Impotencia

Impotencia

ojos

Abrió los ojos, sentía las piernas entumecidas, el abdomen acorchado y miles de agujas pinchando la planta de sus pies…. « ¿Qué demonios pasa? Me siento como si me hubieran drogado». Miró el despertador: 7.15h. Tenía que ir a trabajar, una larga jornada de trabajo la esperaba, cuanto antes se pusiera en pie mucho mejor.

Se sentó sobre el borde de la cama y al poner los pies en el suelo algo le decía que las  cosas iban mal. Intentó ponerse de pie y tuvo que apoyarse en la pared para no caer al suelo. « Menos mal que vivo en una  caja de cerillas, ¿por qué no me responden las piernas?? ¿Tan difícil es que se coordinen? ¡Madre mía estoy empapada en sudor! Si ayer estaba perfectamente cuando me fui a la cama. Intentaré llegar al sofá y tumbarme allí, se estará más fresco».

Recorrió el pequeño pasillo tambaleándose, se apoyaba en las paredes con miedo viendo cómo su cuerpo no respondía a las señales que su cerebro intentaba enviarle. Llegó a la sala y sin dudarlo se abalanzó sobre el sofá. ¡Cuál fue su sorpresa cuando sintió el frío suelo bajo ella y cómo su cuello impactaba contra la esquina de la mesa!

Miedo…, no, terror. Sintió terror en  casa sola sin saber si podría levantarse. Estaba sola, por un segundo imaginó cómo su pareja que llegaría en ocho horas podría encontrarla muerta, tirada junto a la mesa desconociendo qué había ocurrido.

« ¿Puedo moverme? Tengo que llamar a mi madre, al hospital, ponerme en funcionamiento y saber si el golpe me ha provocado algún daño» Se agarró a los bordes del sofá y pudo ponerse en pie. Se sintió como una yegua recién salida del vientre de la madre. Sus piernas flojeaban, sus muslos temblaban por la debilidad de sus músculos y el terror volvió de nuevo a recorrer todo su cuerpo.

Llamó al hospital, llamó a su madre y se quedó dormida sobre la cama. Sentía cómo el agotamiento invadían cada uno de sus poros. Veinte minutos después un sonido la despertó. Era la doctora del hospital, recomendando que fuera al centro de salud que hasta el día siguiente no podría verla nadie del equipo que llevaban su historial.

Se acarició el cuello y sintió cómo se estaba inflamando y un quemazón se irradiaba por toda su cabeza hasta la frente.

« No puede ser, llevaba dos años bien, no me acordaba apenas de estar enferma si no fuera por la medicación de  cada mañana. La enfermedad ha vuelto, volveré a ser una carga para los que me rodean… ¿por qué me ha tocado a mi?

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A través de la oscuridad.

A través de la oscuridad.

ojo roto

Andaba despacio, no sabía si dormida o despierta, ¿acaso importaba? Aquel pasillo parecía no tener fin y sólo podía observar cómo la oscuridad iba anegando cada recoveco de su cuerpo. Desconocía si podría escapar, ¿debería?

< ¿Dónde estoy?>.

Sintió cómo poco a poco aquellas sensaciones desaparecían sin fuerzas para descubrir su significado.

De nuevo frente a ella solo tenía el oscuro pasillo, pero esta vez, creía verlo menos sombrío; quizá solo eran sus ganas de descubrir qué estaba pasando. Escuchaba un sonido rítmico, lejano, que con el paso de los minutos -puede que segundos- sentía más cercano, incluso junto a ella.

< Parecen ser gotas cayendo; sí, son gotas cayendo, ¿de dónde vienen?>.

Hizo acopio de toda la fuerza que pudo encontrar en sus ansias de respuestas y alzó la mano a su mejilla, sintió humedad en las yemas de sus dedos, una humedad densa, espesa, abrió los ojos cuanto pudo y creyó suspender el tiempo en un fino hilo rojo, incluso granate…

< Dios mío es sangre, ¿qué me pasa? ¿Dónde demonios estoy?>.

Intentó incorporarse y cayó sin fuerza, desplomándose sobre el frío suelo. Despacio, de manera torpe, incluso grotesca, se puso en pie como un animal recién nacido. Se apoyó en la camilla de metal y mellada mirando alrededor. Solo ese pasillo oscuro parecía poder proporcionarle una salida, al menos de ese cubículo siniestro y húmedo. Se dirigió hacia él andando -si se podía llamar así- muy despacio, intentando observar algo que le explicara cómo había llegado ahí, por qué no recordaba nada que lo explicara. < A ver, estaba en casa leyendo, era tarde, una radio lejana era el único sonido…, no, debo remontarme más atrás. Me había despertado pronto para ir a esa clínica bajo el puente donde me realizaron los análisis prescritos por el médico, pasé el día paseando y comí.

Ese pasillo parecía interminable, donde parecía haber llegado al deseado final, un muro le obligó a girar a la izquierda; pero tampoco parecía tener fin. Un pequeño haz de luz parecía reflejarse a unos metros, se ayudó de la pared húmeda y pudo andar algo más deprisa. Unos barrotes sellaban otra esperanza de salida. Era una ventana pequeña y muy alta, nada que pudiera ver desde donde se encontraba, de repente unos ruidos le hicieron darse la vuelta, se giró y antes de poder ver nada sintió cómo alguien la estrechaba fuerte desde atrás sin poder verle la cara.

Otra vez, camilla mellada, humedad y esta vez, un dolor agudo muy intenso en sus brazos. < ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Qué ha ocurrido? > Sentía ganas de llorar, gritar, moverse, quitar esas ataduras de sus muñecas…, pero nada podía salir cuando abría la boca. De nuevo un sueño profundo la invadió.

Abrió los ojos y las mismas preguntas se repetían en su cabeza, al dolor en sus brazos se había unido una punzada en su abdomen. Pudo alzar la cabeza y vio cómo sus brazos estaban llenos de punciones y una más grande, se reflejaba junto a su ombligo. Apenas tenía ropa que le cubriera, un minúsculo sujetador de tela y unas braguitas bajas dejando al descubierto toda su tripa. < ¿qué me han hecho? ¿Han terminado ya? No seas tonta, si lo hubieran hecho ya no estarías aquí> Unos pasos hicieron que automáticamente cerrara los ojos.

– Parece seguir dormida. ¿Quieres seguir con las pruebas?

– No sé si cuerpo podrá aguantar, ¿has visto lo delgada que está?

– Muy bien, refuerzo las muñecas por si despierta y cuando tengamos los resultados decidimos qué hacer.

< ¿Qué? Mierda, tengo que salir de aquí como sea>. Intentó moverse pero sus muñecas impedían que pudiera bajar de la camilla. < ¿Qué hago, qué hago? Piensa, piensa>. Tras lo que le parecieron unos minutos, de nuevo los pasos.

– Al menos está embarazada y la punción del abdomen será provechosa. Desátala y llevémosla arriba.

< No, ahora no, el pasillo no tiene salida, al menos una rápida, con suerte habrá arriba>. Consiguió que su cuerpo pareciera peso muerto, sintiendo un latigazo muy doloroso en el cuello dejándolo caer. Una luz deslumbrante hizo que se contrajeran sus párpados y esperó que no se hubieran dado cuenta. Oyó cómo abrían una puerta, nadie parecía estar dentro, la sentaron en una silla y antes de que volvieran a atarla se puso en pie y corrió, corrió sobre los pasos que la habían llevado hasta allí, abrió la puerta y se dirigió a un cartel luminoso de salida a su derecha. Empujó la puerta bajo el cartel y la luz la deslumbró. Un coche se cruzó muy rápido y la obligó a abrir los ojos y mirar dónde estaba, hacia dónde debía ir.

< Dios mío…, ¿estoy aquí? ?

Corrió, bajó la calle hacia el puente y justo antes de entrar en la clínica de los análisis, dudó si todo no había empezado allí. Cruzó la calle y entró en la primera tienda que encontró. La mirada del dependiente y las pocas personas que se encontraban allí, hablaban por sí solas.

Eran las 12.00h, aún estaba en el hospital al que la policía la había llevado tras llamar el dependiente y una pregunta se hacía oír por encima del resto… <¿Embarazada?>. Un médico apareció en la sala con una pequeña carpeta en las manos.

– Srta. Mateo, ¿cuánto tiempo ha estado encerrada?

– ¿Tiempo? No lo sé, lo último que recuerdo… -El médico la interrumpió.

– Bueno no importa. Las personas que realizaron todas esas punciones introdujeron una alta combinación de drogas, tanto a usted como a su feto.

Voces ahogadas (Final saga Voces)

Voces ahogadas (Final saga Voces)

-Diez años cariño, ¿parece increíble verdad?

– ¿Por qué te parecen más importantes los diez que los cinco o los ocho? -Luis parecía sorprendido.

-Veo que no lo recuerdas… Con diez años te vi por primera vez, un verano en la playa, luego no volvisteis ni tu familia ni tú, pero eso no me hizo olvidarte, por lo que veo tú sí lo has hecho.

– ¡Dios mío! Por completo, aquel verano que me contaste poco antes de casarnos y yo aún  no recuerdo. Éramos muy pequeños y…, bueno, yo era realmente feliz.

– ¿Ahora no? -Antes de que Luis pudiera contestar, Álvaro entró corriendo en la habitación y saltó sobre la cama saltando entre sus padres.

Con diez años Celia le había conocido, otros diez en volver a encontrarse y diez años estaba a punto de cumplir su primer y único hijo. Luis llevaba unos días extraño, sombrío… como cuando vivían cerca de la maldita ermita que desencadenó todos aquellos acontecimientos que parecían haber enterrado antes de marcharse a vivir lejos de allí. < ¿Ha dado a entender que ahora no es feliz? ¿Al menos no tanto como antes?>

Dos días después todos los amigos de Álvaro estaban en el jardín trasero de casa viendo como soplaba las velas, cuando Luis le entregó su regalo.

-A ver que te parece hijo… -Álvaro abrió despacio el sobre deseando que fuera lo que tanto había pedido a su padre sin que su madre se enterara.

-Gracias papá. ¡Gracias! -Su rostro reflejaba una alegría que Celia no entendía.

– ¿No se lo enseñas a mamá cielo? -Cuando Álvaro se lo acercó, Celia no pudo ocultar su expresión de sorpresa.

Tres billetes de avión… allí… donde todo empezó. < Tengo que hablar con Luis, ¿qué significaba aquello? Lo hemos enterrado, no quiero volver a enfrentarme a todo eso.> Álvaro parecía tan ilusionado que prefirió hablarle a solas. Cuando al fin la fiesta terminó, Celia estaba ordenando la casa cuando escuchó cómo ambos hablaban bajito intentando que no se les oyera, se acercó despacio a la ventana intentando no hacer ruido y comenzó a escucharles…

-Mamá no se ha cabreado ¿verdad?

– ¿Por qué crees que podría hacerlo?

-Nunca hemos hablado con ella de esto y nunca ha dicho que quisiera volver.

-Tranquilo, mamá entenderá que quieras ver donde me bautizó tu abuelo.

-Pero… ¿Por qué lo hizo con vino papá?

-De todo eso hablaremos… -Un ruido les sorprendió y Luis dejó de hablar dirigiéndose a la sala-. ¿Estás bien Celia?

-Sí sí, solo se han caído unos vasos. -Se dirigió a la cocina deseando que no la siguiera y poder hablar los dos solos, más tranquilos, cuando Álvaro ya estuviera en la cama.

Celia apagó la luz del lavabo y se introdujo bajo las suaves sábanas junto al cuerpo de Luis. Querría ver su expresión cuando comenzara a hablar, pero le daba pánico hacerlo.

-Cariño… ¿por qué volvemos?

-Álvaro me lo pidió hace tiempo, y…¿ por qué no?

-No eres feliz aquí, creía que todo, sino olvidado, estaba enterrado en aquella ermita, ¿por qué hay que enfrentarse de nuevo a todo aquello? ¿De verdad no eres feliz?

-Yo no he dicho eso. Solo necesito saber si Álvaro también esta escuchando voces, si mi padre intenta hablar con él… ¿no te parece raro que lo haya pedido?

Se quedaron en silencio. Celia consiguió dormirse rezando porque que  nada le estuviera pasando a Álvaro.

Un mes después llegaron a la ciudad donde Celia se ahogaba en ese aire viciado de recuerdos que no quería volver a revivir. Dejaron las maletas en el hotel y Álvaro no tardó en pedir ir a la ermita. Luis cogió una mochila de la que Celia desconocía el contenido y se pusieron en marcha. Se dirigieron despacio escuchando como Álvaro deseaba saber todos los misterios que tenía su familia.

– ¿Misterios? -Celia no podía dar crédito a lo que oía.

-Sí mamá, estoy convencido de que tenemos muchos. -Celia calló sin querer saber el por qué de su tajante afirmación, y vio cómo Álvaro salió corriendo hacia la puerta de esa maldita ermita que parecía no querer desaparecer de sus vidas.

Fueron corriendo tras él y los tres se quedaron parados frente a la puerta. La abrieron despacio y no parecía haber pasado el tiempo. El sonido al pisar la vieja madera, el mismo olor, esa oscuridad llena de sensaciones que evocaban la maldad de aquella anciana…

-Mira papá el altar, ¿has traído el agua verdad? -Luis sacó de la mochila un pequeño recipiente y miró a Celia.

-Es agua bendita. Dice haber estado soñando con el abuelo, quizá esto termine con todo. -Parecía realmente convencido mientras ella no dejaba de preguntarse qué le había estado pasando a su hijo sin enterarse.

Fueron hacia el altar y Álvaro se puso de rodillas. Luis abrió el pequeño recipiente y comenzó a echar el agua sobre la pequeña e inmaculada cabeza de su hijo mientras Celia observaba sin dar crédito a encontrarse de nuevo allí frente a ese extraño espectáculo, que parecía ser más una pesadilla. Los gritos de Luis la alejaron de sus pensamientos y vio como el agua estaba quemando su piel mientras un pequeño halo de humo se desprendía de él. Celia se acercó corriendo hacia su hijo y le cubrió con su camiseta; la mirada de Luis era aterradora.

-Ya está, ¿no te das cuenta? Mi padre está muriendo sobre él.

Celia y Álvaro salieron corriendo de allí y se dirigieron al hospital mientras Celia no podía creerse lo que había visto. Tras horas esperando que curaran a Álvaro, por fin salió junto a un médico que le indicó como curarle. Ambos volvieron al hotel sin que Celia dejara de abrazarle mientras Álvaro se mantenía en silencio.

Ya frente a la puerta de la habitación mientras buscaba la tarjeta para entrar, escucharon un sonido atronador que provenía del interior y Celia introdujo lo más rápido que pudo la tarjeta. Abrieron la puerta y se encontraron a Luis sobre el suelo entre un charco de sangre que se hacía cada vez más grande, y una pistola junto a su mano. Sobre la televisión pudo ver una nota que cogió mientras las lágrimas ahogaban sus gritos…

No soy capaz, Álvaro está herido y yo soy el culpable.

¿Acaso soy como mi padre? No estoy dispuesto,

sé que sabrás cuidarle mejor que estando yo con vosotros.

Lo siento, pero sé que esto es lo mejor.

Siempre os querré y os cuidaré desde donde quiera que esté.

En cuanto la policía se lo permitió, Celia y Álvaro volvieron a casa. Solos, sin hablar, deseando que algún día pudieran olvidar… esta vez de verdad.

Voces en grito (II)

Voces en grito (II)

Celia abrió los ojos al introducirse el primer rayo de sol a través de la ventana. No sabía qué era, qué pasaba o si aún estaba dormida y esa sensación que la recorría, era solo una pesadilla. Se incorporó, y sentada sobre la cama, vio como Luis estaba en un rincón de la habitación llorando. Se levantó despacio y se acurrucó junto a él sin decir nada.

Se mantuvieron en silencio horas. Era el día, había llegado, y Celia no sabía cómo actuar. Un año desde aquella sangre recorriendo la ermita, desde que descubrió parte del pasado de Luis; estaba convencida de que aún había algo importante que desconocía y provocaba que en ocasiones, sin saber por qué, esa mirada triste y perdida de Luis apareciera de nuevo.

-Vamos a comer algo cariño, no podemos estar aquí mucho más tiempo. Así no solucionaremos nada.

Sin contestar, Luis se puso en pie y ambos fueron a preparar algo que comer. El silencio oprimía el pecho de Celia y comenzaba a sentir de nuevo esa presión que un año atrás, le hizo salir corriendo sin mirar atrás. < ¿Otra vez? No por favor, ahora soy feliz, lo somos ambos… ¿verdad?>

-Cariño…

-¿Si? -O eso le pareció escuchar a Celia.

-Dime qué ocurre, sé el día que es hoy, igual si hablas conmigo y me lo cuentas, podremos pasar página.

-Para ti siempre todo es muy fácil ¿verdad? -Su rostro comenzó a endurecerse y su ceño fruncido no invitaba a una charla sincera y distendida-. Tú no lo viviste, cada día, cada minuto, en cada canal de televisión de los pocos que había entonces.

Luis cogió su plato y fue hacia la sala. Celia quiso salir detrás, insistir, pero algo le decía que no debía hacerlo. < ¿Canales de televisión? ¿A qué se refiere?>. Comieron; frente al televisor una película repetida que no captaba su interés, ayudó a que Celia se quedara dormida.

Horas más tarde abrió los ojos y sintió que la casa estaba vacía, igual que un año atrás. Se sentía paralizada, era incapaz de abrir los armarios y enfrentarse a que pudieran estar vacíos. Se armó de valor, se dirigió despacio a la habitación, abrió lentamente la puerta de uno de ellos y vio cómo parte de la ropa de Luis no estaba. Cayó desplomada entre lágrimas y sollozos. Sabía donde estaba y no quería volver, había conseguido enterrar esa ermita, esa anciana, esas voces. Esperaría a mañana, igual solo tenía que pasar el aniversario del pasado.

De nuevo los rayos de sol, de nuevo el vacío. No tenía que levantarse para darse cuenta que estaba sola. < Si él no puede enfrentarse a lo que pasó, volveré a conseguir que se levante y siga adelante>. Se duchó despacio, recordando cada frase en la ermita, cualquier cosa que pudiera ayudarla… “No podrás escapar, no llegaste por casualidad… él te trajo”… < Muy bien, me condujo una vez y volverá a hacerlo>.

Caminaba despacio, llevaba en el bolsillo el pequeño crucifijo que compraron tras aquel día como símbolo de lo que les salvó. Según se acercaba su piel se iba erizando y su corazón palpitaba cada vez más fuerte. Se paró frente a la puerta, no parecía haber pasado el tiempo, estrechó fuerte el crucifijo, inspiró profundamente y entró despacio. < ¿Dónde está? Tiene que estar aquí>. Caminó hacia el altar y le encontró agachado, entre lágrimas con una foto arrugada entre sus dedos. Antes de que pudiera decir nada, Luis comenzó a hablar.

-Nunca hablo de política, nadie sabe lo que suponen realmente los extremos. Mi padre se volvió loco, no pudo soportar como el extremismo que se instaló con el beneplácito de todos, acabaría con la vida que quería darme, alejado de todo el sufrimiento que vivió en su infancia por otro extremismo como el que veía se apoderaba de todo.

-No te entiendo Luis, ¿de qué estás hablando?

-Le volvieron loco, él no era así, no siempre fue malo. Me quería, tengo recuerdos completamente alejados de sus últimos años de vida. No puedo formar contigo una familia pensando en qué heredarán nuestros hijos… ¿Si no hay problemas políticos habrá algo en mí que se encenderá por otro motivo?

-Levanta. Pondremos esa foto de tu padre donde siempre podamos verla y darnos cuenta de lo que realmente importa. Pediremos ayuda, saldremos de esta porque ahora somos fuertes, los dos, juntos nada nos pasará.

Esta vez, cruzando la puerta y encaminándose hacia su hogar, Celia sabía que no había secretos. Si Luis había abierto por completo su corazón, las voces no volverían. Buscarían al mejor médico, los mejores tratamientos, pero nada conseguiría que el pasado -lo más negativo de él- afectara a su futuro. Sin enterrar el pasado… nunca habría futuro.

Conciencia

Conciencia

– ¿Soy la mala? ¿Eso me estás diciendo?

– únicamente digo que es cansado oír siempre la misma historia, entiéndelo como quieras.

Estefanía no podía creerlo. < ¿De verdad tengo la culpa? ¿Tan mal estoy haciendo las cosas?>, un portazo retumbó en toda la casa, estremeciendo cada recoveco su cuerpo mientras el silencio y la soledad inundaban los rincones del pequeño hogar que hasta ese momento era agobiante… mientras que ahora, era demasiado grande y sentía vacía.

Comenzó a andar de un lado a otro sin saber cuál sería el siguiente paso.

Tienes que castigarle, debe saber lo que realmente vales y de paso creértelo tú también. < ¿Qué ha sido eso? ¿Mi conciencia? Debo salir de aquí y pensar, me estoy volviendo loca. Iré a la casa del lago>

De camino, mientras conducía con una pequeña maleta como copiloto, no podía pensar en otra cosa, aunque dudaba si buscando soluciones o solo en cómo comportarse y ver a dónde le llevaba la corriente que se había generado entre ellos.

¿Acaso crees que cambiará tras tanto tiempo? ¿Aún no te das cuenta de su estrategia? < ¿Estrategia? No, no creo que sea una estrategia. Él me quiere, yo lo sé. Quizá no sea su prioridad, pero me quiere. No vengas ahora a manipular y provocar dudas que no tengo, solo necesito saber qué hacer para que se de cuenta de lo que realmente importa.>

Importante ¿para quién? Será para ti, porque aunque no lo quieras ver, él lo tiene bastante claro. < ¿De verdad?

Ya no quedaba mucho para llegar a casa. Allí también encontraría recuerdos, quizá más bonitos y dolorosos que los que estaba dejando atrás, pero era la decisión correcta. Pensar, pensar sola sin que nadie más que ella y su conciencia opinaran. < Los demás creen tener la solución para todo lo que no les pasa a ellos>.

Llegó a casa, aparcó el coche y entró despacio. Mientras cerraba la puerta, el olor de su casa, la oscuridad que lo impregnaba todo y los recuerdos de cada minuto allí, hicieron que se sentara en el suelo, desplomándose mientras vaciaba todo el aire de sus pulmones.

Muy bien, esta es tu reacción para enfrentarte a todo ¿verdad? Gimotea, protesta y reclámale, pero tu solución ha sido huir, ¿de verdad hay diferencia respecto a sus actos? < Cállate, cállate… ¡¡Cállateeeeee!!>

Se puso en pie, colocó las pocas prendas que había metido en su pequeña maleta que un día compraron juntos para sus escapadas románticas, y se volvió a sentar, esta vez sobre el colchón de la cama aún desnudo sin sábanas. La noche llegó, y esa casa de dos pisos, cuatro veces más grande que la de la ciudad, hizo que se escondiera entre las mantas e intentara desconectar su conciencia, esa a la que había pedido ayuda y ahora no se marchaba.

¿Podrás dormir tranquila? ¿Cómo si nada hubiera pasado? ¡No seas niña! Actúa, decide, cambia las cosas, da un paso al frente, pero no sigas perdiendo el tiempo o todos tendrán razón y no merecerás más de lo que tienes. < Necesito dormir para pensar con claridad>

Imposible. Solo oía los sonidos de la naturaleza y de su corazón que parecía ir cada vez más lento. Al menos la vocecilla de su conciencia se había tomado un descanso. < ¿De verdad no merezco más de lo que tengo? Igual mis padres no me valoraban porque no valía la pena y solo busqué una pareja para tener lo mismo que dejaba en casa al independizarme>

Al fin entiendes lo que quiero decir. ¿Crees que te hablo sin saber lo que digo? Llevo contigo desde que llorabas hasta casi ahogarte en la incubadora. Harás bien si me haces caso. < Caso ¿en qué? Ni siquiera ha pasado un día y ya se me cae la casa encima. Ni siquiera ha llamado, ¡ni siquiera ha llamado!>. ¿Eso esperas? ¿Qué te llame? ¿No eres capaz de estar sola?>

Se durmió con esas palabras vagando con Morfeo poco antes de amanecer. Los rayos de sol, bien instalado en lo más alto del horizonte, despertaron su conciencia que no permitió más horas de tranquilidad.

¿Esta va a ser tu respuesta ante todo? ¡Vamos dormilona! Hora de ponerse en pie y pensar cuál de todas las opciones que te he dado es la más adecuada. < Shhhhh, no quiero, solo necesito estar tranquila, no te necesito… ¡Le necesito a él!>. De nuevo vuelven los lloros y la autocompasión. Tienes razón, vuelve entre sus brazos, es lo que mereces. En el fondo -o no tanto- has tenido suerte de encontrar a alguien que no te ha mandado bien lejos. < ¿Desde cuándo eres tan destructiva?>. No lo soy yo, lo eres tú, soy la conciencia que has moldeado cada día de tu vida… ¿de qué te extrañas? Vuelve a tu vida rutinaria, pero al menos no llores porque sea así.

Se levantó, volvió a meter todo en la maleta, y sin tan siquiera abrir las ventanas y que el aire entrara en casa, se marchó. De nuevo se vio conduciendo, de vuelta a su pequeño apartamento donde la soledad no sería tan destructiva como ella misma.

Muy bien, como suponía, vuelves a esconderte y no asumir todos tus errores. < ¿No te habías ido?> . Sí, sí, la mala soy yo como los demás. Todo te viene grande ¿sabes? Ya perdí la esperanza de que algún día te enfrentaras a tus problemas. < ¡Puedo hacerlo! ¡Puede enfrentarme a todo!>. Demuéstralo entonces.

Las lágrimas anegaban sus ojos y no lo dudó. Aún faltaban muchos kilómetros para llegar, para enfrentarse a todo. Nadie perdonaría su fracaso tras lo afortunada que era de haberle encontrado. Pisó lo más fuerte que pudo el acelerador y su coche salió despedido en la curva que siempre la había dado tanto miedo.

< Sí, he podido, he superado mis miedos y los he dejado atrás. ¿Qué tienes que decir a eso ahora?>. Nada, yo ya he muerto, te abandono, el trance al más allá estará esperándote.

< ¿Qué? Dios mío… ¿qué he hecho?> Mientras veía cada vez más cerca el final de sus problemas, se dio cuenta que no había nada más destructivo que ella misma.

Sin protección.

Sin protección.

¿Qué era aquello? ¿ Qué estaba notando en su mejilla? Abrió los ojos y un precioso cachorro lamía su cara jugando con ella.

< ¿Dónde estoy?>

El dolor de cabeza invadía toda su mente y no era capaz de pensar con claridad… < a ver Anna, piensa… ¿Qué pasó anoche?>… Mientras pensaba cómo había llegado hasta allí se estaba dando cuenta que no sabía dónde estaba, ni que parque era aquel y… ¡¡estaba desnuda!! Debía ser pronto, no había niños ni gente paseando, solo ese precioso cachorro, y su dueño que no tardaría en llegar. En ese momento una sirena de policía hizo que quisiera morirse, en ese mismo instante.

< ¡Qué vergüenza! ¿Cómo había llegado a estar desnuda y esposada en el asiento trasero de un coche patrulla?

Ya en un pequeña sala gris que suponía era para interrogarla o quizá había visto demasiadas películas, aún estaba desnuda y al espantoso dolor de cabeza se había unido un dolor en el brazo junto con la aparición de un feo moratón. Se abrió la puerta y un apuesto policía llegó con una bata que se puso por encima. Anna no creía lo que oía. Al parecer, ayer tras la despedida de soltera de su amiga, la dejaron en el parque, les debió parecer gracioso. Lo que realmente les preocupaba era que ese moratón parecía provocado por una extracción de sangre.

Por fin en casa y con su primer antecedente a la espalda, no podía creer nada de lo ocurrido en las últimas horas. No imaginaba un peor final para una noche de chicas, esperaba acabar desnuda sí, pero no de esa manera. Aunque había una cosa que no entendía, si habían sido las chicas quienes la dejaron en el parque, ¿quién la había sacado sangre? y aún más importante… ¿para qué?

Pasaron las semanas y su vida parecía volver a la normalidad. Aún no había conseguido volver a dormir bien por las noches, pero aquella noche especialmente, era incapaz de conciliar el sueño. Se levantó a ver la televisión, quizá viendo los infocomerciales se quedaría dormida aunque fuera en el sofá. Encendió la luz de salón y el miedo la paralizó completamente.

– ¿Quién eres? ¿Qué quieres? Llévate todo lo que quieras. -Las palabras salían sin control. Estaba aterrada.

¿Qué hacía ese hombre sentado en su butaca? No le había descubierto robando, llevaba despierta toda la noche y ni siquiera le había oído entrar.

– Tranquila Anna, siéntate aquí a mi lado. – <También sabe mi nombre, perfecto> – Tenemos muchas cosas de las que hablar ahora que estamos solos. Fue difícil conseguir que estuvieras sola, menos mal que tus amigas nos lo pusieron fácil dejándote en aquel parque.

– Pero… ¿pusieron? ¿Quiénes sois?

– Shhhh, todo a su tiempo. Llevábamos siguiéndote mucho tiempo, mi jefe quiere averiguar si por fin ha encontrado a su hija, esa que tanto tiempo lleva buscando. – Anna intentó interrumpirle, pero la mirada de aquel hombre era demasiado amenazodora como para volver a interrumpirle. – El resultato es positivo, así que he venido para llevarte a casa. Tu familia, la de verdad, te espera.

– Mi padre es un comercial de seguros y mi madre, hasta ayer ¡claro! estaba en casa dedicándose a estar ahí, como siempre. Esto tiene que ser un error, os habéis equivocado de persona.

En ese momento, el cristal de la ventana se rompió y gas lacrimógeno invadió toda la habitación. Todo ocurrió muy rápido, alguien la levantó del sofá, se resistió con todas sus fuerzas, pero fue imposible… < ¿Qué estaba pasando?>…

Esta vez, aquello era una estancia aún más lugubre y con peor olor que la de la policía. Deseaba que el hombre que había entrado en su casa no hubiera sido quien se la llevara, durante todo el trayecto hasta llegar allí había tenido la cabeza dentro de una bolsa y no sabía ni a dónde iba ni quién la retenía. Un hombre bien parecido, elegante y con una mirada completamente diferente a la del hombre de su casa, se sentó frente a ella y comenzó a hablar.

Le explicó que pertenecía a una división especial de la policía, de la que no necesitaba saber más, que llevaban meses persiguiendo a una banda rusa establecida en la ciudad hace años y que habían seguido con ella el mismo patrón visto antes en otras chicas de su edad. Anna no podía reaccionar  y decidió que sería mejor seguir escuchando. Por lo visto, aquella historia de un capo de la mafía rusa buscando a su hija era verdad, ella tenía nombre con ascendencía rusa y un par de cosas más de su vida cuadraban para que así fuera.

– Ese hombre me ha dicho que la sangre coincidía… ¡qué era yo! No puede ser, no soy adoptada, nada de esto puede estar pasando… ¡me han confundido con otra!

– Hemos descubierto que su madre antes de llegar al país mantuvo relaciones con ese capo ruso y bueno, no sabemos cómo, pero conseguió escapar de allí, probablemente alguien la ayudaría a hacerlo y aquí conoció a su padre… bueno, al que siempre ha creído su padre.

¿Cómo podía estar pasando todo aquello? Su vida era de lo más normal, padres aburridos, infancia como cualquier otra… No podía creerlo, ¿de verdad había estado viviendo una mentira? ¿Y su novio? ¿ Y sus amigas?

Anna había desconectado hacía ya minutos de la conversación con aquel agente hasta que escuchó protección de testigos… < no no no, bajo ningún concepto>

– Perdone, ¿ha dicho protección de testigos? Estará de broma ¿no?

De nuevo en una furgoneta, de nuevo con la cabeza tapada y de nuevo sin poder creer lo que estaba pasando… < al menos esta vez sé qué está pasando >. Tras lo que le parecieron días, la furgoneta paró. Le explicaron que le darían todo lo necesario y mañana mismo empezaría con clases de defensa personal.

Una amable mujer salió a recibirla en un precioso porche, solo que este se alejaba bastante del de sus sueños. Entraron en la casa y un guapísimo hijo, o así se lo presentó, la enseñó todo.  Días después, aún sin poder contarse sus historias él, Paulo, portugués, había sido llevado allí por presenciar el asesinato de su familia.

< ¿Será así cómo encontraré el amor? ¿Será así cómo mi vida cambia, nada de cuentos de hadas? Al menos su mirada me transmite esa sensación de llegar a casa que he buscado desde que salí de la mía…>

De la manera más inesperada posible, como en el fondo cualquier chica desea, apareció Paulo, pero esta vez no para cambiar su vida, sino para adaptarse con ella al giro de ciento ochenta grados que ambos habían sufrido. Para aquello, no habría ninguna protección posible.

Reflejos

Reflejos

No podía dormir, se movía entre las sábanas intentando encontrar la razón de su insomnio. No la encontraba, por más vueltas que daba de un extremo a otro, solo hacía que viera la cama aún más grande, sintiéndose sola en esa inmensidad oscura que cubría su habitación.

La luna intentaba zambullirse a través de la ventana, las sombras de los árboles se movían haciendo que Sofía se sintiera pequeña, insignificante en esa eterna noche que parecía no tener fin. Mientras observaba los reflejos de las ramas, las hojas desmoronándose al suelo y la soledad de la luna tan alejada y a la vez tan próxima, un nuevo reflejo, rápido y desconocido hizo que se incorporara de golpe.

< ¿Qué había sido eso? No podía ser, no>. Su imaginación parecía haber malinterpretado lo que parecían haber visto sus ojos.

Sin saber cómo, consiguió sumergirse en un profundo sueño. A la mañana siguiente, con la brillante luz del sol ya en el horizonte, sentía como el descanso había sido más reparador de lo que cabría esperar, aún con descanso físico, su mente no había olvidado en ningún momento lo que creía haber visto bien entrada la madrugada, y al despertar fue su primer pensamiento.

Pasaron los días y aquella noche se convertía en un recuerdo cada vez más lejano. Su vida seguía con normalidad, trabajaba, salía con sus amigas y su rutina a penas cambiaba. No había vuelto a tener insomnio.

Una noche, riéndose con su mejor amiga y con una copa de vino en la mano, su mirada se cruzó con la de Luca. Su amigo también era guapo, así que cuando se acercaron a invitarlas a una copa ninguna dudó en aceptar. Eran simpáticos, graciosos y divertidos. No era propio de Sofía, pero esa mirada embaucadora y profunda, la habían conquistado.

Llegaron a su casa, se besaron apasionadamente y no dudó ni por un momento en lo que deseaba. Dejaría atrás prejuicios y clichés. Se desabrochó despacio cada botón de su camisa, en cuanto Luca pudo entrever su pecho quiso fundirse con ella sin preguntas, sin esperar… Sofía pareció entender en su mirada aquella pasión que él sentía recorriéndole todo su cuerpo. Le cogió de la mano y le llevó a su habitación, Luca miraba asombrado la vista a través de la ventana e intentó compartirlo con ella, pero Sofía se adelantó silenciándole con un profundo y suave beso que les llevó entre las sábanas. No quería oír cómo aquello era precioso, cómo el bosque parecía tener vida propia, todo aquello que siempre escuchaba.

Se amaron despacio pero apasionadamente, como si se conocieran de toda la vida. Sofía veía como la luna se reflejaba en la ventana, en la pared, no podía ser un momento más perfecto, hasta que de repente apareció aquella sombra de nuevo. Esta vez fue más lenta. Apartó a Luca de inmediato, < ¿qué había sido aquello?>.

Estaba de pie frente a la ventana, le explicó no sin sentir vergüenza y ambos salieron al porche trasero.

Nada, no vieron nada, nada parecía haber pasado.

Volvieron dentro, se sentó en el sofá y Luca le trajo un té caliente.

< ¡Vaya! Este chico es perfecto>

– Perdona, vaya manera de terminar un momento inmejorable. ­Cuánto más tiempo pasaba, más avergonzada se sentía.

– Tranquila, por mi parte no hay problema de darte más oportunidades de demostrarme que no estás loca.­ Esa sonrisa de nuevo.

Sofía no pudo evitar sonreír. Era perfecto… al menos por ahora.

Volvieron a pasar los días, las semanas, y nada. Pasaba muchas noches en vela, no entendía qué pasaba, pero estaba segura que aquella noche con Luca había alguien ahí fuera. Solo recordar aquella noche con él, sintió esa humedad entre sus piernas que tanto le gustaba. Esta vez estaba sola, él parecía no haber sido tan perfecto tras no llamar desde entonces y decidió que para lo que pasaba por su cabeza no le necesitaba.

Bajó su mano por su abdomen e introdujo sus dedos bajo su ropa interior, pensaba en él, eso no podía controlarlo, y su humedad inundaba todo su sexo. Comenzó a estremecerse, a humedecer sus labios y en ese momento le vio. Estaba parado frente a la ventana, observando lo que hacía, y tan rápido como pudo, Silvia salió fuera.

No tenía miedo, aquello tenía que acabar. No había sido capaz de ver su cara, pero había algo -no sabía qué- que le resultaba familiar. Prefirió no pararse a pensar lo que pasaba por su cabeza.

No veía nada, abotonó su bata y escuchó…“estoy aquí, ¿ya has pasado página?”… No lo podía creer, otra vez no… “Sal donde pueda verte”…

Salió de entre los arbustos y ahí estaba, frente a ella, igual de guapo que siempre, pero esta vez sabía leer su mirada. Esos ojos que un día sintió sobre ella, obligándola, forzándola, sometiéndola sin darla opción.

– Ya has vuelto a compartir tu cuerpo, tan pronto. ­Mientras hablaba no dejaba de mirarla a los ojos mientras se acercaba a ella.

– No te acerques, sabes que no puedes estar aquí.

– Sigo enamorado de ti, no quiero estar en ningún otro sitio. Siempre serás mía

Sin poder evitarlo Sofía se vio contra la puerta de cristal, sintiendo su olor, su fuerza sometiéndola de nuevo. Intentaba escabullirse, revolverse, su lengua recorría su cuello y sabía que nadie podría oír sus gritos.

De repente Óscar cayó al suelo y Sofía vio frente a ella a Luca.

– He llamado a la policía, no tardarán en llegar.

Sin dejar que contestara la abrazó y Sofía sintió cómo escondida entre sus brazos todo parecía volver a la normalidad, sí sentía ese abrazo familiar, sí sentía que podía confiar en él.

Cuando llegó la policía les contaron cómo había conseguido un permiso para salir de la cárcel y afortunadamente, Luca había visto al pasar por la autopista cómo había dos personas en el porche.

Sofía no podía creer lo afortunada que había sido. Luca podía haber pasado por delante sin pararse a mirar su casa y ahora, la declaración hubiera sido completamente diferente.