Un suspiro; quizá dos.

Un suspiro; quizá dos.

momentos

Todo parecía pasar frente a mí a cámara rápida; parada, con la mirada fija en… todo. De repente sentí como si fuera capaz de observar cada detalle desde fuera, y esta vez, muy muy despacio. Las sonrisas, los gestos, las expresiones, las miradas perdidas, las fijas en un objetivo. De nuevo… todo, un todo al que sentía no pertenecer.

Entre mis dedos no paraba de bailar uno de los bolígrafos que encontré antes de salir de casa. Una biblioteca abarrotada; un silencio sepulcral; un vacío repleto de él, de su olor, de su sonrisa, del brillo de sus ojos cuando la miraba a ella. Tres años y aún nada. Alguna sonrisa perdida en la educación tras un cruce de miradas sin diálogo ni un porqué más allá de compartir espacio común junto al resto de los alumnos. Una biblioteca universitaria y en mi cabeza pensamientos más propios de colegio… hasta que mis muslos se contraían con su presencia al principio, con su recuerdo después fue suficiente. Alto, moreno, ojos grises en los que poder zambullirse hasta que él decidiera lo contrario. Por la noche Morfeo me llevaba hasta sus brazos, hasta su mirada que no dejaba de alimentarse de mí, de mis gestos, de mi sonrisa eterna cuando era él quien la provocaba. Me despertaba nerviosa, ansiosa de que aquellos sueños desaparecieran o al menos, pudiera controlar su intensidad.

Un día, con la mirada centrada en encontrar el libro que tanto tiempo llevaba buscando, sentí unos ojos puestos en mí. Cogí lo primero que encontré e intenté localizar con disimulo de dónde procedían. En ese mismo momento supe que mis ojos no podrían ser de nadie más que de él. Esa mirada solo fue el preámbulo a una sonrisa de la que no pude creer ser el origen. Respondí con la mía entre labios temblorosos y un rubor que comenzó a teñir mi cara de un color difícil de disimular. « ¿Llegó el día? ¿Dejé de ser una persona más que compartía un espacio común?». El libro que descansaba en mis manos estuvo a punto de caer sobre la sigilosa tarima cuando alguien cruzó el pasillo rápido, golpeándome. Di gracias a dios por estar en un lugar donde montar un numerito sería llamar demasiado la atención, más aún si era yo quien provocaba la escena; escena que se convirtió en tragedia griega cuando esos ojos que me habían robado el corazón y mi  intimidad… se iluminaron por ella. No pude parar de observar cómo sus manos recorrían su espalda para después acariciar sus mejillas y terminar estrechándola contra él. De nuevo el tiempo se paró, hasta un punto en el que quise bajarme de donde quiera que estuviera; no era Morfeo, estaba segura de que era la realidad más cruda en la que me había envuelto, sus ojos, ahora sí, puestos en mí. Quizá en esta ocasión fue la intensidad de los míos, o el casi ya color púrpura de mi rostro, el que provocó que él alejara sus pensamientos de lo que hacia su cuerpo para dejarme entrar a mí en su momento. ¿En cuál? Ojalá en uno del que me fuera imposible escapar en un un futuro no muy lejano. Ella se separó de él y este volvió a compartirlo con ella; esta vez ya en exclusiva.

Los días pasaron y mis horas en la biblioteca eran cada vez más monótonas sin aliciente alguno. No lo veía. Ella me lo había arrebatado para siempre; quizá solo había sido un sueño cuya intensidad no me permitía discernir qué era real y qué no. Pasados los exámenes y mi enajenación transitoria por un imposible, decidí hacer caso a mis amigas y buscar distracción fuera de tantos libros (pobrecillas ellas que desconocían la razón de mi abstracción absoluta).

Me maquillé, saqué esa ropa destinada para ser vista solo en ocasiones especa¡iales y cerré la puerta tras de mí sin echar la vista atrás. Un sueño; una fantasía; un deseo —tal vez solo carnal— de algo imposible que no estaba destinado para mí, me empujaban a disfrutar de aquella noche. Llegamos entre risas al local, mis amigas habían conseguido que sino en el olvido, mis recuerdos de él estuvieran escondidos en el lugar más oculto que mi memoria había encontrado; quizá lo había construido solo para él. Debíamos haber alargado mucho la cena porque allí ya llevaban todos copas de más. Pedí la mía mientras mis amigas se relacionaban con cualquiera que se cruzara en su camino y al darme la vuelta allí estaba, parado frente a mí; a escasos centímetros de mi cuerpo.

—Tú eres la chica de la biblioteca.

Esta vez no fue un libro lo que se tambaleó entre mis manos. La copa de vino no besó el suelo gracias a que sus manos estuvieron más rápidas que mis neuronas, inquietas con el momento. Momentos, de eso se trata ¿no? No pude negarme a su propuesta de tomarnos nuestras bebidas fuera, donde la brisa del buen tiempo nos llamaba a gritos para alejarnos del ruido del local abarrotado de universitarios. Tan inquietas estaban mis neuronas que se rindieron a la primera palabra y decidieron no luchar contra lo que fuera que hubiera que hacerlo. Cortejo de guión, de esas películas ñoñas que vemos abrazadas al helado de chocolate más grande que hemos encontrado y… ¡¡me estaba pasando a mí!! Olvidé a mis amigas, olvidé a la chica de la biblioteca y hasta me olvidé de mí misma. Todas mis neuronas fueron reemplazadas por testosterona acumulada durante demasiado tiempo. ¿Quién quiere razonar cuando puede enredarse en la realidad más carnal? Solo una mano en mi cintura y una mirada penetrante fueron suficientes para dejarme llevar y dar la vuelta a la esquina dejando atrás la fiesta. Un leve suspiro junto a mi oído hizo que mis labios se humedecieran; todos, incluso los que desconocía que pudieran ser frágiles. Abrazó mi cintura con su brazo atlético y fuerte antes de que sus labios se acercaran a los míos. Cuando saboreé su saliva, supe que estaba perdida y no había vuelta atrás. Nuestras lenguas se enredaron con un anhelo que parecía tan nuestro que no pude creer que en algún momento fuera solo mío. Mi cuello se erizó al sentir su humedad en él, mis pezones hicieron lo propio endureciéndose a la espera de sus labios o incluso de los suaves mordiscos como con los que me había deleitado Morfeo. Y vaya si la realidad supera a la ficción. No supe en qué momento sus manos se perdieron bajo mi ropa interior y sus mechones de pelo en mi pecho. Apartó de manera sutil lo que se interponía entre nosotros y su sexo pudo abrirse camino hasta encontrarse envuelto entre mis paredes húmedas y ansiosas de él. Mi cerebro oía sus gemidos, mis jadeos; mis nalgas se sentían abrigadas por sus manos; mi corazón palpitaba al ritmo de sus embestidas hasta que un abrazo intenso consumó nuestro encuentro. Antes de poder colocar todo en su sitio me besó en la frente, me miró y dijo:

—Un placer, chica de la biblioteca.

Se dio la vuelta y tras doblar la esquina desapareció.

Todo parecía pasar frente a mí a cámara rápida; parada, con la mirada fija en… todo. De repente sentí como si fuera capaz de observar cada detalle desde fuera, y en esta ocasión, muy muy despacio. Todas las sonrisas, todos los gestos, todas las expresiones, todas las miradas perdidas, también las fijas en un objetivo. De nuevo… todo, un todo al que sentía no pertenecer porque… ¿el todo había ganado a los momentos? Un suspiro; quizá dos… ¿Pero acaso no eran los momentos  de lo que se trataba…?

 

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Sin porqués…

Sin porqués…

tacto

No quería abrir los ojos. Sentía una fuerza muy intensa que me anclaba a los pilares más arraigados de mi interior, en lo más abismal de mi ser, en mi yo más profundo e invisible a los ojos de los demás; incluida yo. Me hallaba en una situación que aunque no era nueva, sí anhelada desde hacía años; nadie me había tocado como él; nadie había conseguido verme de verdad; nadie había conseguido… que su tacto se fundiera con el mío convirtiéndonos en un único ser.

Una mañana como cualquier otra abrí el buzón de mi casa y encontré una carta que no presagiaba nada bueno; era una «citación» oficial para acudir a un juzgado del que desconocía su cometido. Cinco días más tarde y asesorada por un amigo abogado, me presenté con mi ropa más elegante y mi mejor maquillaje. Me flaqueaban las piernas y no solo por los nervios del motivo que me situaba allí, sino que me encontraba entre demasiados uniformados que tiraban abajo todas mis defensas. Mi punto débil; mi talón de Aquiles. Mientras divagaba entre fantasías, que no tenían cabida en un edificio público como aquel, oí tras de mí mi nombre y apellidos procedentes de una voz intensa y penetrante. Me di la vuelta despacio y nuestros ojos se cruzaron en un momento que no duró mas de unos segundos pero provocó que mis piernas se contrajeran y mi respiración se acelerara. Él siguió pronunciando nombres mientras las personas citadas entraban en la sala en cuyo umbral se apoyaba él.

« Si paso junto a él… ufff; estos tacones no podrán aguantar el peso, no de mi cuerpo, sino de toda mi esencia rendida a ese sonido que sigo escuchando emanar de entre sus labios»

De nuevo mi nombre y apellidos; no, no podía moverme. El suelo me agarraba sin poder dar un solo paso.

—¿Señorita? ¿Es usted…?

—Sí, sí, perdone agente.—Mierda, alcé mi vista y ya no era su voz, esos labios de entre los que nacía comenzaron a saborear mi cuello, mis hombros…

—El juez necesita que estén todos para poder empezar; si es tan amable. —Con un gesto que me indicaba el camino no pude sino avanzar despacio e inhalar todo el aroma que pude al cruzarme con su cuerpo.

No solo su voz era penetrante, su mirada lo era más aún. Durante la sesión de comprobación de datos personales para formar jurado, o eso creí entender (mi cabeza estaba muy lejos de allí); de nuevo en sus labios, en el suave roce sobre mi piel, en el suspiro de sus susurros en mi oído, el tacto de sus manos, sus caricias sobre mis caderas cada vez más cerca de las suyas. De repente me encontré sola en la sala y de nuevo esa voz penetrante —que oía cada vez más cerca— hablaba conmigo y me alejaba de unos pensamientos que mantenían mis muslos contraídos pegados uno al otro.

—Señorita, puede marcharse; recibirá por correo la decisión del juez.

De nuevo esos ojos sobre mí, dentro de mí, en cada poro de mi piel. Me puse en pie y no fui capaz de mantener el equilibrio. Al mismo tiempo que veía el suelo cada vez más cerca, el rubor de la vergüenza por la situación y todas las imágenes de mi mente, afloraron frente a él como si de una quinceañera se tratara. Sentí sus manos fuertes alrededor de mi cintura, sus brazos albergando mi cuerpo como si fuera una niña pequeña. Me recompuse como pude intentando evitar un nuevo cruce de miradas.

Me desplomé sobre el sofá nada más llegar a casa tras haberme despedino con un «gracias» apenas audible. Demasiada intensidad, « ¿tan desesperada estaba? ¿Tal ansia por sentir unos brazos que colmaran mis anhelos después de tantos años envuelta por la soledad?». Días después otra carta; en esta ocasión de la policía. No tan arreglada como en los juzgados pero sí lo suficiente para que mi seguridad y mi autoestima no me abandonaran en ningún momento, me dirigí hacia la comisaría. Como era de esperar él no se encontraba allí, no sé en qué demonios pensaba. Ya de vuelta a casa doble la esquina y me encontré frente a frente con esos ojos y esa mirada que en ningún momento había podido olvidar; la razón de mis desvelos y para qué engañarnos… el protagonista de mis anhelos materializados entre mis piernas. Ni siquiera el rubor tuvo tiempo de salir a la luz.

—¡Vaya, qué casualidad! ¿Le apetece ir a tomar algo?

—Ehnnn…, ¿perdón? —respondí sin saber si lo que había oído era lo que él había dicho o eran de nuevo imaginaciones mías.

—Sé que me recuerdas; al menos yo no olvidé su nombre y apellidos.

—No me llames de usted; ya que recuerdas mi nombre…

—Me encanta esa cafetería —comentó mientras señalaba un cuco establecimiento en la cera de en frente—, es un buen sitio para saber algo más que tu nombre y apellidos.

Creo que su sonrisa me derrumbó allí mismo. No había uniforme, solo esa mirada penetrante que me hacía creer que ya había podido descubrir todo mi cuerpo por fuera y por dentro. Entramos y me dirigí hacia una pequeña mesa escondida tras una columna, lejos del resto de las meses mientras él se iba a la barra. Me senté e intenté controlar el ritmo de mi respiración antes de que llegara. Unos minutos después, se colocó detrás mío con mi café en la mano colocándolo frente a mí, sintiéndome abrazada con su brazo a escasos centímetros de mi hombro. Un escueto y entre cortado «gracias» consiguió escapar de entre mis labios a pesar de no haber dejado de mordérmelos desde que doblé la esquina. Se sentó junto a mí, muy cerca; más de lo que era necesario. Comenzamos a hablar de trivialidades —o eso creí en un primer momento que eran— y una hora después al despedirnos, no pareció dudar en su proposición. Me dio su tarjeta, me pidió mi número y prometió que a nuestro café debería seguirle un almuerzo; pero en esa ocasión sería su terraza el sitio más adecuado.

No quería abrir los ojos. Sentía una fuerza muy intensa que me anclaba a los pilares más arraigados de mi interior, en lo más profundo de mi ser, en mi yo más profundo e invisible a los ojos de los demás; incluida yo. Me hallaba en una situación que aunque no era nueva, sí anhelada desde hacía años; nadie me había tocado como él; nadie había conseguido verme de verdad; nadie había conseguido… que su tacto se fundiera con el mío convirtiéndonos en un único ser.

« ¿Sería él (sin uniforme), solo con un no sé qué, quién consiguiera fundirse conmigo?».

De nuevo, oí mi nombre y apellidos. Frente a mí una preciosa vista de la ciudad que vi al entrar y que ahora mis ojos cerrados recordaban intentando mantener el control. Sentí un suspiro en mi cuello antes de que el roce sutil y estremecedor de su húmeda lengua se fundiera con la piel de mi cuello mientras sus manos estrechaban mi cintura. Sí, podía ser él, podía haber encontrado a quien mereciera fundirse conmigo en toda mi plenitud; era hora de dejar los recuerdos atrás. Me di la vuelta y al fin nuestros labios y nuestras lenguas se vaciaron sin límites ni obstáculos que los frenaran. Me alzó y entrelacé mis piernas alrededor de su cadera, firme, consistente… como lo que mi abdomen parecía intuir sobre él. Quizá no era necesario; quizá esa necesidad de sentirme abrigada por alguien como él no era la solución aunque quizá, y solo quizá…  pretendía vivir sin tantos porqués.

 

Descubriéndome…

Descubriéndome…

vino

No tenía los ojos abiertos, ni siquiera  se adentraba la luz suficiente para querer hacerlo, pero veía con nitidez lo que mi corazón intentaba revelarme; al fin sentía la fuerza suficiente no  solo para escucharle, sino también para comprenderle.

Siempre oí aquello de la fortuna que supone vivir experiencias inesperadas pero… ¿siempre es bueno lo inesperado?; ratificaré que SÍ. Me recorrían esos escalofríos que  estremecen, sabía que mi corazón sonreía entre las sensaciones placenteras que invadían mi cuerpo sin necesidad de hacer uso de lo que pudieran ver mis ojos. Lo verdaderamente real, profundo e intenso es invisible  a los ojos. No sabía en qué momento, tampoco importaba, pero había pasado. Se había vuelto a convertir en realidad; una realidad alejada de lo utópico, en verdad, era todo lo contrario. Lo sentía como esos pequeños detalles que para la mayoría pasan desapercibidos pero en mi caso suponían un gravamen para mi alma.

Mientras ronroneaba entre las sábanas con la dulce y suave brisa del otoño recién llegado, mis pensamientos, mis reflexiones, juicios e ideas —lejos de amontonarse como hacían en lo que ya parecía una vida anterior— fluían en calma, quietud e incluso paz. Algunos atisbos de interrogantes parecían querer salir a la luz y resquebrajar la sensación que había llegado a mí solo con pensarlo, o más bien, desearlo en silencio. Me levanté despacio, sin alejar esos posibles interrogantes de los que siempre se aprende y te ayudan a crecer. ¿Por qué se encontraban en mi interior? ¿Acaso no había conseguido llegar a donde pensé sería imposible? Caminé hacia el lavabo, mis areolas insinuaban lo que mi cuerpo deseaba físicamente mientras mi mente no lo creía necesario. El agua se deslizaba por mis mejillas, transmitiendo la energía necesaria para empezar el día con una sonrisa. Ya en el salón encendí la televisión, y mientras organizaba la mesa empleada para el desayuno, su voz invadió la estancia, el piso y hasta mi interior. Frené en seco todo lo que tenía entre manos, me giré con lentitud, parsimonia y pausa para ver —esta vez sí con la necesidad de que mis ojos hicieran su trabajo— que era él. Él. Quién me mostró entre palabras cómo mi corazón podía ver sin necesidad del sentido de la vista. Me senté para no perder detalle de lo que transmitían sus palabras; nada trascendental, pero siempre relevante.

Era consciente de su persona alejada de las cámaras; consciente de lo que provocaba el que esa conexión hubiera nacido; consciente de que era diferente. Quizá tanto como yo con una sola diferencia: él se había encontrado, había hecho un trabajo de introspección que había supuesto un antes y un después. Mi cuerpo pedía sexo, mis pezones endurecidos echaban de menos unas manos que los acariciaban, succionaran o incluso admiraran, pero mi mente comenzaba a racionalizar la importancia real de esa sensación. ¿Había sido él, su historia, su mentalidad, lo que transmitía…? No lo sabía y tampoco importaba.

Tras años realizándome con las opiniones sexuales del sexo opuesto,  comenzaba a sentirme incómoda por la insuficiencia que provocaba un sentimiento incapaz de emanar por mí misma. Pensaba, y no tenía ninguna duda, que yo era culpable de esa carencia ya instaurada en mi interior; carencia que convivía día a día conmigo. Él como regalo inesperado y mi pareja, como presente eterno que no flaquea en sus cuidados y paciencia infinita… supusieron un antes y un después en mi vida, un punto de inflexión que me demostró qué es la vida en realidad.

Futuro entre (tus) letras…

Futuro entre (tus) letras…

tacto

Caminaba despacio. Nada en su cabeza le llevaba en una dirección determinada, en un objetivo al que dirigirse. Solo necesitaba pensar; intentar entender qué había ocurrido en el último año. Echó la vista atrás, recordó cómo llegó a esas calles, a esa situación que había desembocado en un final, que aunque obvio, no pensó pudiera materializarse. Intentó borrar imágenes que se sucedían sin orden —o quizá sí— y sin saber por qué; esa respuesta que buscaba estaba ahí; necesitaba enfrentarse a ella, mirarla a los ojos, llegar a un punto en común con el que poder seguir adelante y perdonar lo que fuera que le atormentaba.

Su contorno casi etéreo le estremecía; aún conseguía hacerlo. Esa perfección que le provocaba el estímulo necesario para su día a día, para olvidar lo que dejó atrás al decidir desligarse de todo lo conocido hasta aquel momento. Nunca lo verbalizó, ni siquiera lo pensó, pero descubrir su sexualidad; esa unión casi mística que buscó desde su adolescencia era su principal objetivo, si no allí…¿dónde ? Decidió no abstraerse de todo lo que su cabeza le proporcionaba; estímulos visuales que podía convertir en más reales al cruzar sus ojos con los de la gente que compartía con él —sin saberlo— un momento tan importante. Algo vibró junto a su entrepierna y le alejó de su ensimismamiento. Allí estaba; el origen de todo. Lo que dio pie a su introspección.

« No pude olvidarte, tus caricias, nuestra conexión… ese deseo físico que no pudimos materializar. ¿Aún dudando? Soy solo tuya, como quieras y cuando quieras».

Sin poder evitarlo su sexo respondió por él; “ojalá pudiera hablar por mí”, pensó mientras miraba el abultamiento entre sus piernas. Solo unas letras, solo eso conseguían provocar lo que antes muchas otras habían intentado sin éxito; esa conexión mística que solo se había materializado en su cabeza, entre sus manos… nunca entre unos turgentes muslos femeninos. Si no sabía qué contestar, menos aún sabría cómo comportarse frente a ella; cuando sus miradas se cruzaran podría acabar todo antes de empezar. ¿Eso estaba intentando hacer? ¿Eso era lo que en realidad necesitaba? Miles de preguntas sin respuesta, solo con más interrogantes, se agolpaban sin saber dónde ubicarse.

Le costaba caminar, su sexo se negaba a reaccionar frente a las reticencias de su cerebro. Quizá era más listo y sabía ponderar las prioridades más básicas, instintivas y animales que todo hombre sentía de un modo u otro; ¿o acaso para él no suponían una necesidad? No en su conjunto; pero sin duda, sí con ella. El sexo tal y como creía conocerlo: fotos, vídeos, películas…, no era para él. Su minimalismo, su cercanía con la gente era radicalmente diferente a lo considerado como normal; él no lo era, él era especial. Nadie le convencería de lo contrario. Pero ella había conseguido dejar a un lado todas esas barreras que le situaban en la sombra; donde se encontraba en sintonía con él mismo. La primera vez que intercambiaron mensajes a través de un amigo en común, sintió una corriente que le atravesó. No se conocían, no habían hablado…, aunque él admiraba todo en ella. Cada mañana, sentada en la cafetería junto a la entrada de su trabajo, crecía en él un sentimiento que le empujaba a cambiar las cosas; fue la primera vez que se planteó de verdad el salir de la oscuridad que le envolvía para poder compartir la luz con ella, pero sus miedos ganaban terreno con cada gesto: apartarse un mechón de pelo de su delicado rostro; cruzarse de piernas con esa sutileza tan implícita en ella… No, no podía seguir por ahí; solo le haría más daño. Otra vibración interrumpió sus pensamientos.

« Solo necesito verte, compartir al menos unas palabras… nuestras letras se alejan de lo que necesita mi cuerpo y hasta mi alma. No importa cuánto o cómo decidas dármelo; solo necesito que seamos uno…».

Cualquier atisbo de relajación era imposible. Se giró y volvió sobre sus pasos. Sin ni siquiera pensarlo de manera consciente se encontró frente a su portal, en el que tantas noches se habían despedido sin subir tan siquiera una vez; solo pensar en el deseo que eso le provoca le suponía un terror casi onírico, fulminante al no creerse capaz de dar todo lo que ella seguro necesitaría. Tal y como llegó —sin pensar—, pulsó el botón del telefonillo. La puerta se abrió sin oír nada al otro lado. Subió los peldaños despacio hasta el ascensor, éste parecía no llegar nunca y se preguntaba si sería capaz de esperar o saldría corriendo. Cuando al fin lo hizo, abrió la puerta despacio y se introdujo tembloroso; “ahora o nunca”, se repitió una y otra vez hasta llegar a su destino. La puerta estaba entreabierta, cerró tras él y su instinto (ese que creía no tener ante esas situaciones) le llevó hacia una de las habitaciones junto al salón. Allí estaba, una fina camiseta a través de la que podría vislumbrarse su anhelado contorno le hizo querer salir corriendo; no sabía el porqué pero no movió ni un ápice de su cuerpo. Irene se dio la vuelta y ese cruce de miradas tan temido para él hizo lo demás: antes de darse cuenta sus labios estaban a escasos milímetros.

No dijeron nada, no compartieron tantas letras escritas desde hacía meses. Irene desabrochó despacio su pantalón sin dejar de mirarle. Comenzó a besar su cuello, abrazar su torso bajo la ropa y descendió sin que él intentara parar lo inevitable. De rodillas, con su mirada fija en él, saboreó; saboreó todo aquello que había deseado mientras leía sus letras entre sus manos; recorrió cada fracción de deseo tanto tiempo ansioso e insatisfecho; disfrutó, ambos lo hicieron, sin restricciones, hasta que él vio en ella todo su interior deshecho en su preciosa y maravillosa piel. Se arrodilló frente a ella y la abrazo. En un sutil susurro junto a su oído escuchó…

« Nada más, no necesitamos más para ser uno, todo lo demás no es necesario para encontrarnos uno dentro del otro…».

 

 

Solo tú.

Solo tú.

sombras

Antes de que mis ojos pudieran fijar la mirada, mis muslos se contrajeron y no había más que decir. “¿Cómo es posible? Ni siquiera le conozco; ¡qué típico!¿No?”. Me sentía realmente estúpida, ¿cúantas chicas habrían pasado por lo mismo? Desde luego viendo su físico, sus ojos, su mirada y… su manera de hablar, me di cuenta que debía estar atenta a lo que decía si quería aprovechar nuestro primer encuentro. Un compañero común nos presentó y viéndole frente a mí pensé que debía ser un castigo por algo que debía haberle hecho… “¿cómo se iba a fijar en mí? Y si lo hacía —para lo que deberían alinearse todos los planetas— seguro que me provocaría un daño bárbaro e inhumano.

Esa fue solo la primera vez, tras ella vinieron una, otra e infinitas citas en las que hablábamos, mis muslos se contraían, mi sexo se humedecía y nuestros labios no dejaban de mirarse hablando un idioma que solo nuestros corazones entendían… “¿Sexo?¿Atracción?¿Soledad?… Miles de preguntas no parecían querer dejarse llevar por un torrente de electricidad que con una fuerza desmedida me empujaba de manera violenta contra él (o más bien contra la valla de clichés que nos separaba). Me sumergía entre las sábanas pensando en él, me despertaba con su imagen en la cabeza, me duchaba… ¡bueno! Mis duchas no necesitaban ser bajo de agua caliente, no sé si me entendéis. Aún fría, estaba segura de que el calor que emanaba mi cuerpo sería capaz de hacer que se evaporara cada gota; gotas que eran un nosotros, una —o quizá indefinidas— noches juntos. Le imaginaba junto a mí, buscando mi interior como agua en el desierto… desde luego mi sexo era capaz de provocar suficiente humedad para calmar a un extraviado buscador de tesoros; le entregaría el mío sin preguntas, mis muslos le descubrirían una cantidad desmedida de caricias, besos, saliva, gemidos, contracciones y sudor que harían olvidar cualquier mundo conocido con anterioridad. Nada de clichés ni cuentos de hadas, solo la intensidad de nuestros cuerpos fundidos en uno solo sin un mundo del que preocuparse.

—¡Eh! ¿Estás ahí?

La expresión perpleja de Manuel me devolvió a la realidad. “¿De qué me estaba hablando?”, me pregunté sin obviar la humedad que comprimía mi ropa interior.

—No puedo, de verdad, siento algo muy fuerte pero no podemos estar juntos. —Y en ese momento fui yo la que me ahogué en la humedad del desierto.

—Pero… me hiciste creer. Pensé que… —Manuel me interrumpió antes de poder seguir.

—Nunca te aseguré que pasaría, solo que en otras circunstancias no tendría duda en hacerlo.

—¿Qué significa eso…? ¿Algo así como estar en la recámara?

En ese mmento mi cerebro me demostró que debía tomar el mando y toda aquella humedad, labios, contracciones, dilataciones, erecciones y sudor, formaran parte de una escena de ciencia ficción en la que ya ni siquiera era la protagonista… ¿acaso lo había sido alguna vez? Lloré. Lloré. Y seguí haciéndolo durante días. “¿De verdad me lo había imaginado todo, había visto molinos de viento? No, mi intuición no me engañaba, yo no era el problema; por primera vez en mi vida pude enfrentarme a la realidad sin culparme. Al fin y al cabo había vivido… solo faltaba que la experiencia, más mística que otra cosa, me hubiera enseñado algo más que la importancia de vivir. Me reí sin realizar ni una sola mueca, mi corazón era el que lo hacía, conocedor de la verdad: volvería a caer, volvería a aparecer alguien que me subiera al cielo aún con peligro de caer sin red pero… ¿prefería no sufrir o no vivir?  Yo diría que no…

Rebelión (EDDI III) de @marcosnietogen1

Rebelión (EDDI III) de @marcosnietogen1

Marcos Nieto Pallarés, autor de seis libros imprescindibles en cualquier biblioteca que se precie. No es mi primera reseña acerca de uno de sus libros, pero esta en concreto es especial; Rebelión supone el final de la trilogía El destino del incorpóreo.

Nunca pensé que la ciencia ficción fuera una de mis temáticas favoritas —de hecho sigue sin serlo—, pero el autor ha conseguido que disfrute sumergiéndome en un mundo diferente, irreal —o quizá no— y con un sentimiento que hace que esta trilogía sea mucho más que ciencia ficción; la convierte en una historia humana. Para mí, esa es una de las cualidades de esta saga que la hace tan espeial; ¿ciencia ficción… humana? Nunca pensé que pudiera serlo, pero M.Nieto me ha hecho ver lo equivocada que estaba. Tras una segunda parte que no llegó a convencerme del todo, Rebelión ha vuelto a ser otro gran descubrimiento a la altura del primer volumen.

«El tiempo me ha hecho entender, que no siempre somos la misma persona; su paso cambia nuestras almas».

«Si alguien vive rodeado de gente buena, se acaba contagiando de dicha bondad».

«El pasado se difumina, desvanece y aleja, se queda suspendido una vida atrás».

«Debería morir quemado en el infierno por sentir lo que siento».

«El ansia de poder nos corroe a todos, sin distinción».

Estas son solo unas de las innumerables citas que convierten este tercer volumen en imprescindible para nuestra estantería o mesita de noche.

Todos sabemos que en un guerra no hay malos o buenos; cada uno —aún sin justificación— tiene sus motivos para luchar o no hacerlo; el autor consigue dar la humanidad que no parece merecer el malo” en esta guerra, sin posibilidad alguna de poder evitarla porque… ¿no debe todo el mundo tener el derecho a decidir sobre su vida, sea cual sea esta?

Cualquier libro merecedor de ser leído debe hacer reflexionar al lector, otra cualidad que no creía tampoco encontrar en la ciencia ficción, y que en esta trilogía quizá otras cosas no, pero reflexionar… se reflexiona y mucho. Una guerra por un propósito por el que todos deberíamos hacer lo que cada uno creyera conveniente para conseguirlo, un “¿qué habrá después de la muerte?”, un planteamiento de si no vivimos más de una vida —o al menos no lo recordarmos—, ¿no nos llevan cada una de nuestras decisiones a una vida diferente?; ¿hay que morir para vivir otra vida… o cada encrucijada puede aportarnos  una nueva?

Dejando a un lado la temática, los personajes, cómo está estructurado el libro o si realmente vemos una historia tan ficticia o no; el estilo de Marcos Nieto Pallarés es inconfundible y fantástico. Siempre he creído que las obras de los escritores son pedazos de si mismos que ofrecen al lector. Tengo la suerte de haber conocido —aunque solo sea en las redes sociales— al autor, y sus libros son como él: sinceros, directos y sin paja entre sus argumentos.

Una trilogía maravillosa y necesaria que todos deberíamos leer y con la que reflexionar; ahora solo os queda… disfrutarla.

La vida de @IsabelMataVicen

La vida de @IsabelMataVicen

La vida

 

La Vida es solo uno de los libros, junto Maldito Poder y Valentina, que podemos encontrar en amazon de la escritora Isabel Mata. Con un estilo propio y una manera de enfocar cada línea diferente a la anterior, La vida, consigue engancharte desde el primer capítulo.

Quizá capítulo quede muy teórico, muy contextual o alejado de la realidad para explicar lo que realmente es La vida; ¿no es la nuestra un conjunto de capítulos que se suceden y se  relacionan entre ellos, muchas veces no de una manera sucesiva? Así comienza esta novela tan poco convencional que nos hace entender la literatura de una manera diferente.

Nunca podemos saber cómo va a entender el lector a los personajes, sus historias o su manera de enfrentarse a ellas. ¿Por qué no hacer lo mismo como escritor? Sí, puede que no sea una novedad que una novela esté compuesta por diferentes historias, incluso que estas lleguen a un punto en común o que desde este, emerjan en direcciones diferentes pero… ¿qué pasa cuando ambos puntos son el mismo? ¿Qué ocurre cuando el escritor —en este caso escritora— consigue llevar a lector a un punto del que no sabía que había partido?

¿Complicado? Puede ser.

¿Oginal? Sin duda.

¿Giros inesperados? Uno detrás de otro.

No tiene por qué ser un guión distinto al que el lector se haya encontrado antes entra manos, pero seguro que sí lo es cómo se desarrolla y cómo las preguntas y manera de ver las cosas cambian cuando el desenlace se sucede sin poder ponerle punto y final. Exacto; ese es la gran virtud de esta novela, de su escritora o de la(s) historia(s) que en el se desarrolla(n): no es posible ponerle punto y final, solo punto y seguido.

Escribir puede parecer difícil —al menos hacerlo bien— pero lo realmente complicado es transmitir. Y si algo define a esta novela es lo que transmite y cómo lo hace. Maneras de enfrentarse a la vida con la que el lector puede sentirse identificado, o por el contrario, muy lejos de actuar de la misma manera. Ante un libro así, con vocabulario y expresiones opuestas en función de la historia y perfectamente adaptadas a cada situación, cada página lleva a diferentes momentos de la vida —esa que sostiene el libro— en los que puedes ver reflejado el propio cambio que el lector ha sentido y no se había parado ni siquiera a pensar. Nunca es tarde para percatarse, ¿no?

Así como cambiamos nosotros, cambian los personajes; así como nuestra manera de pensar evoluciona, evolucionan historias y perssonalidades. ¿Se necesita algo más para empezar a leer La vida? Yo creo que no.