Luz entre sombras.

Luz entre sombras.

Y no. Ese día no estaba inquieta, por primera vez en semanas, tenía claro qué esperaba de aquella noche. Aquella cita. Aquel encuentro. Me arreglé despacio, sin prisa, puesto que sé la importancia del efecto que tiene el a primera vista. ¿Vosotros no? Cubrí mi torso con su camiseta favorita, que en mi diminuto cuerpo era oversize, mis medias favoritas hasta la rodilla, como si fuera una niña buena de un colegio con uniforme; pues sí, ese era mi uniforme para aquella noche. Las luces tstaban apagadas y solo el reflejo de las velas, colocadas estratégicamente, daban luz a una estancia que era nuestra. De los dos y de nadie más. Me maquillé de esa manera que no parece que lo lleves pero sí tiene el efecto deseado. Deseos, eso es lo que quería sentir esa noche. Seguro que él también.

Me siento paciente en el sofá, intentando no quitarme el carmín rojo bermellón que cubría mis  labios ávidos de él y los sentmientos que provocaba en mí, por no dejar de chupármelos y morder, a su espera. De repente, una llave parece introducirse en la cerradura, despacio, con la calma que contrarresta con mis deseos cada vez más ansiosos. En cuanto la puerta se abre me pongo de pie mirando con ojos anhelantes de él. Solo de él. Fuerta todos aquellos pensamientos que solo me alejan de lo que en realidad quiero: A él. A nosotros.

Parece que entiende a la perfección lo que necesito. Deja la cazadora en el perchero y se acerca a mí despacio, en silencio, solo con las palabras que comparten nuestros ojos  y nuestras manos parecen querer llevar a la práctica. Tras unos pasos, a pocos centímetros su cara de la mía, nuestros labios se encuentran provocando más luz de la que desprenden las velas. Abraza mi cuello, yo su cintura y en ese momento nuestros ojos se encuentran mientras nuestros labios no dejan de saborearse.

«Eres la luz que necesito encontrar entre mis combras. La única que las elimina», expresa sin dejar de mirarme al tiempo que nuesros labios querían que parara toda esa parafernalia y poder volver a esas sensaciones que no querían dejar de experimentar…

Porque recordad, somos instantes y debemos gozarlos y exprimirlos al cien po cien.

Respirarnos.

Respirarnos.

¿Tú lo hiciste? ¿Lo recuerdas…? ¿O está enterrado en otra vida? Ay, esas otras vidas que todos tenemos y es difícil que se reconozcan. Venga, que te ayudo. Cierra los ojos y vuela conmigo.

Hacía frío. El cuerpo nos pedía sorbernos la nariz o sonarnos los mocos, por poco sexy que eso resultara. Pero no había otro día. Otro momento ni otra ocasión. Tanto uno como otro estaban unidos en ese instante, lugar y tiempo. Esa unión que se nos presentaba sin más, o quizá sí. Sin opciones pero sí deseos. ¿Los recuerdas? Las ganas. El palpitar dentro de nuestro pecho. La respiración acelerada. El actuar de manera automática. De esa en la que no hay tiempo para pensar, ni se quiere. De esa cuya único sinónimo era esconderse. De todo. Lo que se esperaba de nosotros y nuestra vida, mientras nosotros solo moríamos por vivir el uno en el otro. De la manera que fuera. De la que se pudiera. Pero siendo solo uno. Con nuestros nervios. Nuestra conciencia oculta en aquel espacio reducido que solo nuestros sentimientos podían agrandar y emborracharlo todo de pasión alejada de cualquier componente etílico. ¿Que nos hubiera aportado este? Nada. Más bien hubiera sido al contrario. Sabíamos la vida que esperaba fuera si es que se le podía llamar vida. Y no estabamos preparados para que nuestro momento acabara. ¿Qué tenía de malo el respirarnos? ¿El no querer nada más aunque fuera por tiempo limitado?

Apuramos los últimos momentos de aire que podíamos compartir. Esos alientos que queríamos solidificar para guardarlos donde poder encontrarlos cuando los necesitáramos. Pero la realidad, como pasa más de lo que se reconoce, se alió con nuestra ficción y volvimos. Decidimos comprobar que el aire fuera de nuestra etérea unión, aún podía ser respirado, aunque no fuera ni de lejos lo compartido hacía unos segundos. Solo un abrazo a mi cuello que me pilló desprevenida, me susurraba en el torrente sanguíneo que había sido real. Que era real, pero y ahora, ¿aún lo es?

En aquel momento lo parecía entre manos que se buscaban bajo la mesa. Miradas que decían todo lo que nuestros labios callaban. Vibraciones que llevaban años en el banquillo y habían salido a jugar solo unos minutos. Hasta que todo eso se fue y solo quedó la algarabía. Una, en la que lo hiciste. Me pediste un beso. Uno con sabor a despedida. Uno, que conocedor de lo que significaba no quiso expresar todo lo que llevaba dentro. Pero al final, lo que quedó, fue el poder respirarnos…

 

¿Imaginamos…?

¿Imaginamos…?

 

Nunca dejamos de imaginar. Tú y yo juntos. Tú y yo en la distancia. Tú y yo en una habitación de un hotel pequeño de las afueras, sin miradas que nos juzguen, que nos conozcan o peor aún, que crean conocernos. Para nosotros solo fue una mirada entre miles; una que desdibujó el resto del mundo a nuesro alrededor; una, que aún sin saberlo, sería eterna convirtiéndose en un recuerdo imposible de olvidar. Imposible como lo fue olvidar tus manos recorriendo mi silueta, tus ojos desbordantes de pasión y ganas, tu cuerpo respondiendo al mío como las flores al agura.

No lo sabíamos, o quizá no queríamos hacerlo, pero esos escasos momentos unidos por dos mentes que ganaban la batalla al corazón, eran mucho más que un encuentro. Nuestros cuerpos demandaban más. Demandaban caricias íntimas, descubrimientos solo nuestros y sabores bajo el sello de nuestros nombres. ¡Y qué sello! Plagado de humedad, de movimientos de lenguas que sabían perfectamente qué hacer tras tanto tiempo con la partitura en nuestras cabezas. En las manos ágiles y sutiles de Morfeo. ¿No lo imaginas? Un momento diferente al vivido, uno completo que dejara el sabor de boca que queríamos, que nos permitiera creer que todo fue verdad y no solo un sueño.

Una realidad. Un juntos a pesar de. Un completo sin el ¿y si? Un final perfecto para nuestra imaginación, que a pesar de seguir construyendo fondos de vida, nos dejaba continuar con las nuestras… como bien tú hiciste, como bien hago yo cuando puedo porque ¿podemos uno sin el otro? ¿Podemos desaparecer sin más? ¿ Acaso queremos?

Con lo sano que es imaginar… sigamos haciéndolo.

Efímero…

Efímero…

mujer desnudaDe nuevo ese sueño, esa esperanza de un final próximo; pero no un final lejos de él. Nunca. Eso nunca. Sería uno juntos. No imaginaba un futuro sin él, ya fuera en mi cabeza o entre mis piernas. Miraba por la ventana distraída, como ausente, pero por dentro, bajo mi piel, bajo mis uñas…, estaba él. Siempre él. No desapareció con los años, siguió firme, constante, siempre presente. Él. Su beso. Sus labios. Siempre él, imperturbable. Su mirada se convirtió en un persistente pensamiento, uno, que hacía estremecer mis piernas y turbar mi cabeza. De eso hacía años ya, pero recuerdo el sabor de sus labios, la profundidad de su mirada, esos ojos que me atravesaron y no fui capaz de escapar de ellos. Pero hoy, hoy algo había cambiado. Era él, sí, pero lejos, ausente. No quise despegarme de las sábanas, su recuerdo aún estaba presente entre ellas. Los mechones de su pelo se enredaban con mi pubis, su sonrisa tímida jugaba con mis labios, su lengua se adentraba en mi humedad. Su humedad…. tan suya que hasta llevaba su nombre…, nuestras conversaciones. Nuestras. Ese nuestro tan puro e impuro a la vez pero tan real, real hasta no permitirme dormir sin su recuerdo. Sin recordar sus contornos, sus labios carnosos y perfectos. Perfecto. Ese era él. Eso éramos nosotros. En sueño y en realidad, tan reales que dolía. Dolía respirarle, olerle, absorber su esencia, capturarla y hacerla parte de mí. Mía. Un suspiro, un anhelo, un recuerdo y volvemos a un nosotros. Un nosotros que parecía tan efímero que se convertía en eterno.  Podía sentir mi humedad recorriendo sus labios, su sonrisa impregnada de mí al separarse. Esa mirada tan suya que hasta podía observarla húmeda y tan pura que me estremecía antes de besarme y unir nuestros labios. Nuestros labios. Cuatro convertido en uno. Su sabor, el mío… el nuestro.