De repente.

De repente.

Sintió una intensidad en su espalda, en su coronilla, una que iba deslizándose sobre su espalda hasta convertirse en un escalofrío. Tembló, pero no era el frío. Era él. Cerró los ojos con fuerza y contrajo con todas sus fuerzas su sexo. Le llamaba, y no en silencio, sino a gritos que ella quiso ahogar antes de darse la vuelta y verse deslumbrada por su sonrisa. Sonrió, no podía no hacerlo. Sus comisuras no parecían suyas. Tenían vida propia, una que se había despertado por su luz. Quizá por la de ambos. Dos sonrisas que al unirse no dejaban ver más allá. Camisa perfecta, cuerpo idóneo para abrazar, recorrer, besar… Quiso parar cuando vio cómo él se acercaba a darle dos besos. « Hummm…, cómo huele», de nuevo otra sensación que se introdujo en ella sin pedir permiso. Un imán parecía unirles y hacía que separarse para mantener una vana conversación, pareciera imposible. No. Sus miradas no parecían estar sujetas a la acción del imán. Se buscaban. Se traspasaban. Alrededor todo parecía carente de importancia.

Fueron educados. Se sentaron junto a los demás e intentaron mantener una conversación, responder a preguntas típicas de un primer encuentro hasta que ella sintió su mano sobre su rodilla. Intentó no reaccionar de manera visible, pero su cuerpo no podía controlar el cómo se estremecía con cada caricia. Cómo su mirada no podía evitar los carnosos labios de él que parecían deletrear su nombre. Se levantó y marchó al lavabo. Oh, oh, un aseo para ellos; otro para ellas; mismo lavabo. Se introdujo en el de ellas sin pensar, rápido. Unos segundos después alguien empujó la puerta y ella la bloqueó. ¿Estaba preparada? ¿Sería lo correcto? « Solo será una vez, en menos de una hora estará lejos. Sino ahora, ¿podrá volver a repetirse?», sin responderse siquiera, abrió. Ahí estaba, atravesándola de nuevo con la mirada. Imposible resistirse. La piel de gallina explicaban más que lo que cualquier palabra pudiera expresar. Se introdujeron tras la puerta y sus lenguas fueron una sola. Sus cuerpos hicieron lo propio y las manos parecían multiplicarse de tanto moverse. Descubrirse. Vibrar. Ella gemía cada vez más alto, la respiración de él parecía incapaz de seguir el ritmo de sus palpitaciones. Se pararon. Se miraron y sus miradas al encontrarse no les dejaron lugar a dudas. Imposible no continuar. Sentir. Disfrutar.

Cuando salieron, volvieron con los demás e intentaron continuar como si nada hubiera pasado. La comida terminó y ellos se quedaron los últimos para abonar la cuenta. Cuando todos se fueron, escondidos tras una columna que parecía querer protegerles, volvieron a besarse. Un beso rápido, interrumpido por el camarero que hizo posible separarse antes de la llegada de uno de sus amigos.

Ya estaba. Igual que el momento les unió, les separó poco después. ¿Ya estaba? ¿En serio? No; ese beso quedaría grabado por siempre, aunque no se vieran más, aunque la distancia les separara… Pero permanecería siempre.

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Otra vez…

Otra vez…

Otra vez no. No otra vez. Despertarme entre sudores, recuerdos, anhelos. Él. Siempre él. Me senté entre las finas sábanas y uno de mis tirantes se deslizó por mi hombro. Lento. Lo miré recelosa, intentando calmar mi respiración. No lo paré, o quizá no quise. ¿Dónde estaba él? ¿Se encontraría tan feliz como parecía? Igual era solo mi mente la que creaba, imaginaba y convertía todo en realidad. Mi realidad. Esa que no solo me fustigaba cada mañana, también se adueñaba de mi cuerpo. Mi areola fue testigo de cómo se endureció mi pezón. Cómo sin estar presente, ni cerca, su presencia permanecía siempre. Despertaba mis deseos y mis sueños le daban el papel principal. ¿Me pensaría? Sí, seguro. Mientras seguía divagando entre lo que podría ser, mis muslos se estremecieron. Sus labios gruesos recorríean mi mirada mientras sus ojos me tomaban como parte del almuerzo. En el fondo no quería, pero la intensidad de su observación, tan profunfa, no podían engañar. Su diálogo era claro. Puro. Volví a tumbarme dejando al descubierto mi pecho, mi abdomen… mi sexo. Ese que clamaba a gritos un contacto. Una caricia. Un sentimiento. Mis dedos serpenteaban entre mis labios. Buscaban su punto más álgido y lo encontraron. Grueso. Sus gritos silenciosos eran tan nítidos para mí que me parecía imposible lo que podía generar un recuerdo. Su vocabulario y el mío se entendían sin necesidad de preguntas.

Paré. La próximidad de una explosión inminente se fusionó con mi pensamiento más oscuro. La verdad. Sombría. Hiriente. Y me di cuenta. Entre fluídos y hormigueo a las puertas, decidí que era mejor creer en algo puro de verdad. Latente y presente. Yo. Mi fuego. Mi deseo en busca de lo que de verdad necesitaba. Un tú que me entendiera de verdad y supiera qué necesitaba, ahora que yo me había enfrentado cara a cara con esa necesidad.

La parada de nuestro encuentro.

La parada de nuestro encuentro.

Bajé corriendo las escaleras de  casa, llegaba tarde, pero los recuerdos de hacía unos minutos me impulsaban a recorrer el camino con una sonrisa en la cara. Bajé los peldaños del metro no sin cuidado, pero sí dejando a un lado las sensaciones, las imágenes del estremecimiento vivido entre las cuatro paredes de mi salón. Y al suelo. Vi cómo me aproximaba a él, a cámara lenta observé cómo la fría entrada me sonreía con ironía cuando una mano impidió mi caída. Me incorporé rápido y encontré esos ojos profundos, dulces, intensos y provocadores que me salvaban de haberme partido el labio. Ese que sentía el sutil mordisco de mis dientes poniendo cara a lo que me había estremecido hacía unos minutos en el sofá bajo la cálida manta que lo vestía. Se paró el tiempo, no oía, no sentía a la gente que subía y bajaba mientras nos mirábamos. Observaba cómo sus carnosos labios se movían, pero no escuchaba lo que decía. Estaba absorta en su imagen, sus fuertes manos aún sosteniendo mi postura curvada. De repente me di cuenta y me enderecé. Mi bufanda se aflojó de mi cuello dejando entrever mi escote al que su mirada no pudo evitar dirigirse. Le di las gracias, soreí e intenté seguir mi camino cuando la mano que frenó mi caída me estrechó con fuerza.

— Espera…, no te vayas, ¿me dices tu nombre? —preguntó con sutil énfasis.

No sé si fue el simulacro de caída que evitó, el conocimiento de llegar tarde o la vuelta a estremecerme, esta vez sin nada cálido en lo que esconderme. Pero solo me volví mientras le regalé una fugaz sonrisa. No pude pensar en otra cosa durante el trayecto en metro. Su mirada. Su tacto. Su voz. Debía estar aún reviviendo el momento en soledad que tanto me gustaba ofrecerme, sin una segunda persona que me hiciera el trabajo más sencillo. Casi me pasé de parada, bajé rápido del vagón dejando las puertas cerradas tras de mí y me enrosqué todo lo que pude la bufanda para así esconder la piel de gallina de mis pechos. No estaba, allí no había nadie esperándome. Me senté en uno de los bancos del andén y esperé. Tres trenes después sentí que el mío había escapado e igual era mejor volver a casa. Me puse en pie, volví a desenroscarmé la bufanda cuando una mano estrechó la mía y de nuevo la misma corriente eléctrica. Me di la vuelta. Esa mirada. Esos ojos en los que perderme.

— Ahora más que tu nombre, te pido un café con esa sonrisa tan llena de luz.

No pude sino agachar la mirada y asentir mientras sonreía. Nos encaminamos hacia la salida y entramos en la primera cafetería que encontramos. Cálida, confortable, su decoración hizo que me sentara sin dudar ,en un pequeño sofá junto al ventanal desde donde podía observerse la calle entre caras de frío, miradas de ilusión y expresiones pensativas. Llegó con dos cafés y se sentó frente a mí. Durante los primeros minutos no hablamos, solo lo hicieron nuestra miradas hasta que él volvió a romper el hielo.

— Puedes hablar si con eso te sientes menos incómoda. Yo ya hice demasiadas preguntas sin respuestas.

Otro escalofrío. Estremecerme con el olor a café y esa mirada en la que me ahogaba con gusto. Sonreí, aparté la bufanda y me apoyé sobre la mesa. Sus ojos volvieron a desviarse hacia mi pecho, lo que parecía ser pero sin serlo. Lo que parecía expresar sin palabras, esas que su mirada sí creía entender. Tomamos el café en silencio y volvimos a marchar hacia la boca de metro. Al entrar sentí cómo su mano se colocaba en mi espalda a la llegada del tren. Subimos y nos bajamos en mi estación. Nuestra estación. La parada de nuestro encuentro. Caminamos el silencio hacia mi portal, nada más abrir la puerta me arrinconó contra la pared y dijo:

— No sé tú, pero me encanta que tus prisas nos hayan encontrado.

Sin decir nada más subimos al ascensor donde me estrechó  sin apenas dejar pasar el aire entre nuestros labios ansiosos. Abrí la puerta de casa y antes de que la puerta se cerrara abrazó mi cuello y la intensidad de su mirada se intensificó. Puede apreciar cómo sus labios se entreabrían buscando mi humedad. Lo sentí, puro, mío, sin preguntas cuando me apoyó sobre la pared y se dejó llevar. Intenso, con mirada penetrante sus manos buscaban mi cuerpo y se amoldaban. A mi cintura mientras su sexo encajó con el mío. Perfecto, sin necesidad de palabras que explicaran qué pasaba. La parada de nuestro encuentro se convirtió en el puzle de nuestros cuerpos que encajaban como si no fuera la primera vez que se encontraban.

Sentir (os)…

Sentir (os)…

Solo unas escaleras se mostraban ante mí. Blancas, impolutas, hasta sonrientes. Pisé cada peldaño como si fuera la última oportunidad, sin imaginar nada más que unos escalones  sorprendentemente limpios. Subí despacio, temerosa, no podía imaginar lo que me esperaba al otro lado de la puerta al final de las mismas. Despacio, mis manos la deslizaron hacia dentro y la imagen que vieron mis ojos pareció levitar no solo en la habitación, sino también frente a ellos. Sorprendidos. Abiertos. Sin pestañear. Ni siquiera parpadear. Dos cuerpos desnudos, gruñendo, en un diálogo de miradas y caricias que no me parecieron tan alejados de mi realidad; aunque no sabía si era mi imaginación la que tantas veces lo había soñado que confundía realidad con ficción. Me quede quieta, queriendo unirme en silencio, sin que se notara mi presencia, mi respiración, el latir acelerado… Intentaba no respirar más rápido, solo disfrutar de lo que se veía ante mí. Se podía intuir que ambos estaban desnudos bajo las sábanas, la curva de sus cuerpos, el relieve de sus manos, los pezones erectos de ella, cómo las manos de él recorrían despacio sus areolas, acariciándolas mientras ella gemía sin apenas oírse en los oídos de él mientras se arqueaba en lentas sacudidas que parecían responder a cada intrusión permitida de él.

Sin saber cómo ni cuando, mis manos de deslizaron bajo mi pantalón hasta llegar al botón responsable del placer. De cada cosquilleo interno e inesperado. Él se dio la vuelta y sonrió, lo que entendí como una expresión traviesa para que me uniera a ellos. Ella tampoco parecía poner objeciones. Salió despacio de su cuerpo y me hizo un hueco en la enorme cama sobre la que estaban. Mis dedos húmedos salieron de su escondite y se acercaron junto al movimiento sensual de mis caderas. Ver cómo él se mordía el labio no hizo sino estimular más aún mi sexo, mis ganas, mis deseos. Al pie de la cama ella se acercó a desabrocharme el pantalón mientras él me desabrochaba la camisa. Me estremecí al instante. Sentí como un dedo de ella abría el camino a un par más antes  de que su lengua me saboreaba mientras elevaba su pelvis y él lamía mis pechos, estrechándolos fuerte, sin delicadezas, solo con puro deseo y ganas de lo que se había presentado ante ellos sin planearlo. Cuando mis piernas comenzaron a flaquear, ambos me colocaron sobre la cama entre ellos, sumisa, ansiosa ante lo que la novedad me ofrecía…

Descubrirme…

Descubrirme…

mujer desnuda

No pude ser consciente ni de los rayos de sol que se adentraban por la ventana abierta. Pero su calidez había conseguido adentrarse en la habitación, las sábanas, en mi cuerpo… o eso creía hasta que sentí su mano. En mi pecho. Fuerte. Consistente. Firme. Sólida. Intensa. No pude más que darme la vuelta y sentir su erección, tan sólida como la recordaba. Parecía pronunciar mi nombre mientras palpitaba por mi cuerpo desnudo bajo las sábanas. Mis pezones erectos le señalaban a él, ¿a quién más si no? Mi lengua no pudo parar quieta y seguir escondida en mi boca, oculta, necesitaba darse a conocer y sentir la suya, tan cerca pero tan lejos al mismo tiempo. Nuestras miradas parecían perderse en una barrera difícil de sortear hasta que lo conseguimos.

Era suave, delicada, al principio su ansia me buscó, se enredó y saboreó hasta que sus movimientos se volvieron lentos, pausados, tranquilos mientras sus manos estrechaban con vigor mis pechos antes de descender serpenteando hasta mi pubis, donde se convirtió en una caricia suave, lenta, circular mientras su mirada se hacía más intensa, más penetrante y no pudo evitar introducir un dedo en mi humedad. Luego dos mientras separó sus labios para mirarme con perspectiva. En ese momento lo supe… nuestra unión iba más allá , hasta llegar a una profundidad en la que el sexo cobraba otro significado.

 

Entre sus brazos

Entre sus brazos

 

Era su calor. Su aroma. Su sensación de hacerme despertar cuando estaba dormida, Su fortaleza. Y a fin de cuentas, nosotros. Un nosotros que se podría convertir en perfecto si conociera su rostro. Sus gestos. Su mirada clavada en la mía. La fuerza de sus abrazos y el tacto de sus manos. La rugosa suavidad de sus manos. Me despertaba intranquila esperando conocerle algún día. Encontrarme con todas esas sensaciones en una persona real. En un cien por cien que se asemejara a mi sueño, a la perfección en cuanto a una pareja con la que compartir toda mi vida. Hasta que un día en esa vida apareció la intimidad. Con vergüenza. Sigilo. Discreción, una alejada de mi realidad, de mis pensamientos estando despierta. Y sí. Era  tan perfecto como alguien que pudiera ver en la realidad e imaginar. Un sexo sin fisuras, con un color perfecto y unas dimensiones a la altura de la que yo pensaba y esperaba para el nuestro. Mi profundidad, aún, plena. Aquella noche todo era igual al mismo tiempo que distinto. Me llenaba por completo pero había algo más. Algo que desconocía o simplemente no creía haber vivido. Un cosquilleo. Un escalofrío que me recorría cada vez que se unían el suyo y el mío. Mi humedad y su solidez. Un deslizamiento que significaba sexo real en un sueño. Emociones diferentes en una misma franja horaria. Su sexo, mi cavidad, sus brazos, mis pechos, sus glúteos, mi cintura. ¿Era eso encontrar una pareja perfecta, el compaginarse al cien por cien? Desde luego no lo sabía ni había creído vivir antes. Pero lo quería. En su totalidad. Sexo profundo que me erizaba y ponía la piel de gallina.

Nos encontrábamos sin planes ni organización. El mundo estaba ahí, pero no lo veíamos ni sentíamos. Solo éramos nosotros y eso nos llevaba a una cama sin dimensiones. En la que podíamos levitar al ser uno. Tocarnos. Rozarnos. Gemirnos al oído hasta gritar sin importar que alguien pudiera escucharnos, disfrutar sin peros, sin explicaciones. Mis pezones erectos, duros, esperándolo. ¿No era eso la perfección? Podía sentir cómo sus dedos se introducían en mi interior sin necesidad de prepararlo. Con naturalidad. Como si fueran el uno para el otro. Sin más. Solo uno, estremecido y eterno hasta que Morfeo consiguiera separarnos de lo que de verdad quería. A lo que de verdad necesitaba llegar y sentir despierta. ¿Era posible? ¿Un tacto real que me erizara, aumentara mis latidos y respiración? No lo sabía, pero lo buscaría al despertar.

Esa mañana mientras tomaba el primer café, junto a la cafetera, apoyada en la mesa sin sentarme, decidí mirar por la ventana. Una por la que nunca lo hacía por estar muy cerca de la casa de enfrente. ¿Y si alguien me veía y podía cruzar su mirada con la mía aún turbada por mis sueños? Pero lo hice. Esa mañana sí. Nerviosa comencé a girarme y pude oler otro café. Ver un contorno. Un cuerpo diferente al de mis sueños pero igual de apetecible. Se giró y a pesar de su aparente sorpresa, sonrió a la vez que movió su mano para saludar. Hice lo mismo y abandoné la cocina. Me escondí en el pasillo. Estaba roja. Temblaba. ¿Y si era él? Cada mañana se repetía el mismo protocolo hasta aquella en la que cambió su rutina y me habló antes de que yo pudiera desaparecer. Quería saber mi nombre, poder tomar un café y sentir si era real lo que sentía cada mañana con su café. Si su pelo se erizaría de la misma manera.

Y me lancé. Sin pensar, asentí y dije que sí a su proposición. Un café a dos. En una cafetería. Con ruido de gente que nos pudiera hacer o no, darnos cuentas de si había algo más con un mundo alrededor que nos distrajera. Y al día siguiente allí estábamos. Sin paredes de por medio. Con muchas distracciones pero dos miradas que las eliminaban. Una humedad que reaparecía en mí y una consistencia bajo sus pantalones que esperaba estuviera ahí esperándome….

Efímero…

Efímero…

mujer desnudaDe nuevo ese sueño, esa esperanza de un final próximo; pero no un final lejos de él. Nunca. Eso nunca. Sería uno juntos. No imaginaba un futuro sin él, ya fuera en mi cabeza o entre mis piernas. Miraba por la ventana distraída, como ausente, pero por dentro, bajo mi piel, bajo mis uñas…, estaba él. Siempre él. No desapareció con los años, siguió firme, constante, siempre presente. Él. Su beso. Sus labios. Siempre él, imperturbable. Su mirada se convirtió en un persistente pensamiento, uno, que hacía estremecer mis piernas y turbar mi cabeza. De eso hacía años ya, pero recuerdo el sabor de sus labios, la profundidad de su mirada, esos ojos que me atravesaron y no fui capaz de escapar de ellos. Pero hoy, hoy algo había cambiado. Era él, sí, pero lejos, ausente. No quise despegarme de las sábanas, su recuerdo aún estaba presente entre ellas. Los mechones de su pelo se enredaban con mi pubis, su sonrisa tímida jugaba con mis labios, su lengua se adentraba en mi humedad. Su humedad…. tan suya que hasta llevaba su nombre…, nuestras conversaciones. Nuestras. Ese nuestro tan puro e impuro a la vez pero tan real, real hasta no permitirme dormir sin su recuerdo. Sin recordar sus contornos, sus labios carnosos y perfectos. Perfecto. Ese era él. Eso éramos nosotros. En sueño y en realidad, tan reales que dolía. Dolía respirarle, olerle, absorber su esencia, capturarla y hacerla parte de mí. Mía. Un suspiro, un anhelo, un recuerdo y volvemos a un nosotros. Un nosotros que parecía tan efímero que se convertía en eterno.  Podía sentir mi humedad recorriendo sus labios, su sonrisa impregnada de mí al separarse. Esa mirada tan suya que hasta podía observarla húmeda y tan pura que me estremecía antes de besarme y unir nuestros labios. Nuestros labios. Cuatro convertido en uno. Su sabor, el mío… el nuestro.