Por fin… el destino.

Por fin… el destino.

pies5

Bajaba las escaleras más bien como podía; hacerlo de maanera sexy y elegante era mucho pedir. Sé que estaba ahí, le miraba de reojo al mismo tiempo que intentaba que esa noche pudiera besarle a él y no al suelo. Llega el momento de agarrarse, para eso estaban las barras del metro, ¿no? ¿Quién demonios había diseñado esa parada? Seguro que no llevaba tacones ni un mini vestido que enseñaba más de lo que cubría… los cuarenta grados tampoco ayudaban. Antes de que los dichosos escalones acabaran Juan se acercó y me tendió la mano, «mierda, se ha dado cuenta de lo pato que he bajado las escaleras, pero el vestido cuenta , ¿no?».

—Buenas tardes, guapa.

—¡Ay! qué trabajito… ¿por qué hemos quedado aquí? Ya me podrás compensar luego…

La sonrisa bobalicona y divertida de Juan cambió radicalmente a lo que creo que fue angustia y miedo. «¿Se había asustado? Vale que era un comentario abierto a la interpretación, pero… ¿acaso mi vestido no daba a entender lo que ser políticamente correcto no dejaba decir?».

—¿Ese vestido es para mí? Pensaba que habrías quedado con alguien después —Puso los ojos en blanco y supe que había comenzado el juego.

—Pues mira sí, ¿te molesta? Tengo que asegurarme de que este trapillo acabe en el suelo, donde a mi madre le encantaría verlo a falta de un cubo de basura.

—Mira, ahí tienes un container.

—No te estás trabajando nada bien que la tarde acabe como quieres; igual que he bajado las escaleras puedo subirlas. —Chasqueé los labios y me di cuenta que sí, de verdad se me estaban quitan las ganas, no sé muy bien de qué, pero veía cómo se despedían con la mano y una expresión de , maja—. Venga va, ¿dónde vamos a cenar?

—Nos esperan en ese restaurante de la esquina.

—¡Qué raro que hayas elegido esa ubicación!

—Tiempo muerto, llevamos muchos meses planeando esta cena, que el orgullo no lo fastidie… —Y me miró de una manera tan profunda que me dejó sin palabras.

Entramos y el ambiente nos envolvió sin poder evitarlo. Camareros bien vestidos, una decoración perfecta, italiana y romantica con la que era imposible no flaquear.

—¡¡Me encanta!! —dije con cara de tonta y los ojos bien abiertos sin dejar de mirar a mi alrededor.

Le agarré del brazo y pude percatarme de que mis impresines tenían razón; musculado pero no en exceso. Mis muslos se contrayeron y no pude evitar moderme el labio. Nos llevaron a una pequeña mesa escondida bajo las escaleras. Ojeaba la carta pero no podía ni prestar atención ni leer.

—¿Qué vas a pedir? —preguntó sin buscar nada más que saber qué me apetecía.

—Ahora mismo creo que no puedo pensar en comida como tal. —Y mi mirada se perdió en los escalones que había sobre mí.

—¿Estás volviendo a hablar con doble sentido…? —Su entrecejo se arrugó contrariado.

—No, perdona, un Mare Monte y si quieres podemos compartir un entrante.

—Me parece bien, ahora eres tú la que ha conseguido que me vaya lejos…

Otra vez esa mirada cuando se comenzaron a oír mis tripas. ¡Qué sexy todo!

—Pues decidido, un Mare Monte y tartar de salmón —sentencié con una sonrisa.

Pedimos, cenamos y me comence a poner nerviosa cuando esperábamos la cuenta. No era solo el tiempo escondida en casa sin acudir a citas, era Él. Su olor. Nuestros mometos años atrás… ¿había llegado el momento? Cuando se cerró la puerta tras nosotros, lo  que nos envolvió fue Madrid, su noche cubrió nuestros nervios —«sí, el también lo estaba, no era capaz de esconderlos»— y vistió nuestros cuerpos con una brisa a la que solo le faltaba el mar. Nos acercamos al parking en silencio, él con las manos en los bolsillos, yo son la mirada perdida.

—Estas escaleras han sido fáciles.

—Me alegro, se nota que la zona no permite traspiés. —dijo mientras sacaba las llaves—. El coche está justo aquí.

Me señaló dónde y fue a pagar el ticket, no hice ni amago de pagar, mis modales estaban a otra cosa y agradecí poder ir sola hasta el coche. Condujo despacio, disfrutando del pasaje que se desdibujaba por las ventanas y entramos en su garaje. Ni siquiera me preguntó si quería ir a su casa. Me moví en mi asiento y antes de poder moverme sentí como unos labios impedían que saliera el aire como antes, mi corazón comenzó a palpitar más rápido, tanto, que parecía que su sonido retumbaba entre las columnas donde había aparcado. Se separó quedándose a pocos milímetros y cuando comezó a hablar el olor de su aliento me dijo todo lo que necesitaba saber.

—Perdona…, hummm…, necesitaba quitármelo de la cabeza, la presión de nuestro primer beso comenzaba a axfisiarme.

Dudaba de no poder tartamudear al hablar, así que hice lo que me pedía el cuerpo: le besé, decidida, intensa, saboreando esos labios con los que tanto había soñado. Igual arrojarme sobre él había sido demasiado, pero mi cuerpo no podía aguantar más. No recuerdo ni cómo habíamos llegado a su casa, pero allí estábamos de pie en el salón.

—Tranquilo, yo no sé ni cómo me mantengo de pie. Nos pasa ambos, llevamos demasiado tiempo dándole vueltas…

En ese momento fue él quien me agarró fuerte, me colocó en el sofá y comenzó a desabrocharse la camisa. No podía apartar los ojos de él, sus gestos, sus dedos alargados y perfectos. «¡Qué debilidad más tonta tengo con las manos!», sus manos comenzaron a deslizarse por mis hombros y me devolvieron a la realidad; su roce era mejor de lo que había imaginado durante tantas noches en mi cama. Se sentó a mi lado y se acercó despacio, unos microgundos que me parecieron horas hasta que nos dejamos llevar. Nos desnudamos con delicadeza, su mirada me hacía perder toda la vergüeza. Me deslicé sobre su cuerpo despacio, inhalando cada momento, cada roce, cada mirada hasta que le sentí dentro. Un gemido ahogado se escapó de entre mis labios y él respondió con otra acometida y una sonrisa que me derritió.

¿Sexo oral? ¿Masturbación?… todo sonaba sucio al lado de los que esa noche compartimos. A la mañana siguiente se marchó tras dejarme en casa; pasarían meses o incluso años hasta su vuelta, pero tendría con que recordarle.

kilómetros.

kilómetros.

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Abrió los ojos, no necesitaba solo sentirla, anhelaba poder mirarla mientras estaba dentro de ella. Profundizar en esos ojos que le hablaban en un idioma que solo ambos  conocían. Esos ojos verdes con los que su cuerpo era capaz de vibrar como nunca antes. Esa sonrisa dibujada en su rostro que hacía que su corazón palpitara deseando poder salir de su pecho e introducirse en el de ella. Algo llamó su atención, ¿qué era ese ruido? ¿qué ocurría? < No, no quiero, no puede ser, quiero permanecer dormido y no separarme de esta sensación que me embriaga>.

Se sentó sobre la cama sintiendo el frió suelo bajo sus pies. Hundió su cara entre sus manos intentando ahogar sin lágrimas la pena que recorría su cuerpo sin haber dejado aún de sentirla allí, tan real, tan suya.  Fue al lavabo y el agua corrió sobre sus mejillas, se miró en el espejo y se dio cuenta que no podía entender cómo se había enamorado a través de una voz. Ruth cantaba en un pequeño grupo que colaboraba con la editorial, donde el escribía, en cada una de las presentaciones de nuevos libros. Él, organizaba cada evento con el deseo de poder verla. Les separaban cientos de kilómetros y apenas podía compartir con ella unas horas al mes. < ¿Por qué? ¿Por qué tiene que ser tan difícil?>. En ese momento no pudo evitar que una lágrima recorriera su mejilla descubriendo la libertad que tantas deseaban dentro de él.

Salió del despacho feliz, sentía que levitaba sin poder evitarlo: en dos días volvería a verla. No habría kilómetros que les separaran, y esta vez, le confesaría cómo el deseo por ella era desgarrador y su corazón realmente estaba en peligro sin ella. Quería gritar, llorar, saltar, expulsar toda esa adrenalina que solo ella podía provocar.

Llegó tarde y el grupo ya estaba tocando. < Es preciosa, nunca creí en Dios pero… solo algo muy poderoso ha podido crear una maravilla así>. Cuando terminaran la actuación iría hacia ella y la invitaría a cenar. No podía perder la oportunidad de hacer sus sueños realidad. Nunca habían hablado, solo alguna mirada perdida, alguna sonrisa, pero ningún intercambio de palabras.

-Hola, soy Mario, quien organiza todo esto. -Le fue imposible disimular su mirada de admiración.

-¡Hola! Te había visto por aquí, pero no nos habían presentado. Me alegro de que por fin ya sea oficial.-Su sonrisa parecía realmente sincera y Mario sintió como sus piernas flaqueaban.

-¿Te apetece cenar esta noche y nos pondemos al día de la agenda?

-¡Claro! Estará bien conocernos mejor.

Sus manos temblaban, su corazón palpitaba de tal forma que creía que cualquiera podía oírlo aunque estuviera a kilómetros de distancia. Allí estaba, la vio acercarse sonriendo con un precioso vestido que llegaba a mitad de muslo, con un escote precioso. < En mis sueños siempre vi lo que hay debajo y no parece haberme equivocado>. Se dieron dos besos y se sentaron en la preciosa terraza del restaurante donde se habían citado. Hablaron, se rieron  y congeniaron como si se conocieran de toda la vida. Mario sentía que así era y parecía que Ruth también.

-La verddad que ha sido una gran cena, eres fantástico. ¡Por fin alguien joven en la editoarial! -Ambos rieron y Mario supo que había llegado lo realmente difícil.

-Me olvidé la agenda en el hotel. Si quieres vamos a por ella y así puedes organizar el mes que viene. -Intentó no darse a descubrir con su mirada de deseo.

-¡Me parece perfecto!

Parecían estar hechos el uno para el otro. Mario no habría soñado un guión más impecable… solo faltaba la guinda que tanto ansiaba. Cerró la puerta de la habitación tras de sí, dejó al descubierto su mirada de deseo  y comenzó a hablar a escasos centímetros de ella.

-No sé por dónde empezar, pero… estoy enamorado, eclipsado o como quieras llamarlo. No dejo de pensar en ti desde que te vi en la primera actuación, desde que tu voz se introdujo en mi cuerpo y me estremeció como nunca creí que una voz podría hacerlo.

-Shhh, no digas nada más. -Ruth le tapo los labios con su índice y se acercó a milímetros del rostro de Mario provocando que este se quedara sin respiración.

Ruth retiró el dedo entre ellos y sin nada que les separara le besó. Abrazó su cuello de una manera dulce y al mismo tiempo tan sensual, que Mario no pudo evitar apoyarla sobre la pared mientras la estrechaba la cintura saboreando su lengua y recorriendo sus curvas. Ruth pudo sentir como su sexo llamaba al suyo y sintió que el deseo aumentaba sin poder controlarlo. Mario la llevó hacia la cama sin dejar de besarla y la colocó suavemente mientras se desabrochaba la camisa y admiraba la belleza que por fin era real. Ruth se incorporó sentándose sobre la  cama y deslizando sus tirantes dejando su perfecto pecho con sus pezones erectos frente a él. Mario quiso derretirse frente a esa visión y acercó sus labios a esas areolas suaves que parecían pronunciar su nombre… “eres perfecta, más aún de lo que había soñado. Esta realidad supera a la ficción”. Ruth introdujo su mano dentro del pantalón y acarició su sexo perfecto que clamaba libertad y parecía llamarla. Lo liberó a través de la cremallera y empujándole sobre la cama se sentó sobre él. Despacio, rozando su cadera con la suya, oyendo los gemidos que Mario no pudo evitar reprimir, Ruth sintió como se deslizaba dentro de ella, cómo sus paredes se contraían disfrutando de cada roce, moviéndose en pequeños círculos sobre él mientras jadeaba y se mordía su labio inferior. Mario colocó sus manos en su cadera bajo el vestido y comenzó a moverse más rápido sintiendo cómo su sexo se endurecía más hasta que se deshizo en ella y la besó. Fue un beso fuerte, apasionado, casi agresivo, al que Ruth respondió separándose sutilmente y sonriendo… Esa sonrisa selló solo el principio de muchos encuentros que llegarían a pesar de los kilómetros.

Blanca deslumbrante.

Blanca deslumbrante.

Caminaba despacio, descalza, sintiendo la humedad del rocío en cada una de las hojas del césped que pisaba. Hacía mucho tiempo -más del que podía recordar- que no sentía esa paz, esa tranquilidad infinita que no quieres perder pero sabes que te abandonará.

No se dirigía a ningún sitio, solo se dejaba llevar por el enorme sentimiento que la invadía. Cuanto más avanzaba más sentía acercarse a la llamada que sintió al comenzar a caminar. Era fuerte, intensa, desconocida pero al mismo tiempo familiar; no quería pensar, solo seguir manteniendo esas sensaciones que la recorrían y se iban haciendo más intensas a cada paso. Sin darse cuenta se vio frente a una puerta blanca, deslumbrante, con un precioso pomo que parecía llamarla a gritos. No lo dudó, despacio pero con determinación, la abrió.

Se encontró frente a una sucesión de imágenes de ella misma, de su propia vida. Diferentes etapas con ella siempre presente. De repente sintió entrar en caída libre y abrió los ojos.

Se encontró tumbada en su cama, entre sus sábanas, en su habitación.

<¿Qué había pasado? ¿Qué significaba aquel sueño?>

Cada mañana igual. Mientras se preparaba el desayuno intentaba pensar en cada una de las imágenes que veía cada noche, pero esta vez había sido diferente. Aún no sabía el qué ni por qué, pero lo averiguaría. Durante todo el día siguió pensando acerca de qué hacer, cómo hacerlo, pero todo llevaba al mismo sitio… la nada.

Tras semanas sin llegar a ninguna conclusión, de repente una noche no soñó, no se levantó con ese sobresalto frente a la paz de la noche. Ni a la siguiente, ni a la otra. Sentía un vació que la invadía cada mañana sin poder refugiarse en que por la noche aquellas imágenes, aquella sensación en sus pies, en su corazón cuando veía pasar cada imagen tras abrir la puerta, la llenaría escondiendo el vacío… ahí fue cuando de repente lo supo. ¡Había descubierto el significado! ¡El por qué!

Esperó a salir del trabajo, no pasaría por casa, iría sin pensar en nada más, tal y como hacía en su sueño, ese que tanto echaba de menos. Sus pies parecían querer ir por delante y no lo dudó. Comenzó a correr, esta vez sabía hacía dónde y a medida que se iba acercando corría aún más rápido.

Al fin llegó, allí estaba, con esa puerta blanca y deslumbrante frente a ella, ¿cómo no lo había visto antes? Respiró hondo y llamó al timbre. Años sin verse, meses sin hablarse, deseaba por encima de cualquier otra cosa que siguiera ahí, tras aquella puerta. De repente y sin preguntar, se abrió y con lágrimas en los ojos se lanzó entre sus brazos. Le besó y supo que había llegado a casa.

Cada secuencia, diferentes o repetidas, solo habían tenido siempre dos cosas en común… ella y él.

Orgullo, personalidades opuestas, entorno, todo daba igual… no volvería a separarse de él. Su corazón, aun en sueños, supo como comunicarse con ella y ella, encontraría la manera de comunicarse con él.