Entre mis sábanas.

Entre mis sábanas.

Dormí sola durante tanto tiempo que todo me resultaba normal. Un ruido. Un reflejo en la pared. Risas alejadas, perdidas en la calle y yo… entre mis sábanas. Siempre entre mis sábanas. ¿Podría haber un sitio mejor? No lo creí hasta que alguien me acompañó en mis noches y mis amaneceres. Hasta que despertarme con una sonrisa se convirtió en… normal. Habitual. ¿Rutinario? No me lo planteé, solo era feliz y eso era suficiente. ¿Qué problema habría si esa rutina podía ser mi felicidad, mi camino a un mundo desconocido y que ni siquiera había soñado? Mes sorprendió, no diré lo contrario, pero fue  una grata sorpresa. Ser dos, compartir sonrisas, miradas, juegos y sí, sexo. Sexo en toda su plenitud y mucho más. Siempre me vendieron que el sexo era sucio, lejos de toda motivación que no supusiera procrear, tener hijos, procrear y mantener la especie… hasta que descubrí lo que eso escondía. La falsedad. El engaño. La falsa moral. El escondite hacia unos placeres que los que lo practicaban no querían airear y los que no tenían opción, preferían venderlo con menosprecio, burlas… ¿acaso solo a mí me miraban de reojo y criticaban mis comentarios subidos de tono? ¿Acaso hay alguna otra forma de mantener viva la especie? No me importaba, descubrí una nueva puerta que se abría ante mí sonde antes solo había una pequeña ventana a través de la que ni la luz entraba. Sumida en la oscuridad, cuando al fin un rayo de sol penetró en mi día a día, supe que había descubierto lo que de verdad me llenaba. Me colmaba. Me hacía sentir… mujer.

Ya sin pelos en la lengua descubrí aquello que con tanto empeño me habían escondido: el sexo, el disfrutar sin dar explicaciones, el comportamiento de mi cuerpo frente a él. Junto a él. Con él. ¿De verdad mi vida  había sido tan oscura, tan falta de vida, vibraciones? Había amores idílicos con los que solo imaginaba besos, caricias pero… ¿algo más? Lo desconocía. Y llegó él. Sin avisar. Como todo lo bueno de la vida. Sin pedir permiso ni llamar. Solo llegó. Cada mirada, cada roce ocasional se convertía en una corriente que parecía hacerme explotar en fuegos artificiales. ¿Qué era aquello? ¿La vida? Puede ser, pero ahora sé que es el amor completo. Total. Sin límites. Sin escondites ni vergüenza. Sin vergüenza. Y con la cabeza bien alta. La primera vez que sobrepasó la barrera de lo permitido hasta entonces cientos de preguntas se agolparon a la vez, de golpe, asombradas y admiradas a la respuesta de mi cuerpo frente a él. ¿Dónde había dejado mi vergüenza, mi pudor? Y… ¿para qué habían servido todos estos años? Sonreía por primera vez de una manera tan natural que hasta un pequeño atisbo de miedo quiso apoderarse de mí… pero no lo dejé. Disfruté,  reviví aquello y quise conocer más. Investigar. Averiguar. Inspeccionar y hasta rastrear qué era aquello, hasta dónde me podría llevar. Qué más habría ahí fuera que desconociera.

La sucesivas veces fueron aún mejor. Descubrirnos. Sabiendo dónde tocar. Dónde acariciar y cuándo. Conocerse era la mejor experiencia. Pasaban los días y queríamos más hasta que mis voces internas decidieron hablar sin preguntar arriesgándose a actuar sin ser enseñadas y… menuda sorpresa. El instinto sabía el guión que yo desconocía y me encantaba. Me estremecía solo con mis pensamientos y la posibilidad de poder llegar mucho más allá; a un mundo desconocido que estaba deseosa por adentrarme. ¿Recordáis esa sensación? ¿Los pelos de punta? ¿La piel de gallina? Yo espero no olvidarla… y más aún cuando descubrí que un muchas personas, sensaciones, recuerdos, imágenes y emociones me provocaban un suspiro eterno y placentero. Llegó el momento de sentirle dentro, su sexo, sus dedos, sus labios. Todo él era bienvenido e incluso aplaudido. Mis palabras acompañaban a unos pezones erectos que gritaban su nombre, su roce, sus labios. Me sexo le esperaba ardiente, húmedo, ansioso por recibirle y no querer que se marchara. ¿Qué habías de malo en todas esas sensaciones? Eran necesidades aumentadas más si cabe por la prohibición y el engaño en el que mi cuerpo y mente habían estado ocultos, guardados esperando a que alguien o algo les despertara. Y vaya si se despertó y sucumbió al placer, la felicidad con otro significado. La FELICIDAD en mayúsculas.

Trilogía Mi Elección de @Betacoqueta

Trilogía Mi Elección de @Betacoqueta

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¿Quién no conoce a Elisabet Benavent? Sí, supongo que contestaréis que muchos (debe ser por la inmensidad de personas que contiene el mundo…), pero si estáis delante de esta reseña, un tanto por ciento muy alto —sino el 95%—no solo la conoce, sino que la adora.

Valenciana, asentada en Madrid; parece que después de la trilogía Mi Elección está asentada en prácticamente todo el mundo; descripciones perfectas de cada uno de los lugares en los que se desarrollan las convivencias —y no aquellas de las de la Iglesia a las que íbamos cuando éramos pequeños— sino de las que comparten nuestros ya queridos Hugo, Nico y Alba, así lo atestiguan. Tras Valeria pensábamos que era difícil no ya sorprendernos, sino volvernos a enamorar; pero en esta ocasión el amor, el cariño infinito y el sentirnos identificados con cada una de las páginas que tenemos entre manos, supera —en mi opinión—, lo leído hasta ahora. ¿Acaso no queréis descubrirlo?

La primera vez que vi la portada del libro con esos adorables y sabrosos ositos de goma, pensé que el reto que se había puesto por delante la escritora era difícil de emprender con buen resultado. ¿Una relación a tres? ¿Sexo más propio de una película para mayores de dieciocho años que de una relación de amor verdadero? ¿Amigos cuya relación va más allá de la amistad como la conocíamos hasta ahora? Sí, sí y otra vez sí. Delante de Mi Elección nos quitaremos la venda de los ojos y el sombrero, junto con todos esos clichés que quedarán enterrados en el pasado.

Desde las primeras páginas, Alba (la afortunada protagonista a la que todos envidiamos en mayor o menor medida) nos envuelve con una personalidad y unas circunstancias por las que todas hemos pasado a lo largo de nuestra vida; incertidumbre laboral, amorosa e incluso personal, nos hacen plantearnos si nosotras mismos hemos encontrado nuestro sitio en la vida, o tal y como le ocurre a ella, hay algo que debemos descubrir y aún desconocemos. ¿Afortunada? Mucho se queda escueto para definirlo; dos compañeros de trabajo de ensueño, de aquellos que si tuviéramos en nuestras oficinas nos harían levantarnos cada mañana sin necesidad de despertador, nos hacen envidiarla sin mencionar el maravilloso armario que nos insta a imaginar que tiene en su haber Alba: chica real, alejada de medidas perfectas y con las mismas inquietudes que las nuestras pero… ¿qué ocurre cuando  los tabúes desaparecen y lo que creíais como conocido se convierte en una realidad paralela?

Despacio, sin prisa, poco a poco…, te sientes como Alba queriendo vivir una historia en la que descubres un mundo nuevo donde quieres conocerlo todo, para hallar no solo qué te gusta, sino aquello que está hecho a tu medida y desconoces.

De una frase manida como «Ladies first» hasta un « Todo. Siempre», la historia a tres de los personajes atraviesa todos los baches de una relación convencional con la peculiaridad de que cada uno de los integrantes son como la noche y el día, adhiriéndose a la perfección unos con otros.¿Nunca os habéis preguntado si podríais querer a más de una persona, pero no solo en el mismo tiempo, sino en el mismo espacio? ¿Seríais capaces de desinhibiros lo suficiente como para ser vosotras mismos ante una situación que creíais irreal?

Atracción, deseo y una corriente eléctrica incontrolable hacia dos personas, comienza  a tambalear la vida de Alba hasta que descubre que nada es lo que parece y todo es lo que necesita. De nuevo volvemos al «Todo. Siempre».
Si bien los cuentos de hadas son más propios de épocas pasadas… ¿podemos maquillarlos para así, poder vivir el que espera a ser descubierto por nuestras experiencias y crecimiento personal que estas supongan?

Zambulliros en Alguien que no soy, Alguien como tú y Alguien como yo para comprender situaciones que nunca os habíais planteado o quizá, os dieron miedo al hacerlo.

Marafariña de @Marafarinha.

Marafariña de @Marafarinha.

Marafariña

« Esta novela se empezó a escribir el 17 de febrero de 2013, una tarde invernal, en la que el cielo brillaba.

Esta novela se terminó de escribir el 12 de febrero de 2015 por la mañana. El cielo amenax¡zaba con llover ».

Nacida en A Coruña, el 20 de agosto de 1990, Miriam nos ha brindado la inmejorable oportunidad de abrirnos las puertas de Marafariña, y por tanto, de una porción muy personal de su propia vida. No os engañaré, cuando decidí presionar el «click» para su compra en amazon, dudaba si sería demasiado triste, profunda o incluso dolorosa, dado mi estado de salud en ese momento; ¿qué descubrí nada más leer las primeras líneas? Un mundo nuevo que me envolvía, me abrazaba y transportaba a un entorno cuyas sensaciones, solo transmitían una vida llena de experiencias merecedoras de ser relatadas.

¿Quién no se sintió, se ha sentido, o se siente, condicionado a la hora de actuar de una manera determinada con su entorno, y las nuevas personas que llegan a él? Read more

Sin pensar.

Sin pensar.

vino

– ¡Qué sí! Tiene que salir bien. -La voz de Silvia sonaba desgarradora a través del hilo telefónico.

– No te pongas nerviosa, solo quiero que lo pienses bien, que mires al futuro e imagines cómo podría resultar todo.

– ¡Qué manía con mirar al futuro! ¿Qué pasó con aquello de disfrutar del presente…? ¿Ya no está de moda?

Apenas cinco minutos más duró su conversación. < ¿Qué demonios les pasa a todos? ¿Es envidia? Por fin tengo una relación que me llena, le miro y sé que es él, ¿tan difícil es de entender?>. Silvia no paraba de dar vueltas por casa, el siguiente paso debería ser el más fácil. Cogió su teléfono móvil y tecleó: Tenemos que hablar, he tomado una decisión. Casi sin tiempo de haber sido leído, oyó cómo un mensaje llegaba a su buzón: ¿Tengo que preocuparme? Quedamos donde siempre en diez minutos, tengo un rato.

Silvia decidió ir caminando. Lo dejaría todo, a su familia, a sus amigos… su futuro. Tendría que buscar un trabajo que le permitiera no depender de nadie. En ese momento su conciencia apareció, llevaba demasiado tiempo ausente: < ¿tan difícil tiene que ser el amor? ¿tan complicado si realmente es el verdadero?>. Cerró los ojos y continuó caminando de camino al pequeño hotel donde siempre se encontraban.

Llamó a la puerta y Sergio le abrió. < ¿Cómo podría resistirme a esa mirada que me dice todo lo que puedo necesitar saber?>. Se abalanzó sobre él y sintió cómo sus lenguas se enredaban. Una corriente la recorrió de pies a cabeza cuando esas masculinas manos abrazaron su cintura de avispa estremeciéndola. Sergio la llevó a la cama y se tumbó sobre ella. Silvia podía sentir su erección por ella,humedeciendo su entrepierna imaginando lo que estaba a punto de venir. Le desabrochó despacio su camisa y sus perfectos pechos, esos con los que tanto soñaba Sergio, se mostraron frente a él. Los saboreó, los recorrió con las yemas de sus dedos mientras oía cómo Silvia comenzaba a gemir suavemente entrecortándose su respiración. Comenzaron a frotarse y Silvia dejó de pensar, su conciencia estaba dormida y solo su cuerpo parecía tener el control. Desabrochó la cremallera de Sergio y liberó su sexo endurecido por ella. Lo acarició suavemente, rozando con delicadeza su glande provocando que sobre ella, Sergio no pudiera evitar besar su labio inferior mientras la miraba y se movía más rápido. Le subió la suave falda de verano e introdujo sus dedos en ella, húmeda por él y deseosa de mucho más. Sin pensarlo más se puso de pie y se quitó la ropa. Volvió a colocarse sobre ella y susurrándole al oído cuánto la quería su sexo pudo sentir esas paredes tan cálidas y ávidas de él. Cuando Silvia sintió cómo su sexo se hacía aún más grande dentro de ella se arqueó consiguiendo que sus orgasmos se fusionaran e invadieran toda  la habitación. Se miraron y Sergio cayó a su lado jadeante.

Se levantaron y se dirigieron a la ducha. Enjabonando a Sergio, Silvia no pudo aguantar más tiempo en silencio.

– tenemos que hablar…

– No, por favor, no me dejes. Sé que es complicado, nunca he sentido nada así, nunca he congeniado tanto con alguien…, tanto en la cama como fuera.

– No dejas muy bien a tu mujer… para qué te voy a engañar.

– Te he explicado cientos de veces qué pasó entre nosotros, cómo solo pensaba en los niños y dejó de lado nuestra relación.

– No quería hablar de eso…, solo quería comentarte que esto no son unas vacaciones…, que la semana que viene no volveré a casa. -La cara de estupor de Sergio no escapó de la conciencia ya despierta de Silvia.

– ¿A qué te refieres? No entiendo nada…

– Voy a venir a vivir aquí, he estado mirando pisos y puedo permitírmelo… al menos durante un tiempo. Después, ¡Dios dirá! -El estuporpor en Sergio cambió a terror, sí era terror.

– Pero… ¿vas a hacerlo por mí?

– No estoy equivocada con esto, te quiero, estoy enamorada de ti, de alguna manera u otra conseguiremos que esto funcione. -Sergio la abrazó mientras el agua corría sobre ellos y volvieron a ser uno.

Silvia volvió al hotel feliz, orgullosa de llevar a cabo su plan. Conocedora de las dificultades, pero con fuerzas renovadas. < Es normal que sintiera miedo al principio, su vida también va a cambiar, ya no soy solo una veraneante>. Salió a cenar algo antes de meterse en la cama, comenzaba una nueva vida llena de esperanza junto al hombre que quería.

Cuando amaneció se sintió feliz, sus fuerzas seguían intactas y quería ponerse en seguida a buscar su futuro hogar. Mientras veía en el portátil ofertas, metros cuadrados, pasaban las horas y no sabía nada de Sergio. Bajó a comer y le llamó. Nada, Apagado. La tarde transcurrió entre más fotos y más ofertas. Volvió a llamar. Nada. Ya en la cama, con la oscuridad de la habitación sobre ella, oyó un mensaje: “Lo siento, no puedo, no me odies. Vuelve a casa, será una historia maravillosa para el recuerdo. Te echaré de menos”.

Encuentros…

Encuentros…

Cada mañana bajaba las escaleras del metro sonriendo, con una ilusión en los ojos que cualquiera con quien se cruzara, hubiera querido tener a esas horas de la mañana. Quería poder subirse al mismo tren de todos los días que acudía a la oficina…, empezaba a detestar los fines de semana.

 < ¿De verdad me pueden gustar tanto los lunes?>

Mientras pensaba que tenía por delante cinco maravillosos días, oyó sus tacones a lo lejos, levantó la mirada y pudo observar como bajaba cada peldaño. Tacones de aguja, rojo intenso como apostaría la vida que sería ella y… ¡bingo!, esa falda blanca ceñida hasta media pierna que tanto le gustaba. Cubriendo su pecho una camisa roja abrochada lo justo para poder intuir mucho más, dejando entrever unas proporciones perfectas y una piel suave y delicada que parecía poder sentir en las yemas de sus dedos. Media melena dejaba al descubierto su precioso cuello, el que deseaba poder acariciar y besar cada vez que la veía; el resto del día, prefería imaginar poder hacer algo mucho más allá de eso.

A punto de perder el tren se incorporó rápido del banco y corrió al vagón. Justo antes de cerrarse la puerta entró sin darse cuenta de la cantidad de gente que había dentro, topándose con ella no sin alegrarse de que pareciera fortuito.

– Lo siento, pensaba que perdía el tren.

– No parecías tener prisa sentado en el andén. ­-Su mirada parecía muy insinuante y Jaime no pudo sino sonreír.

Durante las escasas cinco paradas que coincidían intentó no separarse de ella, aquel contacto había puesto su piel de gallina y endurecido bajo su pantalón la parte de su cuerpo que más la deseaba. Supuso que se estaba dando cuenta, pero no realizó ningún movimiento para separarse así que, ¿por qué hacerlo él?

Nada más llegar a casa se desplomó en el sofá y recordó con gran intensidad esos diez minutos junto a ella, sintiéndola cerca, esa mirada exclusiva para él que por fin tras meses viéndola, habían compartido. Estaba seguro de no haberlo imaginado, había sido sensual, buscando mucho más que unas simples palabras. Desabrochó su pantalón y su sexo compartía tanto como su cabeza, su devoción por ella. Llevo su mano hacía su glande, recorriendo todo lo que ella había provocado y su imaginación no dejaba de recrear una y otra vez con otro final.

Pasaron los días y seguía viéndola cada mañana; no hablaban, pero desde aquel día compartían miradas furtivas que le excitaban como si compartieran mucho más. De repente un día dejó de verla. Durante toda una semana ese cuerpo, esa mirada… se evaporó.

Era sábado, había quedado con unos amigos para desayunar y fue al metro sin dejar de preguntarse qué habría pasado. Esperó en el andén distraído con el móvil, llegó el tren y subió. Inmerso en la pantalla sin ver nada en concreto, percibió un maravilloso olor que le era muy familiar, levantó la mirada y allí estaba, sentada junto a él.

– ¡Vaya! llevaba toda la semana sin verte. ­-Sin acordarse de que su relación solo existía en su cabeza, habló como si se conocieran de toda la vida. Por suerte, vio como una preciosa sonrisa se dibujaba en su perfecto rostro. Llevaba el pelo recogido, sin maquillar, una camiseta blanca y unos vaqueros. Perfecta, estaba perfecta.

– Me alegro que me hayas echado de menos. ­-Esa mirada y ese tono al hablar no dejaban lugar a dudas, se estaba insinuando-. ­ ¿Trabajas los sábados?

– No, voy a desayunar… a no ser que me invites tú.

Lorena se incorporó y cogiéndole de la mano le llevó con ella fuera del vagón justo antes de que se cerraran las puertas. El andén estaba desierto, aunque no le hubiera importado el número de personas que pudieran ver cómo esos labios carnosos, recubiertos solo de vaselina se acercaban a él empujándole contra la pared.

– Ven conmigo, esta estación es muy solitaria, podemos desayunar aquí. ­-Estando tan cerca Jaime no podía creer que fuera verdad, quizá estaba en su casa soñando.

Bajaron las escaleras y se vio en el lavabo, no, definitivamente no era su casa. Apenas podía pensar, su lengua se entrelazaba con la de ella… < Uffff… su sabor es tal y como lo había imaginado>… No podía controlar su excitación, su deseo por poder tocarla, introducirse en cada escondite de su cuerpo. En ese momento decidió tomar el mando y dejar de pensar. Ahora sería él quien mandara. Entrelazó sus manos en ese cuello suave llevándola al reservado que tenía junto a él, cerró la puerta y separándose unos milímetros, la miró, pasó sus dedos por esos labios que ahora eran suyos y la besó apasionadamente. Estrechó sus caderas contra él, quería que sintiera cómo su sexo le llamaba y despacio acarició sus pechos por debajo de la camiseta. Sus pezones estaban duros esperando su lengua que no tardó en degustarlos mientras pudo oír unos leves y suaves gemidos… Siénteme… estoy preparada, llevo mucho tiempo esperándote. Jaime volvió a su boca y decidió comprobar lo preparada que estaba. Bajo su mano por su abdomen e se introdujo bajo los pantalones. Su humedad envolvió sus dedos y su sexo pidió a gritos poder salir. Antes de que diera el paso ella ya estaba bajando su cremallera y dejando al descubierto su pasión.

Lentamente, dejando que ella siguiera acariciándola tan bien como lo hacía, comenzó a bajarle los vaqueros y dejando a un lado su ropa interior introdujo sus dedos comprobando cuánto le deseaba. No quería quitárselas, eran negras, de algodón, como a él le gustaban… Por favor, siente mis paredes, mi interior… Rápido, cen una vorágine de sensaciones recorriéndole de arriba abajo, se introdujo en ella. Era maravillosa, esas contracciones en su interior que estimulaban su glande, esos gemidos suspirados en su oído, esa lengua acariciando su piel… No pudo más y se deshizo al oír como gemía más alto y se estrechaba fuerte contra él.

Sin casi darse cuenta ella ya estaba en la puerta.

– Ehh… espera, al menos dime tu nombre.

– Lorena.

Antes de desaparecer, echó la vista atrás y le dedicó una de esas miradas que sabía tanto le gustaban y se cerró la puerta, Jaime se encontró solo, aún suspirando y deseando poder volver a encontrarse con ella.

Pasaban las mañanas, las tardes y las noches, lo que no pasaban eran los sentimientos, las sensaciones a flor de piel y el recuerdo cada día más intenso de aquel breve momento en una estación por la que no había vuelto a pasar. Cada noche pensaba en ella. Lorena ocupaba cada rincón de su mente, se ruborizaba solo recreando de nuevo aquella mirada antes de que se cerrara la puerta.

Sobre la cama, desnudo entre las sábanas, intentaba no olvidar el tacto de su piel, la suavidad de sus manos y la turgencia de esos pechos que apenas pudo disfrutar. Su sexo respondía sin perder ni un segundo llamándola, intentando evocar aquel momento que hubiera deseado que fuera eterno. Acariciaba despacio su glande disfrutando de cómo creyéndola allí, junto a él, su orgasmo era más puro, más real. Por su cabeza miles de imágenes desfilaban despacio, pudiendo observar cada detalle, cada rugosidad de sus pezones erectos frente a la suavidad de sus areolas. Su lengua recorriendo cada milímetro de aquel precioso tesoro del que pudo disfrutar mientras sentía como una corriente cada vez más intensa recorría su miembro clamando libertad… clamando a Lorena.

Ya en la ducha, tras uno de los miles de orgasmos que había experimentado tras aquel encuentro fugaz, deseaba poder encontrarla de nuevo, perderse en la profundidad de esos ojos y disfrutar de compartir una noche, unas horas, todo el tiempo de su vida, fundiéndose con ella, recorriendo sus paredes, buceando en su humedad… sintiéndola suya. Sus deseos se convirtieron en una nueva y sólida erección que le hicieron volver a disfrutar de un orgasmo con nombre propio.

Nadie lo sabía, tampoco le creerían, y en el fondo solo quería compartirlo con ella; nadie más podría entender aquel sexo furtivo convertido en… ¿amor? Sí, ese encuentro inesperado guiado por los instintos era una manera más profunda de gozar profundamente del sexo.

 

Disfrutaba de unos días de vacaciones y aunque le apasionaba conducir, no dudó en subirse al tren y recorrer el trayecto hasta aquella estación que provocaba mariposas en su pecho y bajo sus pantalones. Bajó las escaleras y corrió hacia el tren que acababa de llegar. Buscó dónde sentarse y al hacerlo todo su mundo se tiñó de negro. Allí estaba Lorena, frente a él, besando y acariciando… a Andrés.

¿Cómo era posible? La mujer de su vida, todo lo que hacía que se levantara con una sonrisa cada mañana. < ¿De verdad?>. Se encontraba a poco más de un metro de la persona más prepotente, mentirosa y falsa que conocía. Por un momento pensó en levantarse y alejarse de allí, pero eso haría que pudieran verle y no estaba preparado para aquello. Por suerte bajaron en la siguiente estación.

 

De nuevo había que volver al trabajo y solo pensar en ver a Andrés hacía que quisiera escapar lejos, muy lejos donde poder olvidar. Nunca se había planteado la posibilidad de que hubiera alguien más. Pasaron las semanas y llegó el email con la invitación para la cena de Navidad… < ¿No está siendo ya suficientemente doloroso como para compartir con él también mi tiempo libre? >

Chaqueta, camisa y corbata, frente al espejo parecía estar todo en orden. Salió de casa, cogió un taxi y se dirigió al restaurante. En ese momento atravesando las calles, viendo las luces navideñas, se percató de que no había vuelto a tocarse pensando en Lorena, era demasiado desgarrador  y cómo compartía sus días con alguien que no la merecía lo hacía todo más doloroso. Ya en el restaurante, no solo estaba Andrés, ella le acompañaba. No sin esfuerzo, intentaba reírse, cenar y evitar que alguien se diera cuenta de que algo ocurría. Lorena parecía olvidar quién era, <¿acaso todo fue un sueño?>. Estaba preciosa, imponente, seductora con un vestido negro ceñido y un escote que le hacían recrear sus preciosos pezones y su maravilloso sabor. Cuando por fin acabaron de cenar quiso escabullirse, pero se vio frente a Lorena y Andrés rogándole que no se marchara.

No podía negarse a esos ojos, a ese vestido que martirizaba su mente sin poder dejar de fantasear con sus pezones que parecían endurecerse por momentos fente a sus ojos. Quiso lamerlos, morderlos, recorrer sus pechos con su lengua ávida de su sabor. Aquello era un suplicio, verla bailar con él, contoneándose, marcando cada curva de su cuerpo que él tanto había anhelado. No aguantaba más, se levantó y se dirigió al lavabo a refrescarse la cara. Mientras el agua se desmoronaba por sus mejillas, como él a cada minuto que pasaba, se abrió la puerta y vio reflejado en el cristal aquel vestido negro que paraba su corazón y encendía su sexo bajo los pantalones.

-Ven, tenemos que hablar.

Antes casi de terminar la frase, Lorena ya se encontraba dentro de uno de los cubículos, dejando la puerta abierta invitándole a pasar. Jaime no lo pensó y entró tras ella. Sin tiempo a reaccionar sintió su lengua acariciando la suya y sus manos desabrochando su pantalón.

– Ehh…espera espera, ¿no querías hablar? ¿Qué está pasando?

– Shhh…

No quería que fuera así. Así no, su mente lo sabía pero su cuerpo no… Bajó los tirantes y volvió a sentirla en su lengua. Lamió cada milímetro de esos preciosos y perfectos pezones erectos para él; no pudo evitar gemir cuando la sintió bajo su pantalón, cuando sus dedos acariciaban su miembro ya húmedo y la encontró de rodillas frente a él, mirándole.

– Mereces sentir mi lengua en tu glande antes de explotar dentro de mí.

Comenzó a deslizar su lengua despacio, sin dejar de mirarle mientras sus manos acariciaban sus testículos, palmeándolos despacio, estimulando aún más -si es que eso era posible- su excitación. Jaime se mordía el labio mientras miraba como su erección se escondía de manera rítmica entre aquellos labios y sus pezones escapaban del vestido. Se apartó y la levantó colocándola sobre él, contra la pared, besándola sin pudor oprimiendo sus pezones contra su cuerpo Fue una embestida vigorosa, severa, intensa, donde todos aquellos sentimientos contrapuestos que le recorrían se introducían en ella. Mientras sentía sus gemidos junto a su oído, comenzó a rozar su clítoris con la yema de los dedos, suave, despacio, acariciando su contorno… < necesito un teléfono, un email, una noche>… Lorena comenzó a gemir más rápido arañando la espalda sudorosa de Jaime que no pudo aguantar más deshaciéndose entre sus paredes. Esta vez le abrazó, le acarició el cuello y susurro… < AP 724>. De nuevo se escapó de entre sus brazos y volvió a verse solo aún con su sabor en él.

Solo en casa no podía creerlo, sentía que su erección no quería desaparecer, pero solo una pregunta reumbaba en su cabeza ¿qué significaban aquellas palabras?

< No sé ni por dónde empezar>. Desde aquella noche no había vuelto a ver a Lorena, había oído que Andrés y ella ya no estaban juntos, y deseaba cada mañana en el tren poder volver a verla, ¡qué cada mañana! ¡Cada segundo! No pensaba en otra cosa que no fuera encontrarla. Buscó en redes sociales, en la mesa de Andrés cuando él no estaba…, era como buscar una aguja en un pajar. < Lo que haría en un pajar con Lorena, no saldríamos nunca…>

– ¿Qué haces en mi mesa? – Andrés le miró extrañado.

– Perdona, buscaba unos papeles que se han debido transpapelar. ¡Oye! Siento lo de tu chica.

– Tranquilo, ahora me dedico a vivir la vida, hay mucho ahí fuera por descubrir. -Su mirada no daba lugar a dudas, estaba claro a lo que se refería-. ¡Mira por donde! Tú y yo apenas nos conocemos, saldremos esta noche los dos a cambiar eso.

No se podía creer que estuviera en uno de los peores clubs de la zona con la persona con la que menos quería empatizar. Pero si quería encontrarla, era la mejor forma de obtener información. Apenas media hora más tarde ya estaba solo y Andrés no paraba de enrollarse con una a la chica que se había acercado.

– ¿Te dan envidia? – Sofía introdujo ambos dedos índices bajo el cinturón de Jaime y se acercó a escasos centímetros.- Yo puedo cambiar eso.

– No gracias, solo vine a tomar una copa. – Quería mantenerse firme. Aunque fuera una chica preciosa con una minifalda de escándalo y un escote que le derretía por momentos, él solo quería encontrar a Lorena.

– ¿Seguro? – Su mirada insinuaba todo lo que cualquier hombre desearía y sus dedos comenzaron a moverse entre su pantalón y su abdomen provocando unos escalofríos que hacía tiempo no sentía con nadie que no fuera Lorena, y de aquello hacía meses.

< Solo me divertiré un rato, no tiene nada de malo. Al fin y al cabo, ella había estado con Andrés>

De nuevo, por enésima vez en la noche, se encontraba donde no se hubiera imaginado estar. Esta vez no eran unos lavabos, Sofía le había arrastrado por la puerta de atrás al descampado que había detrás el club. Comenzó a sentir su lengua entrelazándose con la suya, apasionadamente; abrazó su cuello imaginando que era Lorena quien estaba ahí, e inmediatamente su sexo respondió ante esa situación que tanto deseaba. Solo desabrochó un botón de su suave camisa que transparentaba el contorno de sus pezones erectos por él, llamando a gritos su lengua en ellos. Sus pechos eran maravillosos, los aferraba con fuerza, sintiendo su turgencia y suavidad. Los unió separando su lengua para poder observarlos frente a él. Llevó su lengua entre ellos y oyó cómo Sofía gemía en su oído acariciándole el pelo mientras una mano descendía por su abdomen en busca de su sexo ansioso por penetrarla. Bajó su cremallera y pudo acariciarla en todo su esplendor, suave, tersa y tan extraordinaria como había esperado.

No le preguntó, ni siquiera se habían mirado desde que habían salido del bar. Estaba disfrutando con el movimiento de su lengua en sus pezones y no quería que parara. Le arrojó sobre el árbol que tenía detrás y la introdujo entre sus paredes húmedas por él. Aquella primera embestida cogió por sorpresa a Jaime que soltando sus pechos la estrechó fuerte contra él, no la dejó moverse e inició un conjunto de embestidas fuertes, bruscas, llegando a lo más profundo de su interior sin cruzar su mirada con la suya. Fue un orgasmo intenso, lascivo, pero sexo al fin y al cabo. No quería eso, solo quería a Lorena. Se fue a casa y nada más llegar comenzó de nuevo a buscar el significado de AP724.

A la mañana siguiente, nada más sentarse frente  su mesa, Andrés le entregó un pequeño papel. Lo abrió y solo estaba escrito AP724.

– Espera, espera… ¿Qué es esto?

– No pude dártelo ayer, ya viste que estaba ocupado… -Su prepotente sonrisa estuvo a punto de provocar que Jaime se marchara sin querer oír nada más-. Me lo dio Lorena el día que acabó con lo nuestro. No me dijo nada más y a mi tampoco me interesaba.

– ¿Tienes idea de qué puede tratarse?

– Parece un apartado de correos ¿no?

Tras unas horas laborales perdidas buscando cómo encontrarlo, al fin tenía una dirección. Podía escribirle una carta esperando una respuesta. En cuanto llego a casa le escribió sin escatimar en detalles acerca de sus sentimientos esperando que fuera suficiente para volver a saber de ella.

Dos semanas y nada, <¿por qué no he tenido noticias suyas?>. Aquel encuentro con Sofía había estado bien, pero nada comparado con ella. Era decidida, sabía cómo ponerle a mil y que se derritiera solo con su mirada. Salió de casa dirección a “su estación” y antes de poder cerrar la puerta se encontró de frente con ella.

– Ehhh… ¿Cómo?… ¡Da igual! – Jaime intentó abrazarla, pero Lorena le paró en seco.- ¿Qué ocurre? has venido hasta aquí, eso significa que has leído la carta, daba por hecho que…

– ¿El qué Jaime? – Su expresión no era muy amigable y él no entendía por qué- Mira, antes de que digas nada, quiero presentarte a mi hermana.

– Jaime miró hacia donde Lorena le señalaba y vio a Sofía…

<¿Cómo es posible? No puede ser casualidad, seguro que Andrés me tendió un trampa, ¡madre mía! Su hermana, no volverá a cogerme el teléfono… tengo que pensar en algo>

Como era de esperar, Lorena no respondía a sus llamadas. Aquel momento con ambas mirándole como… como le miraron, no desaparecía de su cabeza. Una noche la idea apareció de repente, casi dormido. < Fue ella quien me llevó a la estación, quien quiso mantener sexo antes de saber nuestros nombres, eso es lo que tengo que hacer>. A la mañana siguiente decidió comenzar con su plan.

Días más tardes al fin sonó su teléfono y vio su nombre reflejado en ella.

– Deja de mandarme mensajes, no quiero saber nada de ti, ¿crees que lo mereces?

– Merezco lo mismo que aquel día… sexo, ¿es lo que realmente querías no? Quizá no creas poder tener solo sexo conmigo, porque te gusto de verdad o quizá nadie te lo ha hecho como lo hice yo…

– No digas tonterías, ¡te acostaste con mi hermana!

–  Lo hablaremos en nuestra estación, si no estás conforme, lo zanjamos en ese mismo momento. – Jaime rezaba por conseguir su objetivo con esa táctica tan retorcida.

Subió al tren, nervioso, excitado con tan solo pensar que volvería a verla y más aún, con lo que tenía planeado hacer. Cuando llegó bajó las escaleras despacio, se acercó al lavabo, abrió la puerta y allí estaba, apoyada sobre la pared con gesto de desagrado.

– ¿¡Encima llegas tarde!?

Sin mediar palabra se abalanzó sobre ella y buscó su lengua mientras abrazaba fuerte su cuello aprisionándola entre la pared y su cuerpo. Lorena se resistía, intentaba separarse, hablar, pero su lengua decía lo contrario. Se entrelazaron con fuerza, apasionadamente, mirándose con fervor. Jaime introdujo su mano bajo el pantalón; buscaba entre su pubis y su suave ropa interior ese precioso clítoris que tanto anhelaba sentir en sus dedos.

– Para, no lo mereces.

– Estás húmeda, me deseas tanto como antes, como la primera vez que estuvimos aquí…

Apenas sin permitir que terminara de hablar, Lorena le miró cabreada pensando que si quería quedar por encima eso no pasaría.  Le bajó los pantalones y al ver su erección por ella, llamándola a gritos, no pudo resistirse y sabía que podría ganar esta pequeña guerra. Sin tiempo a pensar el siguiente paso, Jaime la embistió sin preguntar, apartando sus labios y compartiendo solo la unión de sus sexos. Comenzaron a gemir alto, intensamente, cuando de repente Jaime se separó y se dirigió hacia la puerta, se volvió antes de irse y le dijo… < Ya sabes dónde encontrarme>

– ¿Me dejas a medias? – Sin oír contestación alguna, la perta se cerró y Jaime desapareció.

Días más tarde no sabía nada de ella, estaba seguro de que su orgullo le impedía dar el siguiente paso, pero esperaría y sería paciente aunque su glande y su corazón lloraran por ella. Esa misma noche, sentado frente al televisor con solo un bóxer puesto sonó el timbre. Abrió la puerta y la encontró mirándole de una manera que no pudo descifrar. Antes de poder articular palabra Lorena ya estaba en medio de la sala esperando a que él cerrara la puerta.

– Hace calor, ¿No vienes muy abrigada? – Sin decir nada, se desabrochó el abrigo dejándolo caer al suelo y Jaime pudo ver su cuerpo completamente desnudo frente a él-. Ya veo, ponte cómoda…

Lorena se sentó en el sofá y comenzó a acariciar sus senos, endurecer sus pezones y buscar su sexo con la otra mano. Jaime se quedó de pie observando cómo introducía sus dedos frente a él, arqueándose y estrechando sus pechos sin dejar de mirarle. < ¿Podré aguantar?>

– Cuando quieras me uno.

– No hace falta, cerraste la puerta dejándome a medias… esa que puedo abrir yo sola. – Introdujo de nuevo dos dedos en su sexo y comenzó a gemir más alto mientras veía como bajo el boxer de Jaime su sexo respondía a lo que veían sus ojos.

Se acercó a ella despacio, acariciándose bajo su ropa interior, dejando entrever su glande mientras la miraba humedeciendo sus labios recorriéndolos con su lengua… < Tranquila, te ayudo y podrás disfrutarlo más>… Se sentó junto a ella acariciándose mientras su otra mano se entrelazaba con la de Lorena y un vehemente y agudo clamor salió de sus labios emergiendo toda la humedad posible de su interior. Lorena se puso en pie, se abrochó la gabardina, y en la puerta antes de marcharse, se volvió a mirarle… < Ahora sí estoy tranquila>. Cerró la puerta y se fue.

Una semana más tarde encontró en su buzón una pequeña nota donde pudo leer… “Donde siempre en dos horas”. Se repetía la misma historia, iba a desayunar con un amigo como en su primera vez, pero su prioridad era Lorena. Volvió a subir a casa, desayunó, se arregló y se puso en camino.

Ya en los lavabos de la estación, abrió la puerta y estaba vacío. De repente se abrió una de los pequeños apartados y vio a una despampanante Lorena con escote abrumador y su blanca falda ceñida hasta las rodillas.

– ¿Te apetece un aperitivo? – Su mirada insinuante, picante y atrevida provocò una erección inmediata en Jaime, que no hizo sino aumentar cuando comenzó a separar las piernas frente a él.

– Dejemos el aperitivo… y vayamos a por el postre.

Ambos se fundieron en un beso intenso, lento pero apasionado. Jaime comenzó a recorrer sus caderas deslizando su falda mientras los pezones erectos de Lorena escapaban de su camiseta buscando su lengua. Se subió sobre él, abrazó sus caderas e introdujo su sexo en ella, sin dilatarse apenas, sintiendo su glande latir dentro de ella. En apenas un par de embestidas Jaime se deshizo y Lorena le susurró al oído… < No pondré en peligro el sexo contigo, olvidémoslo todo y sigamos disfrutándolo…>

Hicieron el amor durante horas, practicaron sexo y se saciaron en su estación. Quizá el sexo no era la mejor respuesta, pero sí la que necesitaban ambos.

Sexo como respuesta (Final saga Encuentros)

Sexo como respuesta (Final saga Encuentros)

< ¿Cómo es posible? No puede ser casualidad, seguro que Andrés me tendió un trampa, ¡madre mía! Su hermana, no volverá a cogerme el teléfono, tengo que pensar en algo>

Como era de esperar, Lorena no respondía a sus llamadas. Aquel momento con ambas mirándole como… como le miraron, se repetía cada noche cuando se iba a la cama. Una noche la idea apareció de repente, casi dormido. < Fue ella quien me llevó a la estación, quien quiso mantener sexo antes de saber nuestros nombres, eso es lo que tengo que hacer>. A la mañana siguiente comenzó su plan.

Días más tardes al fin llegó la contestación.

– Deja de mandarme mensajes, no quiero saber nada de ti, ¿crees que lo mereces?

– Merezco lo mismo que aquel día… sexo, ¿es lo que realmente querías no? Quizá no creas poder tener solo sexo conmigo porque te gusto de verdad…

– No digas tonterías, ¡te acostaste con mi hermana!

–  Lo hablaremos en nuestra estación, si no estás conforme, lo zanjamos en ese momento. – Jaime rezaba por conseguir su objetivo con esa táctica tan retorcida.

Subió al tren, nervioso, excitado con tan solo pensar que volvería a verla y más aún, con lo que tenía planeado hacer. Bajó las escaleras despacio, se acercó al lavabo, abrió la puerta y allí estaba, apoyada sobre la pared con gesto de desagrado.

– ¿¡Encima llegas tarde!?

Sin mediar palabra se abalanzó sobre ella y buscó su lengua mientras abrazaba fuerte su cuello mientras la aprisionaba entre la pared y su cuerpo. Lorena se resistía, intentaba separarse, hablar, pero su lengua decía lo contrario. Se entrelazaron con fuerza, apasionadamente, mirándose con fervor. Jaime introdujo su mano bajo el pantalón; buscaba entre su pubis y su suave ropa interior ese precioso clítoris que tanto anhelaba sentir en sus dedos.

– Para, no lo mereces.

– Estás húmeda, me deseas como antes, como la primera vez que estuvimos aquí…

Apenas sin permitir que terminarade hablar, Lorena le miró cabreada. < ¿Quiere quedar por encima? Eso no pasará>.  Le bajó los pantalones y al ver su erección por ella, llamándola a gritos no pudo resistirse y sabía que podría ganar esta pequeña guerra. Sin tiempo a pensar el siguiente paso, Jaime la embistió sin preguntar, apartando sus labios y compartiendo solo la unión de sus sexos. Comenzaron a gemir alto, intensamente, cuando de repente Jaime se separó y se dirigió hacia la puerta, se volvió antes de irse y le dijo… < Ya sabes dónde encontrarme>

– ¿Me dejas a las puertas? – Sin oír contestación alguna Jaime desapareció.

No sabía nada de ella, estaba seguro de que su orgullo le impedía dar el siguiente paso, pero esperaría y sería paciente aunque su gland y su corazón lloraran por ella. Esa misma noche, sentado frente al televisor con solo un boxer puesto sonó el timbre. Abrió la puerta y la encontró mirándole de una manera que no pudo descifrar. Antes de poder articular palabra Lorena ya estaba en medio de la sala esperando a que él cerrara la puerta.

– Hace calor, ¿No vienes muy abrigada? – Sin decir nada, se desabrochó el abrigo dejándolo caer al suelo y Jaime pudo ver su cuerpo completamente desnudo frente a él-. Ya veo, ponte cómoda…

Lorena se sentó en el sofá y comenzó a acariciar sus senos, endurecer sus pezones y buscar su sexo con la otra mano. Jaime se quedó de pie observando cómo introducía sus dedos delante de él, arqueándose y estrechando sus pechos sin dejar de mirarle. < ¿Podré aguantar?>

– Cuando quieras me uno.

– No hace falta, me cerraste las puertas… esas que puedo abrir yo sola. – Introdujo dos dedos en su sexo y comenzó a gemir más alto mientras veía como bajo el boxer de Jaime su sexo respondía a lo que veían sus ojos.

Se acercó a ella despacio, acariciándose bajo su ropa interior dejando entrever su glande mientras la miraba pasando la lengua por sus labios… < Tranquila, te ayudo y podrás disfrutarlo más>… Se sentó junto a ella acariciándose mientras su otra mano se entrelazaba con la de Lorena y un vehemente y agudo clamor salió de sus labios emergiendo toda la humedad posible de su interior. Lorena se puso en pie, se abrochó el abrigo, y en la puerta antes de marcharse se volvió a mirarle… < Ahora sí estoy tranquila>. Cerró la puerta y se fue.

Una semana más tarde encontró en su buzón “Donde siempre en dos horas”. Se repetía la misma historia, iba a desayunar con un amigo como en su primera vez, pero su prioridad era Lorena. Volvió a subir a casa, desayunó, se arregló y se puso en camino.

Abrió la puerta y el lavabo estaba vacío. De repente se abrió una de los pequeños apartados y vio a una despampanante Lorena con escote abrumador y falda ceñida hasta las rodillas.

– ¿Te apetece un aperitivo? – Su mirada insinuante, picante y atrevida provocaba una erección inmediata en Jaime.

– Dejemos el aperitivo… y vayamos a por la comida.

Ambos se fundieron en un beso intenso, lento, pero apasionado. Jaime comenzó a recorrer sus caderas deslizando su falda mientras los pezones erectos de Lorena escapaban de su camiseta buscando su lengua. Se subió sobre él, abrazó sus caderas e introdujo su sexo en ella, sin dilatarse apenas, sintiendo su glande latir dentro de ella. En apenas un par de embestidas Jaime estalló y Lorena le susurró al oído… < No pondré en peligro el sexo contigo, olvidémoslo todo y sigamos disfrutándolo…>

Hicieron el amor durante horas, practicaron sexo y se saciaron en su estación. Quizá el sexo no era la mejor respuesta, pero sí la que necesitaban ellos.

Encontrándonos

Encontrándonos

AP 724 … AP 724 … AP 724

¿Qué significaba aquello?

< No sé ni por dónde empezar>

Desde aquella noche no había vuelto a ver a Lorena, había oído que Andrés y ella ya no estaban juntos, y deseaba cada mañana en el tren poder volver a verla, ¡qué cada mañana! ¡cada segundo! No pensaba en otra cosa que no fuera encontrarla. Buscó en redes sociales, en la mesa de Andrés cuando él no estaba, era como buscar una aguja en un pajar. < Lo que haría en un pajar con Lorena, no saldríamos nunca…>

– ¿Qué haces en mi mesa? – Andrés le miró extrañado.

– Perdona, buscaba unos papeles que se han debido transpapelar. ¡Oye! Siento lo de tu chica.Tranquilo, ahora me dedico a vivir la vida, hay mucho ahí fuera por descubrir. – Su mirada no daba lugar a dudas, estaba claro a lo que se refería.-¡Mira por donde! Tú y yo apenas nos conocemos, saldremos esta noche los dos a cambiar eso.

No se podía creer que estuviera en uno de los peores clubs de la zona con la persona con la que menos quería empatizar. Pero si quería encontrarla, era la mejor forma de obtener información. Apenas media hora más tarde ya estaba solo y Andrés no paraba de enrollarse con una chica que se le había acercado.

– ¿Te dan envidia? – Sofía introdujo ambos dedos índices bajo el cinturón de Jaime y se acercó a escasos centímetros.- Yo puedo cambiar eso.

– No gracias, solo vine a tomar una copa. – Quería mantenerse firme. Aunque fuera una chica preciosa con una minifalda de escándalo y un escote que le derretía por momentos, él solo quería encontrar a Lorena.

– ¿Seguro? – Su mirada insinuaba todo lo que cualquier hombre desearía y sus dedos comenzaron a moverse entre su pantalón y su abdomen provocando unos escalofríos que hacía tiempo no sentía con nadie que no fuera Lorena, y de aquello hacía meses.

< Solo me divertiré un rato, no tiene nada de malo. Al fin y al cabo, ella estaba con Andrés>

De nuevo, por enésima vez en la noche se encontraba donde no se hubiera imaginado estar. Esta vez no eran unos lavabos, Sofía le había arrastrado por la puerta de atrás al descampado que había tras el club. comenzó a sentir su lengua con la suya, apasionadamente. Abrazó su cuello imaginando que era Lorena quien estaba ahí, e inmediatamente su sexo respondió ante esa situación que tanto deseaba. Solo desabrochó un botón de su suave camisa que transparentaba el contorno de sus pezones erectos por él llamando a gritos su lengua en ellos. Eran maravillosas, las aferraba con fuerza, sintiendo su turgencia y suavidad. Las unió separando su lengua para poder observar sus maravillosos pechos frente a él. Llevó su lengua entre ellos y oyó cómo Sofía gemía en su oído acariciándole el pelo mientras una mano descendía por su abdomen en busca de su sexo ansioso por penetrarla. Bajó su cremallera y pudo acariciarla en todo su esplendor, suave, tersa y tan extraordinaria como había esperado.

No le preguntó, ni siquiera se habían mirado desde que habían salido del bar. Estaba disfrutando con el movimiento de su lengua en sus pezones y no quería que parara. Le arrojó sobre el árbol que tenía detrás y la introdujo entre sus paredes húmedas por él. Aquella primera embestida cogió por sorpresa a Jaime que soltando sus pechos la estrechó fuerte contra él, no la dejó moverse e inició un conjunto de embestidas fuertes, bruscas, llegando a lo más profundo de su interior sin cruzar su mirada con la suya.

Fue un orgasmo intenso, lascivo, pero sexo al fin y al cabo. No quería eso, solo quería a Lorena. se fue a casa y nada más llegar comenzó de nuevo a buscar el significado de AP724.

A la mañana siguiente, nada más sentarse frente  su mesa, Andrés le entregó un pequeño papel. Lo abrió y solo estaba escrito AP724.

– Espera, espera… ¿Qué es esto?

No pude dártelo ayer, ya viste que estaba ocupado, pero me lo dio Lorena el día que acabó con lo nuestro. No me dijo nada más y a mi tampoco me interesaba.

– ¿Tienes idea de qué puede tratarse?

– Parece un apartado de correos ¿no?

Tras unas horas laborales perdidas buscando cómo encontrarlo, al fin tendría una dirección. Podría escribirle una carta esperando una respuesta.

Dos semanas y nada, ¿por qué no había tenido noticias suyas? Aquel encuentro con Sofía había estado bien, pero nada comparado con ella. Era decidida, sabía cómo ponerle a mil y que explotara solo con su mirada. Salió de casa dirección a “su estación” y antes de poder cerrar la puerta de casa se encontró de frente con ella.

– Ehhh… ¿Cómo?… ¡Da igual! – Jaime intentó abrazarla, pero Lorena le paró en seco.- ¿Qué ocurre? has venido hasta aquí, has leído la carta, daba por hecho que…

– ¿El qué Jaime? – Su expresión no era muy amigable y él no entendía por qué- Mira, antes de que digas nada, quiero presentarte a mi hermana.

– Jaime miró hacia donde Lorena le señalaba y vio a Sofía…