pila aún con los restos de café y suspiró. Tan fuerte que creyó dejar de respirar. ¿Y si se quedaba sola?¿Y si esa era la única razón por la que se rodeaba de gente no apropiada? Y si… Y si… Y si… Siempre las dos palabras con las que comenzaba cada mañana, cada despertar.

Descubrirme…

Descubrirme…

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No pude ser consciente ni de los rayos de sol que se adentraban por la ventana abierta. Pero su calidez había conseguido adentrarse en la habitación, las sábanas, en mi cuerpo… o eso creía hasta que sentí su mano. En mi pecho. Fuerte. Consistente. Firme. Sólida. Intensa. No pude más que darme la vuelta y sentir su erección, tan sólida como la recordaba. Parecía pronunciar mi nombre mientras palpitaba por mi cuerpo desnudo bajo las sábanas. Mis pezones erectos le señalaban a él, ¿a quién más si no? Mi lengua no pudo parar quieta y seguir escondida en mi boca, oculta, necesitaba darse a conocer y sentir la suya, tan cerca pero tan lejos al mismo tiempo. Nuestras miradas parecían perderse en una barrera difícil de sortear hasta que lo conseguimos.

Era suave, delicada, al principio su ansia me buscó, se enredó y saboreó hasta que sus movimientos se volvieron…

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