Recuerdos vibrantes…

Recuerdos vibrantes…

Eso fue. Un instante. Uno que se aferró a mí, a mis entrañas, para despertar a cada momento sin cesar. Los pasos de los días, las noches, la vida ajena que todos parecían vivir y tú entre ellos.

Tú. Tú en tu máxima exposición. Tus ojos. Tu mirada que me atravesaba, aún ahora en la lejenía, me atormenta más que en aquel momento. Aquel cara a cara que no supe cómo manejar, solo dejar a mi cuerpo vía libre para que lo hiciera. Aún así, se nos quedaron pendientes besos, palabras, comentarios, caricias…, e intimidad. Mucha más intimidad. De hecho, toda ella. De principio a fin, el recuerdo de tus manos sobre mi piel, nuestras miradas al encontrarse y la sonrisa que dejaban dibujadas en nuestros rostros.

¿Lo recuerdas? ¿Lo viviste igual?

Igual solo fui yo, solo mi cuerpo, mi torrente sanguíneo y que la flojera de mis piernas me hiciera pensar que fue real. Que no eras algo más, ni una situación que podría olvidar con facilidad. Aún ahora, registro cada recuerdo como si fueran carpetas de un ordenador que al abrirlas demuestran que aún hay algo en mí.

¿Algo que desaparecerá? ¿Algo que solo fue mío y no de dos?

No podré saberlo, no de la manera que necesito al menos, ya que tu manera de abrirte siempre estuvo supeditada a momentos importantes para la sociedad, cumpleaños, finales de año… pero, ¿y solo para mí? ¿Fue alguno? Quizá deba pedir disculpas porque pasados los años, aún siento nuestras lenguas enredadas en un diminuto espacio que solo invitaba a no separarnos en un baile para el que ninguno habíamos contratado música. Quizá esa música se desarrollaba en nuestro interior y salía al exterior en una forma física sin necesidad de ser aprendida con anterioridad. Esos besos húmedos en los que la sequedad permanecía prohibida y nuestras manos se encargaban de abrazar cada uno de los poros de nuestra piel.

Ojalá se pudiera volver, y olvidar por un momento, nuestra realidad para que igual así… ese pasado se desdibuje hasta no poder descifrar su significado en nuestra piel.

Voces en grito (II)

Voces en grito (II)

Celia abrió los ojos al introducirse el primer rayo de sol a través de la ventana. No sabía qué era, qué pasaba o si aún estaba dormida y esa sensación que la recorría, era solo una pesadilla. Se incorporó, y sentada sobre la cama, vio como Luis estaba en un rincón de la habitación llorando. Se levantó despacio y se acurrucó junto a él sin decir nada.

Se mantuvieron en silencio horas. Era el día, había llegado, y Celia no sabía cómo actuar. Un año desde aquella sangre recorriendo la ermita, desde que descubrió parte del pasado de Luis; estaba convencida de que aún había algo importante que desconocía y provocaba que en ocasiones, sin saber por qué, esa mirada triste y perdida de Luis apareciera de nuevo.

-Vamos a comer algo cariño, no podemos estar aquí mucho más tiempo. Así no solucionaremos nada.

Sin contestar, Luis se puso en pie y ambos fueron a preparar algo que comer. El silencio oprimía el pecho de Celia y comenzaba a sentir de nuevo esa presión que un año atrás, le hizo salir corriendo sin mirar atrás. < ¿Otra vez? No por favor, ahora soy feliz, lo somos ambos… ¿verdad?>

-Cariño…

-¿Si? -O eso le pareció escuchar a Celia.

-Dime qué ocurre, sé el día que es hoy, igual si hablas conmigo y me lo cuentas, podremos pasar página.

-Para ti siempre todo es muy fácil ¿verdad? -Su rostro comenzó a endurecerse y su ceño fruncido no invitaba a una charla sincera y distendida-. Tú no lo viviste, cada día, cada minuto, en cada canal de televisión de los pocos que había entonces.

Luis cogió su plato y fue hacia la sala. Celia quiso salir detrás, insistir, pero algo le decía que no debía hacerlo. < ¿Canales de televisión? ¿A qué se refiere?>. Comieron; frente al televisor una película repetida que no captaba su interés, ayudó a que Celia se quedara dormida.

Horas más tarde abrió los ojos y sintió que la casa estaba vacía, igual que un año atrás. Se sentía paralizada, era incapaz de abrir los armarios y enfrentarse a que pudieran estar vacíos. Se armó de valor, se dirigió despacio a la habitación, abrió lentamente la puerta de uno de ellos y vio cómo parte de la ropa de Luis no estaba. Cayó desplomada entre lágrimas y sollozos. Sabía donde estaba y no quería volver, había conseguido enterrar esa ermita, esa anciana, esas voces. Esperaría a mañana, igual solo tenía que pasar el aniversario del pasado.

De nuevo los rayos de sol, de nuevo el vacío. No tenía que levantarse para darse cuenta que estaba sola. < Si él no puede enfrentarse a lo que pasó, volveré a conseguir que se levante y siga adelante>. Se duchó despacio, recordando cada frase en la ermita, cualquier cosa que pudiera ayudarla… “No podrás escapar, no llegaste por casualidad… él te trajo”… < Muy bien, me condujo una vez y volverá a hacerlo>.

Caminaba despacio, llevaba en el bolsillo el pequeño crucifijo que compraron tras aquel día como símbolo de lo que les salvó. Según se acercaba su piel se iba erizando y su corazón palpitaba cada vez más fuerte. Se paró frente a la puerta, no parecía haber pasado el tiempo, estrechó fuerte el crucifijo, inspiró profundamente y entró despacio. < ¿Dónde está? Tiene que estar aquí>. Caminó hacia el altar y le encontró agachado, entre lágrimas con una foto arrugada entre sus dedos. Antes de que pudiera decir nada, Luis comenzó a hablar.

-Nunca hablo de política, nadie sabe lo que suponen realmente los extremos. Mi padre se volvió loco, no pudo soportar como el extremismo que se instaló con el beneplácito de todos, acabaría con la vida que quería darme, alejado de todo el sufrimiento que vivió en su infancia por otro extremismo como el que veía se apoderaba de todo.

-No te entiendo Luis, ¿de qué estás hablando?

-Le volvieron loco, él no era así, no siempre fue malo. Me quería, tengo recuerdos completamente alejados de sus últimos años de vida. No puedo formar contigo una familia pensando en qué heredarán nuestros hijos… ¿Si no hay problemas políticos habrá algo en mí que se encenderá por otro motivo?

-Levanta. Pondremos esa foto de tu padre donde siempre podamos verla y darnos cuenta de lo que realmente importa. Pediremos ayuda, saldremos de esta porque ahora somos fuertes, los dos, juntos nada nos pasará.

Esta vez, cruzando la puerta y encaminándose hacia su hogar, Celia sabía que no había secretos. Si Luis había abierto por completo su corazón, las voces no volverían. Buscarían al mejor médico, los mejores tratamientos, pero nada conseguiría que el pasado -lo más negativo de él- afectara a su futuro. Sin enterrar el pasado… nunca habría futuro.

Reflejos

Reflejos

No podía dormir, se movía entre las sábanas intentando encontrar la razón de su insomnio. No la encontraba, por más vueltas que daba de un extremo a otro, solo hacía que viera la cama aún más grande, sintiéndose sola en esa inmensidad oscura que cubría su habitación.

La luna intentaba zambullirse a través de la ventana, las sombras de los árboles se movían haciendo que Sofía se sintiera pequeña, insignificante en esa eterna noche que parecía no tener fin. Mientras observaba los reflejos de las ramas, las hojas desmoronándose al suelo y la soledad de la luna tan alejada y a la vez tan próxima, un nuevo reflejo, rápido y desconocido hizo que se incorporara de golpe.

< ¿Qué había sido eso? No podía ser, no>. Su imaginación parecía haber malinterpretado lo que parecían haber visto sus ojos.

Sin saber cómo, consiguió sumergirse en un profundo sueño. A la mañana siguiente, con la brillante luz del sol ya en el horizonte, sentía como el descanso había sido más reparador de lo que cabría esperar, aún con descanso físico, su mente no había olvidado en ningún momento lo que creía haber visto bien entrada la madrugada, y al despertar fue su primer pensamiento.

Pasaron los días y aquella noche se convertía en un recuerdo cada vez más lejano. Su vida seguía con normalidad, trabajaba, salía con sus amigas y su rutina a penas cambiaba. No había vuelto a tener insomnio.

Una noche, riéndose con su mejor amiga y con una copa de vino en la mano, su mirada se cruzó con la de Luca. Su amigo también era guapo, así que cuando se acercaron a invitarlas a una copa ninguna dudó en aceptar. Eran simpáticos, graciosos y divertidos. No era propio de Sofía, pero esa mirada embaucadora y profunda, la habían conquistado.

Llegaron a su casa, se besaron apasionadamente y no dudó ni por un momento en lo que deseaba. Dejaría atrás prejuicios y clichés. Se desabrochó despacio cada botón de su camisa, en cuanto Luca pudo entrever su pecho quiso fundirse con ella sin preguntas, sin esperar… Sofía pareció entender en su mirada aquella pasión que él sentía recorriéndole todo su cuerpo. Le cogió de la mano y le llevó a su habitación, Luca miraba asombrado la vista a través de la ventana e intentó compartirlo con ella, pero Sofía se adelantó silenciándole con un profundo y suave beso que les llevó entre las sábanas. No quería oír cómo aquello era precioso, cómo el bosque parecía tener vida propia, todo aquello que siempre escuchaba.

Se amaron despacio pero apasionadamente, como si se conocieran de toda la vida. Sofía veía como la luna se reflejaba en la ventana, en la pared, no podía ser un momento más perfecto, hasta que de repente apareció aquella sombra de nuevo. Esta vez fue más lenta. Apartó a Luca de inmediato, < ¿qué había sido aquello?>.

Estaba de pie frente a la ventana, le explicó no sin sentir vergüenza y ambos salieron al porche trasero.

Nada, no vieron nada, nada parecía haber pasado.

Volvieron dentro, se sentó en el sofá y Luca le trajo un té caliente.

< ¡Vaya! Este chico es perfecto>

– Perdona, vaya manera de terminar un momento inmejorable. ­Cuánto más tiempo pasaba, más avergonzada se sentía.

– Tranquila, por mi parte no hay problema de darte más oportunidades de demostrarme que no estás loca.­ Esa sonrisa de nuevo.

Sofía no pudo evitar sonreír. Era perfecto… al menos por ahora.

Volvieron a pasar los días, las semanas, y nada. Pasaba muchas noches en vela, no entendía qué pasaba, pero estaba segura que aquella noche con Luca había alguien ahí fuera. Solo recordar aquella noche con él, sintió esa humedad entre sus piernas que tanto le gustaba. Esta vez estaba sola, él parecía no haber sido tan perfecto tras no llamar desde entonces y decidió que para lo que pasaba por su cabeza no le necesitaba.

Bajó su mano por su abdomen e introdujo sus dedos bajo su ropa interior, pensaba en él, eso no podía controlarlo, y su humedad inundaba todo su sexo. Comenzó a estremecerse, a humedecer sus labios y en ese momento le vio. Estaba parado frente a la ventana, observando lo que hacía, y tan rápido como pudo, Silvia salió fuera.

No tenía miedo, aquello tenía que acabar. No había sido capaz de ver su cara, pero había algo -no sabía qué- que le resultaba familiar. Prefirió no pararse a pensar lo que pasaba por su cabeza.

No veía nada, abotonó su bata y escuchó…“estoy aquí, ¿ya has pasado página?”… No lo podía creer, otra vez no… “Sal donde pueda verte”…

Salió de entre los arbustos y ahí estaba, frente a ella, igual de guapo que siempre, pero esta vez sabía leer su mirada. Esos ojos que un día sintió sobre ella, obligándola, forzándola, sometiéndola sin darla opción.

– Ya has vuelto a compartir tu cuerpo, tan pronto. ­Mientras hablaba no dejaba de mirarla a los ojos mientras se acercaba a ella.

– No te acerques, sabes que no puedes estar aquí.

– Sigo enamorado de ti, no quiero estar en ningún otro sitio. Siempre serás mía

Sin poder evitarlo Sofía se vio contra la puerta de cristal, sintiendo su olor, su fuerza sometiéndola de nuevo. Intentaba escabullirse, revolverse, su lengua recorría su cuello y sabía que nadie podría oír sus gritos.

De repente Óscar cayó al suelo y Sofía vio frente a ella a Luca.

– He llamado a la policía, no tardarán en llegar.

Sin dejar que contestara la abrazó y Sofía sintió cómo escondida entre sus brazos todo parecía volver a la normalidad, sí sentía ese abrazo familiar, sí sentía que podía confiar en él.

Cuando llegó la policía les contaron cómo había conseguido un permiso para salir de la cárcel y afortunadamente, Luca había visto al pasar por la autopista cómo había dos personas en el porche.

Sofía no podía creer lo afortunada que había sido. Luca podía haber pasado por delante sin pararse a mirar su casa y ahora, la declaración hubiera sido completamente diferente.