Descubriéndome…

Descubriéndome…

vino

No tenía los ojos abiertos, ni siquiera  se adentraba la luz suficiente para querer hacerlo, pero veía con nitidez lo que mi corazón intentaba revelarme; al fin sentía la fuerza suficiente no  solo para escucharle, sino también para comprenderle.

Siempre oí aquello de la fortuna que supone vivir experiencias inesperadas pero… ¿siempre es bueno lo inesperado?; ratificaré que SÍ. Me recorrían esos escalofríos que  estremecen, sabía que mi corazón sonreía entre las sensaciones placenteras que invadían mi cuerpo sin necesidad de hacer uso de lo que pudieran ver mis ojos. Lo verdaderamente real, profundo e intenso es invisible  a los ojos. No sabía en qué momento, tampoco importaba, pero había pasado. Se había vuelto a convertir en realidad; una realidad alejada de lo utópico, en verdad, era todo lo contrario. Lo sentía como esos pequeños detalles que para la mayoría pasan desapercibidos pero en mi caso suponían un gravamen para mi alma.

Mientras ronroneaba entre las sábanas con la dulce y suave brisa del otoño recién llegado, mis pensamientos, mis reflexiones, juicios e ideas —lejos de amontonarse como hacían en lo que ya parecía una vida anterior— fluían en calma, quietud e incluso paz. Algunos atisbos de interrogantes parecían querer salir a la luz y resquebrajar la sensación que había llegado a mí solo con pensarlo, o más bien, desearlo en silencio. Me levanté despacio, sin alejar esos posibles interrogantes de los que siempre se aprende y te ayudan a crecer. ¿Por qué se encontraban en mi interior? ¿Acaso no había conseguido llegar a donde pensé sería imposible? Caminé hacia el lavabo, mis areolas insinuaban lo que mi cuerpo deseaba físicamente mientras mi mente no lo creía necesario. El agua se deslizaba por mis mejillas, transmitiendo la energía necesaria para empezar el día con una sonrisa. Ya en el salón encendí la televisión, y mientras organizaba la mesa empleada para el desayuno, su voz invadió la estancia, el piso y hasta mi interior. Frené en seco todo lo que tenía entre manos, me giré con lentitud, parsimonia y pausa para ver —esta vez sí con la necesidad de que mis ojos hicieran su trabajo— que era él. Él. Quién me mostró entre palabras cómo mi corazón podía ver sin necesidad del sentido de la vista. Me senté para no perder detalle de lo que transmitían sus palabras; nada trascendental, pero siempre relevante.

Era consciente de su persona alejada de las cámaras; consciente de lo que provocaba el que esa conexión hubiera nacido; consciente de que era diferente. Quizá tanto como yo con una sola diferencia: él se había encontrado, había hecho un trabajo de introspección que había supuesto un antes y un después. Mi cuerpo pedía sexo, mis pezones endurecidos echaban de menos unas manos que los acariciaban, succionaran o incluso admiraran, pero mi mente comenzaba a racionalizar la importancia real de esa sensación. ¿Había sido él, su historia, su mentalidad, lo que transmitía…? No lo sabía y tampoco importaba.

Tras años realizándome con las opiniones sexuales del sexo opuesto,  comenzaba a sentirme incómoda por la insuficiencia que provocaba un sentimiento incapaz de emanar por mí misma. Pensaba, y no tenía ninguna duda, que yo era culpable de esa carencia ya instaurada en mi interior; carencia que convivía día a día conmigo. Él como regalo inesperado y mi pareja, como presente eterno que no flaquea en sus cuidados y paciencia infinita… supusieron un antes y un después en mi vida, un punto de inflexión que me demostró qué es la vida en realidad.

Futuro entre (tus) letras…

Futuro entre (tus) letras…

tacto

Caminaba despacio. Nada en su cabeza le llevaba en una dirección determinada, en un objetivo al que dirigirse. Solo necesitaba pensar; intentar entender qué había ocurrido en el último año. Echó la vista atrás, recordó cómo llegó a esas calles, a esa situación que había desembocado en un final, que aunque obvio, no pensó pudiera materializarse. Intentó borrar imágenes que se sucedían sin orden —o quizá sí— y sin saber por qué; esa respuesta que buscaba estaba ahí; necesitaba enfrentarse a ella, mirarla a los ojos, llegar a un punto en común con el que poder seguir adelante y perdonar lo que fuera que le atormentaba.

Su contorno casi etéreo le estremecía; aún conseguía hacerlo. Esa perfección que le provocaba el estímulo necesario para su día a día, para olvidar lo que dejó atrás al decidir desligarse de todo lo conocido hasta aquel momento. Nunca lo verbalizó, ni siquiera lo pensó, pero descubrir su sexualidad; esa unión casi mística que buscó desde su adolescencia era su principal objetivo, si no allí…¿dónde ? Decidió no abstraerse de todo lo que su cabeza le proporcionaba; estímulos visuales que podía convertir en más reales al cruzar sus ojos con los de la gente que compartía con él —sin saberlo— un momento tan importante. Algo vibró junto a su entrepierna y le alejó de su ensimismamiento. Allí estaba; el origen de todo. Lo que dio pie a su introspección.

« No pude olvidarte, tus caricias, nuestra conexión… ese deseo físico que no pudimos materializar. ¿Aún dudando? Soy solo tuya, como quieras y cuando quieras».

Sin poder evitarlo su sexo respondió por él; “ojalá pudiera hablar por mí”, pensó mientras miraba el abultamiento entre sus piernas. Solo unas letras, solo eso conseguían provocar lo que antes muchas otras habían intentado sin éxito; esa conexión mística que solo se había materializado en su cabeza, entre sus manos… nunca entre unos turgentes muslos femeninos. Si no sabía qué contestar, menos aún sabría cómo comportarse frente a ella; cuando sus miradas se cruzaran podría acabar todo antes de empezar. ¿Eso estaba intentando hacer? ¿Eso era lo que en realidad necesitaba? Miles de preguntas sin respuesta, solo con más interrogantes, se agolpaban sin saber dónde ubicarse.

Le costaba caminar, su sexo se negaba a reaccionar frente a las reticencias de su cerebro. Quizá era más listo y sabía ponderar las prioridades más básicas, instintivas y animales que todo hombre sentía de un modo u otro; ¿o acaso para él no suponían una necesidad? No en su conjunto; pero sin duda, sí con ella. El sexo tal y como creía conocerlo: fotos, vídeos, películas…, no era para él. Su minimalismo, su cercanía con la gente era radicalmente diferente a lo considerado como normal; él no lo era, él era especial. Nadie le convencería de lo contrario. Pero ella había conseguido dejar a un lado todas esas barreras que le situaban en la sombra; donde se encontraba en sintonía con él mismo. La primera vez que intercambiaron mensajes a través de un amigo en común, sintió una corriente que le atravesó. No se conocían, no habían hablado…, aunque él admiraba todo en ella. Cada mañana, sentada en la cafetería junto a la entrada de su trabajo, crecía en él un sentimiento que le empujaba a cambiar las cosas; fue la primera vez que se planteó de verdad el salir de la oscuridad que le envolvía para poder compartir la luz con ella, pero sus miedos ganaban terreno con cada gesto: apartarse un mechón de pelo de su delicado rostro; cruzarse de piernas con esa sutileza tan implícita en ella… No, no podía seguir por ahí; solo le haría más daño. Otra vibración interrumpió sus pensamientos.

« Solo necesito verte, compartir al menos unas palabras… nuestras letras se alejan de lo que necesita mi cuerpo y hasta mi alma. No importa cuánto o cómo decidas dármelo; solo necesito que seamos uno…».

Cualquier atisbo de relajación era imposible. Se giró y volvió sobre sus pasos. Sin ni siquiera pensarlo de manera consciente se encontró frente a su portal, en el que tantas noches se habían despedido sin subir tan siquiera una vez; solo pensar en el deseo que eso le provoca le suponía un terror casi onírico, fulminante al no creerse capaz de dar todo lo que ella seguro necesitaría. Tal y como llegó —sin pensar—, pulsó el botón del telefonillo. La puerta se abrió sin oír nada al otro lado. Subió los peldaños despacio hasta el ascensor, éste parecía no llegar nunca y se preguntaba si sería capaz de esperar o saldría corriendo. Cuando al fin lo hizo, abrió la puerta despacio y se introdujo tembloroso; “ahora o nunca”, se repitió una y otra vez hasta llegar a su destino. La puerta estaba entreabierta, cerró tras él y su instinto (ese que creía no tener ante esas situaciones) le llevó hacia una de las habitaciones junto al salón. Allí estaba, una fina camiseta a través de la que podría vislumbrarse su anhelado contorno le hizo querer salir corriendo; no sabía el porqué pero no movió ni un ápice de su cuerpo. Irene se dio la vuelta y ese cruce de miradas tan temido para él hizo lo demás: antes de darse cuenta sus labios estaban a escasos milímetros.

No dijeron nada, no compartieron tantas letras escritas desde hacía meses. Irene desabrochó despacio su pantalón sin dejar de mirarle. Comenzó a besar su cuello, abrazar su torso bajo la ropa y descendió sin que él intentara parar lo inevitable. De rodillas, con su mirada fija en él, saboreó; saboreó todo aquello que había deseado mientras leía sus letras entre sus manos; recorrió cada fracción de deseo tanto tiempo ansioso e insatisfecho; disfrutó, ambos lo hicieron, sin restricciones, hasta que él vio en ella todo su interior deshecho en su preciosa y maravillosa piel. Se arrodilló frente a ella y la abrazo. En un sutil susurro junto a su oído escuchó…

« Nada más, no necesitamos más para ser uno, todo lo demás no es necesario para encontrarnos uno dentro del otro…».

 

 

Solo tú.

Solo tú.

sombras

Antes de que mis ojos pudieran fijar la mirada, mis muslos se contrajeron y no había más que decir. “¿Cómo es posible? Ni siquiera le conozco; ¡qué típico!¿No?”. Me sentía realmente estúpida, ¿cúantas chicas habrían pasado por lo mismo? Desde luego viendo su físico, sus ojos, su mirada y… su manera de hablar, me di cuenta que debía estar atenta a lo que decía si quería aprovechar nuestro primer encuentro. Un compañero común nos presentó y viéndole frente a mí pensé que debía ser un castigo por algo que debía haberle hecho… “¿cómo se iba a fijar en mí? Y si lo hacía —para lo que deberían alinearse todos los planetas— seguro que me provocaría un daño bárbaro e inhumano.

Esa fue solo la primera vez, tras ella vinieron una, otra e infinitas citas en las que hablábamos, mis muslos se contraían, mi sexo se humedecía y nuestros labios no dejaban de mirarse hablando un idioma que solo nuestros corazones entendían… “¿Sexo?¿Atracción?¿Soledad?… Miles de preguntas no parecían querer dejarse llevar por un torrente de electricidad que con una fuerza desmedida me empujaba de manera violenta contra él (o más bien contra la valla de clichés que nos separaba). Me sumergía entre las sábanas pensando en él, me despertaba con su imagen en la cabeza, me duchaba… ¡bueno! Mis duchas no necesitaban ser bajo de agua caliente, no sé si me entendéis. Aún fría, estaba segura de que el calor que emanaba mi cuerpo sería capaz de hacer que se evaporara cada gota; gotas que eran un nosotros, una —o quizá indefinidas— noches juntos. Le imaginaba junto a mí, buscando mi interior como agua en el desierto… desde luego mi sexo era capaz de provocar suficiente humedad para calmar a un extraviado buscador de tesoros; le entregaría el mío sin preguntas, mis muslos le descubrirían una cantidad desmedida de caricias, besos, saliva, gemidos, contracciones y sudor que harían olvidar cualquier mundo conocido con anterioridad. Nada de clichés ni cuentos de hadas, solo la intensidad de nuestros cuerpos fundidos en uno solo sin un mundo del que preocuparse.

—¡Eh! ¿Estás ahí?

La expresión perpleja de Manuel me devolvió a la realidad. “¿De qué me estaba hablando?”, me pregunté sin obviar la humedad que comprimía mi ropa interior.

—No puedo, de verdad, siento algo muy fuerte pero no podemos estar juntos. —Y en ese momento fui yo la que me ahogué en la humedad del desierto.

—Pero… me hiciste creer. Pensé que… —Manuel me interrumpió antes de poder seguir.

—Nunca te aseguré que pasaría, solo que en otras circunstancias no tendría duda en hacerlo.

—¿Qué significa eso…? ¿Algo así como estar en la recámara?

En ese mmento mi cerebro me demostró que debía tomar el mando y toda aquella humedad, labios, contracciones, dilataciones, erecciones y sudor, formaran parte de una escena de ciencia ficción en la que ya ni siquiera era la protagonista… ¿acaso lo había sido alguna vez? Lloré. Lloré. Y seguí haciéndolo durante días. “¿De verdad me lo había imaginado todo, había visto molinos de viento? No, mi intuición no me engañaba, yo no era el problema; por primera vez en mi vida pude enfrentarme a la realidad sin culparme. Al fin y al cabo había vivido… solo faltaba que la experiencia, más mística que otra cosa, me hubiera enseñado algo más que la importancia de vivir. Me reí sin realizar ni una sola mueca, mi corazón era el que lo hacía, conocedor de la verdad: volvería a caer, volvería a aparecer alguien que me subiera al cielo aún con peligro de caer sin red pero… ¿prefería no sufrir o no vivir?  Yo diría que no…

Rebelión (EDDI III) de @marcosnietogen1

Rebelión (EDDI III) de @marcosnietogen1

Marcos Nieto Pallarés, autor de seis libros imprescindibles en cualquier biblioteca que se precie. No es mi primera reseña acerca de uno de sus libros, pero esta en concreto es especial; Rebelión supone el final de la trilogía El destino del incorpóreo.

Nunca pensé que la ciencia ficción fuera una de mis temáticas favoritas —de hecho sigue sin serlo—, pero el autor ha conseguido que disfrute sumergiéndome en un mundo diferente, irreal —o quizá no— y con un sentimiento que hace que esta trilogía sea mucho más que ciencia ficción; la convierte en una historia humana. Para mí, esa es una de las cualidades de esta saga que la hace tan espeial; ¿ciencia ficción… humana? Nunca pensé que pudiera serlo, pero M.Nieto me ha hecho ver lo equivocada que estaba. Tras una segunda parte que no llegó a convencerme del todo, Rebelión ha vuelto a ser otro gran descubrimiento a la altura del primer volumen.

«El tiempo me ha hecho entender, que no siempre somos la misma persona; su paso cambia nuestras almas».

«Si alguien vive rodeado de gente buena, se acaba contagiando de dicha bondad».

«El pasado se difumina, desvanece y aleja, se queda suspendido una vida atrás».

«Debería morir quemado en el infierno por sentir lo que siento».

«El ansia de poder nos corroe a todos, sin distinción».

Estas son solo unas de las innumerables citas que convierten este tercer volumen en imprescindible para nuestra estantería o mesita de noche.

Todos sabemos que en un guerra no hay malos o buenos; cada uno —aún sin justificación— tiene sus motivos para luchar o no hacerlo; el autor consigue dar la humanidad que no parece merecer el malo” en esta guerra, sin posibilidad alguna de poder evitarla porque… ¿no debe todo el mundo tener el derecho a decidir sobre su vida, sea cual sea esta?

Cualquier libro merecedor de ser leído debe hacer reflexionar al lector, otra cualidad que no creía tampoco encontrar en la ciencia ficción, y que en esta trilogía quizá otras cosas no, pero reflexionar… se reflexiona y mucho. Una guerra por un propósito por el que todos deberíamos hacer lo que cada uno creyera conveniente para conseguirlo, un “¿qué habrá después de la muerte?”, un planteamiento de si no vivimos más de una vida —o al menos no lo recordarmos—, ¿no nos llevan cada una de nuestras decisiones a una vida diferente?; ¿hay que morir para vivir otra vida… o cada encrucijada puede aportarnos  una nueva?

Dejando a un lado la temática, los personajes, cómo está estructurado el libro o si realmente vemos una historia tan ficticia o no; el estilo de Marcos Nieto Pallarés es inconfundible y fantástico. Siempre he creído que las obras de los escritores son pedazos de si mismos que ofrecen al lector. Tengo la suerte de haber conocido —aunque solo sea en las redes sociales— al autor, y sus libros son como él: sinceros, directos y sin paja entre sus argumentos.

Una trilogía maravillosa y necesaria que todos deberíamos leer y con la que reflexionar; ahora solo os queda… disfrutarla.

La vida de @IsabelMataVicen

La vida de @IsabelMataVicen

La vida

 

La Vida es solo uno de los libros, junto Maldito Poder y Valentina, que podemos encontrar en amazon de la escritora Isabel Mata. Con un estilo propio y una manera de enfocar cada línea diferente a la anterior, La vida, consigue engancharte desde el primer capítulo.

Quizá capítulo quede muy teórico, muy contextual o alejado de la realidad para explicar lo que realmente es La vida; ¿no es la nuestra un conjunto de capítulos que se suceden y se  relacionan entre ellos, muchas veces no de una manera sucesiva? Así comienza esta novela tan poco convencional que nos hace entender la literatura de una manera diferente.

Nunca podemos saber cómo va a entender el lector a los personajes, sus historias o su manera de enfrentarse a ellas. ¿Por qué no hacer lo mismo como escritor? Sí, puede que no sea una novedad que una novela esté compuesta por diferentes historias, incluso que estas lleguen a un punto en común o que desde este, emerjan en direcciones diferentes pero… ¿qué pasa cuando ambos puntos son el mismo? ¿Qué ocurre cuando el escritor —en este caso escritora— consigue llevar a lector a un punto del que no sabía que había partido?

¿Complicado? Puede ser.

¿Oginal? Sin duda.

¿Giros inesperados? Uno detrás de otro.

No tiene por qué ser un guión distinto al que el lector se haya encontrado antes entra manos, pero seguro que sí lo es cómo se desarrolla y cómo las preguntas y manera de ver las cosas cambian cuando el desenlace se sucede sin poder ponerle punto y final. Exacto; ese es la gran virtud de esta novela, de su escritora o de la(s) historia(s) que en el se desarrolla(n): no es posible ponerle punto y final, solo punto y seguido.

Escribir puede parecer difícil —al menos hacerlo bien— pero lo realmente complicado es transmitir. Y si algo define a esta novela es lo que transmite y cómo lo hace. Maneras de enfrentarse a la vida con la que el lector puede sentirse identificado, o por el contrario, muy lejos de actuar de la misma manera. Ante un libro así, con vocabulario y expresiones opuestas en función de la historia y perfectamente adaptadas a cada situación, cada página lleva a diferentes momentos de la vida —esa que sostiene el libro— en los que puedes ver reflejado el propio cambio que el lector ha sentido y no se había parado ni siquiera a pensar. Nunca es tarde para percatarse, ¿no?

Así como cambiamos nosotros, cambian los personajes; así como nuestra manera de pensar evoluciona, evolucionan historias y perssonalidades. ¿Se necesita algo más para empezar a leer La vida? Yo creo que no.

¿Cruzar o no cruzar…?

¿Cruzar o no cruzar…?

sin ellas

Eran sus ojos; no, era su mirada, quizá cómo se dilataban sus pupilas frente a mí cuando me hablaba; tal vez esa coraza que poco a poco había construido día a día para evitar poner nombre a lo que sentía. ¿Acaso importaba? A mí desde luego no; yo solo sentía, solo atrapaba cada sensación, cada suspiro en el aire que me reviviera y me hiciera sentir viva. Y todo eso… me lo proporcionaba él, a cuenta gotas, quizá por miedo a que la intensidad de nuestros encuentros terminara con algo que ni siquiera había empezado. Solo había pasado un día desde que me subí a ese autobús y parecían años…a su lado. Durante años había oído cómo la trataba como a una reina y cómo en la cama e
Nunca pude imaginarme que el color verde de aquel semáforo no solo me daba permiso a cruzar la calle, sino a cruzar mucho más. Andé despacio, él se dio la vuelta y fue tal y como esperaba; mirada sincera, gesto… atrayente, mucho. Era el ex novio de una de mis mejores amigas, pero era consciente de que ella aún le quería, no deseaba pasar página, seguía albergando la esperanza de que él volviera l mundo parecía detenerse ante sus caricias, sus miradas, su manera de hacerla sentir como nadie antes lo había hecho. Yo me encontraba destinada lejos de casa durante los cinco años que estuvieron juntos y solo coincidimos una vez, breve, sin apenas cruzar palabra pero con una sensación de esas que te atraviesan y no eres capaz de olvidar por mucho que lo intentes.

A medida que Álvaro se acercaba a mí tras cruzar, no dejaba de rememorar aquel encuentro, aquellos dos besos que me traspasaron y se habían quedado dentro de mí hasta ese mismo momento en el que su recuerdo me estremeció. Dos besos suaves pero distantes; afectivos pero sin intensidad, y me di cuenta que solo yo había sentido esa conexión un año atrás. Me puse a su lado y entramos en la cafetería más cercana. Nos sentamos, comenzamos a hablar acerca de cómo podía ayudarme con mi problema laboral y no voy a negar que le oía, pero no le prestaba la atención necesaria; mi cabeza estaba muy lejos de allí. Solo diez minutos fueron suficientes para desmoronarme y dejarle entrar al lugar más profundo y lejano de mi interior. Cuando volví a casa mis piernas aún flaqueaban, mis manos temblaban y mi corazón palpitaba a una velocidad que no había sentido nunca antes. No vi nada por su parte que me demostrara que a él le hubiera pasado algo similar, pero igual hablaba mi falta de autoestima; quedaban más reuniones de trabajo y nunca se sabe.

Hubo una segunda vez, una tercera y una cuarta. Parecíamos adolescentes, sentados en el césped riendo y sin dejar de sonreír; nos rozábamos de manera inocente o eso parecía transmitirme hasta que me habló de lo que nos unió en aquella fiesta.

La quiero, es tu amiga y no te voy a engañar; pero esa relación no puede llegar a ningún sitio, y menos ahora.

No entendía esa coletilla… ¿menos ahora? Mi expresión confusa debió anirmarle a continuar:

Yo no soy así, no me abro a la gente tan pronto y menos cómo lo he hecho contigo; pero esto no puede ser.

Un rayo pareció atravesarme. Todas las escenas que había imaginado con él, comenzaron a sucederse una tras otra; su lengua recorriéndome entera, su rostro escondido entre mis piernas mientras mis manos se entrelazaban entre sus mechones de pelo, las suyas en mis nalgas con las yemas de sus dedos estrechando mi piel, su sexo introduciéndose y penetrándome mientras su mirada llegaba a mi alma y se la llevaba con él, lejos, a un mundo desconocido del que yo no quería volver.

—¿Mónica? Pareces lejos de aquí, ¿estás bien? Siento lo que te acabo de decir, igual ni siquiera te lo habías planteado, pero creo que está conexión, esta intensidad… es tan evidente.

Le oí, sí, le escuché, pero en mi cabeza él seguía sobre mí, deslizándose en mi interior y humedeciéndome sin pensar que sus palabras que me decía, hacían imposibles esos momentos.

—Ehhh, sí, perdona, tienes razón. Esto no puede ser —dije sin poder disimular la tristeza en mis palabras.

Me puse en pie dispuesta a irme cuando él hizo lo mismo y sujetó mi muñeca sin dejar que me moviera.

—Espera, esto no puede acabar aquí; necesito tenerte en mi vida, necesito que hagamos que esto funcione… aunque no crucemos esa línea roja que nos separa.

No podía, mis muslos se contraían, creí poder caer ahí mismo si no me dejaba marcharme. Sentía el sabor de sus labios, su lengua enredada con la mía, saboreando todo lo que llevaba guardando para él más tiempo del que ni yo misma me habría imaginado. Le miré a los ojos, busqué una señal de que aquello real, de que de verdad era el final o por el contrario podríamos hacer que funcionara. Sin decir nada más allá que lo que expresaba el diálogo mudo de nuestros ojos, me abrazó el cuello y me besó; un beso lento, en la comisura de los labios. Y me abrazó. Mi mejilla estaba apoyada en su pecho y su corazón quería salir al alcance del mío.

Hay sentimientos que por mucho que queramos, no pueden ni esconderse ni ser encerrados; los corazones no saben encarcelar nada que les permita seguir palpitando con fuerza.

Nos encaminamos a la parada del autobús sin pronunciar palabra, pero nuestros ojos no dejaron de mirarse. El autobús llegó, volvió a abrazar mi cuello, nuestras comisuras volvieron a encontrarse y sentada junto a la ventana me alejé mientras él se quedo de pie, mirando como quizá, habíamos perdido la oportunidad de ser felices.

No habíamos cruzado, no habíamos roto las ataduras del pasado… no nos habíamos arriesgado a ser felices.

Despertar…

Despertar…

despertar

No quería abrir los ojos, la realidad le esperaba y sentía no tener fuerzas para enfrentarse a ella; llevaba mucho tiempo evitándola y creía poder continuar así hasta…, hasta que sucedió.

Se levantó, corrió las cortinas y un haz de luz la deslumbró. « Necesito un café, o quizá uno tras otro». Se encaminó despacio hacia la cocina, parecía no poder dar un paso tras otro; sentía sus piernas pesadas cuando recordó o más bien fueron las imágenes que aparecieron sin pretenderlo en su cabeza, lo que le hicieron verse tumbada en la cama, entre las sábanas, entre sus brazos. No dejaban de acariciarse, sus sexos se llamaban a gritos en un silencio que llevaba demasiado tiempo ahogado, escondido bajo llave en lo más profundo de sus anhelos. No pudo evitar estremecerse cuando volvió a sentir de nuevo esa corriente entre sus piernas, tanto, que estuvo a punto de caer al suelo. Sintió cómo la humedad invadía su ropa interior, su corazón comenzaba a palpitar más rápido y su cara, la de él, tan perfecta, tan inmejorable, tan de otro mundo…, no parecía querer abandonarla. Tenía mucho en qué pensar, desde que hacía años, quizá desde la adolescencia sino antes, nadie había entendido su necesidad de darle tanta importancia al sexo, a esa intimidad que se compartía más allá de los cuerpos. Para ella era mucho más, esas sensaciones que se compartían, esas miradas en las que se podía perder y encontrarse sin brújula que marcara el rumbo…, hasta el día que llegó él y solo quiso vivirlo todo a su lado. Pasaron los años, llegaron los hijos, las enfermedades, las alegrías, llegó… la vida. Todo parecía encajar, encontrar su sitio. El sexo había supuesto la primera conexión; cada noche eran uno. Descubrían cada recoveco, aún podía recordar la noche en la que sus morenas areolas fueron arrulladas, desnudadas, examinadas hasta cotas inimaginables mientras sus pezones no fueron capaces de ablandarse. No pudo evitar que el recuerdo dibujara una sonrisa melancólica en su rostro.

El silbido de la cafetera la devolvió a su cocina, a su realidad, aún con la humedad presente entre sus piernas. Se sentó despacio tras colocar unas galletas en un precioso plato, tan bonito casi como ella. Adjetivo que tantas veces había escuchado y nunca hasta ese día había creído. Llegó por casualidad —como todo lo que realmente merece la pena en esta vida— y ni siquiera se percató hasta aquella mañana. Estaban sentados en una terraza del centro, el sol de la primavera ya comenzaba a sentirse en cada rincón de la ciudad y de su cuerpo. Una fina camiseta con unos pantalones vaqueros ceñidos, marcaban sus curvas. Esas que tampoco llegaba a creer que fueran diferentes a las del resto. Sin saber cómo, comenzó a evadirse de la conversación, sus ojos parecían ver a cámara lenta como esos perfectos labios se deslizaban sobre su lengua frente a ella; cómo sus impecables dedos se movían pareciendo llamarla; cómo esa mirada era capaz de haberle hecho perderse sin necesidad de brújula pero con un rumbo frente a ella que se asemejaba a la perfección que tenía frente a ella.

« ¿Qué está pasando? Estoy casada, tengo hijos, una vida…, soy feliz, ¿verdad? Nunca me he planteado lo contrario».

Cuando llegó a casa y cerró la puerta tras ella, se sentó en el suelo y dejó el bolso entre sus piernas. No paraba de pensar en lo que había ocurrido, en todas esas sensaciones que siempre iban ligadas al sexo, a compartir cuerpo y alma…, « ¿cómo ha podido pasar si ni siquiera nos hemos tocado, ni besado…?». Se mantuvo horas allí, perdida, confundida, desorientada. Cuando su marido llegó la encontró frente a la televisión, ella se giró, le miró a los ojos e intentó buscar aquello que encontró tantos años atrás. Y ahora, tras despertar, sentada en un taburete en su cocina, volvía a sentir lo mismo que aquel día sentada en el suelo. « ¡¿Cómo ha sido todo tan intenso?! ¡¿Cómo puedo encontrar el camino?!». Su móvil vibró sobre la mesa, era un mensaje, lo abrió y una canción —su canción— sonó, rompiendo las puertas a todas esas lágrimas que llevaba meses conteniendo.

Y así, sin más, decidió que la vida seguiría su curso decidiera lo que decidiera… ¿Por qué no simplemente vivirla con intensidad?