Espejo con un distinto reflejo…

Espejo con un distinto reflejo…

   libre

No sabía muy bien dónde mostrar este post, de lo que no tenía duda, era de la necesidad de escribirlo.

Fue hace ocho años, estaba a 500km de casa, alejada de mi «zona de confort» —aún sin saber en ese momento la existencia si quiera de la misma—, de mi familia, amigos y pareja. Me encontraba frente a una persona que no había visto antes, y me daba una información que solo había oído, leído, en mi carrera universitaria y mi trabajo (fisioterapeuta). Desconocía en realidad cómo reaccionaba la gente ante algo así; me lo habían contado sí, pero sabemos que no todo el mundo es capaz de sincerarse ante una noticia de este tipo.

Llevaba alrededor de un año con los síntomas, acudí a diferentes especialistas, mi médico de cabecera por aquel entonces no le daba importancia, y ninguno de ellos encontraba nada relevante que explicara los síntomas que contaba pero no se reflejaban en ninguna prueba; pero yo no dudaba de que algo estaba ocurriendo. Al final, el «esas cosas le pasan a los demás», se intentaba instaurar en mí —aunque sin mucho éxito la verdad—. Continué con mi vida, me trasladaron a otra ciudad lejos de todo lo que conocía y un buen día… ¡Boom! Todo explotó. Desconozco si fueron los cambios que llevaba sufriendo en mi vida personal (trabajo, pareja, amigos), si tanto drama con el que me tomaba las cosas salió a la luz, pero cuando ya creía que todo se había normalizado y empezaba a  normalizarse mi vida esos síntomas que había creído ya desaparecidos volvieron…, y en todo su esplendor. Una mañana —como otra cualquiera, sin nada excepcional al resto—, me levanté de la cama y mis piernas no respondieron. Pude ir al lavabo apoyándome en la pared e hice acopio de toda la fortaleza —esa que nunca creí tener— para conducir hasta el trabajo. Trabajar en un centro sanitario es lo que tiene, y aunque yo quisiera disimularlo —aún sin entender que conseguiría con eso—, todos se dieron cuenta y comenzó a ser real todo lo que sentía. Ese mismo día se pudo concertar una cita con un neurólogo y solo podía pensar que ojalá mis síntomas duraran hasta la consulta; no podría soportar que volvieran a verme «sin nada que explicara lo que yo contaba». Llegué mejor de lo que estaba por la mañana, pero este médico supo que pruebas hacerme, qué preguntar y cómo enfocar mi caso: primer paso, resonancia magnética con contraste. Resultado: el que yo venía ocultando en el escondite más profundo que encontré.

Esclerosis múltiple. Aunque sea difícil de creer para los que me conozcan, mi primera pregunta fue si podría tener hijos. « ¿ De verdad eso era lo más importante después de haber visto pacientes con esa dolencia desde que estudié?». Igual solo quería dejar apartado el hecho de someterme a una punción lumbar, que era el siguiente paso. Llamé a mi pareja, y de nuevo lo primero que le comenté fue el tema niños, ante su estupor y su preocupación por desconocer qué significaba ese diagnóstico, qué supondría, qué se podía hacer y si me encontraba sola. Por suerte, todos mis compañeros de trabajo se volcaron conmigo y en ningún momento lo estuve.

La punción lumbar no fue tan horrible. Hacía años que había visto en una película (La habitación de Marvin) practicaban una, y recordaba —aún lo hago— cómo me sentí y lo que pensé: Me muero si tienen que hacerme algo así. Apenas duró, fue doloroso, pero nada similar a lo que esperaba. Me tumbé el tiempo pautado, y nada más incorporarme, siguiente paso: llamar a mis padres. Mi madre se puso en lo peor, la mujer de mi primo sufría esclerosis y había tenido unos comienzos muy difíciles; mi padre, siempre más tranquilo, parecía muy afectado —aunque mostrar sus sentimientos no fuera su punto fuerte—. Volví a hablar con mi pareja, que aunque lo intentó, no pudo disimular como intentaba, la vorágine de sentimientos que había propiciado mi primera llamada.  Mi jefe estuvo conmigo hasta que me dormí —no sin haber llorado antes—, y nunca podré olvidar el alivio que supuso sentirme arropada.

Nada más abandonar la habitación a primera hora de la mañana, una de las tantas enfermeras que acudían a medirme la tensión y revisar el gotero,  se abrió la puerta: eran mis padres. Mi pareja había comprado unos billetes de avión y se los había llevado a casa a altas horas de la noche, para poder estar conmigo lo antes posible.

¿Ocho años después he asumido mi enfermedad? Creía —y sin dudarlo— que sí, pero ahora me doy cuenta, que el no haber tenido apenas síntomas —graves— en estos años, igual me hizo pensar que era más «fácil» de lo que creía. Gracias a Dios, volví a casa, mi pareja mantiene mis pies sobre la tierra, haciéndome ver lo fuerte que soy, frente a años negros como este 2015, y cómo no debo olvidar la fortaleza que tengo. Veo casos como el de @rarroyoes que no hace, sino darme más fuerzas, creer que en nuestra mano está el poder encontrarnos mejor, el poder superarnos y encontrar esa fuerza que todos tenemos y durante las malas rachas, parecen desaparecer.

Desde aquí, toda mi fuerza para aquellas personas que se sienten como yo, y que en ocasiones creemos que esto puede con nosotros…, porque no, no puede; de hecho ni se acerca a conseguirlo. El reflejo que vemos en el espejo, es solo el evoltorio de una fortaleza que descubrimos día a día.

¿Qué mejor sitio para mostrar este post que en «Románticos», cuando el amor más grande es el que nos tenemos tener a nosotros mismos?

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6 comentarios en “Espejo con un distinto reflejo…

  1. Una breve parte de la historia de una luchadora incansable. Sé que es duro, pero también sé que tú eres todavía más dura y podrás con ello, y si el 2015 fue algo malo, el 2016 será tu gran año. Sigue así de fuerte y mucho ánimo. Un beso 🙂

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  2. Te entiendo perfectamente. Ya sabes, sé q es levantarse y no poder caminar. Luchar dia a día por seguir adelante y nunca acabas de asumir lo q te pasa.
    Pero sí, de nosotras sale nuestra fortaleza para superar lo q nos venga sufriendo pero Viviendo. Lo malo acabará seguro. Gracias pq sabes q me siento igual. Fuerza, ánimo y mi cariño😚

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