Sombras en la cama…

Sombras en la cama…

sombras

La tímida luz del sol amenazaba con obligarme a recibir el día con una sonrisa. El cálido ambiente que se podía respirar en la habitación me recordó a él, a su mirada, a su sonrisa, a sus palabras. Un escalofrío suave, propio de las primeras mañanas de primavera, me recorrió y no pude evitar que mis pezones se endurecieran y mis caderas ronronearan con suavidad mientras un leve gemido escapó de entre mis labios. Junto a mí, solo un espacio vacío que me recordó las sombras de las que intentaba olvidarme; unas sombras que parecían haberse diluido entre mis pensamientos. Solo estaba yo, pero su huella aún parecía marcada en las paredes, en cada rincón, en mi interior… Si me estremecía sabía que era por él, si sonreía no dudaba de que era por un recuerdo de cada una de nuestros encuentros. Había sido breve, apenas unas semanas, pero cada uno de los minutos de aquellos días llevaban su nombre grabado en mi piel con una tinta que sería imposible borrar.

Aquella cafetería pequeña, coqueta, escondida entre las calles lejos del bullicio, fue testigo del torbellino silencioso que me embriagaba enseñándome el significado de lo que era sentirse viva. ¿Físico? Ese primer día desconocía si sería posible —no así necesario, porque sí lo era aún sin saber por qué—. Sus manos transmitían seguridad, paz, tranquilidad; sus movimientos, atracción incontrolable. Una atracción que me invadió desde ese primera mirada encontrada que consiguió emanar toda la humedad escondida en mí y que desconocía poseer. Él no tendría por qué saber nada de mis movimientos sutiles por el deseo de sentir la yema de sus dedos sobre mi piel, esa que se erizaba solo con imaginarlo; imaginación que desde aquel día no dejó de volar alejándose de la jaula donde se encontraba encerrada. Me estremecía en silencio, la erección constante en mis pezones era disimulada por mi ropa interior y mi labio inferior atacado con violencia incontrolable por mi propia boca, era acompañado por mi silencioso deseo que decidió no esconderse tras el tercer encuentro.

Llegué a casa nerviosa, las piernas flaqueaban sin control cuando oí pasos tras la puerta y alguien la golpeó con los nudillos. Abrí sin preguntar, sin saber quién era, sin preguntarme nada; mi cuerpo y mi cabeza estaban lejos de allí hasta que vi sus ojos frente a mí y todo se difuminó. Me abalancé sobre él, sin esperar respuesta, sin hacer preguntas, dejé a mi cuerpo actuar y yo solo me dejé llevar. Abracé su cuello entrelazando mis dedos con sus mechones de pelo, le introduje en el recibidor y le empujé sobre el perchero que amortiguó nuestro golpe con la pared. Me miraba sin pronunciar palabra, sus labios parecían querer hablar pero su mirada lo hacía por ellos y sus manos estrecharon mi cintura con vehemencia. ¿Acaso sus sentimientos correspondían los míos? Deslizó mi camisa hasta arrojarla sobre el suelo y hundir su rostro entre mis pechos; firmes y expectantes, deseosos de conocer la suavidad de sus labios. Saboreó cada milímetro de ellos con su lengua ávida de mí mientras yo me estremecía y ronroneaba junto a su oído, impregnando su cuello de mi agitada respiración. Se separó, aferró mi cara entre sus manos y me besó. Dulce, lento, recorriendo mis labios, mi lengua. Se agachó y sin mediar palabra, reptó por mis rodillas, acarició mis piernas y su lengua ascendió por mis muslos hasta llegar al centro de mi deseo. Deseo físico rivalizado con el íntimo que residía en mi pecho, en mi corazón. Se introdujo en mí y a punto estuve de caer. Sus manos inmovilizaron mis caderas y apoyé las manos en la pared frente a mí, colocando mi frente sobre ella, encerrándole entre mis piernas.

Me dejé llevar, solo sentí, solo me fundí con él… con nosotros, mientras su lengua no dejaba de degustar la humedad que llevaba su nombre, el interior de mis paredes contraídas por él, para él, con él, en mi interior. Me colocó sobre el suelo e introdujo su sexo en mí sin dejar de mirarme, sin pedir permiso ni esperar nada más que a mí misma, nada más que a nosotros. Apenas unos minutos fueron suficientes para detonarse en ambos una bomba que ni siquiera habíamos accionado, que no siquiera sabíamos que existía. Nos miramos y todo cobró sentido.

Observando su sombra sobre la cama, que ni la luz más deslumbrante del sol podía borrar, decidí recordar solo aquella intensidad, aquella pasión inesperada que me descubrió quién era yo en realidad.

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La fusión incontrolada de dos personas que se aman.

La fusión incontrolada de dos personas que se aman.

Captura

Nace la noche, surge la pasión.

Te encuentro, te vivo, te siento.

Porque el sentir que yo siento al sentir qué cerca te tengo, es como la sensación de caminar entre nubes o de volar entre estrellas.

Tú y yo…esa unión apasionada.

Y hace unas fechas pensaba que te alejabas…, mi deseo persistía…; lo que pudo ser y no fue… aumentando el anhelo de volver a estar contigo otra vez.

El reencuentro me dio la vida.

Aromáticas caricias de pasión incontrolable.

Mientras nos miramos fijamente con deseo de fusión.

Ser uno, en sintonía, al ritmo de la mejor melodía….

Tu mirada me decía todo, tu boca me hablaba sin decir una palabra.

Nos comunicábamos perfectamente, con caricias, con besos… dejando las dudas atrás.

Tú y yo…, nada más… y nada menos: Todo lo que podía soñar

Después de alfa… beta (II)

Después de alfa… beta (II)

Ï

Martina no se lo podía creer. Frente a ella podía ver cómo las luces de la ciudad pasaban como pequeños signos de un idioma que desconocía. No dejaba de preguntarse qué hacía con él en un taxi, ni siquiera sabía hacía dónde iban. Se volvió, y decidió coger el toro por los cuernos:

—Sabes que me voy a bajar en cuanto paremos ¿no? —Martina intentó endurecer su expresión.

—Eso espero preciosa, sino… la carrera te costará un pastón —respondió con una sonrisa bobalicona.

En ese momento, el taxi paró, y mientras Diego pagaba, Martina aprovechó para bajar y practicamente salir corriendo. Andaba a paso rápido, sin saber hacia dónde. « ¿Dónde leches estoy? Si pasa un taxi, subo y me voy. Esto parece una broma pesada». Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando Diego estrechó fuerte su muñeca parándola en seco.

—¿Qué crees que estás haciendo? —Diego parecía realmente sorprendido—. ¿Es una lucha de poder o algo así?

—No, perdona. Eres tú el que me ha arrastrado aquí sin preguntar, deshaciéndose de mis amigas.

—Sí, tienes razón. Matarlas y esconder los cuerpos fue difícil… ¿Tanto te cuesta asumir que te llevaré al cielo pero estás muerta de miedo? —Su mirada penetrante enfadó aún más a Martina.

—Déjate de cielo y bromas estúpidas. ¡Eres tú quien no puede asumir una negativa! ¿Tan fácil te lo han puesto siempre? Porque créeme, me cuesta creerlo.

—Mira, Martina, esto es muy fácil, no lo compliques más, anda.

Diego le guiñó un ojo, y una media sonrisa se dibujó en su cara mientras se acercaba peligrosamente a los labios de ella, cada vez más enervada por su actitud prepotente. Martina dio un paso atrás y le frenó, colocando sus temblorosas y delicadas manos en su pecho; de nada sirvió, Diego la atrajo hacia su cuerpo y la besó sin dar más opciones.

Al principio, fue un beso agresivo. Cuando Martina se rindió ante el escalofrío que recorría su cuerpo, sintió la delicadeza con la que él acariciaba su lengua y le abrazó el cuello; acariciándolo despacio. Diego se separó apenas unos  milímetros, y sin dejar de mirarla susurró: « Sube conmigo a casa, déjame enseñarte otro mundo, no dejes pasar esta oportunidad, nena».

—¡¿Qué?! —La sorpresa y decepción se dibujó en su rostro—. ¿Por qué siempre tienes que fastidiarlo con tanta fanfarronería?

Diego se dio la vuelta y detuvo un taxi, que como caído del cielo paró frente a ellos. De nuevo, las luces de la ciudad avivaban sus pensamientos, aún con el sabor de él en sus labios. Sin pensarlo, habló con el taxista y dieron la vuelta. « Que no sea tarde, por favor, que no sea tarde». Antes de llegar donde se había subido, vio a Diego fumando un cigarrillo mientras paseaba despacio, con la mirada muy lejos de allí. Martina bajó corriendo y se detuvo frente a él.

—Demuéstrame qué tanto sabes hacer, haz que me quede a tu lado… —Diego levantó la mirada, no podía creer que Martina hubiera vuelto.

—¿Quedarte? Dormir… cada uno en su cas…

Le besó sin dejarle terminar la frase. Al separarse, fue Martina quien susurró esta vez: « Shhh…, solo pon en práctica todo lo que sabes y deseas hacerme…» . Diego puso sus manos en la cintura perfectamente contorneada de Martina y la apoyó sobre la pared. Comenzó a ronronear en su cuello, oliendo su aroma y sintiendo cómo entre sus piernas, su sexo se izaba ante la actitud decida que había tenido ella al volver… « Ufff, nena, princesa, o más bien diosa… vas a conseguir matarme de pasión». Diego abrazó el suave cuello de Martina mirándola fijamente, saboreando su respiración… «Vamos; sentirás algo que nunca hubieras imaganidado que podría existir… Convertiré la ciencia ficción en tu realidad».

Se encaminaron agarrados de la mano, hacía un mundo desconocido para Martina, quien ignoraba hacia dónde la llevaría…