Alfa&Beta

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instantes

« No entiendo que esos malotes, tipos duros, machos alfa, o como quieran llamarles, tienen tantas goupies»

Martina había tenido suerte; su madre era muy joven, y desde pequeñita, cada noche le hablaba acerca de la vida, lo que podía esperar de esta, y en lo que no debería poner malgastar sus esfuerzos. « ¡Pobre mamá, qué sabría ella en aquellos tiempos de los machos alfa».

No podía quejarse de cómo le iban las cosas. Tenía buenas amigas, había disfrutado de alguna relación que otra, y se consideraba lo suficiente capaz, como para socializarse y encontrar su futura pareja. ¿Príncipes azules? No creía que existieran; de lo que sí no tenía duda, es de que nunca se relacionaría con un macho alfa, sobrado, que se acercara a ella buscando solo sexo, pavoneándose.

20.00h, arreglada y con ganas de disfrutar de una gran noche, Martina esperaba a que llegaran sus amigas y  poder cenar en un restaurante muy chic, en el centro,  que se inauguraba tras haber recibido grandes críticas.Ya todas juntas, se sentaron en una gran mesa, con vistas a la preciosa calle principal de la ciudad. Tras la cena, pasarían a la zona habilitada como discoteca, y la noche prometía ser interesante. Rieron y se pusieron al día tras una difícil semana de trabajo. Sin que ninguna lo dijera en alto, las cinco intercalaban cada bocado, con miradas perdidas, buscando qué podían encontrar fuera de la carta. Ya con todos los nutrientes necesarios, para comerse la noche, se dirigieron a la barra y pidieron unas copas.

Martina, apenas tardó cinco minutos en verle: alto, moreno, tonificado, barba de cuatro días y buen cuerpo pero… « ¿Ese movimiento es pavoneo? Sí, sin duda. Mejor mirar hacia otro lado».

Las cinco disfrutaban de una gran noche. No faltaban propuestas de chicos guapos, pero ninguna cuajaba. Sin darse cuenta, Martina escuchó cómo susurraban en su oído…« Llevo toda la noche intentando llamar tu atención, eres preciosa».

«Madre mía cómo huele, que voz tan bonita. Mierda, va a ver mi piel de gallina». Se dio la vuelta despacio, el tiempo pareció pararse, y todo el ruido alrededor, quedó muy lejos. Ahí estaba, guapísimo como lo había visto nada más llegar a la barra, y sin pavonearse…, era perfecto. «¡Arg!, si le hubiera visto que era él, ni me hubiera dado la vuelta».

—Gracias, eres muy amable. —Martina sonrió y se giró dándole la espalda.

—Ehh, no me lo pongas más difícil. Si te conviertes en reto…, me pone más, morena.

—Mira, no quiero ser borde, pero no me gusta tu estilo. —Intentó no serlo, pero su expresión dejaba claro que no se lo pondría fácil, más bien, lo pondría imposible.

Él se marchó por donde vino, y ella, sin reconocerlo, se sintió decepcionada. Pasaron las horas y no se le quitaba de la cabeza. « ¿Pavonea con todas y conmigo se rinde tan pronto? ¿A este no le dieron manual con su partida de nacimiento». Le buscó disimuladamente, evitando que ni él ni sus amigas se dieran cuenta.

Hora de irse, compartir taxi con las chicas y volver a casa sola, otra vez. Vivía lejos, así que decidió pasar antes por los lavabos. Salió del baño y se encontró cara a cara con él.

—¿Pensabas que te podías escapar sin mí?  No seas tan dura, sabes que al final caerás. —Puso sus masculinas manos sobre la delicada cintura de Paula, y la apoyó en la pared, dejando sus labios a escasos centímetros—. Dime que no quieres que te bese, y no lo haré.

« ¿Pero este tío de qué va? Joder que labios..». Sin poder pararle, la besó. Suave y delicado al principio, pudo saborear sus labios e intuir su lengua, sin llegar a degustarla. Sin saber porqué, él se separó, y sin dejar de mirarla le dijo:

—Ahora, repíteme de nuevo, que no soy de tu estilo. —Su mirada era tan penetrante, que Martina sintió flaquear sus piernas, y tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para no desplomarse allí mismo.

—No me voy a la cama en la primera noche —sentenció.

Se escapó  cómo pudo, y se dirigió a la salida. Todas se encontraban esperando vislumbrar una luz verde, cuando Martina sintió, como atrapaban su muñeca. De nuevo él, de nuevo esa mirada, de nuevo esa escasa distancia entre ellos.

—Déjame que te lleve a casa, morena.

—Tranquilo, voy con las chicas.

—No, si tranquilo estoy, pero… ¿ ytú? ¿podrás dormir pensando en la oportunidad que estás a punto de dejar escapar?

—Miraaa, guapo, baja de la nube en la que estás y… —Martina se vio interrumpida por unos labios sedosos y voluminosos, mientras su cuerpo sentía el calor de unas manos fuertes y seguras—. ¿Qué crees que haces?

Sin contestar, él pasó junto al resto de chicas sonriéndolas, paró un taxi para que se subieran, y frenando el paso a Martina, detuvo otro y se subió, implorándole con la mirada que ella lo hiciera también.

—Bueno, princesa, me llamo Diego, ¿y tú?

—Martina —musitó.

—Enhorabuena, descubrirás lo que significa quitarse esa coraza que llevas. Agárrate fuerte que vienen curvas.

 

Martina no se lo podía creer. Frente a ella podía ver cómo las luces de la ciudad pasaban como pequeños signos de un idioma que desconocía. No dejaba de preguntarse qué hacía con él en un taxi, ni siquiera sabía hacía dónde iban. Se volvió, y decidió coger el toro por los cuernos:

—Sabes que me voy a bajar en cuanto paremos ¿no? —Martina intentó endurecer su expresión.

—Eso espero preciosa, sino… la carrera te costará un pastón —respondió con una sonrisa bobalicona.

En ese momento, el taxi paró, y mientras Diego pagaba, Martina aprovechó para bajar y practicamente salir corriendo. Andaba a paso rápido, sin saber hacia dónde. « ¿Dónde leches estoy? Si pasa un taxi, subo y me voy. Esto parece una broma pesada». Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando Diego estrechó fuerte su muñeca parándola en seco.

—¿Qué crees que estás haciendo? —Diego parecía realmente sorprendido—. ¿Es una lucha de poder o algo así?

—No, perdona. Eres tú el que me ha arrastrado aquí sin preguntar, deshaciéndose de mis amigas.

—Sí, tienes razón. Matarlas y esconder los cuerpos fue difícil… ¿Tanto te cuesta asumir que te llevaré al cielo pero estás muerta de miedo? —Su mirada penetrante enfadó aún más a Martina.

—Déjate de cielo y bromas estúpidas. ¡Eres tú quien no puede asumir una negativa! ¿Tan fácil te lo han puesto siempre? Porque créeme, me cuesta creerlo.

—Mira, Martina, esto es muy fácil, no lo compliques más, anda.

Diego le guiñó un ojo, y una media sonrisa se dibujó en su cara mientras se acercaba peligrosamente a los labios de ella, cada vez más enervada por su actitud prepotente. Martina dio un paso atrás y le frenó, colocando sus temblorosas y delicadas manos en su pecho; de nada sirvió, Diego la atrajo hacia su cuerpo y la besó sin dar más opciones.

Al principio, fue un beso agresivo. Cuando Martina se rindió ante el escalofrío que recorría su cuerpo, sintió la delicadeza con la que él acariciaba su lengua y le abrazó el cuello; acariciándolo despacio. Diego se separó apenas unos  milímetros, y sin dejar de mirarla susurró: « Sube conmigo a casa, déjame enseñarte otro mundo, no dejes pasar esta oportunidad, nena».

—¡¿Qué?! —La sorpresa y decepción se dibujó en su rostro—. ¿Por qué siempre tienes que fastidiarlo con tanta fanfarronería?

Diego se dio la vuelta y detuvo un taxi, que como caído del cielo paró frente a ellos. De nuevo, las luces de la ciudad avivaban sus pensamientos, aún con el sabor de él en sus labios. Sin pensarlo, habló con el taxista y dieron la vuelta. « Que no sea tarde, por favor, que no sea tarde». Antes de llegar donde se había subido, vio a Diego fumando un cigarrillo mientras paseaba despacio, con la mirada muy lejos de allí. Martina bajó corriendo y se detuvo frente a él.

—Demuéstrame qué tanto sabes hacer, haz que me quede a tu lado… —Diego levantó la mirada, no podía creer que Martina hubiera vuelto.

—¿Quedarte? Dormir… cada uno en su cas…

Le besó sin dejarle terminar la frase. Al separarse, fue Martina quien susurró esta vez: « Shhh…, solo pon en práctica todo lo que sabes y deseas hacerme…» . Diego puso sus manos en la cintura perfectamente contorneada de Martina y la spoyó sobre la pared. Comenzó a ronronear en su cuello, oliendo su aroma y sintiendo cómo entre sus piernas, su sexo se izaba ante la actitud decida que había tenido ella al volver… « Ufff, nena, princesa, o más bien diosa… vas a conseguir matarme de pasión». Diego abrazó el suave cuello de Martina mirándola fijamente, saboreando su respiración… «Vamos; sentirás algo que no nunca hubieras imaganidado que podría existir… Convertiré la ciencia ficción en tu realidad».

Se encaminaron agarrados de la mano, hacía un mundo desconocido para Martina, quien ignoraba hacia dónde la llevaría…

Caminaba despacio, parecía tener la necesidad de recordar cómo se hacía: « Talón , planta, talón, planta…»; en ese momento, el autobús pasó junto a ella y Martina echó a correr hacia la parada. Era el primero de la mañana, estaba vacío y se sentó detrás del conductor en uno de los asientos individuales. Aún no podía creer lo ocurrido, mientras observaba a través de la ventana a los barrenderos, a los dueños de las cafeterías subiendo el cierre; cómo la mañana despertaba, ella sentía que no sería capaz de dormir al llegar a casa. Reflejos de la noche anterior no cesaban de repetirse en su cabeza, sin sentido, entrecortados, mezclados; provocando una sensación agridulce en su interior, que desconocía cómo explicar.

—Antes de subir, déjame que te ofrezca un aperitivo —Diego se arrodilló en el suelo y apartó el tanga de Martina con su lengua.

Antes de poder pronunciar palabra, los gemidos comenzaron a huir de su pecho, escapando de la presión que comenzó a sentir al caminar de la mano, tras abandonar el taxi por segunda vez. Entrelazaba sus dedos entre los mechones de Diego, cuando su cuerpo comenzó a tensarse y Martina creyó que caería al suelo. Según se arqueaba sin poder evitarlo; justo en ese momento, Diego coloco sus manos en la delgada cintura de ella y esta, pudo sentir el orgasmo en toda su plenitud, sin miedo a perder el equilibrio. Diego se puso en pie, y tras una mirada fugaz, asió sus manos aún temblorosas y la llevó hacia el ascensor.

No hablaron, no se tocaron, solo la unión de sus manos, le hacía sentir a Martina que debía permanecer aún en su compañía. Diego abrió la puerta de su casa, encendió las luces y solo le dijo dónde estaba su habitación. Martina se dirigió despacio, esperando que él siguiera sus pasos; pero él no lo hizo. Entró en la habitación y esperó, oía un ruido que no sabía identificar, pero comenzaba a ponerse nerviosa cuando Diego, al fin, apareció.

— ¿Me echabas de menos nena? — « Ya está otra vez con su vena alfa».

—Creo que eras tú el que lo hacía…

—Ja, ja, ja, me encantas, nena. De verdad, eres adorable —se acercó despacio y la besó con intensidad.

Diego la levantó y ella abrazó sus caderas entre sus piernas, sintiendo su erección en su sexo. Este jugueteó con sus dedos entre los labios de ella y su ropa interior.  No pudo sino sonreír, antes de susurrarle al oído: No esperaba que estuvieras ya tan húmeda.

—Puedo aliviar yo sola con mi humedad, no necesito de esos encantos únicos que crees tener, para poder  hacerlo.

— ¡Vaya! Sí que eres orgullosa… no imaginas cómo me pone. —Diego la colocó en el suelo y dirigió una de las manos de Martina al interior de sus boxers—. ¿Te gusta lo que tocas?

Martina no podía creer la mirada de prepotencia que se reflejaba en sus ojos, pero… sí, le encantaba lo que intuía. Mientras comenzaba a deslizar su mano por todo su sexo, acariciando su glande despacio, al sentir cómo aumentaban sus palpitaciones y se endurecía más y más, sus pensamientos comenzaron a aparecer sin permiso: « ¿Tanto llevo sin sexo para hacer esto? … Pero me encanta, un dulce no amarga a nadie… Mañana me arrepentiré…». Intentó retirar todo lo que intentaba estropear el momento, y le empujó sobre la cama. Se colocó sobre él, friccionando su erección con su sexo mientras se despojaba de su sujetador, dejando intuir bajo la camiseta sus pezones erectos.

—No creas que llevarás el timón nena, aunque de momento no lo haces mal.

Martina no pensó, solo actuó. Si él creía que era el único que podía creerse por el encima del bien y del mal, ella también tenía un par de cosas que enseñarle. Tras colocarle el preservativo —no sin reticencias—, se fusionaron en uno solo, despacio, en círculos, apoyando todo su peso sobre el pecho de Diego y centrándose solo en su glande. Cuando Martina comenzó a escuchar los gemidos de él más entrecortados y rápidos, paró, paró sin dejar de mirarle esperando su mirada de súplica para que continuara. Y apareció, aún más  suplicante de lo que Martina se esperaba; entonces, se separó de él, y se puso en pie encendiéndose un cigarrillo.

— ¿Qué crees que haces, tía? —espetó con brusquedad Diego.

—Fumar. ¡Oh! Perdona, ¿quieres?

Apenas sin darse cuenta, Diego la agarró arrojándola sobre la cama y se introdujo de nuevo en ella.

—Ahora verás lo que es de verdad follar…

No dejó de embestirla hasta que se deshizo en ella, tras lo que se colocó a su lado, y dijo: Ya sabes donde está la puerta, nena, déjame tu número en esa libreta y te llamaré.

Martina intentó no reflejar el sentimiento que explotó en su interior y comenzaba a abrasar su pecho. Se puso en pie, recogió sus cosas y se marchó dando un sonoro portazo.

« Será… será… ¿y yo? ¿Qué soy yo? Siempre confiando, creyendo que tras esa coraza hay algo que no me provocará dolor, sino todo lo contrario». Llegó a casa, dejó las cosas sobre el sofá y se desplomó sobre él. « ¡Que le deje mi número en su libreta negra! ¿Quién se ha creído que soy? Bueno…, lo que yo le di a entender». Fue a la habitación, se desvistió, y sin desmaquillarse se metió entre las sábanas.

« Pues muy bien, si cree que puede hacer y decir lo que quiera conmigo está muy equivocada; ya nos encontraremos ya, y en ese momento me suplicará y conseguiré que me ame. Ya tuvo un orgasmo antes de entrar en casa, ¿qué quería? ¿Más? ». Otra vez, desayunaría solo, creyendo que hacía las cosas bien, creyendo que nadie merecía hacerle cambiar su comportamiento, creyendo… que así podía nacer el amor.

Ya había transcurrido un mes tras su noche con Diego; Sir Alfa. Nunca lo admitiría en alto, ni siquiera se lo reconocería a ella misma. Sus quehaceres diarios no habían cambiado, pero sentía una antes y un después de aquella noche.

Muchas noches se despertaba sudando, empapada en remordimientos, entre imágenes que comenzaba a dudar si había vivido o no. Era incapaz de eliminar los malos momentos de aquella noche y recordar solo lo bueno; parecían inseparables unos de otros. Se levantaba, encendía un cigarrillo y deseaba que en cada bocanada, el humo se llevara esos sentimientos que la atormentaban. Volvía a la cama y conseguía conciliar el sueño, pero la luz del nuevo día no traía nada que la hiciera olvidar. « Necesito apartar los recuerdos, las sensaciones, todo lo que me acerca a él y a la traición a mis principios. ¿Cómo pude hacerlo solo por una noche de sexo? »

Su falta absoluta de interés en encontrar otro hombre, provocaba que llegaran a ella como moscas atraídas por la luz. Muchos parecían ser fantásticos, otros, no podían escapar del sello alfa grabado a fuego en cada gesto.

Diego no recordaba un ritmo así desde su adolescencia, cada noche volvía a casa con una chica diferente, incluso no hacía falta que la noche escondiera su comportamiento; solo salir de casa era suficiente, una librería, una tienda de ropa, un supermercado, suponían un mecanismo suficiente para alcanzar su fin. Embestía, se deshacía y de nuevo el mismo guión horas más tarde o, en su defecto, al día siguiente. Solo una diferencia respecto a la adolescencia le aturdía, le desgarraba sin expectativa de desaparecer: Martina. Sí, veía otros cuerpos, otros rostros, otras sonrisas, pero no su mirada; aquella mirada que inundó cada rincón de su cuerpo y su mente, esa mirada no estaba allí. Le destrozaba no poder perderse en esos ojos profundos y sinceros, en ese diálogo mudo que sin saber cómo, entendía mejor que cualquier palabra.

Un amigo le había conseguido su teléfono , pero esa serie de números seguían en un pequeño papel sobre el recibidor de su casa; tenían demasiado significado para transformarlos en una llamada.

Las vacaciones de verano llegaron, y como cada año, se fue de la ciudad para disfrutar de la playa; en su caso, huir de esa ciudad donde solo parecía existir el recuerdo de Martina. Tras unos días, parecía haber alejado el miedo a esas sensaciones que no estaban hechas para él… hasta que la vio. Caminando por el paseo marítimo, riendo con sus amigos, ajeno al tornado que se acercaba, Martina paseaba junto a sus amigas con la mirada puesta en él, pero sin aminorar el paso. Se cruzaron y un silencio sepulcral enmudeció las risas y conversaciones de ambos grupos.

Un silencio que todos entendían, y no fue suficiente para que alguno se detuviera. Las miradas, de Martina y Diego, se cruzaron durante unos segundos que parecieron eternos; Diego, intento encontrar en esa profundidad que recordaba, los mismos mensajes; Martina, sabía que su mirada ya no expresaba a la Martina que fue durante una noche y nunca más volvería.

 

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2 comentarios en “Alfa&Beta

  1. Al final cayó el macho Alfa, es lo q suele pasar se enamoran precisamente de aquellas mujeres Bettas q saben q son su perdición
    . Por otro lado Martina vuelve a tomar las riendas de su vida y de la de los demás. A ser la controladora de sus sentimientos y de los quien les rodea. Pq sabe q quiere ser una mujer con éxito y eso no se a viene con mujer enamorada y sumisa

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    1. Yo no lo veo así, en esta historia nadie gana; solo el orgullo sonríe. Y me niego a creer que para tener éxito en la vida haya que dejar el amor a un lado; creo que el éxito es encontrarlo dejando escapar lo que se disfraza de serlo;)
      Gracias por comentar princesa 😉 Muak

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