Respirarnos.

Respirarnos.

¿Tú lo hiciste? ¿Lo recuerdas…? ¿O está enterrado en otra vida? Ay, esas otras vidas que todos tenemos y es difícil que se reconozcan. Venga, que te ayudo. Cierra los ojos y vuela conmigo.

Hacía frío. El cuerpo nos pedía sorbernos la nariz o sonarnos los mocos, por poco sexy que eso resultara. Pero no había otro día. Otro momento ni otra ocasión. Tanto uno como otro estaban unidos en ese instante, lugar y tiempo. Esa unión que se nos presentaba sin más, o quizá sí. Sin opciones pero sí deseos. ¿Los recuerdas? Las ganas. El palpitar dentro de nuestro pecho. La respiración acelerada. El actuar de manera automática. De esa en la que no hay tiempo para pensar, ni se quiere. De esa cuya único sinónimo era esconderse. De todo. Lo que se esperaba de nosotros y nuestra vida, mientras nosotros solo moríamos por vivir el uno en el otro. De la manera que fuera. De la que se pudiera. Pero siendo solo uno. Con nuestros nervios. Nuestra conciencia oculta en aquel espacio reducido que solo nuestros sentimientos podían agrandar y emborracharlo todo de pasión alejada de cualquier componente etílico. ¿Que nos hubiera aportado este? Nada. Más bien hubiera sido al contrario. Sabíamos la vida que esperaba fuera si es que se le podía llamar vida. Y no estabamos preparados para que nuestro momento acabara. ¿Qué tenía de malo el respirarnos? ¿El no querer nada más aunque fuera por tiempo limitado?

Apuramos los últimos momentos de aire que podíamos compartir. Esos alientos que queríamos solidificar para guardarlos donde poder encontrarlos cuando los necesitáramos. Pero la realidad, como pasa más de lo que se reconoce, se alió con nuestra ficción y volvimos. Decidimos comprobar que el aire fuera de nuestra etérea unión, aún podía ser respirado, aunque no fuera ni de lejos lo compartido hacía unos segundos. Solo un abrazo a mi cuello que me pilló desprevenida, me susurraba en el torrente sanguíneo que había sido real. Que era real, pero y ahora, ¿aún lo es?

En aquel momento lo parecía entre manos que se buscaban bajo la mesa. Miradas que decían todo lo que nuestros labios callaban. Vibraciones que llevaban años en el banquillo y habían salido a jugar solo unos minutos. Hasta que todo eso se fue y solo quedó la algarabía. Una, en la que lo hiciste. Me pediste un beso. Uno con sabor a despedida. Uno, que conocedor de lo que significaba no quiso expresar todo lo que llevaba dentro. Pero al final, lo que quedó, fue el poder respirarnos…

 

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