Sin porqués…

Sin porqués…

tacto

No quería abrir los ojos. Sentía una fuerza muy intensa que me anclaba a los pilares más arraigados de mi interior, en lo más abismal de mi ser, en mi yo más profundo e invisible a los ojos de los demás; incluida yo. Me hallaba en una situación que aunque no era nueva, sí anhelada desde hacía años; nadie me había tocado como él; nadie había conseguido verme de verdad; nadie había conseguido… que su tacto se fundiera con el mío convirtiéndonos en un único ser.

Una mañana como cualquier otra abrí el buzón de mi casa y encontré una carta que no presagiaba nada bueno; era una «citación» oficial para acudir a un juzgado del que desconocía su cometido. Cinco días más tarde y asesorada por un amigo abogado, me presenté con mi ropa más elegante y mi mejor maquillaje. Me flaqueaban las piernas y no solo por los nervios del motivo que me situaba allí, sino que me encontraba entre demasiados uniformados que tiraban abajo todas mis defensas. Mi punto débil; mi talón de Aquiles. Mientras divagaba entre fantasías, que no tenían cabida en un edificio público como aquel, oí tras de mí mi nombre y apellidos procedentes de una voz intensa y penetrante. Me di la vuelta despacio y nuestros ojos se cruzaron en un momento que no duró mas de unos segundos pero provocó que mis piernas se contrajeran y mi respiración se acelerara. Él siguió pronunciando nombres mientras las personas citadas entraban en la sala en cuyo umbral se apoyaba él.

« Si paso junto a él… ufff; estos tacones no podrán aguantar el peso, no de mi cuerpo, sino de toda mi esencia rendida a ese sonido que sigo escuchando emanar de entre sus labios»

De nuevo mi nombre y apellidos; no, no podía moverme. El suelo me agarraba sin poder dar un solo paso.

—¿Señorita? ¿Es usted…?

—Sí, sí, perdone agente.—Mierda, alcé mi vista y ya no era su voz, esos labios de entre los que nacía comenzaron a saborear mi cuello, mis hombros…

—El juez necesita que estén todos para poder empezar; si es tan amable. —Con un gesto que me indicaba el camino no pude sino avanzar despacio e inhalar todo el aroma que pude al cruzarme con su cuerpo.

No solo su voz era penetrante, su mirada lo era más aún. Durante la sesión de comprobación de datos personales para formar jurado, o eso creí entender (mi cabeza estaba muy lejos de allí); de nuevo en sus labios, en el suave roce sobre mi piel, en el suspiro de sus susurros en mi oído, el tacto de sus manos, sus caricias sobre mis caderas cada vez más cerca de las suyas. De repente me encontré sola en la sala y de nuevo esa voz penetrante —que oía cada vez más cerca— hablaba conmigo y me alejaba de unos pensamientos que mantenían mis muslos contraídos pegados uno al otro.

—Señorita, puede marcharse; recibirá por correo la decisión del juez.

De nuevo esos ojos sobre mí, dentro de mí, en cada poro de mi piel. Me puse en pie y no fui capaz de mantener el equilibrio. Al mismo tiempo que veía el suelo cada vez más cerca, el rubor de la vergüenza por la situación y todas las imágenes de mi mente, afloraron frente a él como si de una quinceañera se tratara. Sentí sus manos fuertes alrededor de mi cintura, sus brazos albergando mi cuerpo como si fuera una niña pequeña. Me recompuse como pude intentando evitar un nuevo cruce de miradas.

Me desplomé sobre el sofá nada más llegar a casa tras haberme despedino con un «gracias» apenas audible. Demasiada intensidad, « ¿tan desesperada estaba? ¿Tal ansia por sentir unos brazos que colmaran mis anhelos después de tantos años envuelta por la soledad?». Días después otra carta; en esta ocasión de la policía. No tan arreglada como en los juzgados pero sí lo suficiente para que mi seguridad y mi autoestima no me abandonaran en ningún momento, me dirigí hacia la comisaría. Como era de esperar él no se encontraba allí, no sé en qué demonios pensaba. Ya de vuelta a casa doble la esquina y me encontré frente a frente con esos ojos y esa mirada que en ningún momento había podido olvidar; la razón de mis desvelos y para qué engañarnos… el protagonista de mis anhelos materializados entre mis piernas. Ni siquiera el rubor tuvo tiempo de salir a la luz.

—¡Vaya, qué casualidad! ¿Le apetece ir a tomar algo?

—Ehnnn…, ¿perdón? —respondí sin saber si lo que había oído era lo que él había dicho o eran de nuevo imaginaciones mías.

—Sé que me recuerdas; al menos yo no olvidé su nombre y apellidos.

—No me llames de usted; ya que recuerdas mi nombre…

—Me encanta esa cafetería —comentó mientras señalaba un cuco establecimiento en la cera de en frente—, es un buen sitio para saber algo más que tu nombre y apellidos.

Creo que su sonrisa me derrumbó allí mismo. No había uniforme, solo esa mirada penetrante que me hacía creer que ya había podido descubrir todo mi cuerpo por fuera y por dentro. Entramos y me dirigí hacia una pequeña mesa escondida tras una columna, lejos del resto de las meses mientras él se iba a la barra. Me senté e intenté controlar el ritmo de mi respiración antes de que llegara. Unos minutos después, se colocó detrás mío con mi café en la mano colocándolo frente a mí, sintiéndome abrazada con su brazo a escasos centímetros de mi hombro. Un escueto y entre cortado «gracias» consiguió escapar de entre mis labios a pesar de no haber dejado de mordérmelos desde que doblé la esquina. Se sentó junto a mí, muy cerca; más de lo que era necesario. Comenzamos a hablar de trivialidades —o eso creí en un primer momento que eran— y una hora después al despedirnos, no pareció dudar en su proposición. Me dio su tarjeta, me pidió mi número y prometió que a nuestro café debería seguirle un almuerzo; pero en esa ocasión sería su terraza el sitio más adecuado.

No quería abrir los ojos. Sentía una fuerza muy intensa que me anclaba a los pilares más arraigados de mi interior, en lo más profundo de mi ser, en mi yo más profundo e invisible a los ojos de los demás; incluida yo. Me hallaba en una situación que aunque no era nueva, sí anhelada desde hacía años; nadie me había tocado como él; nadie había conseguido verme de verdad; nadie había conseguido… que su tacto se fundiera con el mío convirtiéndonos en un único ser.

« ¿Sería él (sin uniforme), solo con un no sé qué, quién consiguiera fundirse conmigo?».

De nuevo, oí mi nombre y apellidos. Frente a mí una preciosa vista de la ciudad que vi al entrar y que ahora mis ojos cerrados recordaban intentando mantener el control. Sentí un suspiro en mi cuello antes de que el roce sutil y estremecedor de su húmeda lengua se fundiera con la piel de mi cuello mientras sus manos estrechaban mi cintura. Sí, podía ser él, podía haber encontrado a quien mereciera fundirse conmigo en toda mi plenitud; era hora de dejar los recuerdos atrás. Me di la vuelta y al fin nuestros labios y nuestras lenguas se vaciaron sin límites ni obstáculos que los frenaran. Me alzó y entrelacé mis piernas alrededor de su cadera, firme, consistente… como lo que mi abdomen parecía intuir sobre él. Quizá no era necesario; quizá esa necesidad de sentirme abrigada por alguien como él no era la solución aunque quizá, y solo quizá…  pretendía vivir sin tantos porqués.

 

kilómetros.

kilómetros.

beso1

Abrió los ojos, no necesitaba solo sentirla, anhelaba poder mirarla mientras estaba dentro de ella. Profundizar en esos ojos que le hablaban en un idioma que solo ambos  conocían. Esos ojos verdes con los que su cuerpo era capaz de vibrar como nunca antes. Esa sonrisa dibujada en su rostro que hacía que su corazón palpitara deseando poder salir de su pecho e introducirse en el de ella. Algo llamó su atención, ¿qué era ese ruido? ¿qué ocurría? < No, no quiero, no puede ser, quiero permanecer dormido y no separarme de esta sensación que me embriaga>.

Se sentó sobre la cama sintiendo el frió suelo bajo sus pies. Hundió su cara entre sus manos intentando ahogar sin lágrimas la pena que recorría su cuerpo sin haber dejado aún de sentirla allí, tan real, tan suya.  Fue al lavabo y el agua corrió sobre sus mejillas, se miró en el espejo y se dio cuenta que no podía entender cómo se había enamorado a través de una voz. Ruth cantaba en un pequeño grupo que colaboraba con la editorial, donde el escribía, en cada una de las presentaciones de nuevos libros. Él, organizaba cada evento con el deseo de poder verla. Les separaban cientos de kilómetros y apenas podía compartir con ella unas horas al mes. < ¿Por qué? ¿Por qué tiene que ser tan difícil?>. En ese momento no pudo evitar que una lágrima recorriera su mejilla descubriendo la libertad que tantas deseaban dentro de él.

Salió del despacho feliz, sentía que levitaba sin poder evitarlo: en dos días volvería a verla. No habría kilómetros que les separaran, y esta vez, le confesaría cómo el deseo por ella era desgarrador y su corazón realmente estaba en peligro sin ella. Quería gritar, llorar, saltar, expulsar toda esa adrenalina que solo ella podía provocar.

Llegó tarde y el grupo ya estaba tocando. < Es preciosa, nunca creí en Dios pero… solo algo muy poderoso ha podido crear una maravilla así>. Cuando terminaran la actuación iría hacia ella y la invitaría a cenar. No podía perder la oportunidad de hacer sus sueños realidad. Nunca habían hablado, solo alguna mirada perdida, alguna sonrisa, pero ningún intercambio de palabras.

-Hola, soy Mario, quien organiza todo esto. -Le fue imposible disimular su mirada de admiración.

-¡Hola! Te había visto por aquí, pero no nos habían presentado. Me alegro de que por fin ya sea oficial.-Su sonrisa parecía realmente sincera y Mario sintió como sus piernas flaqueaban.

-¿Te apetece cenar esta noche y nos pondemos al día de la agenda?

-¡Claro! Estará bien conocernos mejor.

Sus manos temblaban, su corazón palpitaba de tal forma que creía que cualquiera podía oírlo aunque estuviera a kilómetros de distancia. Allí estaba, la vio acercarse sonriendo con un precioso vestido que llegaba a mitad de muslo, con un escote precioso. < En mis sueños siempre vi lo que hay debajo y no parece haberme equivocado>. Se dieron dos besos y se sentaron en la preciosa terraza del restaurante donde se habían citado. Hablaron, se rieron  y congeniaron como si se conocieran de toda la vida. Mario sentía que así era y parecía que Ruth también.

-La verddad que ha sido una gran cena, eres fantástico. ¡Por fin alguien joven en la editoarial! -Ambos rieron y Mario supo que había llegado lo realmente difícil.

-Me olvidé la agenda en el hotel. Si quieres vamos a por ella y así puedes organizar el mes que viene. -Intentó no darse a descubrir con su mirada de deseo.

-¡Me parece perfecto!

Parecían estar hechos el uno para el otro. Mario no habría soñado un guión más impecable… solo faltaba la guinda que tanto ansiaba. Cerró la puerta de la habitación tras de sí, dejó al descubierto su mirada de deseo  y comenzó a hablar a escasos centímetros de ella.

-No sé por dónde empezar, pero… estoy enamorado, eclipsado o como quieras llamarlo. No dejo de pensar en ti desde que te vi en la primera actuación, desde que tu voz se introdujo en mi cuerpo y me estremeció como nunca creí que una voz podría hacerlo.

-Shhh, no digas nada más. -Ruth le tapo los labios con su índice y se acercó a milímetros del rostro de Mario provocando que este se quedara sin respiración.

Ruth retiró el dedo entre ellos y sin nada que les separara le besó. Abrazó su cuello de una manera dulce y al mismo tiempo tan sensual, que Mario no pudo evitar apoyarla sobre la pared mientras la estrechaba la cintura saboreando su lengua y recorriendo sus curvas. Ruth pudo sentir como su sexo llamaba al suyo y sintió que el deseo aumentaba sin poder controlarlo. Mario la llevó hacia la cama sin dejar de besarla y la colocó suavemente mientras se desabrochaba la camisa y admiraba la belleza que por fin era real. Ruth se incorporó sentándose sobre la  cama y deslizando sus tirantes dejando su perfecto pecho con sus pezones erectos frente a él. Mario quiso derretirse frente a esa visión y acercó sus labios a esas areolas suaves que parecían pronunciar su nombre… “eres perfecta, más aún de lo que había soñado. Esta realidad supera a la ficción”. Ruth introdujo su mano dentro del pantalón y acarició su sexo perfecto que clamaba libertad y parecía llamarla. Lo liberó a través de la cremallera y empujándole sobre la cama se sentó sobre él. Despacio, rozando su cadera con la suya, oyendo los gemidos que Mario no pudo evitar reprimir, Ruth sintió como se deslizaba dentro de ella, cómo sus paredes se contraían disfrutando de cada roce, moviéndose en pequeños círculos sobre él mientras jadeaba y se mordía su labio inferior. Mario colocó sus manos en su cadera bajo el vestido y comenzó a moverse más rápido sintiendo cómo su sexo se endurecía más hasta que se deshizo en ella y la besó. Fue un beso fuerte, apasionado, casi agresivo, al que Ruth respondió separándose sutilmente y sonriendo… Esa sonrisa selló solo el principio de muchos encuentros que llegarían a pesar de los kilómetros.