Descubrirme…

Descubrirme…

mujer desnuda

No pude ser consciente ni de los rayos de sol que se adentraban por la ventana abierta. Pero su calidez había conseguido adentrarse en la habitación, las sábanas, en mi cuerpo… o eso creía hasta que sentí su mano. En mi pecho. Fuerte. Consistente. Firme. Sólida. Intensa. No pude más que darme la vuelta y sentir su erección, tan sólida como la recordaba. Parecía pronunciar mi nombre mientras palpitaba por mi cuerpo desnudo bajo las sábanas. Mis pezones erectos le señalaban a él, ¿a quién más si no? Mi lengua no pudo parar quieta y seguir escondida en mi boca, oculta, necesitaba darse a conocer y sentir la suya, tan cerca pero tan lejos al mismo tiempo. Nuestras miradas parecían perderse en una barrera difícil de sortear hasta que lo conseguimos.

Era suave, delicada, al principio su ansia me buscó, se enredó y saboreó hasta que sus movimientos se volvieron lentos, pausados, tranquilos mientras sus manos estrechaban con vigor mis pechos antes de descender serpenteando hasta mi pubis, donde se convirtió en una caricia suave, lenta, circular mientras su mirada se hacía más intensa, más penetrante y no pudo evitar introducir un dedo en mi humedad. Luego dos mientras separó sus labios para mirarme con perspectiva. En ese momento lo supe… nuestra unión iba más allá , hasta llegar a una profundidad en la que el sexo cobraba otro significado.

 

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Entre sus brazos

Entre sus brazos

 

Era su calor. Su aroma. Su sensación de hacerme despertar cuando estaba dormida, Su fortaleza. Y a fin de cuentas, nosotros. Un nosotros que se podría convertir en perfecto si conociera su rostro. Sus gestos. Su mirada clavada en la mía. La fuerza de sus abrazos y el tacto de sus manos. La rugosa suavidad de sus manos. Me despertaba intranquila esperando conocerle algún día. Encontrarme con todas esas sensaciones en una persona real. En un cien por cien que se asemejara a mi sueño, a la perfección en cuanto a una pareja con la que compartir toda mi vida. Hasta que un día en esa vida apareció la intimidad. Con vergüenza. Sigilo. Discreción, una alejada de mi realidad, de mis pensamientos estando despierta. Y sí. Era  tan perfecto como alguien que pudiera ver en la realidad e imaginar. Un sexo sin fisuras, con un color perfecto y unas dimensiones a la altura de la que yo pensaba y esperaba para el nuestro. Mi profundidad, aún, plena. Aquella noche todo era igual al mismo tiempo que distinto. Me llenaba por completo pero había algo más. Algo que desconocía o simplemente no creía haber vivido. Un cosquilleo. Un escalofrío que me recorría cada vez que se unían el suyo y el mío. Mi humedad y su solidez. Un deslizamiento que significaba sexo real en un sueño. Emociones diferentes en una misma franja horaria. Su sexo, mi cavidad, sus brazos, mis pechos, sus glúteos, mi cintura. ¿Era eso encontrar una pareja perfecta, el compaginarse al cien por cien? Desde luego no lo sabía ni había creído vivir antes. Pero lo quería. En su totalidad. Sexo profundo que me erizaba y ponía la piel de gallina.

Nos encontrábamos sin planes ni organización. El mundo estaba ahí, pero no lo veíamos ni sentíamos. Solo éramos nosotros y eso nos llevaba a una cama sin dimensiones. En la que podíamos levitar al ser uno. Tocarnos. Rozarnos. Gemirnos al oído hasta gritar sin importar que alguien pudiera escucharnos, disfrutar sin peros, sin explicaciones. Mis pezones erectos, duros, esperándolo. ¿No era eso la perfección? Podía sentir cómo sus dedos se introducían en mi interior sin necesidad de prepararlo. Con naturalidad. Como si fueran el uno para el otro. Sin más. Solo uno, estremecido y eterno hasta que Morfeo consiguiera separarnos de lo que de verdad quería. A lo que de verdad necesitaba llegar y sentir despierta. ¿Era posible? ¿Un tacto real que me erizara, aumentara mis latidos y respiración? No lo sabía, pero lo buscaría al despertar.

Esa mañana mientras tomaba el primer café, junto a la cafetera, apoyada en la mesa sin sentarme, decidí mirar por la ventana. Una por la que nunca lo hacía por estar muy cerca de la casa de enfrente. ¿Y si alguien me veía y podía cruzar su mirada con la mía aún turbada por mis sueños? Pero lo hice. Esa mañana sí. Nerviosa comencé a girarme y pude oler otro café. Ver un contorno. Un cuerpo diferente al de mis sueños pero igual de apetecible. Se giró y a pesar de su aparente sorpresa, sonrió a la vez que movió su mano para saludar. Hice lo mismo y abandoné la cocina. Me escondí en el pasillo. Estaba roja. Temblaba. ¿Y si era él? Cada mañana se repetía el mismo protocolo hasta aquella en la que cambió su rutina y me habló antes de que yo pudiera desaparecer. Quería saber mi nombre, poder tomar un café y sentir si era real lo que sentía cada mañana con su café. Si su pelo se erizaría de la misma manera.

Y me lancé. Sin pensar, asentí y dije que sí a su proposición. Un café a dos. En una cafetería. Con ruido de gente que nos pudiera hacer o no, darnos cuentas de si había algo más con un mundo alrededor que nos distrajera. Y al día siguiente allí estábamos. Sin paredes de por medio. Con muchas distracciones pero dos miradas que las eliminaban. Una humedad que reaparecía en mí y una consistencia bajo sus pantalones que esperaba estuviera ahí esperándome….

Efímero…

Efímero…

mujer desnudaDe nuevo ese sueño, esa esperanza de un final próximo; pero no un final lejos de él. Nunca. Eso nunca. Sería uno juntos. No imaginaba un futuro sin él, ya fuera en mi cabeza o entre mis piernas. Miraba por la ventana distraída, como ausente, pero por dentro, bajo mi piel, bajo mis uñas…, estaba él. Siempre él. No desapareció con los años, siguió firme, constante, siempre presente. Él. Su beso. Sus labios. Siempre él, imperturbable. Su mirada se convirtió en un persistente pensamiento, uno, que hacía estremecer mis piernas y turbar mi cabeza. De eso hacía años ya, pero recuerdo el sabor de sus labios, la profundidad de su mirada, esos ojos que me atravesaron y no fui capaz de escapar de ellos. Pero hoy, hoy algo había cambiado. Era él, sí, pero lejos, ausente. No quise despegarme de las sábanas, su recuerdo aún estaba presente entre ellas. Los mechones de su pelo se enredaban con mi pubis, su sonrisa tímida jugaba con mis labios, su lengua se adentraba en mi humedad. Su humedad…. tan suya que hasta llevaba su nombre…, nuestras conversaciones. Nuestras. Ese nuestro tan puro e impuro a la vez pero tan real, real hasta no permitirme dormir sin su recuerdo. Sin recordar sus contornos, sus labios carnosos y perfectos. Perfecto. Ese era él. Eso éramos nosotros. En sueño y en realidad, tan reales que dolía. Dolía respirarle, olerle, absorber su esencia, capturarla y hacerla parte de mí. Mía. Un suspiro, un anhelo, un recuerdo y volvemos a un nosotros. Un nosotros que parecía tan efímero que se convertía en eterno.  Podía sentir mi humedad recorriendo sus labios, su sonrisa impregnada de mí al separarse. Esa mirada tan suya que hasta podía observarla húmeda y tan pura que me estremecía antes de besarme y unir nuestros labios. Nuestros labios. Cuatro convertido en uno. Su sabor, el mío… el nuestro.

Entre mis sábanas.

Entre mis sábanas.

Dormí sola durante tanto tiempo que todo me resultaba normal. Un ruido. Un reflejo en la pared. Risas alejadas, perdidas en la calle y yo… entre mis sábanas. Siempre entre mis sábanas. ¿Podría haber un sitio mejor? No lo creí hasta que alguien me acompañó en mis noches y mis amaneceres. Hasta que despertarme con una sonrisa se convirtió en… normal. Habitual. ¿Rutinario? No me lo planteé, solo era feliz y eso era suficiente. ¿Qué problema habría si esa rutina podía ser mi felicidad, mi camino a un mundo desconocido y que ni siquiera había soñado? Mes sorprendió, no diré lo contrario, pero fue  una grata sorpresa. Ser dos, compartir sonrisas, miradas, juegos y sí, sexo. Sexo en toda su plenitud y mucho más. Siempre me vendieron que el sexo era sucio, lejos de toda motivación que no supusiera procrear, tener hijos, procrear y mantener la especie… hasta que descubrí lo que eso escondía. La falsedad. El engaño. La falsa moral. El escondite hacia unos placeres que los que lo practicaban no querían airear y los que no tenían opción, preferían venderlo con menosprecio, burlas… ¿acaso solo a mí me miraban de reojo y criticaban mis comentarios subidos de tono? ¿Acaso hay alguna otra forma de mantener viva la especie? No me importaba, descubrí una nueva puerta que se abría ante mí sonde antes solo había una pequeña ventana a través de la que ni la luz entraba. Sumida en la oscuridad, cuando al fin un rayo de sol penetró en mi día a día, supe que había descubierto lo que de verdad me llenaba. Me colmaba. Me hacía sentir… mujer.

Ya sin pelos en la lengua descubrí aquello que con tanto empeño me habían escondido: el sexo, el disfrutar sin dar explicaciones, el comportamiento de mi cuerpo frente a él. Junto a él. Con él. ¿De verdad mi vida  había sido tan oscura, tan falta de vida, vibraciones? Había amores idílicos con los que solo imaginaba besos, caricias pero… ¿algo más? Lo desconocía. Y llegó él. Sin avisar. Como todo lo bueno de la vida. Sin pedir permiso ni llamar. Solo llegó. Cada mirada, cada roce ocasional se convertía en una corriente que parecía hacerme explotar en fuegos artificiales. ¿Qué era aquello? ¿La vida? Puede ser, pero ahora sé que es el amor completo. Total. Sin límites. Sin escondites ni vergüenza. Sin vergüenza. Y con la cabeza bien alta. La primera vez que sobrepasó la barrera de lo permitido hasta entonces cientos de preguntas se agolparon a la vez, de golpe, asombradas y admiradas a la respuesta de mi cuerpo frente a él. ¿Dónde había dejado mi vergüenza, mi pudor? Y… ¿para qué habían servido todos estos años? Sonreía por primera vez de una manera tan natural que hasta un pequeño atisbo de miedo quiso apoderarse de mí… pero no lo dejé. Disfruté,  reviví aquello y quise conocer más. Investigar. Averiguar. Inspeccionar y hasta rastrear qué era aquello, hasta dónde me podría llevar. Qué más habría ahí fuera que desconociera.

La sucesivas veces fueron aún mejor. Descubrirnos. Sabiendo dónde tocar. Dónde acariciar y cuándo. Conocerse era la mejor experiencia. Pasaban los días y queríamos más hasta que mis voces internas decidieron hablar sin preguntar arriesgándose a actuar sin ser enseñadas y… menuda sorpresa. El instinto sabía el guión que yo desconocía y me encantaba. Me estremecía solo con mis pensamientos y la posibilidad de poder llegar mucho más allá; a un mundo desconocido que estaba deseosa por adentrarme. ¿Recordáis esa sensación? ¿Los pelos de punta? ¿La piel de gallina? Yo espero no olvidarla… y más aún cuando descubrí que un muchas personas, sensaciones, recuerdos, imágenes y emociones me provocaban un suspiro eterno y placentero. Llegó el momento de sentirle dentro, su sexo, sus dedos, sus labios. Todo él era bienvenido e incluso aplaudido. Mis palabras acompañaban a unos pezones erectos que gritaban su nombre, su roce, sus labios. Me sexo le esperaba ardiente, húmedo, ansioso por recibirle y no querer que se marchara. ¿Qué habías de malo en todas esas sensaciones? Eran necesidades aumentadas más si cabe por la prohibición y el engaño en el que mi cuerpo y mente habían estado ocultos, guardados esperando a que alguien o algo les despertara. Y vaya si se despertó y sucumbió al placer, la felicidad con otro significado. La FELICIDAD en mayúsculas.

Nueva casa, nuevas experiencias.

Nueva casa, nuevas experiencias.

experiencias

No se lo podía creer. Por fin. Sus piernas flaqueaban desde hacía una semana, cuando le dieron la noticia. Introdujo despacio la llave en la cerradura, cogió aire y esperó unos segundos antes de abrir la puerta. Cuando al final lo hizo, una luz deslumbrante hizo que entrecerrara los ojos. Cerró la puerta tras ella y se deslizó sobre su blanca madera hasta sentarse en el suelo.

Un recibidor más grande de lo que recordaba, una fina lámpara blanca sobre él y un pequeño espejo lo decoraban. Volvió a coger aire mientras una lágrima humedecía su mejilla. Dos años habían pasado y aún no podía creerlo. Se puso en pie y dejó las llaves sobre la precioso bandeja que compró hace unos días nada más; hasta las dos llaves quedaban bonitas colocadas en su sitio. Caminó despacio hacia la primera puerta, era el salón. Un sofá en L, una mesa de comedor y una preciosa alfombra lo decoraban. Se mordió los labios por la emoción que había conseguido esconder estos años. Siguiente parada, la habitación principal; blanca, amplia, acogedora y con mucha luz como el resto de la casa. No lo pudo evitar y se tumbo sobre la fina colcha a rayas que la vestía. Se tapó la cara con ambas manos e imagino todo lo que le esperaba a esas sábanas y a ella misma. Besos. Caricias. Labios ansiosos de encontrarla. Se sentó colocando los pies sobre las coquetas alfombras que abrazaban la cama a ambos lados. Al ponerse en pie no pudo evitar mirar el cabecero de forja que parecía proteger toda la estancia.

Salió a la terraza y un banco de madera junto con dos sillas formaban el conjunto que tanto le había costado elegir.  No pudo evitar sentarse y cerrar los ojos mientras el sol la bañaba y arrullaba con dulzura. «Aquí seré feliz, aquí viviré las experiencias que me convertirme en adulta…». El móvil vibró junto a su pierna y de repente recordó; había invitado a Diego a ver el apartamento nuevo y había olvidado por completo.

« ¿Inauguraste la casa sin mi…?»

« Nunca se me ocurriría. Ven, te espero en el portal», parecía un mensaje sincero.

Llevaban flirteando cerca de seis meses. Se conocieron en una tarde de cañas con la gente del trabajo. Alguien le había llevado, ya ni siquiera recordaba quién. Castaño, cerca de los cuarenta, tonificado, pero no en exceso, y una sonrisa que le hacía olvidar lo que ocurría alrededor. Entre unas cosas y otras no habían encontrado el momento, o eso pensaba Paula. Fue hacia la entrada, cogió las llaves y se fue. Veinte minutos tardó en llegar, que ella utilizó para respirar, coger y soltar aire despacio y que la ligera brisa del día la recargara las pilas. Le pareció oír su nombre y se dio la vuelta. Allí estaba. Sonriéndola, pícaeo y sexy como solo él sabía. Cuando subieron los tres escalones y entraron en el ascensor la imaginación de Paula voló sin apartarse de él; sus labios carnosos, esos ojos almendra que la abrazaban y esa manera de hablar que tanto le gustaba.

—Esta es la entrada … —dijo juno a una sonrisa que le sonó más adolescente que otra cosa.

—No perdamos el tiempo —la interrumpió antes de poder seguir—. enséñame esa preciosa terraza de la que tanto hablas.

Paula no pudo evitar chasquear la lengua contra el paladar y le indicó el camino con la mano. « Me mata, hoy me mata». Abrió la reja y salieron despacio, en silencio mientras Diego no dejaba de mirar hacía todas las direcciones antes de decir:

—Falta una de esas camas de Ikea para el jardín, o mejor aún, una hamaca muy grande donde puedan coger dos…

—¿Dos…? ¿Para qué tan grande? —preguntó con una mirada intensa— ¿Acaso quieres utilizarla conmigo?

—Con lo patosa que eres tendría que venir unos cuantos días a enseñarte a subir sin caerte.

Paula no podía creerlo. Parecía una invitación a unos planes muy muy jugosos y subidos de tono… ¿lo estaría imaginando?

—Una pena no poder empezar hoy, pero te prometo que esa será mi siguiente compra.

—¿Tardarás mucho en ir? Lo pregunto por hacer algo mientras tanto.

«Dioooooooos. Que pare o no se cómo acabará esto».

—¿Me acompañas a la cocina a por unas cocacolas?

—Si eso es todo lo que tienes para mí, te sigo… —dijo mientras la indicaba que ella primero.

Abrió la nevera y dejo las latas en la encimera. Antes de poder abrir la suya sintió unas manos en su cintura. Un suspiró en su cuello la estremeció pero pudo darse la vuelta y separar sus  cuerpos con una de las cocacolas.

—¿En serio? Llevo esperando este momento muchos meses, Paula. —Y arqueó las cejas sin soltar su cintura ni hacer amago de coger la cocacola —. No me hagas eso, no imaginas cuánto te deseo…

Paula, la volvió a dejar en la encimera y le miró. En silencio. Se mordió el labio y pudo ver cómo Diego se acercaba despacio, como en sus sueños, estrechándola más fuerte hasta que sus labios se conocieron de cerca, sin aire que le separara y todo se volvió borroso. Colores tropezando unos con otros, gruñidos convirtiéndose en melodía y en su pubis un empuje que la puso a mil. Se separaron unos segundos en los que él abrazó su cuello fuerte y le preguntó dónde estaba el dormitorio.

—Se me ocurre un sitio mejor.

Diego se limpió la saliva de sus labios y no pudo evitar los bien que sabía y lo mejor aún que besaba. Paula le llevó al salón, volvió a besarle y se tumbaron sobre la alfombra. Intentó desabrochar su sujetador y ella se sentó para quitarse la camiseta y facilitarle las cosas. La expresión que se dibujó en su cara fue todo lo que necesitó. Sin pensarlo comenzó a desabrochar los botones de su pantalón. Intentó poner cara de póker y no salir corriendo cuando pudo intuir lo que escondía su ropa interior. «Y esto es legal? ¿No hay leyes de alejamiento para esta clase de armas de destrucción masiva?». Un beso fuerte, vehemente y penetrante hizo que Paula volviera a la alfombra, a ser consciente de las manos que le recorrían y a quien tenía delante. Acercó sus pezones endurecidos a sus labios y gimió, gruñó, se dejó llevar y pudo sentir como Diego se deshacía en ella tras haberla recorrido entera y besado cada recoveco y ángulos de su anatomía. Se sentía plena y solo pensaba en repetir esas sensaciones que habían recorrido su cuerpo.

Boca arriba con un techo blanco que parecía aplaudir la función, se volvió hacia Diego y no había nada más que pensar ni decir; había sido una fiesta de inauguración perfecta…

Por fin… el destino.

Por fin… el destino.

pies5

Bajaba las escaleras más bien como podía; hacerlo de maanera sexy y elegante era mucho pedir. Sé que estaba ahí, le miraba de reojo al mismo tiempo que intentaba que esa noche pudiera besarle a él y no al suelo. Llega el momento de agarrarse, para eso estaban las barras del metro, ¿no? ¿Quién demonios había diseñado esa parada? Seguro que no llevaba tacones ni un mini vestido que enseñaba más de lo que cubría… los cuarenta grados tampoco ayudaban. Antes de que los dichosos escalones acabaran Juan se acercó y me tendió la mano, «mierda, se ha dado cuenta de lo pato que he bajado las escaleras, pero el vestido cuenta , ¿no?».

—Buenas tardes, guapa.

—¡Ay! qué trabajito… ¿por qué hemos quedado aquí? Ya me podrás compensar luego…

La sonrisa bobalicona y divertida de Juan cambió radicalmente a lo que creo que fue angustia y miedo. «¿Se había asustado? Vale que era un comentario abierto a la interpretación, pero… ¿acaso mi vestido no daba a entender lo que ser políticamente correcto no dejaba decir?».

—¿Ese vestido es para mí? Pensaba que habrías quedado con alguien después —Puso los ojos en blanco y supe que había comenzado el juego.

—Pues mira sí, ¿te molesta? Tengo que asegurarme de que este trapillo acabe en el suelo, donde a mi madre le encantaría verlo a falta de un cubo de basura.

—Mira, ahí tienes un container.

—No te estás trabajando nada bien que la tarde acabe como quieres; igual que he bajado las escaleras puedo subirlas. —Chasqueé los labios y me di cuenta que sí, de verdad se me estaban quitan las ganas, no sé muy bien de qué, pero veía cómo se despedían con la mano y una expresión de , maja—. Venga va, ¿dónde vamos a cenar?

—Nos esperan en ese restaurante de la esquina.

—¡Qué raro que hayas elegido esa ubicación!

—Tiempo muerto, llevamos muchos meses planeando esta cena, que el orgullo no lo fastidie… —Y me miró de una manera tan profunda que me dejó sin palabras.

Entramos y el ambiente nos envolvió sin poder evitarlo. Camareros bien vestidos, una decoración perfecta, italiana y romantica con la que era imposible no flaquear.

—¡¡Me encanta!! —dije con cara de tonta y los ojos bien abiertos sin dejar de mirar a mi alrededor.

Le agarré del brazo y pude percatarme de que mis impresines tenían razón; musculado pero no en exceso. Mis muslos se contrayeron y no pude evitar moderme el labio. Nos llevaron a una pequeña mesa escondida bajo las escaleras. Ojeaba la carta pero no podía ni prestar atención ni leer.

—¿Qué vas a pedir? —preguntó sin buscar nada más que saber qué me apetecía.

—Ahora mismo creo que no puedo pensar en comida como tal. —Y mi mirada se perdió en los escalones que había sobre mí.

—¿Estás volviendo a hablar con doble sentido…? —Su entrecejo se arrugó contrariado.

—No, perdona, un Mare Monte y si quieres podemos compartir un entrante.

—Me parece bien, ahora eres tú la que ha conseguido que me vaya lejos…

Otra vez esa mirada cuando se comenzaron a oír mis tripas. ¡Qué sexy todo!

—Pues decidido, un Mare Monte y tartar de salmón —sentencié con una sonrisa.

Pedimos, cenamos y me comence a poner nerviosa cuando esperábamos la cuenta. No era solo el tiempo escondida en casa sin acudir a citas, era Él. Su olor. Nuestros mometos años atrás… ¿había llegado el momento? Cuando se cerró la puerta tras nosotros, lo  que nos envolvió fue Madrid, su noche cubrió nuestros nervios —«sí, el también lo estaba, no era capaz de esconderlos»— y vistió nuestros cuerpos con una brisa a la que solo le faltaba el mar. Nos acercamos al parking en silencio, él con las manos en los bolsillos, yo son la mirada perdida.

—Estas escaleras han sido fáciles.

—Me alegro, se nota que la zona no permite traspiés. —dijo mientras sacaba las llaves—. El coche está justo aquí.

Me señaló dónde y fue a pagar el ticket, no hice ni amago de pagar, mis modales estaban a otra cosa y agradecí poder ir sola hasta el coche. Condujo despacio, disfrutando del pasaje que se desdibujaba por las ventanas y entramos en su garaje. Ni siquiera me preguntó si quería ir a su casa. Me moví en mi asiento y antes de poder moverme sentí como unos labios impedían que saliera el aire como antes, mi corazón comenzó a palpitar más rápido, tanto, que parecía que su sonido retumbaba entre las columnas donde había aparcado. Se separó quedándose a pocos milímetros y cuando comezó a hablar el olor de su aliento me dijo todo lo que necesitaba saber.

—Perdona…, hummm…, necesitaba quitármelo de la cabeza, la presión de nuestro primer beso comenzaba a axfisiarme.

Dudaba de no poder tartamudear al hablar, así que hice lo que me pedía el cuerpo: le besé, decidida, intensa, saboreando esos labios con los que tanto había soñado. Igual arrojarme sobre él había sido demasiado, pero mi cuerpo no podía aguantar más. No recuerdo ni cómo habíamos llegado a su casa, pero allí estábamos de pie en el salón.

—Tranquilo, yo no sé ni cómo me mantengo de pie. Nos pasa ambos, llevamos demasiado tiempo dándole vueltas…

En ese momento fue él quien me agarró fuerte, me colocó en el sofá y comenzó a desabrocharse la camisa. No podía apartar los ojos de él, sus gestos, sus dedos alargados y perfectos. «¡Qué debilidad más tonta tengo con las manos!», sus manos comenzaron a deslizarse por mis hombros y me devolvieron a la realidad; su roce era mejor de lo que había imaginado durante tantas noches en mi cama. Se sentó a mi lado y se acercó despacio, unos microgundos que me parecieron horas hasta que nos dejamos llevar. Nos desnudamos con delicadeza, su mirada me hacía perder toda la vergüeza. Me deslicé sobre su cuerpo despacio, inhalando cada momento, cada roce, cada mirada hasta que le sentí dentro. Un gemido ahogado se escapó de entre mis labios y él respondió con otra acometida y una sonrisa que me derritió.

¿Sexo oral? ¿Masturbación?… todo sonaba sucio al lado de los que esa noche compartimos. A la mañana siguiente se marchó tras dejarme en casa; pasarían meses o incluso años hasta su vuelta, pero tendría con que recordarle.

Un suspiro; quizá dos.

Un suspiro; quizá dos.

momentos

Todo parecía pasar frente a mí a cámara rápida; parada, con la mirada fija en… todo. De repente sentí como si fuera capaz de observar cada detalle desde fuera, y esta vez, muy muy despacio. Las sonrisas, los gestos, las expresiones, las miradas perdidas, las fijas en un objetivo. De nuevo… todo, un todo al que sentía no pertenecer.

Entre mis dedos no paraba de bailar uno de los bolígrafos que encontré antes de salir de casa. Una biblioteca abarrotada; un silencio sepulcral; un vacío repleto de él, de su olor, de su sonrisa, del brillo de sus ojos cuando la miraba a ella. Tres años y aún nada. Alguna sonrisa perdida en la educación tras un cruce de miradas sin diálogo ni un porqué más allá de compartir espacio común junto al resto de los alumnos. Una biblioteca universitaria y en mi cabeza pensamientos más propios de colegio… hasta que mis muslos se contraían con su presencia al principio, con su recuerdo después fue suficiente. Alto, moreno, ojos grises en los que poder zambullirse hasta que él decidiera lo contrario. Por la noche Morfeo me llevaba hasta sus brazos, hasta su mirada que no dejaba de alimentarse de mí, de mis gestos, de mi sonrisa eterna cuando era él quien la provocaba. Me despertaba nerviosa, ansiosa de que aquellos sueños desaparecieran o al menos, pudiera controlar su intensidad.

Un día, con la mirada centrada en encontrar el libro que tanto tiempo llevaba buscando, sentí unos ojos puestos en mí. Cogí lo primero que encontré e intenté localizar con disimulo de dónde procedían. En ese mismo momento supe que mis ojos no podrían ser de nadie más que de él. Esa mirada solo fue el preámbulo a una sonrisa de la que no pude creer ser el origen. Respondí con la mía entre labios temblorosos y un rubor que comenzó a teñir mi cara de un color difícil de disimular. « ¿Llegó el día? ¿Dejé de ser una persona más que compartía un espacio común?». El libro que descansaba en mis manos estuvo a punto de caer sobre la sigilosa tarima cuando alguien cruzó el pasillo rápido, golpeándome. Di gracias a dios por estar en un lugar donde montar un numerito sería llamar demasiado la atención, más aún si era yo quien provocaba la escena; escena que se convirtió en tragedia griega cuando esos ojos que me habían robado el corazón y mi  intimidad… se iluminaron por ella. No pude parar de observar cómo sus manos recorrían su espalda para después acariciar sus mejillas y terminar estrechándola contra él. De nuevo el tiempo se paró, hasta un punto en el que quise bajarme de donde quiera que estuviera; no era Morfeo, estaba segura de que era la realidad más cruda en la que me había envuelto, sus ojos, ahora sí, puestos en mí. Quizá en esta ocasión fue la intensidad de los míos, o el casi ya color púrpura de mi rostro, el que provocó que él alejara sus pensamientos de lo que hacia su cuerpo para dejarme entrar a mí en su momento. ¿En cuál? Ojalá en uno del que me fuera imposible escapar en un un futuro no muy lejano. Ella se separó de él y este volvió a compartirlo con ella; esta vez ya en exclusiva.

Los días pasaron y mis horas en la biblioteca eran cada vez más monótonas sin aliciente alguno. No lo veía. Ella me lo había arrebatado para siempre; quizá solo había sido un sueño cuya intensidad no me permitía discernir qué era real y qué no. Pasados los exámenes y mi enajenación transitoria por un imposible, decidí hacer caso a mis amigas y buscar distracción fuera de tantos libros (pobrecillas ellas que desconocían la razón de mi abstracción absoluta).

Me maquillé, saqué esa ropa destinada para ser vista solo en ocasiones especa¡iales y cerré la puerta tras de mí sin echar la vista atrás. Un sueño; una fantasía; un deseo —tal vez solo carnal— de algo imposible que no estaba destinado para mí, me empujaban a disfrutar de aquella noche. Llegamos entre risas al local, mis amigas habían conseguido que sino en el olvido, mis recuerdos de él estuvieran escondidos en el lugar más oculto que mi memoria había encontrado; quizá lo había construido solo para él. Debíamos haber alargado mucho la cena porque allí ya llevaban todos copas de más. Pedí la mía mientras mis amigas se relacionaban con cualquiera que se cruzara en su camino y al darme la vuelta allí estaba, parado frente a mí; a escasos centímetros de mi cuerpo.

—Tú eres la chica de la biblioteca.

Esta vez no fue un libro lo que se tambaleó entre mis manos. La copa de vino no besó el suelo gracias a que sus manos estuvieron más rápidas que mis neuronas, inquietas con el momento. Momentos, de eso se trata ¿no? No pude negarme a su propuesta de tomarnos nuestras bebidas fuera, donde la brisa del buen tiempo nos llamaba a gritos para alejarnos del ruido del local abarrotado de universitarios. Tan inquietas estaban mis neuronas que se rindieron a la primera palabra y decidieron no luchar contra lo que fuera que hubiera que hacerlo. Cortejo de guión, de esas películas ñoñas que vemos abrazadas al helado de chocolate más grande que hemos encontrado y… ¡¡me estaba pasando a mí!! Olvidé a mis amigas, olvidé a la chica de la biblioteca y hasta me olvidé de mí misma. Todas mis neuronas fueron reemplazadas por testosterona acumulada durante demasiado tiempo. ¿Quién quiere razonar cuando puede enredarse en la realidad más carnal? Solo una mano en mi cintura y una mirada penetrante fueron suficientes para dejarme llevar y dar la vuelta a la esquina dejando atrás la fiesta. Un leve suspiro junto a mi oído hizo que mis labios se humedecieran; todos, incluso los que desconocía que pudieran ser frágiles. Abrazó mi cintura con su brazo atlético y fuerte antes de que sus labios se acercaran a los míos. Cuando saboreé su saliva, supe que estaba perdida y no había vuelta atrás. Nuestras lenguas se enredaron con un anhelo que parecía tan nuestro que no pude creer que en algún momento fuera solo mío. Mi cuello se erizó al sentir su humedad en él, mis pezones hicieron lo propio endureciéndose a la espera de sus labios o incluso de los suaves mordiscos como con los que me había deleitado Morfeo. Y vaya si la realidad supera a la ficción. No supe en qué momento sus manos se perdieron bajo mi ropa interior y sus mechones de pelo en mi pecho. Apartó de manera sutil lo que se interponía entre nosotros y su sexo pudo abrirse camino hasta encontrarse envuelto entre mis paredes húmedas y ansiosas de él. Mi cerebro oía sus gemidos, mis jadeos; mis nalgas se sentían abrigadas por sus manos; mi corazón palpitaba al ritmo de sus embestidas hasta que un abrazo intenso consumó nuestro encuentro. Antes de poder colocar todo en su sitio me besó en la frente, me miró y dijo:

—Un placer, chica de la biblioteca.

Se dio la vuelta y tras doblar la esquina desapareció.

Todo parecía pasar frente a mí a cámara rápida; parada, con la mirada fija en… todo. De repente sentí como si fuera capaz de observar cada detalle desde fuera, y en esta ocasión, muy muy despacio. Todas las sonrisas, todos los gestos, todas las expresiones, todas las miradas perdidas, también las fijas en un objetivo. De nuevo… todo, un todo al que sentía no pertenecer porque… ¿el todo había ganado a los momentos? Un suspiro; quizá dos… ¿Pero acaso no eran los momentos  de lo que se trataba…?