Descubrirme…

Descubrirme…

mujer desnuda

No pude ser consciente ni de los rayos de sol que se adentraban por la ventana abierta. Pero su calidez había conseguido adentrarse en la habitación, las sábanas, en mi cuerpo… o eso creía hasta que sentí su mano. En mi pecho. Fuerte. Consistente. Firme. Sólida. Intensa. No pude más que darme la vuelta y sentir su erección, tan sólida como la recordaba. Parecía pronunciar mi nombre mientras palpitaba por mi cuerpo desnudo bajo las sábanas. Mis pezones erectos le señalaban a él, ¿a quién más si no? Mi lengua no pudo parar quieta y seguir escondida en mi boca, oculta, necesitaba darse a conocer y sentir la suya, tan cerca pero tan lejos al mismo tiempo. Nuestras miradas parecían perderse en una barrera difícil de sortear hasta que lo conseguimos.

Era suave, delicada, al principio su ansia me buscó, se enredó y saboreó hasta que sus movimientos se volvieron…

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Descubrirme…

Descubrirme…

mujer desnuda

No pude ser consciente ni de los rayos de sol que se adentraban por la ventana abierta. Pero su calidez había conseguido adentrarse en la habitación, las sábanas, en mi cuerpo… o eso creía hasta que sentí su mano. En mi pecho. Fuerte. Consistente. Firme. Sólida. Intensa. No pude más que darme la vuelta y sentir su erección, tan sólida como la recordaba. Parecía pronunciar mi nombre mientras palpitaba por mi cuerpo desnudo bajo las sábanas. Mis pezones erectos le señalaban a él, ¿a quién más si no? Mi lengua no pudo parar quieta y seguir escondida en mi boca, oculta, necesitaba darse a conocer y sentir la suya, tan cerca pero tan lejos al mismo tiempo. Nuestras miradas parecían perderse en una barrera difícil de sortear hasta que lo conseguimos.

Era suave, delicada, al principio su ansia me buscó, se enredó y saboreó hasta que sus movimientos se volvieron lentos, pausados, tranquilos mientras sus manos estrechaban con vigor mis pechos antes de descender serpenteando hasta mi pubis, donde se convirtió en una caricia suave, lenta, circular mientras su mirada se hacía más intensa, más penetrante y no pudo evitar introducir un dedo en mi humedad. Luego dos mientras separó sus labios para mirarme con perspectiva. En ese momento lo supe… nuestra unión iba más allá , hasta llegar a una profundidad en la que el sexo cobraba otro significado.

 

Entre sus brazos

Entre sus brazos

 

Era su calor. Su aroma. Su sensación de hacerme despertar cuando estaba dormida, Su fortaleza. Y a fin de cuentas, nosotros. Un nosotros que se podría convertir en perfecto si conociera su rostro. Sus gestos. Su mirada clavada en la mía. La fuerza de sus abrazos y el tacto de sus manos. La rugosa suavidad de sus manos. Me despertaba intranquila esperando conocerle algún día. Encontrarme con todas esas sensaciones en una persona real. En un cien por cien que se asemejara a mi sueño, a la perfección en cuanto a una pareja con la que compartir toda mi vida. Hasta que un día en esa vida apareció la intimidad. Con vergüenza. Sigilo. Discreción, una alejada de mi realidad, de mis pensamientos estando despierta. Y sí. Era  tan perfecto como alguien que pudiera ver en la realidad e imaginar. Un sexo sin fisuras, con un color perfecto y unas dimensiones a la altura de la que yo pensaba y esperaba para el nuestro. Mi profundidad, aún, plena. Aquella noche todo era igual al mismo tiempo que distinto. Me llenaba por completo pero había algo más. Algo que desconocía o simplemente no creía haber vivido. Un cosquilleo. Un escalofrío que me recorría cada vez que se unían el suyo y el mío. Mi humedad y su solidez. Un deslizamiento que significaba sexo real en un sueño. Emociones diferentes en una misma franja horaria. Su sexo, mi cavidad, sus brazos, mis pechos, sus glúteos, mi cintura. ¿Era eso encontrar una pareja perfecta, el compaginarse al cien por cien? Desde luego no lo sabía ni había creído vivir antes. Pero lo quería. En su totalidad. Sexo profundo que me erizaba y ponía la piel de gallina.

Nos encontrábamos sin planes ni organización. El mundo estaba ahí, pero no lo veíamos ni sentíamos. Solo éramos nosotros y eso nos llevaba a una cama sin dimensiones. En la que podíamos levitar al ser uno. Tocarnos. Rozarnos. Gemirnos al oído hasta gritar sin importar que alguien pudiera escucharnos, disfrutar sin peros, sin explicaciones. Mis pezones erectos, duros, esperándolo. ¿No era eso la perfección? Podía sentir cómo sus dedos se introducían en mi interior sin necesidad de prepararlo. Con naturalidad. Como si fueran el uno para el otro. Sin más. Solo uno, estremecido y eterno hasta que Morfeo consiguiera separarnos de lo que de verdad quería. A lo que de verdad necesitaba llegar y sentir despierta. ¿Era posible? ¿Un tacto real que me erizara, aumentara mis latidos y respiración? No lo sabía, pero lo buscaría al despertar.

Esa mañana mientras tomaba el primer café, junto a la cafetera, apoyada en la mesa sin sentarme, decidí mirar por la ventana. Una por la que nunca lo hacía por estar muy cerca de la casa de enfrente. ¿Y si alguien me veía y podía cruzar su mirada con la mía aún turbada por mis sueños? Pero lo hice. Esa mañana sí. Nerviosa comencé a girarme y pude oler otro café. Ver un contorno. Un cuerpo diferente al de mis sueños pero igual de apetecible. Se giró y a pesar de su aparente sorpresa, sonrió a la vez que movió su mano para saludar. Hice lo mismo y abandoné la cocina. Me escondí en el pasillo. Estaba roja. Temblaba. ¿Y si era él? Cada mañana se repetía el mismo protocolo hasta aquella en la que cambió su rutina y me habló antes de que yo pudiera desaparecer. Quería saber mi nombre, poder tomar un café y sentir si era real lo que sentía cada mañana con su café. Si su pelo se erizaría de la misma manera.

Y me lancé. Sin pensar, asentí y dije que sí a su proposición. Un café a dos. En una cafetería. Con ruido de gente que nos pudiera hacer o no, darnos cuentas de si había algo más con un mundo alrededor que nos distrajera. Y al día siguiente allí estábamos. Sin paredes de por medio. Con muchas distracciones pero dos miradas que las eliminaban. Una humedad que reaparecía en mí y una consistencia bajo sus pantalones que esperaba estuviera ahí esperándome….

La magia de Elísabet Benavent

La magia de Elísabet Benavent

Todos los que conocéis mi blog u os habéis pasado por aquí, sabréis de quién hablo, sí, @betacoqueta. Para los que sea la primera vez os daré una breve descripción. Nació en Valencia, solo dos años después que yo, o sea en 1984 y es licenciada en comunicación audiovisual en la misma Valencia y tiene un máster en comunicación y arte en la Complutense de Madrid. En esta ocasión nos sorprende con una bilogía acerca de la magia. Tras la saga de Valeria, la trilogía de Mi elección  y Mi isla entre otros, llega a nuestras manos una manera diferente, pero siempre con su particular sello, el efecto de la magia, no solo en las relaciones, sino en cada uno de nosotros.

No sé si por mi situación personal en el hospital, con mi entorno —o el que creía mi entorno—, decidí saborearlo. Leer despacio cada capítulo, frase o comentario que pudiera ayudarme a salir del hoyo. Si bien el primer tomo, La magia de ser Sofía, me costó hacerlo así por las ansias de conocer más a la protagonista, y para variar sentirme en muchos aspectos identificada con  ella, al poco de llegar a mi casa del nefasto 2017 el segundo tomo, La magia de ser nosotros, no era ya una identificación, sino situaciones vividas, sentidas en silencio y poder verlas reflejadas en letras.

¿Alguien ha sentido la magia? Pero la de verdad, esa que dura más que un cruce de miradas, que una sonrisa pasajera, MAGIA en mayúsculas. Esa que querrías agarrar tan fuerte que no pudiera escapar. Esa que aunque tenga sus altibajos sabes que está, que no la perdiste. E.Benavent nos permite ver esa magia desde ambas perspectivas para no dejar ninguna pregunta en el aire acerca de los protagonistas. Ni sus por qués ni cómos, todo se entiende y sabes la razón.  Aún así, las sorpresas están aseguras cuando te sumerge en la magia de sus letras. Letras convertidas en sentimientos que hasta parece que puedes tocar con la yema de los dedos. Si no es vuestro caso, E.Benavent te aproxima un poco más a esas sensaciones que la magia te acerca y todo lo que te hace sentir soltarla.

Aquel verano

Aquel verano

Estaba sentada en una roca del puerto, le gustaba oír cómo las olas rompían y llegaban a término allí, como besos rotos y abrazos con significado a despedida. Ella lo había vivido, también había sido una de esas historias que murieron y nacieron allí. Aunque eso ya pertenecía al pasado no podía dejar de pensar en cómo le había afectado en quien era ahora. Allí vivió sus grandes amores de verano; su amor de verano más puro y verdadero, ese que no se olvida, el que recordaba en las noches de tormenta. Un beso que le pareció eterno, una mirada en la que creyó perderse, una sonrisa en la que poder navegar. Aquel verano marcó su futuro de alguna u otra manera…

Efímero…

Efímero…

mujer desnudaDe nuevo ese sueño, esa esperanza de un final próximo; pero no un final lejos de él. Nunca. Eso nunca. Sería uno juntos. No imaginaba un futuro sin él, ya fuera en mi cabeza o entre mis piernas. Miraba por la ventana distraída, como ausente, pero por dentro, bajo mi piel, bajo mis uñas…, estaba él. Siempre él. No desapareció con los años, siguió firme, constante, siempre presente. Él. Su beso. Sus labios. Siempre él, imperturbable. Su mirada se convirtió en un persistente pensamiento, uno, que hacía estremecer mis piernas y turbar mi cabeza. De eso hacía años ya, pero recuerdo el sabor de sus labios, la profundidad de su mirada, esos ojos que me atravesaron y no fui capaz de escapar de ellos. Pero hoy, hoy algo había cambiado. Era él, sí, pero lejos, ausente. No quise despegarme de las sábanas, su recuerdo aún estaba presente entre ellas. Los mechones de su pelo se enredaban con mi pubis, su sonrisa tímida jugaba con mis labios, su lengua se adentraba en mi humedad. Su humedad…. tan suya que hasta llevaba su nombre…, nuestras conversaciones. Nuestras. Ese nuestro tan puro e impuro a la vez pero tan real, real hasta no permitirme dormir sin su recuerdo. Sin recordar sus contornos, sus labios carnosos y perfectos. Perfecto. Ese era él. Eso éramos nosotros. En sueño y en realidad, tan reales que dolía. Dolía respirarle, olerle, absorber su esencia, capturarla y hacerla parte de mí. Mía. Un suspiro, un anhelo, un recuerdo y volvemos a un nosotros. Un nosotros que parecía tan efímero que se convertía en eterno.  Podía sentir mi humedad recorriendo sus labios, su sonrisa impregnada de mí al separarse. Esa mirada tan suya que hasta podía observarla húmeda y tan pura que me estremecía antes de besarme y unir nuestros labios. Nuestros labios. Cuatro convertido en uno. Su sabor, el mío… el nuestro.

Entre mis sábanas.

Entre mis sábanas.

Dormí sola durante tanto tiempo que todo me resultaba normal. Un ruido. Un reflejo en la pared. Risas alejadas, perdidas en la calle y yo… entre mis sábanas. Siempre entre mis sábanas. ¿Podría haber un sitio mejor? No lo creí hasta que alguien me acompañó en mis noches y mis amaneceres. Hasta que despertarme con una sonrisa se convirtió en… normal. Habitual. ¿Rutinario? No me lo planteé, solo era feliz y eso era suficiente. ¿Qué problema habría si esa rutina podía ser mi felicidad, mi camino a un mundo desconocido y que ni siquiera había soñado? Mes sorprendió, no diré lo contrario, pero fue  una grata sorpresa. Ser dos, compartir sonrisas, miradas, juegos y sí, sexo. Sexo en toda su plenitud y mucho más. Siempre me vendieron que el sexo era sucio, lejos de toda motivación que no supusiera procrear, tener hijos, procrear y mantener la especie… hasta que descubrí lo que eso escondía. La falsedad. El engaño. La falsa moral. El escondite hacia unos placeres que los que lo practicaban no querían airear y los que no tenían opción, preferían venderlo con menosprecio, burlas… ¿acaso solo a mí me miraban de reojo y criticaban mis comentarios subidos de tono? ¿Acaso hay alguna otra forma de mantener viva la especie? No me importaba, descubrí una nueva puerta que se abría ante mí sonde antes solo había una pequeña ventana a través de la que ni la luz entraba. Sumida en la oscuridad, cuando al fin un rayo de sol penetró en mi día a día, supe que había descubierto lo que de verdad me llenaba. Me colmaba. Me hacía sentir… mujer.

Ya sin pelos en la lengua descubrí aquello que con tanto empeño me habían escondido: el sexo, el disfrutar sin dar explicaciones, el comportamiento de mi cuerpo frente a él. Junto a él. Con él. ¿De verdad mi vida  había sido tan oscura, tan falta de vida, vibraciones? Había amores idílicos con los que solo imaginaba besos, caricias pero… ¿algo más? Lo desconocía. Y llegó él. Sin avisar. Como todo lo bueno de la vida. Sin pedir permiso ni llamar. Solo llegó. Cada mirada, cada roce ocasional se convertía en una corriente que parecía hacerme explotar en fuegos artificiales. ¿Qué era aquello? ¿La vida? Puede ser, pero ahora sé que es el amor completo. Total. Sin límites. Sin escondites ni vergüenza. Sin vergüenza. Y con la cabeza bien alta. La primera vez que sobrepasó la barrera de lo permitido hasta entonces cientos de preguntas se agolparon a la vez, de golpe, asombradas y admiradas a la respuesta de mi cuerpo frente a él. ¿Dónde había dejado mi vergüenza, mi pudor? Y… ¿para qué habían servido todos estos años? Sonreía por primera vez de una manera tan natural que hasta un pequeño atisbo de miedo quiso apoderarse de mí… pero no lo dejé. Disfruté,  reviví aquello y quise conocer más. Investigar. Averiguar. Inspeccionar y hasta rastrear qué era aquello, hasta dónde me podría llevar. Qué más habría ahí fuera que desconociera.

La sucesivas veces fueron aún mejor. Descubrirnos. Sabiendo dónde tocar. Dónde acariciar y cuándo. Conocerse era la mejor experiencia. Pasaban los días y queríamos más hasta que mis voces internas decidieron hablar sin preguntar arriesgándose a actuar sin ser enseñadas y… menuda sorpresa. El instinto sabía el guión que yo desconocía y me encantaba. Me estremecía solo con mis pensamientos y la posibilidad de poder llegar mucho más allá; a un mundo desconocido que estaba deseosa por adentrarme. ¿Recordáis esa sensación? ¿Los pelos de punta? ¿La piel de gallina? Yo espero no olvidarla… y más aún cuando descubrí que un muchas personas, sensaciones, recuerdos, imágenes y emociones me provocaban un suspiro eterno y placentero. Llegó el momento de sentirle dentro, su sexo, sus dedos, sus labios. Todo él era bienvenido e incluso aplaudido. Mis palabras acompañaban a unos pezones erectos que gritaban su nombre, su roce, sus labios. Me sexo le esperaba ardiente, húmedo, ansioso por recibirle y no querer que se marchara. ¿Qué habías de malo en todas esas sensaciones? Eran necesidades aumentadas más si cabe por la prohibición y el engaño en el que mi cuerpo y mente habían estado ocultos, guardados esperando a que alguien o algo les despertara. Y vaya si se despertó y sucumbió al placer, la felicidad con otro significado. La FELICIDAD en mayúsculas.