La vida de @IsabelMataVicen

La vida de @IsabelMataVicen

La vida

 

La Vida es solo uno de los libros, junto Maldito Poder y Valentina, que podemos encontrar en amazon de la escritora Isabel Mata. Con un estilo propio y una manera de enfocar cada línea diferente a la anterior, La vida, consigue engancharte desde el primer capítulo.

Quizá capítulo quede muy teórico, muy contextual o alejado de la realidad para explicar lo que realmente es La vida; ¿no es la nuestra un conjunto de capítulos que se suceden y se  relacionan entre ellos, muchas veces no de una manera sucesiva? Así comienza esta novela tan poco convencional que nos hace entender la literatura de una manera diferente.

Nunca podemos saber cómo va a entender el lector a los personajes, sus historias o su manera de enfrentarse a ellas. ¿Por qué no hacer lo mismo como escritor? Sí, puede que no sea una novedad que una novela esté compuesta por diferentes historias, incluso que estas lleguen a un punto en común o que desde este, emerjan en direcciones diferentes pero… ¿qué pasa cuando ambos puntos son el mismo? ¿Qué ocurre cuando el escritor —en este caso escritora— consigue llevar a lector a un punto del que no sabía que había partido?

¿Complicado? Puede ser.

¿Oginal? Sin duda.

¿Giros inesperados? Uno detrás de otro.

No tiene por qué ser un guión distinto al que el lector se haya encontrado antes entra manos, pero seguro que sí lo es cómo se desarrolla y cómo las preguntas y manera de ver las cosas cambian cuando el desenlace se sucede sin poder ponerle punto y final. Exacto; ese es la gran virtud de esta novela, de su escritora o de la(s) historia(s) que en el se desarrolla(n): no es posible ponerle punto y final, solo punto y seguido.

Escribir puede parecer difícil —al menos hacerlo bien— pero lo realmente complicado es transmitir. Y si algo define a esta novela es lo que transmite y cómo lo hace. Maneras de enfrentarse a la vida con la que el lector puede sentirse identificado, o por el contrario, muy lejos de actuar de la misma manera. Ante un libro así, con vocabulario y expresiones opuestas en función de la historia y perfectamente adaptadas a cada situación, cada página lleva a diferentes momentos de la vida —esa que sostiene el libro— en los que puedes ver reflejado el propio cambio que el lector ha sentido y no se había parado ni siquiera a pensar. Nunca es tarde para percatarse, ¿no?

Así como cambiamos nosotros, cambian los personajes; así como nuestra manera de pensar evoluciona, evolucionan historias y perssonalidades. ¿Se necesita algo más para empezar a leer La vida? Yo creo que no.

¿Cruzar o no cruzar…?

¿Cruzar o no cruzar…?

sin ellas

Eran sus ojos; no, era su mirada, quizá cómo se dilataban sus pupilas frente a mí cuando me hablaba; tal vez esa coraza que poco a poco había construido día a día para evitar poner nombre a lo que sentía. ¿Acaso importaba? A mí desde luego no; yo solo sentía, solo atrapaba cada sensación, cada suspiro en el aire que me reviviera y me hiciera sentir viva. Y todo eso… me lo proporcionaba él, a cuenta gotas, quizá por miedo a que la intensidad de nuestros encuentros terminara con algo que ni siquiera había empezado. Solo había pasado un día desde que me subí a ese autobús y parecían años…a su lado. Durante años había oído cómo la trataba como a una reina y cómo en la cama e
Nunca pude imaginarme que el color verde de aquel semáforo no solo me daba permiso a cruzar la calle, sino a cruzar mucho más. Andé despacio, él se dio la vuelta y fue tal y como esperaba; mirada sincera, gesto… atrayente, mucho. Era el ex novio de una de mis mejores amigas, pero era consciente de que ella aún le quería, no deseaba pasar página, seguía albergando la esperanza de que él volviera l mundo parecía detenerse ante sus caricias, sus miradas, su manera de hacerla sentir como nadie antes lo había hecho. Yo me encontraba destinada lejos de casa durante los cinco años que estuvieron juntos y solo coincidimos una vez, breve, sin apenas cruzar palabra pero con una sensación de esas que te atraviesan y no eres capaz de olvidar por mucho que lo intentes.

A medida que Álvaro se acercaba a mí tras cruzar, no dejaba de rememorar aquel encuentro, aquellos dos besos que me traspasaron y se habían quedado dentro de mí hasta ese mismo momento en el que su recuerdo me estremeció. Dos besos suaves pero distantes; afectivos pero sin intensidad, y me di cuenta que solo yo había sentido esa conexión un año atrás. Me puse a su lado y entramos en la cafetería más cercana. Nos sentamos, comenzamos a hablar acerca de cómo podía ayudarme con mi problema laboral y no voy a negar que le oía, pero no le prestaba la atención necesaria; mi cabeza estaba muy lejos de allí. Solo diez minutos fueron suficientes para desmoronarme y dejarle entrar al lugar más profundo y lejano de mi interior. Cuando volví a casa mis piernas aún flaqueaban, mis manos temblaban y mi corazón palpitaba a una velocidad que no había sentido nunca antes. No vi nada por su parte que me demostrara que a él le hubiera pasado algo similar, pero igual hablaba mi falta de autoestima; quedaban más reuniones de trabajo y nunca se sabe.

Hubo una segunda vez, una tercera y una cuarta. Parecíamos adolescentes, sentados en el césped riendo y sin dejar de sonreír; nos rozábamos de manera inocente o eso parecía transmitirme hasta que me habló de lo que nos unió en aquella fiesta.

La quiero, es tu amiga y no te voy a engañar; pero esa relación no puede llegar a ningún sitio, y menos ahora.

No entendía esa coletilla… ¿menos ahora? Mi expresión confusa debió anirmarle a continuar:

Yo no soy así, no me abro a la gente tan pronto y menos cómo lo he hecho contigo; pero esto no puede ser.

Un rayo pareció atravesarme. Todas las escenas que había imaginado con él, comenzaron a sucederse una tras otra; su lengua recorriéndome entera, su rostro escondido entre mis piernas mientras mis manos se entrelazaban entre sus mechones de pelo, las suyas en mis nalgas con las yemas de sus dedos estrechando mi piel, su sexo introduciéndose y penetrándome mientras su mirada llegaba a mi alma y se la llevaba con él, lejos, a un mundo desconocido del que yo no quería volver.

—¿Mónica? Pareces lejos de aquí, ¿estás bien? Siento lo que te acabo de decir, igual ni siquiera te lo habías planteado, pero creo que está conexión, esta intensidad… es tan evidente.

Le oí, sí, le escuché, pero en mi cabeza él seguía sobre mí, deslizándose en mi interior y humedeciéndome sin pensar que sus palabras que me decía, hacían imposibles esos momentos.

—Ehhh, sí, perdona, tienes razón. Esto no puede ser —dije sin poder disimular la tristeza en mis palabras.

Me puse en pie dispuesta a irme cuando él hizo lo mismo y sujetó mi muñeca sin dejar que me moviera.

—Espera, esto no puede acabar aquí; necesito tenerte en mi vida, necesito que hagamos que esto funcione… aunque no crucemos esa línea roja que nos separa.

No podía, mis muslos se contraían, creí poder caer ahí mismo si no me dejaba marcharme. Sentía el sabor de sus labios, su lengua enredada con la mía, saboreando todo lo que llevaba guardando para él más tiempo del que ni yo misma me habría imaginado. Le miré a los ojos, busqué una señal de que aquello real, de que de verdad era el final o por el contrario podríamos hacer que funcionara. Sin decir nada más allá que lo que expresaba el diálogo mudo de nuestros ojos, me abrazó el cuello y me besó; un beso lento, en la comisura de los labios. Y me abrazó. Mi mejilla estaba apoyada en su pecho y su corazón quería salir al alcance del mío.

Hay sentimientos que por mucho que queramos, no pueden ni esconderse ni ser encerrados; los corazones no saben encarcelar nada que les permita seguir palpitando con fuerza.

Nos encaminamos a la parada del autobús sin pronunciar palabra, pero nuestros ojos no dejaron de mirarse. El autobús llegó, volvió a abrazar mi cuello, nuestras comisuras volvieron a encontrarse y sentada junto a la ventana me alejé mientras él se quedo de pie, mirando como quizá, habíamos perdido la oportunidad de ser felices.

No habíamos cruzado, no habíamos roto las ataduras del pasado… no nos habíamos arriesgado a ser felices.

Despertar…

Despertar…

despertar

No quería abrir los ojos, la realidad le esperaba y sentía no tener fuerzas para enfrentarse a ella; llevaba mucho tiempo evitándola y creía poder continuar así hasta…, hasta que sucedió.

Se levantó, corrió las cortinas y un haz de luz la deslumbró. « Necesito un café, o quizá uno tras otro». Se encaminó despacio hacia la cocina, parecía no poder dar un paso tras otro; sentía sus piernas pesadas cuando recordó o más bien fueron las imágenes que aparecieron sin pretenderlo en su cabeza, lo que le hicieron verse tumbada en la cama, entre las sábanas, entre sus brazos. No dejaban de acariciarse, sus sexos se llamaban a gritos en un silencio que llevaba demasiado tiempo ahogado, escondido bajo llave en lo más profundo de sus anhelos. No pudo evitar estremecerse cuando volvió a sentir de nuevo esa corriente entre sus piernas, tanto, que estuvo a punto de caer al suelo. Sintió cómo la humedad invadía su ropa interior, su corazón comenzaba a palpitar más rápido y su cara, la de él, tan perfecta, tan inmejorable, tan de otro mundo…, no parecía querer abandonarla. Tenía mucho en qué pensar, desde que hacía años, quizá desde la adolescencia sino antes, nadie había entendido su necesidad de darle tanta importancia al sexo, a esa intimidad que se compartía más allá de los cuerpos. Para ella era mucho más, esas sensaciones que se compartían, esas miradas en las que se podía perder y encontrarse sin brújula que marcara el rumbo…, hasta el día que llegó él y solo quiso vivirlo todo a su lado. Pasaron los años, llegaron los hijos, las enfermedades, las alegrías, llegó… la vida. Todo parecía encajar, encontrar su sitio. El sexo había supuesto la primera conexión; cada noche eran uno. Descubrían cada recoveco, aún podía recordar la noche en la que sus morenas areolas fueron arrulladas, desnudadas, examinadas hasta cotas inimaginables mientras sus pezones no fueron capaces de ablandarse. No pudo evitar que el recuerdo dibujara una sonrisa melancólica en su rostro.

El silbido de la cafetera la devolvió a su cocina, a su realidad, aún con la humedad presente entre sus piernas. Se sentó despacio tras colocar unas galletas en un precioso plato, tan bonito casi como ella. Adjetivo que tantas veces había escuchado y nunca hasta ese día había creído. Llegó por casualidad —como todo lo que realmente merece la pena en esta vida— y ni siquiera se percató hasta aquella mañana. Estaban sentados en una terraza del centro, el sol de la primavera ya comenzaba a sentirse en cada rincón de la ciudad y de su cuerpo. Una fina camiseta con unos pantalones vaqueros ceñidos, marcaban sus curvas. Esas que tampoco llegaba a creer que fueran diferentes a las del resto. Sin saber cómo, comenzó a evadirse de la conversación, sus ojos parecían ver a cámara lenta como esos perfectos labios se deslizaban sobre su lengua frente a ella; cómo sus impecables dedos se movían pareciendo llamarla; cómo esa mirada era capaz de haberle hecho perderse sin necesidad de brújula pero con un rumbo frente a ella que se asemejaba a la perfección que tenía frente a ella.

« ¿Qué está pasando? Estoy casada, tengo hijos, una vida…, soy feliz, ¿verdad? Nunca me he planteado lo contrario».

Cuando llegó a casa y cerró la puerta tras ella, se sentó en el suelo y dejó el bolso entre sus piernas. No paraba de pensar en lo que había ocurrido, en todas esas sensaciones que siempre iban ligadas al sexo, a compartir cuerpo y alma…, « ¿cómo ha podido pasar si ni siquiera nos hemos tocado, ni besado…?». Se mantuvo horas allí, perdida, confundida, desorientada. Cuando su marido llegó la encontró frente a la televisión, ella se giró, le miró a los ojos e intentó buscar aquello que encontró tantos años atrás. Y ahora, tras despertar, sentada en un taburete en su cocina, volvía a sentir lo mismo que aquel día sentada en el suelo. « ¡¿Cómo ha sido todo tan intenso?! ¡¿Cómo puedo encontrar el camino?!». Su móvil vibró sobre la mesa, era un mensaje, lo abrió y una canción —su canción— sonó, rompiendo las puertas a todas esas lágrimas que llevaba meses conteniendo.

Y así, sin más, decidió que la vida seguiría su curso decidiera lo que decidiera… ¿Por qué no simplemente vivirla con intensidad?

El silbido de la serpiente de @damadenovelas

El silbido de la serpiente de @damadenovelas

elsilbido de la serpiente

Bien es sabido por todos, que la novela negra no es uno de mis géneros favoritos —quizá por no ser en el que mejor me muevo—, pero cuál fue mi sorpresa al encontrarme con El silbido de la serpiente de Aída del Pozo entre mis manos. En un principio, no supe qué me encontraría; muchas veces una portada, un título, o una buena reseña nos llevan a comenzar un libro que de otra manera no nos habríamos planteado leer.

Un prólogo interesante, en el que el lector se plantea si de verdad su opinión coincidirá con la del escritor del mismo, te empuja a comenzar planteándote qué te quieren hacer intuir y qué es lo que puedes encontrarte cuando se comience con la narración de la historia. Una vez empezada esta, ya no puedes parar a pensar qué ocurre. Cientos de preguntas se agolpan sin saber cuál llegó primero o cuál es la más importante para darle un sentido a la historia.

¿Un asesino en serie? Tema manido y más que utilizado, pero Aída del Pozo consigue darle otra vuelta de hoja cuando no parece posible. ¿Os habéis preguntado cómo es la mente de estos asesinos? ¿Acaso todos siguen el mismo platrón? Muchas series televisivas, películas y libros abordan el tema, pero en El silbido de la serpiente, el contexto es diferente. Un contexto rodeado de escenas de sexo perfectamente relatadas y adaptadas a las diferentes situaciones en las que se mueve el protagonista.  Quizá el sexo como tal influye tanto en nuestras vidas, que no podemos llegar a entender los efectos que puede tener, así como el resto de aspectos que completan la vida de estas mentes perturbadas, alejadas de lo normal y tan difíciles de entender.

Relatada de una manera en la que intentas comprender qué pasa por la mente del protagonista y su compañera de cama, consigue acercarte a un mundo diferente, adentrarte en situaciones y planteamientos que dan los giros suficientes como para no dejar de hacerte preguntas y mantener el interés, el porqué de cada detalle que quizá tenga más importancia de la que se da en un primer momento.

¿Tienen alma estos asesinos? ¿Es posible una cura aunque la metodología de la misma no sea políticamente correcta? ¿Vosotros tenéis como lectores, opciones diferentes para llevarla a cabo, o lo dais por perdido? Quizá lo que otros ven desde fuera es lo que nosotros como lectores, podemos también ver, plantearnos o simplemente, estar tanto de acuerdo como en desacuerdo.Estas entre otras, son solo algunas de las preguntas que la escritora consigue transmitir a la persona que está con su libro entre sus manos y de una manera sosegada pero no lenta; pausada pero vigorosa, te envuelve cual serpiente sin poder escapar.

No os perdáis ningún detalle, no penséis que está todo entendido y no dejéis de buscar el significado de cada particularidad.

Sombras en la cama…

Sombras en la cama…

sombras

La tímida luz del sol amenazaba con obligarme a recibir el día con una sonrisa. El cálido ambiente que se podía respirar en la habitación me recordó a él, a su mirada, a su sonrisa, a sus palabras. Un escalofrío suave, propio de las primeras mañanas de primavera, me recorrió y no pude evitar que mis pezones se endurecieran y mis caderas ronronearan con suavidad mientras un leve gemido escapó de entre mis labios. Junto a mí, solo un espacio vacío que me recordó las sombras de las que intentaba olvidarme; unas sombras que parecían haberse diluido entre mis pensamientos. Solo estaba yo, pero su huella aún parecía marcada en las paredes, en cada rincón, en mi interior… Si me estremecía sabía que era por él, si sonreía no dudaba de que era por un recuerdo de cada una de nuestros encuentros. Había sido breve, apenas unas semanas, pero cada uno de los minutos de aquellos días llevaban su nombre grabado en mi piel con una tinta que sería imposible borrar.

Aquella cafetería pequeña, coqueta, escondida entre las calles lejos del bullicio, fue testigo del torbellino silencioso que me embriagaba enseñándome el significado de lo que era sentirse viva. ¿Físico? Ese primer día desconocía si sería posible —no así necesario, porque sí lo era aún sin saber por qué—. Sus manos transmitían seguridad, paz, tranquilidad; sus movimientos, atracción incontrolable. Una atracción que me invadió desde ese primera mirada encontrada que consiguió emanar toda la humedad escondida en mí y que desconocía poseer. Él no tendría por qué saber nada de mis movimientos sutiles por el deseo de sentir la yema de sus dedos sobre mi piel, esa que se erizaba solo con imaginarlo; imaginación que desde aquel día no dejó de volar alejándose de la jaula donde se encontraba encerrada. Me estremecía en silencio, la erección constante en mis pezones era disimulada por mi ropa interior y mi labio inferior atacado con violencia incontrolable por mi propia boca, era acompañado por mi silencioso deseo que decidió no esconderse tras el tercer encuentro.

Llegué a casa nerviosa, las piernas flaqueaban sin control cuando oí pasos tras la puerta y alguien la golpeó con los nudillos. Abrí sin preguntar, sin saber quién era, sin preguntarme nada; mi cuerpo y mi cabeza estaban lejos de allí hasta que vi sus ojos frente a mí y todo se difuminó. Me abalancé sobre él, sin esperar respuesta, sin hacer preguntas, dejé a mi cuerpo actuar y yo solo me dejé llevar. Abracé su cuello entrelazando mis dedos con sus mechones de pelo, le introduje en el recibidor y le empujé sobre el perchero que amortiguó nuestro golpe con la pared. Me miraba sin pronunciar palabra, sus labios parecían querer hablar pero su mirada lo hacía por ellos y sus manos estrecharon mi cintura con vehemencia. ¿Acaso sus sentimientos correspondían los míos? Deslizó mi camisa hasta arrojarla sobre el suelo y hundir su rostro entre mis pechos; firmes y expectantes, deseosos de conocer la suavidad de sus labios. Saboreó cada milímetro de ellos con su lengua ávida de mí mientras yo me estremecía y ronroneaba junto a su oído, impregnando su cuello de mi agitada respiración. Se separó, aferró mi cara entre sus manos y me besó. Dulce, lento, recorriendo mis labios, mi lengua. Se agachó y sin mediar palabra, reptó por mis rodillas, acarició mis piernas y su lengua ascendió por mis muslos hasta llegar al centro de mi deseo. Deseo físico rivalizado con el íntimo que residía en mi pecho, en mi corazón. Se introdujo en mí y a punto estuve de caer. Sus manos inmovilizaron mis caderas y apoyé las manos en la pared frente a mí, colocando mi frente sobre ella, encerrándole entre mis piernas.

Me dejé llevar, solo sentí, solo me fundí con él… con nosotros, mientras su lengua no dejaba de degustar la humedad que llevaba su nombre, el interior de mis paredes contraídas por él, para él, con él, en mi interior. Me colocó sobre el suelo e introdujo su sexo en mí sin dejar de mirarme, sin pedir permiso ni esperar nada más que a mí misma, nada más que a nosotros. Apenas unos minutos fueron suficientes para detonarse en ambos una bomba que ni siquiera habíamos accionado, que no siquiera sabíamos que existía. Nos miramos y todo cobró sentido.

Observando su sombra sobre la cama, que ni la luz más deslumbrante del sol podía borrar, decidí recordar solo aquella intensidad, aquella pasión inesperada que me descubrió quién era yo en realidad.

En silencio…

En silencio…

love triste

« Respira. Calla. No digas nada…», palabras que no dejaban de repetirse en mi cabeza mientras sus ojos llegaban a lo más profundo de mi alma. Me miraba, nuestras pupilas se encontraban mientras no dejaban de dilatarse y yo tenía que controlar cada uno de mis gestos y expresiones corporales para escuchar lo que me decía. ¿En qué momento habíamos llegado a este punto? La eterna pregunta: ¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?, se enredaba con todos aquellos pensamientos que quería dejar encerrados en mi corazón o en el lugar del que hubieran escapado. Llegamos a una edad en la que sabemos cómo diferenciar ambos términos, lo difícil en ocasiones, es querer hacerlo; ¿acaso podemos?

En ese momento una mirada diferente me atravesó, al mismo tiempo que las gotas de lluvia golpeaban la ventana tras nosotros con violencia; una violencia que resquebrajó mis entrañas y me lanzó hacia él sin pensarlo, atraída por una fuerza desconocida hasta entonces —o quizá ya olvidada—. Creía no tener mis cinco sentidos concentrados en sus palabras, pero mi reacción me demostró todo lo contrario. Una lágrima fuerte, intensa y viva quiso poder respirar fuera de mí; se ahogaba en mi interior. Lo que hasta unos días era una conexión física… ¿se había tornado en algo más o simplemente no había querido verlo? Allí estaba, frente a mí, compartiendo un enorme secreto que pocos conocían y me convertían en alguien especial. ¿Especial? ¿Eso es lo que era? ¿En lo que me convertía aquello en realidad? No era capaz de pensar, de dar una explicación que devolviera la tranquilidad a mis pensamientos; necesitaba una lógica que me permitiera cerrar los ojos y comprender que no había maldad en aquello, que no debemos arrepentirnos de un sentimiento solo por no saber con qué nombre expresarlo. Esa manera de estremecerme, sonreír, sentir la intensidad de mi propia mirada en mi interior… no podría ser mala dijeran lo que dijeran las normas establecidas porque… ¿quién las dictaminó?

Sí, teníamos vidas separadas que en algún momento de nuestro camino se unieron pero no se podían fundir; teníamos sentimientos inesperados que nunca hubiéramos imaginado; lo teníamos todo, hasta ese momento,  en ese café, en el que la vida nos hizo dudar. Dudas que nos harían pensar, priorizar hasta cuánto estaríamos dispuestos a luchar…

¿Acaso la lucha también forma parte de las conexiones que no esperamos y aparecen sin buscarlas? Sin duda, la mayor lucha se fragua en silencio.

Entre susurros…

Entre susurros…

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Las gotas de lluvia se deslizaban por mi cara llevándose con ellas todo aquello que me había hecho sufrir durante semanas. Todo se había complicado, parecía haber sido solo un sueño; quizá la fue y todo mi ser, simplemente decidió vivirlo como algo real. Caminaba sin dejar de pensar en aquella mañana, esa en la que los susurros se convirtieron en mucho más.

Era tarde, un malentendido había hecho que ambos estuviéramos en lugares diferentes cuando deberíamos estar en el mismo. Estaba nerviosa, no podía controlar el temblor que me atenazaba; necesitaba que aquello saliera bien, no haberme equivocado y haber encontrado lo que tanto tiempo llevaba buscando. Pude verle antes de que lo hiciera él, solo un paso de cebra nos separaba y mientras esperaba a poder cruzar, él se dio la vuelta y nuestras miradas se encontraron. Pude sentir cómo el mundo desaparecía a mi alrededor y mis ojos no pudieron evitar mirar al suelo. El rubor se desbordaba en mi rostro y abrumaba el resto de mi cuerpo hasta el punto de estremecerme. Debí quedarme paralizada porque fue él quien se dirigió hacia mí. Con dos protocolarios besos y su mano sobre mi hombro escuché como susurraba: « ¡Qué carita de frío! Vamos a tomar algo a un lugar donde puedas entrar en calor». Aunque mi carita reflejara el frío del invierno, solo su presencia frente a mí había conseguido que entrara en calor. Elegimos la primera cafetería que vimos aún atestado de gente. El olor a café hizo que me sintiera como en casa y su mirada al preguntarme qué quería tomar, hizo que esa casa se convirtiera en hogar.

¿Cómo era posible? Era la primera vez que nos veíamos y un escalofrío alejado de las frescas temperaturas me recorría sin dejar ningún rincón de mi cuerpo excluido de aquella sensación tan placentera. El sonido a nuestro alrededor era atronador pero yo solo le veía y le escuchaba a él. Hablaba entra susurros, pero la fuerza de su mirada que no dejaba de penetrarme, hacía que pudiera oír cada una de sus palabras; no sin alejarme de allí e imaginarnos en cualquier otro sitio. Solos. Nosotros. Sin nadie más. Pude sentir cómo su preciosa mano se acercaba a mi mejilla y me acariciaban con suavidad —o quizá eran sus palabras quienes lo hacían—. Mi cuerpo se estremeció y mi sexo se aceleró mientras no pude evitar morder mi labio inferior. Llevé un par de dedos a mi labio, recorriéndolo e intentar disimular así  aún no sé muy bien el qué. Su mano, que aún sentía en mi mejilla, descendió por mi cuello y mis pezones se endurecieron mientras mi rostro luchaba por disimular la expresión de deseo incontrolable por todas aquellas emociones que me recorrían. Se levantó y fue a la barra, donde pude observarle en toda su plenitud.

No era perfección; era mucho más.

No era físico; era excelencia.

No era capaz de saber qué ocurría, no podía descifrar aquel diálogo mudo entre nosotros. Cuando volví a tenerlo sentado frente a mí, su mano ya estaba en la curva de mis caderas y la humedad entre mis piernas llevaba su nombre. Me agité nerviosa en mi asiento sin querer evitar que todas las imágenes que se sucedían por mi mente desaparecieran. Sentí cómo esa mirada que me penetraba se introducía entre mis labios mientras mis piernas querían aprehenderla allí. Dentro de mí, como si fuera su sexo quien se introdujera duro y tenaz; sin pedir permiso, quizá porque sabía que no lo necesitaba. Intentaba escuchar lo que me decía, pero cada detalle, cada expresión corporal se convertía en una escena entre nosotros alejada de la realidad. Decidí no resistirme más y me dejé llevar. Lo imaginé sobre mí, deslizando sus manos sobre mi cuerpo desnudo y mi piel erizada por él; la expresión de mi carita pasó de ángel a demonio, de rosa a rojo pasión, de diálogo a hecho.

—¿Estás bien? Si no estás de acuerdo puedes decírmelo, no hay problema —comentó sin imaginar con lo que realmente no estaba de acuerdo.

—Sí, tranquilo, no hay problema. Me parece bien. —No sabía qué era lo que me parecía bien, pero cualquier cosa que viniera de él me parecería excelente.

Intenté volver a nuestra conversación, arrancarlo de mi interior, de lo más profundo de mi persona… pero ya se había introducido en mi alma. Aquella noche no pude dormir, soñé con él, con su alma, con nuestros cuerpos desnudos y abrazados siendo un solo ser. ¿Cómo un solo encuentro, un diálogo mudo y una profunda mirada me habían azorado tanto? Solo el tiempo podría contestarme… Seguí caminando bajo la lluvia, recordando, estremeciéndome con aquella tarde, deseando que no hubiera sido ficción y que él sintiera lo mismo.