Pensarte

Pensarte

Cada noche con sus días, sus tardes y tarjeta en mano, entraba en mi turno nocturno. ¡Cómo no iba a odiarlo! Mi cuerpo estaba del revés, y no lo hubiera podido mantener de no ser por ÉL. Mi compañero. Mis fuerza cuando creía haberla perdido. Mi respiración cuando esta me faltaba. Aquella noche en particular me encontraba especialmente inquieta aunque no pensaba darle mayor importancia de la que tenía. La semana anterior había sido complicada y esa sería la razón por la que mi cuerpo iba más rápido que mi cabeza. Más rebelde que de costumbre. Pero ¡ay cuando le vi! Su cuerpo, sus manos que tecleaban con dulzura el ordenador hasta que se percató de mi entrada en la oficina. Tan nerviosa que solo pude balbucear buenas noches de manera infantil al mismo tiempo que mi mirada evitaba encontrarse con la suya. Fui hacia mi mesa y me escondí tras la pantalla del ordenador que decidi utilizar como chaleco salvavidas, antibalas y… repelente de esos ojos de las que proyectaban una intensidad que mi entrepierna seguro interpretaba de manera errónea. Sí, sus ojos. Sí, su invasión en mí con una perspicacia que calaba como nunca antes lo había conseguido nadie. Sí, ese magnetisno que me atraía como los imanes que decoraban el frigorífico en casa, donde me sentía libre de imaginarme entre sus brazos. Que entre nosotros, ¡vaya brazos! Cómo fantaseaba con ellos mientras me estrechaban, mientras se introducían en mí, mientras… solo me pertenecían a mí. Pestañeé de una manera fuerte y prolongada al mismo tiempo que mi cabeza negaba por mí haciendo que mis neuronas calenturientas no olvidaran que no era lugar para recrear mis más íntimas fantasias.

—¿Te puedo ayudar en algo? Pareces nerviosa… ¿de nuevo los ruidos de tu vecino hacen que no duermas por las mañanas?

—No, tranquilo, no es él —respondí de manera distraída mientras la bilis de mi hígado se desbordaba y me callaba ante quien de verdad no me dejaba descansar ni la mente ni el cuerpo. ÉL, solo Él. Todo ÉL. Sempre ÉL.

Seguimos cada uno con nuestras tareas que durante un tiempo consiguieron alejarme de su hechizo y mi fascinación por él hasta que me levanté y fui en dirección a la fotcopiadora, que se encontraba en un pequeño cuarto junto al ascensor. No dejaba de fotocopiar hasta que un ruido me sobresaltó.

—Llevas aquí la vida, ¿si te falta mucho me dejas fotocopiar un documento? Solo uno, te lo prometo. —Y de nuevo esa mirada.

Sin contestar me hice a un lado y le dejé espacio. Pero no el suficiente. Quizá mi inconsciente deseaba no alejarse cuando sentí cómo un leve roce en mi mano, apoyada en la bandeja de papel, me desperataba de manera abrupta de mi ensoñación.

—Perdona. Espera que te deje más espacoo, es tan diminuto este sitio que apenas cojemos los dos.

Me armé de valor y giré mi rostro para encontrarme con el suyo. Tan cerca que su respiración ondeó un mechón de mi pelo alborotado.

—Perdona de nuevo. —Y apareció mi risa nerviosa, esa que solo se mostraba ante la gente que de verdad la hacía despertar—. Será mejor que vuelva luego.

Y así, con mis nervios a flor de piel, mi piernas comenzaron a flaquear y el sonido del ascensor me asutó de una manera que no pude más que tambalearme y caer sobre su pecho. Sobre uno fuerte junto a un latido rápido que retumbaba bajo unos ojos que me miraban de manera profunda y sexy. La puerta del ascensor abriéndose a escasos pasos rompió el momento, pero no la humedad que emanaba de mi interior ni los nervios que corrían despavoridos por cada rincón de mi cuerpo. Al llegar a mi silla, me di cuenta que para mi desgracia no vivía ni en una película romántica ni entre las cincuenta sombras de Grey. Una verdadera pena…

Estremecerse entre caricias…

Estremecerse entre caricias…

No sabía cómo. No sabía el porqué. Solo sabía que le gustaba. Despertarse así no tenía precio aunque la falta de olor a café recién preparado y sonrisa que le rozara la cara, se echaran de menos. ¡Y cuánto! Dejó que las sábanas siguieran rozando su entrepierna y poder disfrutar de esas sensaciones que le recorrían de pies a cabeza. Clavó sus uñas en la cómoda almohada, gimió en silencio y vio cómo su imagen aparecía en sus pensamientos. ÉL. Esos minutos que parecían infinitos en el tiempo, en ella. ¿También lo serían para ÉL? No podía saberlo. O quizá no quería. Pero sentirlo, vaya si quería y lo hacía. Cada mañana, cada atardecer, cada momento compartido en cualquier instante, en cualquier lugar. El escalofrío comenzaba a hacerse dueño de ella, de su cuerpo, de su mente. Sí, su mente. Ésa que no dejaba de estar descontrolada. Un  descontrol que disfrutaba y no quería dejar escapar.

La noche anterior había sido intensa, le pareció que hasta pura, porque… ¿acaso algo que no lo fuera podría hacer que llegara a la cama con esa sonrisa pícara pero sincera con la que se envolvió entre las sábanas? No, no podía ser. Felicidad sin clichés impuestos, solo con las bases de intimidad segura y cierto conocimiento del compañero con quien se compartía ese momento tan… deseado. Tan esperado, Tan necesitado. Un bipbip hizo que estirara el brazo hasta la mesita de noche y echara un ojo (o medio si eso le bastaba) pare ver que le había llegado un wasap:

— ¿Desayunamos?

Una sonrisa que le sorprendió a ella misma, la llevó a la ducha. Bajo el agua, no pudo dejar de estremecerse bajo la cascada de agua enfocada a su entrepierna húmeda, y gimió. Antes de perderse en lo que eso podía acarrearle, salió bajo el agua. Se vistió y bajo un poco de colorete salió por la puerta. En el café, fue sorprendida por un beso húmedo, intenso, bajo el que se permitió perderse y cobijarse.

« ¿Otra vez? No importa, nada que me haga sentir así importará si se repite la sensación de anoche». Desayunó tranquila y terminaron entre sus sábanas. Su habitación. Su yo más profundo. Sin ÉL. Solo ELLA.