Solo tú.

Solo tú.

sombras

Antes de que mis ojos pudieran fijar la mirada, mis muslos se contrajeron y no había más que decir. “¿Cómo es posible? Ni siquiera le conozco; ¡qué típico!¿No?”. Me sentía realmente estúpida, ¿cúantas chicas habrían pasado por lo mismo? Desde luego viendo su físico, sus ojos, su mirada y… su manera de hablar, me di cuenta que debía estar atenta a lo que decía si quería aprovechar nuestro primer encuentro. Un compañero común nos presentó y viéndole frente a mí pensé que debía ser un castigo por algo que debía haberle hecho… “¿cómo se iba a fijar en mí? Y si lo hacía —para lo que deberían alinearse todos los planetas— seguro que me provocaría un daño bárbaro e inhumano.

Esa fue solo la primera vez, tras ella vinieron una, otra e infinitas citas en las que hablábamos, mis muslos se contraían, mi sexo se humedecía y nuestros labios no dejaban de mirarse hablando un idioma que solo nuestros corazones entendían… “¿Sexo?¿Atracción?¿Soledad?… Miles de preguntas no parecían querer dejarse llevar por un torrente de electricidad que con una fuerza desmedida me empujaba de manera violenta contra él (o más bien contra la valla de clichés que nos separaba). Me sumergía entre las sábanas pensando en él, me despertaba con su imagen en la cabeza, me duchaba… ¡bueno! Mis duchas no necesitaban ser bajo de agua caliente, no sé si me entendéis. Aún fría, estaba segura de que el calor que emanaba mi cuerpo sería capaz de hacer que se evaporara cada gota; gotas que eran un nosotros, una —o quizá indefinidas— noches juntos. Le imaginaba junto a mí, buscando mi interior como agua en el desierto… desde luego mi sexo era capaz de provocar suficiente humedad para calmar a un extraviado buscador de tesoros; le entregaría el mío sin preguntas, mis muslos le descubrirían una cantidad desmedida de caricias, besos, saliva, gemidos, contracciones y sudor que harían olvidar cualquier mundo conocido con anterioridad. Nada de clichés ni cuentos de hadas, solo la intensidad de nuestros cuerpos fundidos en uno solo sin un mundo del que preocuparse.

—¡Eh! ¿Estás ahí?

La expresión perpleja de Manuel me devolvió a la realidad. “¿De qué me estaba hablando?”, me pregunté sin obviar la humedad que comprimía mi ropa interior.

—No puedo, de verdad, siento algo muy fuerte pero no podemos estar juntos. —Y en ese momento fui yo la que me ahogué en la humedad del desierto.

—Pero… me hiciste creer. Pensé que… —Manuel me interrumpió antes de poder seguir.

—Nunca te aseguré que pasaría, solo que en otras circunstancias no tendría duda en hacerlo.

—¿Qué significa eso…? ¿Algo así como estar en la recámara?

En ese mmento mi cerebro me demostró que debía tomar el mando y toda aquella humedad, labios, contracciones, dilataciones, erecciones y sudor, formaran parte de una escena de ciencia ficción en la que ya ni siquiera era la protagonista… ¿acaso lo había sido alguna vez? Lloré. Lloré. Y seguí haciéndolo durante días. “¿De verdad me lo había imaginado todo, había visto molinos de viento? No, mi intuición no me engañaba, yo no era el problema; por primera vez en mi vida pude enfrentarme a la realidad sin culparme. Al fin y al cabo había vivido… solo faltaba que la experiencia, más mística que otra cosa, me hubiera enseñado algo más que la importancia de vivir. Me reí sin realizar ni una sola mueca, mi corazón era el que lo hacía, conocedor de la verdad: volvería a caer, volvería a aparecer alguien que me subiera al cielo aún con peligro de caer sin red pero… ¿prefería no sufrir o no vivir?  Yo diría que no…

Despertar…

Despertar…

despertar

No quería abrir los ojos, la realidad le esperaba y sentía no tener fuerzas para enfrentarse a ella; llevaba mucho tiempo evitándola y creía poder continuar así hasta…, hasta que sucedió.

Se levantó, corrió las cortinas y un haz de luz la deslumbró. « Necesito un café, o quizá uno tras otro». Se encaminó despacio hacia la cocina, parecía no poder dar un paso tras otro; sentía sus piernas pesadas cuando recordó o más bien fueron las imágenes que aparecieron sin pretenderlo en su cabeza, lo que le hicieron verse tumbada en la cama, entre las sábanas, entre sus brazos. No dejaban de acariciarse, sus sexos se llamaban a gritos en un silencio que llevaba demasiado tiempo ahogado, escondido bajo llave en lo más profundo de sus anhelos. No pudo evitar estremecerse cuando volvió a sentir de nuevo esa corriente entre sus piernas, tanto, que estuvo a punto de caer al suelo. Sintió cómo la humedad invadía su ropa interior, su corazón comenzaba a palpitar más rápido y su cara, la de él, tan perfecta, tan inmejorable, tan de otro mundo…, no parecía querer abandonarla. Tenía mucho en qué pensar, desde que hacía años, quizá desde la adolescencia sino antes, nadie había entendido su necesidad de darle tanta importancia al sexo, a esa intimidad que se compartía más allá de los cuerpos. Para ella era mucho más, esas sensaciones que se compartían, esas miradas en las que se podía perder y encontrarse sin brújula que marcara el rumbo…, hasta el día que llegó él y solo quiso vivirlo todo a su lado. Pasaron los años, llegaron los hijos, las enfermedades, las alegrías, llegó… la vida. Todo parecía encajar, encontrar su sitio. El sexo había supuesto la primera conexión; cada noche eran uno. Descubrían cada recoveco, aún podía recordar la noche en la que sus morenas areolas fueron arrulladas, desnudadas, examinadas hasta cotas inimaginables mientras sus pezones no fueron capaces de ablandarse. No pudo evitar que el recuerdo dibujara una sonrisa melancólica en su rostro.

El silbido de la cafetera la devolvió a su cocina, a su realidad, aún con la humedad presente entre sus piernas. Se sentó despacio tras colocar unas galletas en un precioso plato, tan bonito casi como ella. Adjetivo que tantas veces había escuchado y nunca hasta ese día había creído. Llegó por casualidad —como todo lo que realmente merece la pena en esta vida— y ni siquiera se percató hasta aquella mañana. Estaban sentados en una terraza del centro, el sol de la primavera ya comenzaba a sentirse en cada rincón de la ciudad y de su cuerpo. Una fina camiseta con unos pantalones vaqueros ceñidos, marcaban sus curvas. Esas que tampoco llegaba a creer que fueran diferentes a las del resto. Sin saber cómo, comenzó a evadirse de la conversación, sus ojos parecían ver a cámara lenta como esos perfectos labios se deslizaban sobre su lengua frente a ella; cómo sus impecables dedos se movían pareciendo llamarla; cómo esa mirada era capaz de haberle hecho perderse sin necesidad de brújula pero con un rumbo frente a ella que se asemejaba a la perfección que tenía frente a ella.

« ¿Qué está pasando? Estoy casada, tengo hijos, una vida…, soy feliz, ¿verdad? Nunca me he planteado lo contrario».

Cuando llegó a casa y cerró la puerta tras ella, se sentó en el suelo y dejó el bolso entre sus piernas. No paraba de pensar en lo que había ocurrido, en todas esas sensaciones que siempre iban ligadas al sexo, a compartir cuerpo y alma…, « ¿cómo ha podido pasar si ni siquiera nos hemos tocado, ni besado…?». Se mantuvo horas allí, perdida, confundida, desorientada. Cuando su marido llegó la encontró frente a la televisión, ella se giró, le miró a los ojos e intentó buscar aquello que encontró tantos años atrás. Y ahora, tras despertar, sentada en un taburete en su cocina, volvía a sentir lo mismo que aquel día sentada en el suelo. « ¡¿Cómo ha sido todo tan intenso?! ¡¿Cómo puedo encontrar el camino?!». Su móvil vibró sobre la mesa, era un mensaje, lo abrió y una canción —su canción— sonó, rompiendo las puertas a todas esas lágrimas que llevaba meses conteniendo.

Y así, sin más, decidió que la vida seguiría su curso decidiera lo que decidiera… ¿Por qué no simplemente vivirla con intensidad?

En silencio…

En silencio…

love triste

« Respira. Calla. No digas nada…», palabras que no dejaban de repetirse en mi cabeza mientras sus ojos llegaban a lo más profundo de mi alma. Me miraba, nuestras pupilas se encontraban mientras no dejaban de dilatarse y yo tenía que controlar cada uno de mis gestos y expresiones corporales para escuchar lo que me decía. ¿En qué momento habíamos llegado a este punto? La eterna pregunta: ¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?, se enredaba con todos aquellos pensamientos que quería dejar encerrados en mi corazón o en el lugar del que hubieran escapado. Llegamos a una edad en la que sabemos cómo diferenciar ambos términos, lo difícil en ocasiones, es querer hacerlo; ¿acaso podemos?

En ese momento una mirada diferente me atravesó, al mismo tiempo que las gotas de lluvia golpeaban la ventana tras nosotros con violencia; una violencia que resquebrajó mis entrañas y me lanzó hacia él sin pensarlo, atraída por una fuerza desconocida hasta entonces —o quizá ya olvidada—. Creía no tener mis cinco sentidos concentrados en sus palabras, pero mi reacción me demostró todo lo contrario. Una lágrima fuerte, intensa y viva quiso poder respirar fuera de mí; se ahogaba en mi interior. Lo que hasta unos días era una conexión física… ¿se había tornado en algo más o simplemente no había querido verlo? Allí estaba, frente a mí, compartiendo un enorme secreto que pocos conocían y me convertían en alguien especial. ¿Especial? ¿Eso es lo que era? ¿En lo que me convertía aquello en realidad? No era capaz de pensar, de dar una explicación que devolviera la tranquilidad a mis pensamientos; necesitaba una lógica que me permitiera cerrar los ojos y comprender que no había maldad en aquello, que no debemos arrepentirnos de un sentimiento solo por no saber con qué nombre expresarlo. Esa manera de estremecerme, sonreír, sentir la intensidad de mi propia mirada en mi interior… no podría ser mala dijeran lo que dijeran las normas establecidas porque… ¿quién las dictaminó?

Sí, teníamos vidas separadas que en algún momento de nuestro camino se unieron pero no se podían fundir; teníamos sentimientos inesperados que nunca hubiéramos imaginado; lo teníamos todo, hasta ese momento,  en ese café, en el que la vida nos hizo dudar. Dudas que nos harían pensar, priorizar hasta cuánto estaríamos dispuestos a luchar…

¿Acaso la lucha también forma parte de las conexiones que no esperamos y aparecen sin buscarlas? Sin duda, la mayor lucha se fragua en silencio.

Orgullo griego.

Orgullo griego.

instantesYa había transcurrido un mes tras su noche con Diego; Sir Alfa. Nunca lo admitiría en alto, ni siquiera se lo reconocería a ella misma. Sus quehaceres diarios no habían cambiado, pero sentía una antes y un después de aquella noche.

Muchas noches se despertaba sudando, empapada en remordimientos, entre imágenes que comenzaba a dudar si había vivido o no. Era incapaz de eliminar los malos momentos de aquella noche y recordar solo lo bueno; parecían inseparables unos de otros. Se levantaba, encendía un cigarrillo y deseaba que en cada bocanada, el humo se llevara esos sentimientos que la atormentaban. Volvía a la cama y conseguía conciliar el sueño, pero la luz del nuevo día no traía nada que la hiciera olvidar. « Necesito apartar los recuerdos, las sensaciones, todo lo que me acerca a él y a la traición a mis principios. ¿Cómo pude hacerlo solo por una noche de sexo? »

Su falta absoluta de interés en encontrar otro hombre, provocaba que llegaran a ella como moscas atraídas por la luz. Muchos parecían ser fantásticos, otros, no podían escapar del sello alfa grabado a fuego en cada gesto.

Diego no recordaba un ritmo así desde su adolescencia, cada noche volvía a casa Read more

Después de alfa… beta (II)

Después de alfa… beta (II)

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Martina no se lo podía creer. Frente a ella podía ver cómo las luces de la ciudad pasaban como pequeños signos de un idioma que desconocía. No dejaba de preguntarse qué hacía con él en un taxi, ni siquiera sabía hacía dónde iban. Se volvió, y decidió coger el toro por los cuernos:

—Sabes que me voy a bajar en cuanto paremos ¿no? —Martina intentó endurecer su expresión.

—Eso espero preciosa, sino… la carrera te costará un pastón —respondió con una sonrisa bobalicona.

En ese momento, el taxi paró, y mientras Diego pagaba, Martina aprovechó para bajar y practicamente salir corriendo. Andaba a paso rápido, sin saber hacia dónde. « ¿Dónde leches estoy? Si pasa un taxi, subo y me voy. Esto parece una broma pesada». Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando Diego estrechó fuerte su muñeca parándola en seco.

—¿Qué crees que estás haciendo? —Diego parecía realmente sorprendido—. ¿Es una lucha de poder o algo así?

—No, perdona. Eres tú el que me ha arrastrado aquí sin preguntar, deshaciéndose de mis amigas.

—Sí, tienes razón. Matarlas y esconder los cuerpos fue difícil… ¿Tanto te cuesta asumir que te llevaré al cielo pero estás muerta de miedo? —Su mirada penetrante enfadó aún más a Martina.

—Déjate de cielo y bromas estúpidas. ¡Eres tú quien no puede asumir una negativa! ¿Tan fácil te lo han puesto siempre? Porque créeme, me cuesta creerlo.

—Mira, Martina, esto es muy fácil, no lo compliques más, anda.

Diego le guiñó un ojo, y una media sonrisa se dibujó en su cara mientras se acercaba peligrosamente a los labios de ella, cada vez más enervada por su actitud prepotente. Martina dio un paso atrás y le frenó, colocando sus temblorosas y delicadas manos en su pecho; de nada sirvió, Diego la atrajo hacia su cuerpo y la besó sin dar más opciones.

Al principio, fue un beso agresivo. Cuando Martina se rindió ante el escalofrío que recorría su cuerpo, sintió la delicadeza con la que él acariciaba su lengua y le abrazó el cuello; acariciándolo despacio. Diego se separó apenas unos  milímetros, y sin dejar de mirarla susurró: « Sube conmigo a casa, déjame enseñarte otro mundo, no dejes pasar esta oportunidad, nena».

—¡¿Qué?! —La sorpresa y decepción se dibujó en su rostro—. ¿Por qué siempre tienes que fastidiarlo con tanta fanfarronería?

Diego se dio la vuelta y detuvo un taxi, que como caído del cielo paró frente a ellos. De nuevo, las luces de la ciudad avivaban sus pensamientos, aún con el sabor de él en sus labios. Sin pensarlo, habló con el taxista y dieron la vuelta. « Que no sea tarde, por favor, que no sea tarde». Antes de llegar donde se había subido, vio a Diego fumando un cigarrillo mientras paseaba despacio, con la mirada muy lejos de allí. Martina bajó corriendo y se detuvo frente a él.

—Demuéstrame qué tanto sabes hacer, haz que me quede a tu lado… —Diego levantó la mirada, no podía creer que Martina hubiera vuelto.

—¿Quedarte? Dormir… cada uno en su cas…

Le besó sin dejarle terminar la frase. Al separarse, fue Martina quien susurró esta vez: « Shhh…, solo pon en práctica todo lo que sabes y deseas hacerme…» . Diego puso sus manos en la cintura perfectamente contorneada de Martina y la apoyó sobre la pared. Comenzó a ronronear en su cuello, oliendo su aroma y sintiendo cómo entre sus piernas, su sexo se izaba ante la actitud decida que había tenido ella al volver… « Ufff, nena, princesa, o más bien diosa… vas a conseguir matarme de pasión». Diego abrazó el suave cuello de Martina mirándola fijamente, saboreando su respiración… «Vamos; sentirás algo que nunca hubieras imaganidado que podría existir… Convertiré la ciencia ficción en tu realidad».

Se encaminaron agarrados de la mano, hacía un mundo desconocido para Martina, quien ignoraba hacia dónde la llevaría…

¿Machos alfa? (I)

¿Machos alfa? (I)

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« No entiendo que esos malotes, tipos duros, machos alfa, o como quieran llamarles, tienen tantas groupies»

Martina había tenido suerte; su madre era muy joven, y desde pequeñita, cada noche le hablaba acerca de la vida, lo que podía esperar de esta, y en lo que no debería poner malgastar sus esfuerzos. « ¡Pobre mamá, qué sabría ella en aquellos tiempos de los machos alfa».

No podía quejarse de cómo le iban las cosas. Tenía buenas amigas, había disfrutado de alguna relación que otra, y se consideraba lo suficiente capaz, como para socializarse y encontrar su futura pareja. ¿Príncipes azules? No creía que existieran; de lo que sí no tenía duda, es de que nunca se relacionaría con un macho alfa, sobrado, que se acercara a ella buscando solo sexo, pavoneándose.

20.00h, arreglada y con ganas de disfrutar de una gran noche, Martina esperaba a que llegaran sus amigas y  poder cenar en un restaurante muy chic, en el centro,  que se inauguraba tras haber recibido grandes críticas.

Ya todas juntas, se sentaron en una gran mesa, con vistas a la preciosa calle principal de la ciudad. Tras la cena, pasarían a la zona habilitada como discoteca, y la noche prometía ser interesante. Rieron y se pusieron al día tras una difícil semana de trabajo. Sin que ninguna lo dijera en alto, las cinco intercalaban cada bocado, con miradas perdidas, buscando qué podían encontrar fuera de la carta. Ya con todos los nutrientes necesarios, para comerse la noche, se dirigieron a la barra y pidieron unas copas.

Martina, apenas tardó cinco minutos en verle: alto, moreno, tonificado, barba de cuatro días y buen cuerpo pero… « ¿Ese movimiento es pavoneo? Sí, sin duda. Mejor mirar hacia otro lado».

Las cinco disfrutaban de una gran noche. No faltaban propuestas de chicos guapos, pero ninguna cuajaba. Sin darse cuenta, Martina escuchó cómo susurraban en su oído…« Llevo toda la noche intentando llamar tu atención, eres preciosa».

«Madre mía cómo huele, que voz tan bonita. Mierda, va a ver mi piel de gallina». Se dio la vuelta despacio, el tiempo pareció pararse, y todo el ruido alrededor, quedó muy lejos. Ahí estaba, guapísimo como lo había visto nada más llegar a la barra, y sin pavonearse…, era perfecto. «¡Arg!, si le hubiera visto que era él, ni me hubiera dado la vuelta».

—Gracias, eres muy amable. —Martina sonrió y se giró dándole la espalda.

—Ehh, no me lo pongas más difícil. Si te conviertes en reto…, me pone más, morena.

—Mira, no quiero ser borde, pero no me gusta tu estilo. —Intentó no serlo, pero su expresión dejaba claro que no se lo pondría fácil, más bien, lo pondría imposible.

Él se marchó por donde vino, y ella, sin reconocerlo, se sintió decepcionada. Pasaron las horas y no se le quitaba de la cabeza. « ¿Pavonea con todas y conmigo se rinde tan pronto? ¿A este no le dieron manual con su partida de nacimiento». Le buscó disimuladamente, evitando que ni él ni sus amigas se dieran cuenta.

Hora de irse, compartir taxi con las chicas y volver a casa sola, otra vez. Vivía lejos, así que decidió pasar antes por los lavabos. Salió del baño y se encontró cara a cara con él.

—¿Pensabas que te podías escapar sin mí?  No seas tan dura, sabes que al final caerás. —Puso sus masculinas manos sobre la delicada cintura de Paula, y la apoyó en la pared, dejando sus labios a escasos centímetros—. Dime que no quieres que te bese, y no lo haré.

« ¿Pero este tío de qué va? Joder que labios..». Sin poder pararle, la besó. Suave y delicado al principio, pudo saborear sus labios e intuir su lengua, sin llegar a degustarla. Sin saber porqué, él se separó, y sin dejar de mirarla le dijo:

—Ahora, repíteme de nuevo, que no soy de tu estilo. —Su mirada era tan penetrante, que Martina sintió flaquear sus piernas, y tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para no desplomarse allí mismo.

—No me voy a la cama en la primera noche —sentenció.

Se escapó  cómo pudo, y se dirigió a la salida. Todas se encontraban esperando vislumbrar una luz verde, cuando Martina sintió, como atrapaban su muñeca. De nuevo él, de nuevo esa mirada, de nuevo esa escasa distancia entre ellos.

—Déjame que te lleve a casa, morena.

—Tranquilo, voy con las chicas.

—No, si tranquilo estoy, pero… ¿ ytú? ¿podrás dormir pensando en la oportunidad que estás a punto de dejar escapar?

—Miraaa, guapo, baja de la nube en la que estás y… —Martina se vio interrumpida por unos labios sedosos y voluminosos, mientras su cuerpo sentía el calor de unas manos fuertes y seguras—. ¿Qué crees que haces?

Sin contestar, él pasó junto al resto de chicas sonriéndolas, paró un taxi para que se subieran, y frenando el paso a Martina, detuvo otro y se subió, implorándole con la mirada que ella lo hiciera también.

—Bueno, princesa, me llamo Diego, ¿y tú?

—Martina —musitó.

—Enhorabuena, descubrirás lo que significa quitarse esa coraza que llevas. Agárrate fuerte que vienen curvas.

Siempre de tu mano

Siempre de tu mano

dibujándote

Permanecía inmóvil en la pequeña sala con las paredes de color melocotón, repleta de sillas vacías, aunque le hubiera dado igual que estuvieran ocupadas. Sus pequeños y tan expresivos ojos azul cielo no podían creer lo que su vista no dejaba de leer una y otra vez. Su vista, uno de tantos sentidos que podía perder o verse mermado por la ID (Impresión Diagnóstica) de la RMN ( Resonancia Magnética) que el médico había solicitado y ya se tenían los resultados.

Toda la vida la habían educado en el miedo, en preocuparse por no salir a la calle en las horas más peligrosas, en rodearse de los amigos menos problemáticos y encontrar el novio más adecuado porque el mundo era un lugar muy peligroso y la felicidad era un boleto que no les tocada a muchos.

Cada una de las palabras del informe comenzaban a moverse como una ola, « ¿Ya? No es posible, no tan pronto». En ese momento se dio cuenta de cómo sus dedos habían comenzado a temblar y habían provocado que pareciera que su visión estuviera borrosa o alterada. « Respira Paula, respira».

Así empezó todo, así lo recordaba cada vez que un brote paraba su vida en seco y provocaba que se sintiera inválida, o como quisiera llamarlo la gente. Podía caminar, podía leer, podía llevar como decían los médicos, “una vida normal”. ; vida normal sin poder correr, con dolores diarios pero con buena cara. ¡Cómo le gustaba aquello a la gente!: “Tienes buena cara”. No dejaba de escucharlo cada vez que iba a su trabajo en uno de esos momentos alejada de su vida laboral que tanto le gustaba y para lo que tanto se había esforzado. Con tener buena cara todo parecía estar en orden, pero cuidado con decírselo a los demás cuando tuvieran problemas. Ellos entendían perfectamente el de Paula pero ella no podía ni imaginarse lo graves que eran los de los demás.

Gracias a Dios, tras cada una de sus visitas, llegaba a casa y estaba Diego. Solo él era capaz de tranquilizarla, canalizar toda esa ira que provocaba esa gente que creía saber por lo que pasaba sin acercarse lo más mínimo. La escuchaba, la abrazaba, la consolaba sin hacerle sentir que estaba enferma y necesitaba la caridad de todos. Solo él entendía por lo que pasaba, aquellos momentos en los que la había duchado, peinado, vestido, e incluso dado de comer.

Paula siempre lo había pensado, ¿ por qué la gente se cree con el derecho de, por “ponerse en su lugar”, opinar acerca de ello? Solo de la mano de Diego, era capaz de levantarse cada mañana, ir a trabajar o incluso sonreír.